|
070708 -
Los hechos en torno al debate
petrolero se acumulan. Con creces, siguen adelante en el foro
del Senado los partidarios de que
PEMEX refrende su
pertenencia a la nación, mientras que sus oponentes, los que
ansían con oscuro interés la enajenación de la industria
petrolera hacia las manos privadas, no le están llegando ni a
los tobillos a los primeros en cuanto a calidad de análisis o
lógica de argumentación. Pero si bien el debate en el Senado no
es vinculante, obligatorio legalmente hablando, sino que han de
ser los legisladores los que, después del debate en el foro del
Senado, habrán de decidir la suerte de
PEMEX, se puede adelantar
que en la compulsa petrolera el triunfo moral y político ya lo
tienen los defensores de
PEMEX como instrumento de
la nación para su desarrollo.
Este triunfo político y
moral debiera ser ratificado en las cámaras legislativas, si
éstas en su gruesa mayoría fueran genuinamente representativas
de la nación. No es automático que así sea. La conjunción entre
panistas y priístas empanizados tiene cierta fuerza numérica en
las dos cámaras. Los voceros panistas señalaban hace días que
andaban en busca de sólo once votos senatoriales de priístas
para hacer la mayoría requerida que eche adelante el proyecto
calderónico de privatización petrolera. Sólo once votos, de un
total de 128 escaños, son la diferencia entre la vida y la
muerte del sueño nacionalista petrolero mexicano.
Si el panismo
calderonista y el priísmo entreguista triunfaran en este empeño,
días aciagos habrían de sobrevenirle a México, como bien lo han
expresado múltiples voces adentro y afuera de los ámbitos
políticos y legislativos. Desde la Expropiación Petrolera de
Lázaro Cárdenas del Río en 1938 hasta hoy, México habría perdido
70 años de independencia petrolera y económica. El rezago
histórico resultante sería de casi un siglo. Y sin duda esto
significaría que el pueblo mexicano, que a la postre siempre se
rebela contra la adversidad y la sinrazón, habría de entrar al
camino abrupto y azaroso de nacionalizar la política mexicana y,
por ende, de refundar al Estado, cuestión no menos azarosa y
abrupta.
En otras palabras, la
supuesta solución de privatizar la industria petrolera sólo
sería el punto de arranque de un nuevo ciclo histórico mexicano
en el que la demanda principal sería volver a hacer prevalecer
los intereses nacionales sobre los intereses privados que en los
hechos—y también en la teoría—navegan contra la nación y su
interés. Volveríamos a empezar, debido a la rapacidad y a la
miopía histórica de la derecha actualmente en el poder
presidencial.
No hay vuelta de hoja.
Para efectos prácticos, como se está viendo, el hecho de que
Felipe Calderón Hinojosa haya asumido el poder presidencial
“háiga sido como háiga sido”, esto es, por un magro y tramposo
0.5% de los votos, no parece conmover a los panistas y a la
derecha cupular empresarial. Estos quieren creer, y hacernos
creer, que esa infinitesimal mínima diferencia de votos fue una
suerte de cheque en blanco que el pueblo mexicano les dio para
que esta derecha inepta y entreguista traicionara a los dos
tercios restantes de electores que no votaron por Calderón
(entre obradoristas y priístas). Les importa, como a todos ellos
en la elección del 2006, obtener el resultado al estilo del
“háiga sido como háiga sido”. Una vez afianzados, creen que lo
demás sería cuestión de propaganda, de disuasión de la protesta,
de manipulación mediática mentirosa, de atole con el dedo a las
mayorías mexicanas y hasta de represiones.
De lo cual resulta que
si las cámaras legislativas, por la trampa de sumar votos (y ya
se denunció que desde el actual gobierno están queriendo comprar
cada voto necesario en varios millones de dólares, con
escandalizado y gazmoño sobresalto panista) llegasen a obtener
esa mayoría necesaria para poder vender la soberanía del
Estado—fuese a los privados, fuese a los extranjeros también
privados—el único camino que quedaría abierto a los
nacionalistas sería el de las movilizaciones populares y la
insurrección política democrática pacífica. Si a golpes de
movilización popular fue abortado el albazo legislativo que
pretendía tener aprobada la privatización en el pasado abril, a
golpes de movilización popular habría de darse la resistencia
contra la privatización misma, de llegar ésta.
Aún faltan las
consultas populares preparadas por los nacionalistas, en medio
del griterío de la derecha de que eso es tanto como atentar
contra la legalidad. Pero tampoco para estas consultas, según
encuestas y según las percepciones de quienes nos mantenemos
atentos al pulso del pueblo, la decisión se inclina hacia los
privatizantes, sino a favor de los nacionalistas. Y como tampoco
este resultado anti-privatizante, que es el más esperado, habría
de ser vinculante u obligatorio legalmente, los nacionalistas
deberían pensar en cómo hacer valer esta decisión mayoritaria
desde hoy anunciada.
Una vez más, ahí
estaría el camino abierto de una mucho más intensa movilización
popular democrática, lo cual abre un periodo de incertidumbres
políticas y sociales como no las ha tenido México en su
historia, dado que nunca como hoy en las últimas siete décadas
ha estado al frente del poder presidencial un personaje más
avieso que el llamado presidente Calderón, presidente de facto,
presidente espurio, presidente ilegítimo. Ha constituido
Calderón un gobierno tan débil que da manazos y patadas para
fortalecerse en todos los ámbitos, pero que está logrando
exactamente lo contrario de lo que pretende, como en el caso de
la lucha contra el crimen organizado, donde camina para atrás
tres, cuatro, cinco o seis pasos, y para adelante sólo uno o
menos.
Eso es lo que causa
temor, su incapacidad para obtener triunfos legítimos ante la
nación y el pueblo, y eso empantana al país en una ola de
contradicciones. Y de ahí al desastre no hay sino sólo un paso.
|