|
070708 -
Palenque -
Cada vez que puede, y son desafortunadamente muchas las
ocasiones en que puede,
Felipe Calderón
exhibe indigencia de cultura
política. Dice que el debate petrolero que se realiza bajo los auspicios
del Senado está “muy ideológico”. Salta a la vista la pregunta de qué
ejercicio de gobierno o de acción oficial o de política no es
ideológico. Y se encuentra que todo acto o ejercicio de política es
ideológico, sea de manera abierta, sea de manera implícita. Todo acto de
política --a menos que se trate de limpiarse los zapatos o cepillarse
los dientes en el sanitario de un recinto parlamentario o ejecutivo-- es
o supone una ideología: la de la persona que lo ejecuta o de la
institución que lo impulsa.
Cuando Calderón critica con afanes descalificadores el debate petrolero,
lo único que descalifica es su propia comprensión del fenómeno político.
Pero además, no entiende, o miente, cuando afirma que “los puntos
centrales de mi propuesta no se han abordado”. ¿Y cuáles son esos
“puntos centrales”? En las cinco iniciativas conjuntas de su propuesta
de reforma energética, no son los argumentos técnicos los únicos ni los
más importantes, y a esos, los aspectos técnicos, es a los que Felipe
Calderón se refirió en su reproche a los legisladores por el debate
petrolero.
El argumento más importante de su propuesta no es “lo técnico”, sino lo
ideológico. Pues pretender privatizar industria tan importante para
México lleva una fenomenal carga ideológica, y en suma es ideológica. O
ahora los panistas nos van a salir con la tontera de que privatizar no
es un acto de ideología, si en el mundo entero desde hace 25 años está
en ristre la guadaña neoliberal contra las industrias estatales,
consideradas “muy ideológicas” por quienes pretendían privatizarlas o
por quienes en cierto momento, caso
PEMEX, fueron rescatadas de manos
privadas y restituidas al dominio de la nación, o sea, del Estado, según
los lineamientos de nuestro Artículo 27 Constitucional.
Que se discuta la no privatización o su contraria, la privatización de
PEMEX, es en efecto, un asunto ideológico y del más alto nivel. Si
nuestra Constitución, instrumento jurídico por excelencia del Estado y
la Nación, no contuviese contenidos ideológicos directos o indirectos,
explícitos o implícitos, no pasaría de ser un vulgar reglamento
administrativo, y hasta en este caso tal reglamento reflejaría la Ley
Mayor, o sea, la Constitución, en su orientación ideológica, de la
intención que guarda respecto de las metas nacionales y los objetivos de
la colectividad, que siempre tienen una carga esencial ideológica.
El señor Felipe Calderón, con estas afirmaciones da una pobre muestra de
la incomprensión que tiene de una materia que se supone estudió en la
carrera de Derecho. O que la pasó de noche, como se dice de quien
ignorante de una materia --el derecho constitucional, nada menos-- de
todos modos por una suerte del destino, o “chiripa”, alcanzó la
calificación escolar aprobatoria.
Si privatizar Pemex, que criticó Calderón desde España, no es un acto
ideológico neto, aunque impuro, debería cancelarse la misma Constitución
de un plumazo para que al señor que encabeza la administración pública
le pareciera justificada su pretensión presuntamente “no ideológica” de
privatizar. Pero los amarres de toda estructura jurídica, empezando por
su Ley Mayor, seguirían siendo pronunciamientos ideológicos, no técnicos
ni administrativos.
Muy lejos está este personaje respecto de los panistas cultos
doctrinarios, o al menos prudentes, que fundaron su partido en 1939, con
Manuel Gómez Morín a la cabeza, para oponerse al programa revolucionario
de entonces, que encabezó don Lázaro Cárdenas del Río (1936-1940), en
conocida respuesta de la derecha contra quien apenas un año antes había
dado el gran paso histórico de la expropiación de la industria
petrolera. Respuesta derechista que era un pronunciamiento ideológico
frente a la afirmación ideológica de la expropiación.
Algo muy grave es que fue Calderón a España a mercar a México y,
naturalmente, cosechó aplausos, pues fue a ofrecerles un nuevo modo de
“hacer las américas” con que el afán gachupinesco siempre mira a los
países de Nuestra América; o sea, como botín para hinchar la
faltriquera. Pero a la vez puso en evidencia su miseria conceptual en
materia tan importante como la vigencia de la Constitución en el estatus
y destino de la empresa petrolera nacional.
Tal como lo acostumbró el despatarrado Fox, habló Calderón en el
extranjero de asuntos mexicanos, y supuso que en su pretensión
privatizante cualquier cosa se vale, hasta perder el decoro en aras del
becerro de oro del neoliberalismo, en este caso hispano, que
ideológicamente sabe perfectamente bien qué quiere o no quiere de
México; esto es, tiene una intención ideológica neta. No, señor
Calderón, la vida social, toda, está inmersa en la ideología, desde que
existen clases sociales que postulan posiciones distintas que son
definiciones ideológicas, y no son simples adornos conceptuales ajenos a
la realidad.
|