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Parte 4 -
Parte 5 - Parte 6
- Parte 7
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Parte 6: Los años 80: Doble juego,
traición y matanza en el golfo Pérsico
Durante más de 100 años, el imperialismo
ha dominado a Irán con intrigas clandestinas, intimidación económica e
intervenciones e invasiones militares. Esta dominación ha estado
profundamente entrelazada en la estructura del imperialismo global, y
son los antecedentes de la hostilidad de Estados Unidos hacia Irán hoy y
las actuales amenazas de guerra. La
primera parte de
esta serie exploró la rivalidad de las potencias europeas para explotar
a Irán y sus recursos petroleros antes y después de la I Guerra Mundial.
La segunda parte
detalló cómo Estados Unidos tumbó al gobierno laico nacionalista de
Mohammed Mossadegh en 1953 y volvió a poner en el poder a un
administrador leal: el brutal sha Mohammed Reza Pahlavi. La
tercera y cuarta
partes examinaron las consecuencias de 25 años de dominación
estadounidense para el país y la población, y cómo sembraron las
semillas de la revolución de 1979. La
quinta parte
examinó cómo la revolución de 1979 y la respuesta de Estados Unidos
contribuyeron al ascenso del fundamentalismo islámico. La sexta parte
explora la lógica imperialista, el cinismo y las necesidades de la
maniobra de 1985-1986 de Ronald Reagan de enviar armas a cambio de poner
en libertad a los rehenes.
*****
En 1986, el presidente Ronald Reagan envió una Biblia
inscrita personalmente y un pastel de chocolate en la forma de una clave
--junto con ofertas de millones de dólares de equipo militar y una nueva
relación estratégica— como gesto conciliador a la República Islámica de
Irán, dirigida en ese entonces por el ayatola Jomeini. Unos 16 años más
tarde, en el 2002, el presidente George Bush condenó a Irán por ser
parte del “eje del mal”; ahora dice que no normalizará las relaciones y
amenaza con atacarlo.
Ese cambio al parecer dramático es producto de cambios
globales y, por eso, de las diferentes oportunidades y necesidades del
imperialismo estadounidense, en los años entre la oferta de Reagan y las
amenazas de Bush.
Pero también hay continuidad en esto. El cambio de lo
que hizo Reagan a lo que hace Bush puede parecer dramático, pero ambos
presidentes trataban, en circunstancias diferentes y con tácticas
distintas, de defender los intereses del imperialismo estadounidense,
especialmente de fortalecer la dominación de Irán y toda la región.
La oferta de ayuda militar a Irán ocurrió en medio de la
sangrienta guerra de 1980 a 1988 de Irán e Irak. El gobierno de Saddam
Hussein inició la guerra con la aprobación de la administración de Jimmy
Carter. La República Islámica acababa de conquistar el poder en Irán
tras la revolución de 1979, que tumbó al odiado títere yanqui, el sha de
Irán. La Casa Blanca calculó que el ataque iraquí debilitara al nuevo
gobierno, bloqueara sus amenazas a los gobiernos del establo
estadounidense en el golfo Pérsico y obligara a Irán a poner en libertad
a los empleados de la embajada estadounidense que tenía de rehenes.
No hizo la oferta porque de repente a los imperialistas
les gustaba la República Islámica. Todo lo contrario. La caída del sha
sacudió al imperialismo, que consideraba el gobierno de Jomeini como un
obstáculo a su dominación política, militar y económica. Y le
preocupaban mucho los esfuerzos de Irán de fomentar las corrientes
islámicas anti Estados Unidos y jugar un papel mayor en el Medio
Oriente. Por ejemplo, en 1982 envió 1,500 Guardias Revolucionarios a
Líbano durante la guerra contra Israel para ayudar al nuevo grupo armado
Hezbolá. En 1984, Estados Unidos puso a Irán en la lista de países que
apoyaban el “terrorismo”.
Temores de un golpe soviético en un “eje central
geopolítico”
Sin embargo, en 1985 los imperialistas yanquis tenían
mayores preocupaciones: temían que la Unión Soviética ganara una gran
victoria geopolítica en la lucha por el poder en Irán tras la muerte de
Jomeini, que ya tenía más de 80 años.
Después de la II Guerra Mundial, y especialmente desde
los años 60, la rivalidad global con la URSS (una potencia imperialista
con un disfraz “comunista”) moldeaba las acciones estadounidenses en el
Medio Oriente. Esa rivalidad puso grandes limitaciones a lo que podía y
no podía hacer. Por ejemplo, una razón que no había intervenido
directamente ni en gran escala en la región era que temía que los
soviéticos ayudaran al país atacado y sacaran ventaja e influencia.
También sabía que una confrontación podría llevar a una guerra nuclear.
Como resultado, durante los años 80, aunque aumentó su
presencia militar en el golfo Pérsico, Estados Unidos todavía tenía que
actuar por medio de los gobiernos regionales, como Irak, de que muchas
veces desconfiaba. A veces tenía que hacer pelear el uno contra el otro
para lograr sus propósitos, o librar guerras de sustitutos. La guerra de
Irán e Irak era un ejemplo de esto: demostró tanto el cinismo y
salvajismo de los imperialistas como sus opciones limitadas.
