Quinta parte: La revolución de 1979 y el ascenso
del fundamentalismo islámico
En diciembre de 1977, el presidente Jimmy Carter brindó
por el sha de Irán y dijo que el país era una "isla de estabilidad" en
un mar turbulento. Unas semanas después, un grupo de estudiantes
religiosos realizó una pequeña protesta contra el sha en Qum, que las
fuerzas del orden reprimieron violentamente. No era nada inusual, pero
esta vez se inició un ciclo y se desató una poderosa ola de descontento
e indignación populares. La represión le echó leña y provocó más
protestas. Un año después del brindis de Carter, una ola de revolución
recorría el país. En un solo día, más de diez millones de personas (un
tercio de la población) se echaron a la calle pidiendo el fin de la
monarquía. En enero de 1979, el odiado sha tuvo que huir; en febrero, el
ayatola Ruhollah Jomeini y sus partidarios tomaron el poder.
La revolución iraní, la consolidación de una teocracia
islámica y la respuesta de los imperialistas estadounidenses tendrían un
impacto profundo. Debilitarían el control estadounidense del Medio
Oriente y contribuirían al ascenso del fundamentalismo islámico opuesto
a Estados Unidos. Con la revolución, Irán pasó de ser un baluarte de la
dominación estadounidense a ser uno de sus principales obstáculos en la
región. A lo largo de las décadas siguientes, el imperialismo y el
fundamentalismo islámico se opondrían y al mismo tiempo se reforzarían.
Estados Unidos: Aturdido y confundido
La revolución iraní tomó por sorpresa a la clase
dominante estadounidense. En agosto de 1978, cuando el maremoto
revolucionario estaba a punto de estallar, un informe de la CIA
concluyó: "Irán no está en una situación revolucionaria y ni siquiera en
una situación ‘pre-revolucionaria’".
En el otoño de 1978, las fuerzas del orden masacraron a
miles de manifestantes en el "viernes sangriento", pero ni eso logró
detener la lucha. Así los imperialistas se dieron cuenta de la magnitud
de lo que pasaba en Irán, pero no lograron ponerse de acuerdo para
responder y siguieron paralizados: unos estaban a favor de dar un golpe
militar pero a otros les preocupaba que desatara un levantamiento
revolucionario más profundo y empujara a las masas hacia el campo de la
izquierda revolucionaria laica.
Por otro lado, la principal necesidad que motivaba a los
imperialistas era la contienda con la Unión Soviética. Muchos estrategas
de la clase dominante pensaban que Jomeini y los clérigos se opondrían a
la izquierda y a los soviéticos, y que entregarían el poder a los
tecnócratas aliados de Estados Unidos. En febrero de 1979, un alto
funcionario del gobierno escribió que el movimiento de Jomeini "es mejor
organizado, progresista y capaz de oponer resistencia al comunismo de lo
que sus detractores quieren que creamos".
Ninguna de las opciones le convenía a Estados Unidos, y
su libertad de influenciar los sucesos en Irán disminuyó rápidamente. A
fin de cuentas, el gobierno de Jimmy Carter decidió tratar de llegar a
un acuerdo con la nueva República Islámica. Conservó las relaciones
diplomáticas con Irán y trató de crear vínculos con varias fuerzas del
nuevo gobierno.
Desde tiempo atrás, Jomeini era partidario de un
gobierno de "juristas" islámicos (académicos y clérigos), que
reimpusiera la ideología y las relaciones sociales islámicas dentro de
los confines del orden social y las estructuras económicas existentes.
Eso concordaba con los intereses de ciertos sectores de las capas
feudales y burguesas de Irán, y requería reconfigurar su papel regional
y su relación con el imperialismo estadounidense. Pero no requería
romper con la dominación imperialista en general ni mucho menos extirpar
el feudalismo. Jomeini y sus partidarios veían el nuevo estado iraní
como un modelo para el resto del mundo islámico. Por su parte, los
muchos agentes de la CIA estacionados en Irán tenían la mirada puesta en
la Unión Soviética; un alto funcionario le dijo al escritor Robert
Dreyfuss que "prácticamente nadie en el gobierno de Carter sabía quién
era Jomeini hasta que era demasiado tarde".
La toma de la embajada estadounidense
El 4 de noviembre de 1979 Estados Unidos recibió otra
sorpresa muy desagradable. Con la aprobación de Jomeini, unos
estudiantes islámicos se apoderaron de la embajada estadounidense en
Teherán y tomaron de rehenes a los empleados con la demanda de que el
sha regresara para juzgarlo.
Varios factores provocaron la toma. Primero, Estados
Unidos le abrió las puertas al sha (que moría de cáncer) para recibir
atención médica. Segundo, en Argelia se celebró una reunión entre el
asesor de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, y el primer
ministro y los ministros de defensa y relaciones exteriores de Irán
(todos aliados de Jomeini pero pro Estados Unidos y con una orientación
básicamente laica).
