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México es y seguirá siendo de los mexicanos
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240708 - Se agotaron los foros senatoriales sobre PEMEX, pero no sus resultados, que hablaron de una contundente victoria de los argumentos de quienes defienden la riqueza petrolera como patrimonio de todos los mexicanos y como palanca para el desarrollo nacional --tal como constitucionalmente está establecido-- y no como commodity o mercancía expuesta a la explotación y lucro del mejor postor, extranjero o nacional. Ahora vendrá la gran consulta popular que en la capital y en 9 o 10 puntos del país se realizará a partir del domingo siguiente, 27 de julio. Ambos hechos, uno ya realizado, los foros en el Senado, y el otro muy próximo, la consulta popular, nos habrán mostrado un país decidido a no dejarse despojar de esa gran riqueza y símbolo de nacionalismo económico y, por ende, político.

Los partidarios de la reforma privatizante de Felipe Calderón Hinojosa quedaron como lo que son: unos sofistas o demagogos que se atragantaron a cada instante entre su declarada, pero falsa, profesión de fe constitucionalista de dientes pa’ fuera, y su real intención de enajenar los hidrocarburos de la nación a manos extranjeras. Es que no se puede al mismo tiempo tragar el diminuto polvo del pinole de maíz, y chiflar con la misma boca. La postura de los nacionalistas fue, por el contrario, categórica y sin ambages: ninguna privatización abierta o solapada se debe permitir o dejar pasar. El petróleo debe seguir en manos mexicanas y del Estado como representante de la nación.

Lo que intenta la derecha ideológica y empresarial con la privatización abierta o solapada de PEMEX, es algo tan deleznable como lo fue en 1847 el despojo de más de la mitad del territorio nacional de entonces a favor del capitalismo expansionista estadounidense. O sea, no olvidemos aquella historia, ya muy lejana. México perdió esos territorios debido a que vivía en la desunión y era muy débil su concepto de nación. La derecha de entonces, bajo las inspiraciones del régimen teocrático y acaparador de una Nueva España ya muerta, pero latente y vigorosa aún en muchas conciencias, impidió la unidad nacional que a su vez hubiese impedido el gran despojo territorial. Para quienes hablar de historia es algo obsoleto e ineficiente, propio de anécdotas insustanciales y de ilusos inocentes, aquella, la del siglo 19, es la alerta que tenemos en el siglo 21 respecto de esta nueva soberanía que se quiere pase a manos privadas e inevitablemente, por obra y gracia de la “sabiduría” de los mecanismos del mercado, a intereses extranjeros.

Las derechas tanto ideológica como empresarial no miran por el país ni por los mexicanos, sino por el becerro de oro negro como mercancía y lucro para unos cuantos. No se les puede creer su proclamado nacionalismo vacío de contenidos, esa suerte de piel de oveja que mal esconde las garras de la ambición que le asoman y se ven sin mucho esfuerzo, cuando siempre han operado así. El Partido Acción Nacional, actualmente encaramado en la presidencia, nació en 1939, apenas un año después de la gran gesta de Don Lázaro Cárdenas del Río, uno de los dos presidentes más grandes que ha tenido México, junto con Don Benito Juárez García. Y nació el PAN como ente acanijado del resentimiento, para oponerse a toda la política cardenista, en cuyo centro estaba la recuperación por México de la gran riqueza de los hidrocarburos. Ni modo que hoy los panistas se hayan olvidado de su nacimiento y hayan cambiado. En su discurso cotidiano sigue prevaleciendo la intriga contra México y sus intereses. O sea, no han cambiado, y como decía el socialista francés Jean Jaurés de la derecha de su país, a principios del siglo 20, “no han aprendido nada ni han olvidado nada”.

Estos de hoy no merecen estar al frente del país. Ya se está viendo por qué. Ni están trayendo bienestar al pueblo ni alcanzan a otorgar seguridad a vidas y bienes de los mexicanos, como lo indica la fallidísima operación anti-narco, que día con día crece inconteniblemente en volumen de muertes, atropellos e impunidades. México, a pesar de las deformaciones políticas y sociales que le han impreso décadas de enajenación ideológica y mental, las del capitalismo salvaje también llamado neo-liberalismo, en gran medida por obra de la telecracia, no es un país reaccionario, sino progresista. Estos derechistas de hoy creen o quieren hacernos creer que con ese magro 0.51 de votos trucados a su favor en las elecciones del 2006, pero con las dos terceras partes del electorado en su contra, ya tienen el salvoconducto total para atracar a la nación. Se equivocan. Los días, semanas y meses siguientes habrán de poner a México sobre sus propios pies. El sano nacionalismo sin exclusivismos retorcidos, seguirá siendo la palabra de orden de las mayorías mexicanas.

La historia puede equivocarse en su derrotero, pero sólo por cortos periodos o por lapsos pasajeros. El país está viviendo la enorme equivocación de haber encumbrado a un zafio, Fox, como presidente. Pero ya está alertado de que el avieso y espurio Calderón no habrá de lograr su designio, orquestado desde los centros de poder mundial del imperio de EU o de los sub-imperios que desde Europa o Japón lo acompañan servilmente en su obra depredadora de naciones. La gran oportunidad para el México real, el del pueblo y sus trabajadores, el de sus inteligencias y su gran cultura, está puesta a prueba en estos tiempos. La consulta popular y la movilización de conciencias que la inspira y acompaña, lo deberán decir con mucha claridad. México es de los mexicanos, no de los mercachifles ni de los poderosos del mundo o de aquí.

 

 

 

 

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