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290806 -
Le tomo la palabra a López Obrador, de cuando
dijo, hace unos días, que es necesaria una purificación de la República, o
algo así. Se mofaron de él en primeras planas y en programas de radio y TV,
pero sin pensar que estaba
diciendo algo que no es chusco, sino muy serio. La República hace rato que
está sucia y necesita purificarse. Pero la purificación debe ser de todos,
incluido naturalmente López Obrador. Resulta evidente que quien se burló,
sin pensarlo dos veces, es que no tiene la mínima intención de la reflexión
ni de cambiar él o contribuir a cambiar las cosas que están mal. Es el
partido de los filisteos.
Nada puede ser más cierto que la República anda mal, con muchas suciedades.
Que hay impurezas que mediante métodos políticos no violentos deben ser
limpiadas, y que sólo se debe recurrir a la violencia institucional cuando,
como en el caso de la delincuencia organizada (narcotráfico y secuestro), se
vulnera la seguridad de los ciudadanos, donde los periodistas hemos llevado
una muy pesada carga de víctimas, en hechos que no han recibido el castigo
merecido y están en la impunidad total. Los asesinatos, cobros de cuentas,
degollamientos, hablan de que algo muy grave está ocurriendo en México.
Asimismo, como reflejo de los males que aquejan a la República, cuando la
mitad de México señala que hubo fraude electoral y se debe limpiar la
elección, y la otra mitad sólo hace oídos sordos, es cosa que también debe
tomarse en cuenta seriamente, porque forma parte de las impurezas de nuestra
República, que ahora absorbe la derecha que tanto gritó cuando el
protagonista oficial era el PRI, en tanto que hoy guarda hipócrita y cínico
silencio ante sus propias tropelías y cochinadas.
Se puede decir que no hay en rigor ingobernabilidad, pero no hay gobierno,
desde hace otro buen rato. Eso, porque no hay quien ejerza la
gobernabilidad. Lo que hace Fox ha sido un remedo de gobierno, siempre en
las márgenes de la acción real del gobernar. No le ha entrado al toro y por
añadidura le echa la culpa a los demás de sus fracasos, al Congreso, a las
oposiciones, a quien sea. O se salta a la torera los datos de que hay
diversas crisis en el país que, dice, está en "perfecta" paz pese a esos
múltiples conflictos a los que se enfrentan ya no sólo él y su gobierno,
sino la sociedad y la nación. Y que ponen cada vez más en riesgo la vigencia
de las instituciones, que por su parte se ven rebasadas una y otra vez por
los acontecimientos, como un traje que ya le queda muy chico a la sociedad y
ésta presiona para reventarlo por las costuras.
Que hay impurezas brutales en la República, lo muestran los inacabables
casos de corrupción de gobernantes, empresarios favorecidos (con exenciones
fiscales, por ejemplo, cuando apoyan a la derecha electoral: Cocacola,
Jumex, Bimbo, Sabritas, etc.) o familiares de gobernantes (caso Bribiesca),
tanto como en la actividad cotidiana. Cada uno de los mexicanos tenemos un
registro de acciones corruptas que no son castigadas. Otro ejemplo, el de la
persecución a la periodista Lydia Cacho por sus denuncias contra pederastas
en las que están involucrados un empresario, Kamel Nacif, y nada menos que
un gobernador, el de Puebla, Mario Marín, que parece haber comprado de Fox
un perdón virtual a cambio de no hacer olas contra el supuesto triunfo
electoral del derechista Calderón. Los medios dan a conocer a cada instante
esas corrupciones y otras. Para Fox pasan inadvertidas. Él ni suda ni se
acongoja. "¿Y yo por qué?" es una frase del desgobierno que sin duda pasará
a la posteridad, para vergüenza del guanajuatense de las botas.
Instituciones, partidos políticos, protagonistas de la vida pública, sin
excluir ni a los periodistas, deben someterse a purificación por su propia
convicción no sólo por denuncias. Debe éste ser un movimiento generalizado
de la sociedad, porque andamos mal. Pero no hagamos las cosas al revés. Esto
es, no por afanes de purificación le demos en la crisma a aquello que es
nuestra fortaleza, como el caso de la propiedad de la nación sobre los
recursos y la industria energética (petróleo y electricidad) y no echemos en
saco roto que hace falta una verdadera política social, no "Oportunidades" o
"procampos" que sólo son, en su visión asistencialista o miserabilista,
leves aspirinas contra los grandes, acumulados males sociales como el de la
pobreza de 50 millones de mexicanos y la tremenda desigualdad social.
Purificarnos tiene, junto con dimensiones éticas, una simbología religiosa.
Los creyentes se purifican en su encuentro con la deidad y su entrega a
ella. Aquí no hay deidades de referencia, sino pueblo, sociedad y nación. Se
trata de una purificación civil, ciudadana y, por así decir, terrenal.
Entregarnos todos al pueblo, a la sociedad y a la nación tiene más eficacia
que cualquier otra. Es cosa de darse cuenta que los asuntos humanos son
sociales, ciudadanos y nacionales. Si la visión religiosa --de la iglesia y
los clérigos-- confluye en ellos, bienvenida. Si no lo hace, la visión civil
debe seguir adelante ya sabiendo que las estructuras religiosas confirman su
sometimiento cómplice al poder de las oligarquías y, en el caso de México,
de las plutocracias rapaces que se sienten dueñas de la nación y de la
República. La purificación planteada es, así, un acto irreligioso --no
antirreligioso-- y por ende laico, como debe ser toda República que se
respete. Necesitamos, pues, purificar la República. Todos debemos estar en
ello. Ese es el fondo de la exigencia de purificación. Y si es imposible que
todos estemos en el esfuerzo, cuando menos que estemos los que portamos esta
causa y la podamos echar adelante. Por el bien de la República. |
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