Las fuerzas de Jomeini, que organizaron y llevaron a
cabo la toma de la embajada, aprovecharon la indignación popular contra
el sha y el miedo general de que Estados Unidos estuviera conspirando
para devolverle el poder, como en 1953. Sin embargo, la meta principal
de Jomeini y los clérigos era desprestigiar y expulsar a las fuerzas
laicas, consolidar un monopolio de poder en sus propias manos y
establecer una teocracia islámica.
El "arco de crisis" del Medio Oriente
En diciembre de 1979, poco después de la toma de la
embajada, la Unión Soviética invadió a Afganistán. La invasión le dio el
control de un amortiguador clave entre Irán y Pakistán, y la acercó al
golfo Pérsico. Ocurrió en el contexto de lo que un alto funcionario del
gobierno de Reagan llamó una redoblada "competencia por influencia con
Estados Unidos por todo el Medio Oriente, el océano Índico, el cuerno de
África, la península arábiga y el suroeste de Asia". Al gobierno
estadounidense le preocupaba que los gobiernos de su establo del golfo
Pérsico fueran vulnerables a la agitación islamista fomentada por Irán.
O sea, pensaba que tenían ante sí un "arco de crisis" de Afganistán a
Arabia Saudita, pasando por Irán.
Respuesta estadounidense: Armar y organizar a
los fundamentalistas islámicos
Los imperialistas estadounidenses planearon una
respuesta multidimensional y agresiva para apuntalar a los gobiernos
amigos del Golfo y contrarrestar a los soviéticos. Carter definió el
marco de esas medidas en el Informe presidencial el 23 de enero de 1980:
"Cualquier intento de cualquier fuerza externa de obtener el control de
la región del golfo Pérsico será considerado como un ataque contra los
intereses vitales de Estados Unidos, y se rechazará por todos los medios
necesarios, inclusive la fuerza militar". Brzezinski explicó que esa
"Doctrina Carter" era "una revolución estratégica en la posición global
de Estados Unidos". Controlar el golfo Pérsico pasó a ser tan importante
para el imperio como las alianzas con Europa y Japón, con una
concomitante expansión de la presencia militar en la región.
Un elemento clave de esa estrategia, que más tarde
causaría muchos problemas para Estados Unidos, fue movilizar fuerzas
islámicas en contra de los soviéticos, especialmente en Afganistán (lo
que ya se había hecho en Argelia, Turquía, Jordania, Egipto e Israel).
Un alto funcionario del gobierno de Carter lo explicó así: “La teoría
era que existe un arco de crisis, así que hay que movilizar un arco de
islam para contener a los soviéticos”.
Irónicamente, eso ocurrió después de que el primer
estado islámico tomó el poder en la región.
En julio de 1979, cinco meses antes de la invasión
soviética, Estados Unidos inició una campaña clandestina para
desestabilizar al gobierno afgano prosoviético armando y financiando a
la oposición islamista. Según Brzezinski, la meta era “provocar una
intervención militar soviética”. Después de la invasión, Brzezinski le
escribió a Carter: “Ahora tenemos la oportunidad de darle a la URSS su
guerra de Vietnam”. Durante la década siguiente, el gobierno
estadounidense le dio $3 mil millones de armas y ayuda a los muyahidines
islámicos y contribuyó a crear una red global de combatientes
islamistas, algunos de los cuales pasarían a ser el núcleo de Al Qaeda.
Aprueban la invasión iraquí de Irán de 1980
Otro elemento importante del contraataque estadounidense
fue castigar a Irán para obligarlo a poner en libertad a los empleados
de la embajada y a parar la agitación islamista por toda la región. La
estrategia era presionar y contener a la República Islámica, pero no
tumbarla. El gobierno de Jomeini reprimía salvajemente a los
izquierdistas iraníes, conservaba su distancia con la Unión Soviética y
seguía enviando petróleo al Occidente… todo lo cual concordaba con los
intereses estadounidenses. La principal preocupación de Washington era,
como dijo Brzezinski, forjar “una coalición islámica antisoviética”.
Estados Unidos tenía recursos militares limitados en la
región y temía que un ataque de gran envergadura contra Irán provocara
una confrontación con la Unión Soviética, que podría desembocar en una
conflagración nuclear. Durante e inmediatamente después de la revolución
iraní, Estados Unidos y la URSS se soltaron una serie de amenazas
levemente disimuladas, acompañadas de maniobras militares y alertas
nucleares, como advertencia mutua de no entrometerse en Irán.
En vista de esas limitaciones, Estados Unidos decidió
actuar por medio de Saddam Hussein, cuyo gobierno nacionalista laico se
sentía amenazado ideológica y políticamente por la revolución islámica
de Irán (en parte porque el 60% de la población iraquí eran chiítas muy
oprimidos). En la primavera y verano de 1980, Washington alentó a Irak a
atacar a Irán (posiblemente con una reunión entre Hussein y Brzezinski o
altos funcionarios de la CIA en Jordania). El 22 de septiembre de 1980,
Irak invadió el suroeste de Irán.