La dominación del Medio Oriente, con sus enormes
recursos energéticos y posición estratégica, ha sido un elemento clave
del poderío global estadounidense y de su sistema capitalista desde
finales de la II Guerra Mundial. La posibilidad de un triunfo soviético
preocupaba tanto a los imperialistas yanquis porque Irán es, en palabras
del asesor de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, un “eje
central geopolítico”, o sea, un país cuyo destino tiene gran influencia
en la política estratégica global. Irán es un país grande con un
territorio cuatro veces mayor que Irak. Tiene una posición estratégica:
domina el golfo Pérsico (tiene una costa de 1,600 km), limita con el mar
Caspio (que tiene grandes recursos energéticos) y queda entre la Unión
Soviéticas y los yacimientos petroleros del Medio Oriente y entre el
Medio Oriente y Asia central. Es el segundo o tercer país del mundo en
reservas petroleras.
Un borrador de junio de 1985 de un Directiva de
Seguridad Nacional decía: “Si la Unión Soviética saca provecho de la
contienda que surge y si se entromete en Irán, esto cambiará el
equilibrio estratégico regional”. Surgió un debate en el gobierno de
Reagan y se impusieron los que querían iniciar un diálogo estratégico
con los dirigentes iraníes. El almirante John Poindexter, asesor de
seguridad nacional, escribió: “Tenemos una oportunidad que no debemos
pasar por alto… si no tiene éxito, solo perderemos un poco de
inteligencia y mil misiles TOW. Si tiene éxito, podríamos llevar a cabo
muchos cambios en el Medio Oriente”.
Funcionarios de alto nivel del gobierno fueron a Irán
para un pacto. A partir del otoño de 1985, Estados Unidos empezó a
enviar misiles TOW, misiles antitanques y aparatos de radar Hawk
clandestinamente a Irán por medio de Israel; a partir de comienzos de
1986, los envió directamente. La meta inmediata era que pusiera en
libertad a unos empleados estadounidenses capturados por las fuerzas
islamistas en Líbano. Pero la meta estratégica era trazar vínculos y
ganar palanca con el gobierno iraní e impedir un avance soviético.
Lo que los imperialistas yanquis y los teócratas
iraníes tienen en común
La oferta de Reagan también demostró que los
imperialistas yanquis reconocían que tenían mucho en común con los
teócratas iraníes. A pesar de todas sus muestras de oposición a Estados
Unidos, el programa de la República Islámica nunca contemplaba romper
con el orden mundial imperialista. Los clérigos iraníes defienden el
capitalismo y la propiedad privada explícitamente. Económicamente el
país es productor de petróleo para el mercado mundial (80% de los
ingresos del gobierno es de la venta del petróleo) y depende de los
acuerdos tecnológicos y de mercadeo con las compañías trasnacionales. Da
la bienvenida a las inversiones extranjeras. Los clérigos protegen (y en
muchos sentidos fortalecen) las relaciones sociales y de clase
tradicionales, que son la base interna de la dominación imperialista. Y
masacraron a los comunistas, izquierdistas, intelectuales
revolucionarios y fuerzas democráticas que luchaban contra la dominación
estadounidense.
Por supuesto, para el gobierno de Reagan llegar a un
acuerdo no quería decir tratar a Irán con respeto mutuo o igualdad. El
punto era incorporar y subordinar al país en un orden dominado por
Estados Unidos, por medio de una mezcla de incentivos, amenazas y juegos
dobles. La meta era, en palabras del New York Times (1984),
“que ambos países [Irán e Irak] pierdan” y que “se agoten mutuamente”.
Al estilo de un padrino de la Mafia, al mismo momento que Reagan enviaba
regalos y armas a Irán, su equipo cooperaba con los servicios de
espionaje iraquíes y les daba inteligencia sobre las acciones de las
fuerzas iraníes en el campo de batalla. En un mensaje secreto, Reagan
exhortó a a Saddam Hussein a redoblar el bombardeo de Irán.
En el otoño de 1986, la iniciativa estadounidense con
Irán se fue a pique (por varias razones, como una profunda desconfianza
mutua y las divisiones en el seno de la clase dominante estadounidense)
cuando el acuerdo secreto salió a flote en una revista libanesa. Junto
con los temores de que Irán derrotara a Irak, esto llevó a Estados
Unidos a darle la ventaja a Irak. Redobló la ayuda militar y de los
servicios de espionaje al gobierno de Saddam Hussein, y despachó más
buques de guerra al golfo. El 2 de julio de 1988, el buque Vincennes
derribó un avión comercial iraní y mató a todos los 290 pasajeros.
Estados Unidos dijo que era un accidente pero el gobierno iraní lo vio
como una amenaza no muy disimulada de las consecuencias de no terminar
la guerra. Poco después, el 18 de julio, Jomeini aceptó una resolución
de la ONU para un cese del fuego.
Debido en gran parte a la ayuda y el ánimo de Estados
Unidos a ambos lados, se calcula que murieron de 262,000 a 367,000
iraníes y 105,000 iraquíes en la guerra, y que otros 700,000 resultaron
heridos.
Fuentes