110307 - Guatemala - Desde
hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como
una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha
dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre
tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo
reciben en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”. Además, si
bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados,
ninguno de ellos se reconoce “señor del terror” sino, en todo caso,
luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término,
equívoco, hasta incluso: engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”?
¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?
Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo
caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta
una carga negativa: evoca el terror. Un acto terrorista, por tanto, más
que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en
Occidente- es sinónimo de salvajismo. Carga que no tiene, por ejemplo,
la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe.
Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista,
pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación
estadounidense en Irak. ¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un
discurso de dominación, un ejercicio de poder? En el Manual de
Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos
puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo,
“aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos
muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Y más aún: ¿es posible que
haya guerra limpia?
Entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición
seria al respecto? De hecho se han aportado varias, pero los mismos
ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una
versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de
América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo
Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad
del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta
Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra
mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con
resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una
valoración: el terrorismo es intrínsecamente malo. Acto seguido lo
caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como
en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e
intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”.
El Presidente Bush declaró que “no se cansará, no titubeará y no
fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por
un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos
a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa
justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el
derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la
lucha contra él, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo
es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas
guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como pretende hoy la
Casa Blanca contra Irán- o hay ahí “gato encerrado”?
De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de
Washington, el terrorismo ha matado en el mundo, entre en los primeros
cinco años de este siglo, a 24.429 personas (la misma cantidad que
contrae el VIH en 8 días). Lo curioso es que para combatir este flagelo
en el ámbito de la salud la Casa Blanca utiliza 100 veces menos
presupuesto que lo que emplea para su guerra preventiva contra el
“terrorismo”. O hay un error en los cálculos, o evidentemente la
apreciación de los estrategas estadounidenses se equivoca, puesto que
ven una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana en el siempre
mal definido e impreciso “terrorismo” que en la pandemia de SIDA. O,
mucho más crudamente: son unos descarados delincuentes que trabajan para
un proyecto donde lo único que cuenta son los intereses de las grandes
corporaciones de su complejo militar-industrial y asegurar sus
privilegios.
El tema es complejo, y estamos dominados más que nada por un cargado
discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años
nos legó: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la
libertad y la democracia -y la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos”, y
los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola-
suelen ser los “malos”.
¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de
liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a
ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo
conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca
el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-,
eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en
Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación; y no se la
llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las
guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos musulmanes
antisionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas
en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares
que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas
de Chiapas?
Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de
“terrorismo” son por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una
emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un
país contra otro, son todas acciones igualmente violentas, con
resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes.
¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo
esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”?
Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una
tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un
Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan
contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le
cabe el mote -casi despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no
precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre
violencia, y ninguna es más “buena” que otra) sino en un ordenamiento
jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder.
El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York
es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa
oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el
que citábamos más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más
“terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue
un acto autoprovocado por el gobierno federal de Washington para
justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no?
Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso.
Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él
un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores
expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que
ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero
oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”.
¿Quién lo dice?
Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población
civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las
guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la
fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún
militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”.
Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes
mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del
“terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera
casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por
cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de
la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de
la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos
formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder
distanciarnos de la falacia -llevada a grados patéticos por la actual
administración republicana de Washington- de “terrorismo = malo, estamos
contra él o somos un terrorista más”. Merced al impresionante juego
manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a
cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más
pobres y postergados. Todo ello es intrínsecamente perverso,
traicionero, sádico, propio de fanáticos fundamentalistas. Un
“terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo,
un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los
autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la
tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de
la guerra contra el terrorismo.
¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte
violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en
el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero
ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se
defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto
-con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna
vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los
bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de
las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual
como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la
otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra?
Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja
que la malintencionada simplificación con que se nos presenta el
problema. El maniqueísmo, en definitiva, ahoga las posibilidades de
soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un
atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo
el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos
asesinos que los irregulares?
El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de
la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad
espantosa. El hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la
población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se
repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los
humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el
principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran
noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se
presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, aunque debemos ser
cautos en su apreciación.
Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que, en 1981, firmaban
numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que
debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor:
“Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del
subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional
que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin
precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las
masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de
este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de
la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras
conciencias. […] El motivo principal de esta tragedia es de carácter
político.”
Por tanto el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el
impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la
injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba
un tanto pasado de moda hablar de ella.