La “sorpresa de octubre” de Reagan
A los ojos del gobierno de Carter, la invasión
concordaba con los intereses estadounidenses, pero cuando las fuerzas
iraquíes conquistaron gran parte del sur de Irán, resultó patente que
Hussein tenía mayores ambiciones. Por eso Estados Unidos anunció que
oponía a “descuartizar a Irán” y prometió darle $300 a $500 millones en
armas si ponía en libertad a los empleados de la embajada.
Esa oferta nunca dio fruto debido a una conspiración
secreta entre los clérigos iraníes y poderosas fuerzas derechistas de
Estados Unidos.
Para la clase dominante estadounidense, la toma de la
embajada y los 52 empleados, que duró 444 días, era una humillación
global. La prensa lo llamaba “América tomada de rehén” y los
comentaristas se quejaban de que Estados Unidos era un “gigante
lastimoso” que no podía imponer su voluntad ni siquiera en un país del
tercer mundo. De remate, un operativo militar del 24 de abril de 1980
para rescatar a los rehenes fracasó totalmente. Esas limitaciones al
poderío estadounidense frustraban profundamente a los partidarios de
Ronald Reagan, y estos decidieron que su victoria electoral era crucial
para fortalecer la dominación global y confrontar agresivamente a los
soviéticos.
Esos partidarios de Reagan (muchos de los cuales son los
principales neoconservadores belicistas del actual gobierno de Bush)
temían que si Carter lograba la libertad de los rehenes, sería
reelegido; y se pusieron a impedirlo. En el verano de 1980, los
principales asesores de Reagan llegaron a un acuerdo secreto con la
República Islámica: si Irán no ponía en libertad a los rehenes hasta
después de las elecciones y Reagan ganaba, levantarían las sanciones
económicas impuestas por Carter y permitirían que Israel enviara armas a
Irán. Gary Sick, funcionario del gobierno de Carter, dijo que fue “ni
más ni menos que un golpe de estado político”.
Los ayatolas de Irán aceptaron el acuerdo porque querían
prolongar la crisis de la embajada y la guerra con Irak para posar de
luchadores antiimperialistas, aventajar y aplastar a sus enemigos, y
consolidar firmemente la teocracia. Reagan ganó y el 21 de enero de
1981, el día de la toma de posesión, Irán puso en libertad a los
rehenes.
Parálisis en el Golfo, derrota de los soviéticos
y ascenso del fundamentalismo islámico
A corto plazo, la ofensiva estadounidense tuvo éxito. La
guerra de Irán e Irak duró ocho años y ningún lado salió victorioso. La
guerra y las luchas internas absorbieron las energías de la República
Islámica, y los gobiernos del establo estadounidense sobrevivieron. la
Unión Soviética tuvo que retirarse de Afganistán en 1989, y esa derrota
contribuyó a su derrumbamiento y a la victoria estadounidense en la
“guerra fría”.
Sin embargo, esas medidas (inclusive la victoria sobre
los soviéticos) desencadenaron en muchos sentidos nuevas contradicciones
y sembraron las semillas de las enormes dificultades que Estados Unidos
tiene hoy en el Medio Oriente y Asia central.
Las guerras de sustitutos en el golfo Pérsico y
Afganistán causaron una enorme cantidad de bajas. Se calcula que en la
guerra de Irán e Irak murieron a lo mínimo 367,000 personas (262,000
iraníes y 105,000 iraquíes). Unas 700,000 quedaron heridas, así que el
total de muertos y heridos excedió un millón. De 1979 a 1989, la guerra
de Afganistán le costó la vida a más de un millón de afganos (y 15,000
soldados soviéticos) y desplazó a un tercio de la población a campos de
refugiados. Todo esto contribuyó al sufrimiento y desplazamiento
generalizados en la región, y ha sido una importante fuente del
islamismo opuesto a Estados Unidos.
La guerra de Irán e Irak ayudó al gobierno de Jomeini a
consolidar el poder, lo que aprovechó para promover movimientos
islamistas por toda la región. Dreyfuss escribió: “La revolución
religiosa de Irán fue más allá de resquebrajar el puesto de avanzada
estadounidense más importante. Cristalizó un cambio fundamental del
carácter de la derecha islámica, un cambio que empezó con la Fraternidad
Musulmana varias décadas antes. Al cobrar fuerza en los años 70, la
derecha islámica se volvió más firme, unos elementos se radicalizaron… y
adoptó un carácter más político”.
Al armar y entrenar a los muyahidines afganos e
islámicos, Estados Unidos creó una fuerza combatiente que se volvió en
contra de sus patrocinadores (estadounidenses y sauditas) y les creó un
gran problema. La victoria contra los soviéticos envalentonó a los
islamistas, que pensaban que habían derrotado a una superpotencia así
que también podían derrotar a la otra. Además, el derrumbamiento de la
Unión Soviética fortalecía al fundamentalismo islámico
ideológicamente (el laicismo y el marxismo supuestamente fracasaron) y
políticamente (un principal patrocinador de las fuerzas laicas y
nacionalistas cayó).
En el curso de la década pasada y la actual, la
tendencia islamista ha representado un problema cada vez más serio para
el imperialismo yanqui.