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081206 - Palenque - Ni todos los poderes formales o reales van a ser suficientes para aplastar la protesta ciudadana hoy encabezada por Andrés Manuel López Obrador. Por el contrario, esos poderes, a los cuales la derecha se ha encaramado de mala manera, verán disminuir su fuerza conforme pasen los días, a condición de dos cosas. (1) Que el movimiento ciudadano de López Obrador no se achique, para lo cual haría falta que primero se achicara o desistiera el propio López Obrador (como le ocurrió a Cuauhtémoc Cárdenas en el 88), lo cual no parece estar en la perspectiva, ya que ni AMLO es—ni de lejos—un junior de ex presidente de izquierda, que pretende que tiene todo por recibir y no entregarse denodadamente, a cambio, a la lucha por lo que cree o aspira, como ya Cárdenas lo demostró al hartazgo, ni está culminada la protesta de más de la mitad de México contra el fraude electoral. Como justamente dijo Carlos Montemayor, vivimos un momento de aprendizaje en el que la democracia supone aceptar la derrota cuando esta se da, pero también aceptar el triunfo cuando este es limpio y nítido, siempre y cuando este sea inobjetable a los ojos de la nación entera, y del mundo añadiríase, cosa que la derecha encaramada en el gobierno—no en el poder, por cierto—no quiso aceptar por la fundada negra conciencia de que no había triunfado el 2 de julio, aunque los golillas acomodaticios del Tribunal Electoral, meretrices de la imposición, les hayan dicho que sí. Y aunque haya personajes como Jesús Silva Herzog—que ni priísta fue y también le faltaron los redaños, a la hora de la hora, para lanzarse a pujar por la Presidencia—que andan diciendo que López Obrador quiso dar un “golpe de estado” en el Palacio Legislativo el 1º de diciembre, cuando el FAP trató de impedir que Calderón rindiera protesta. El movimiento ciudadano obradorista—pues eso es, ciudadano y obradorista—debe dejar más clara todavía la certeza de la trampa fenomenal, el fraude, por el cual se encaramó Calderón, como changuito por las ramas tras el plátano. Pues hacer eso la izquierda y los ciudadanos no es vivir en los rencores de un pasado que no ha caducado, sino preparar los resortes políticos del futuro. (2) Que el movimiento ciudadano obradorista no deje de utilizar todos los recursos a su alcance—que son muchos, empezando por la voluntad de ser y no dejarse vencer por derrotas pasajeras—para preparar ese futuro. No dejar de aprovechar ni los recursos legítimos de la resistencia civil pacífica, ni los de la desobediencia ciudadana, ni los de la acción legislativa, ni los de la acción de gobierno allí donde lo tengan, o sea, en cuanto espacio sea posible, para adoquinar el camino de la conversión hacia la verdadera democracia. Ya se ve, apenas transcurridos 6 escasos días de la asunción al árbol de los plátanos por Calderón, que en la derecha están dispuestos a todo—a partir de la represión social y las presiones contra periodistas “desobedientes” y “mal portados”, como amenazaron a José Gutiérrez Vivó—con tal de seguir ahí. Tienen la obsesión malsana del avaro, que tanto cuida su mal habida fortuna que un día se muere de entuertos o infartos y todo queda en la nada, tal como le ocurrió a Porfirio Díaz en su descomunal ambición de poder, quien hubo de decir adiós al ya disuelto poder montado en el Ipiranga. La calle y la tribuna legislativa; el periódico y la radio que coincidan; el pasar la voz de boca en boca hasta la reunión multitudinaria. Fuenteovejuna propositiva, pues. Todos son recursos válidos, de labor de hormiga, pero que habrán de dar resultados más pronto que tarde. Nada de eso es ilegal y nada de eso es ilegítimo, pues el pueblo es quien lo expresa y desarrolla en las formas pacíficas pero firmes que está aprendiendo, tras décadas de enajenación de la voluntad ciudadana, de democracia sin el pueblo. No hay “mano dura”, o “firme” que sea capaz de acallar las conciencias de la gente. Ni tampoco hay sobornos que puedan cambiar la convicción o el alma democrática de millones de mexicanos y mexicanas de todos los niveles y sectores de actividad. El caso es que estamos en la era de la ciudadanía política y de ello no se dio cuenta la derecha cuando asaltó el poder mediante el fraude. Los ciudadanos son mayorías y acabarán por imponerse. Por eso para muchos es una percepción valedera que ni todos los poderes formales o reales serán suficientes para aplastar el movimiento ciudadano obradorista. Esta es una certidumbre colectiva que nunca antes en la historia de México estuvo tan nítidamente expresada por masas de mexicanos. Vivimos en la etapa de la ciudadanización de la vida pública, ya no en la de los cuchupos o las transas “en lo oscurito” entre camarillas asistidas por meretrices judiciales o mediáticas. El poder irá a manos del pueblo, indefectiblemente. |
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