230707 - Guatemala -
Hacia el sueño del automóvil propio
Uno de los principales íconos distintivos del siglo XX es, sin ningún
lugar a dudas, el automóvil. Desde su surgimiento hace ya más de 100
años fue incorporándose en forma creciente a la vida cotidiana. Hoy,
transcurrido todo ese tiempo, está ya instalado en forma que pareciera
permanente en la civilización global. El mundo moderno, el mundo del
progreso y de la revolución científico-técnica que se nos hizo tan
familiar, la modernidad que barrió todos los rincones del planeta,
pareciera no poder concebirse sin el automóvil. De todos modos vale
abrirse algunas preguntas al respecto.
Es innegable que los medios de transporte variaron en estos últimos
siglos de un modo monumental, a una velocidad vertiginosa; en pocos
siglos se avanzó lo que en larguísimos milenios no se había hecho. El
automóvil lo demuestra de modo fehaciente. El modo de vida cotidiano que
fue imponiendo este nuevo medio de desplazamiento dio lugar a una nueva
cultura cotidiana que, en este momento, pareciera no tener retorno.
Pero ahí está la cuestión que debe ser puesta en duda: ¿es esta cultura
del automóvil individual (uno por familia, o uno por persona incluso) lo
más equilibrado a que pueda aspirarse? Tal como existe hoy día,
¿realmente resuelve problemas o, por el contrario, crea trastornos
nuevos que a largo plazo hacen inviable el modelo de sociedad que lo
entroniza? Si queremos preguntarlo de otra forma: ¿puede tener un futuro
sostenible esta civilización basada en el hiper consumo de petróleo de
la que el automóvil personal es el símbolo por excelencia? El nuevo
socialismo que se está intentando construir –desde la experiencia
venezolana, sin dudas, pero ampliando la apuesta también para todo el
mundo– ¿no debe abrirse preguntas críticas en torno a todo esto?
Hacer la crítica de nuevas tecnologías puede a veces terminar
conduciendo a posiciones retrógradas. En general las invenciones traen
mejoras en la vida cotidiana; y si en un primer momento su aparición
produce efectos colaterales nocivos no esperados, su revisión las
corrige y reorienta de modo positivo. Bienvenidas siempre las nuevas
técnicas: eso es progreso para todos. El mejoramiento de los medios de
transporte que vivió toda la humanidad en estos últimos cinco siglos fue
un avance indiscutible. Comunicaciones cada vez más eficientes, rápidas,
seguras, fueron abriendo nuevas posibilidades; primero las marítimas,
con lo que comenzó verdaderamente la globalización, cuando surge el
capitalismo en Europa y los barcos llevaron el “libre comercio” (y otras
cosas más) por todo el orbe. Igualmente el mejoramiento de las
comunicaciones terrestres (el ferrocarril específicamente) abrió nuevas
y ricas posibilidades cuando se achicaron distancias y en un santiamén
se comenzó a viajar de un punto a otro allí donde, anteriormente, se
necesitaban días, semanas o meses. Ya en el siglo XX llegaron los
transportes aéreos, y entonces el desplazamiento por el planeta no tuvo
límites. Hoy día el reto es el espacio sideral. Sin dudas todas estas
mejoras en las tecnologías de los medios de transporte cambiaron
favorablemente la situación de nuestra especie. ¿Quién podría negarlo
acaso?
Pero algo especial, quizá distinto, cuestionable incluso, sucede con
el automóvil.
Sin dudas este medio de transporte ayudó tanto como todos los anteriores
a abonar esta ola de progreso incontenible que pareciera haberse
disparado con las ciencias de la modernidad occidental. Su presencia es
hoy omnímoda por todos los rincones del globo. ¿Quién no desea tener su
automóvil propio? Y es ahí justamente donde debe abrirse el
cuestionamiento. ¿Es realmente un “avance” para la humanidad la idea de
que cada habitante use su propio automóvil para desplazarse? Varias
décadas aplicando ese modelo han sido ya suficientes para tener la
respuesta: no, definitivamente no. Eso, si bien ha traído nuevas
posibilidades –sin dudas atractivas, bonitas, placenteras (¿a quién no
le gusta viajar?)–, concebido en la forma de vehículo particular para
cada persona es insostenible. ¿Por qué persistir en el error entonces?
Las comunicaciones terrestres por medio del transporte automotor
constituyen un significativo mejoramiento en la calidad de vida de la
humanidad. Negarlo sería retrógrado. El problema se abre a partir del
momento en que se plantea el modelo de una unidad de transporte por
grupo familiar, o más aún –como sucede en algunos países hiper
consumidores del Norte próspero o en algunos bolsones de riqueza en el
Sur– una unidad por persona.
¿Por qué caló tanto la idea del automóvil personal, un solo vehículo por
grupo familiar o por usuario individual en detrimento del transporte
colectivo? Se jugó ahí una estrategia comercial de los grandes capitales
que comenzaron a producir estas nuevas mercaderías: así como los nuevos
medios de transporte, desde su surgimiento y siempre de la misma manera
en su posterior evolución, fueron medios colectivos para muchos
pasajeros, en el caso de los transportes terrestres impulsados por motor
de combustión interna se buscó, prácticamente de su nacimiento, la
promoción del vehículo personal. Para sus fabricantes no hay dudas que
esto es un muy buen negocio, y también para la fabulosa industria del
petróleo que va de la mano. No importaron –y siguen sin importar– los
problemas conexos que trajo ese esquema.
El vehículo automotor individual pasó a ser objeto de consumo casi
adorado, nuevo fetiche con que la cultura dominante a nivel mundial (el
capitalismo de los “hombres blancos”) se impuso por todo el planeta. A
partir de la producción masiva, si bien no es una mercadería barata, la
producción seriada de automóviles los fue transformando en un objeto
bastante accesible para crecientes sectores sociales. Hoy día los hay
para todos los bolsillos, y las refinadas técnicas publicitarias y
mercadológicas han impuesto de manera –pareciera– inapelable esta nueva
mercadería: para ser “exitoso” hay que tener un automóvil. Llegamos así
al siglo XXI donde ya es absolutamente inconcebible el mundo sin estos
enseres, y donde incluso sectores de relativos escasos ingresos pueden
acceder a tener uno de ellos a partir de las políticas de mercadeo que
imponen los pocos gigantes industriales que los producen. Valga decir
que para los primeros veinticinco años del siglo en curso las grandes
corporaciones de fabricantes de automóviles, habiendo abarrotado ya
hasta el límite a los países del Norte donde hay mayor poder
adquisitivo, estiman vender mil millones de unidades en los países del
Sur. Vehículos, obviamente, que habrá que alimentar no con agua
precisamente, no con energía eléctrica ni solar, sino con petróleo, el
mismo por el que se siguen produciendo guerras e invasiones.
Consecuencias no deseadas
Surgen entonces los cuestionamientos: a escala mundial cada dos minutos
muere una persona por causa de un accidente automovilístico. En estos
momentos ese hecho constituye la décima causa de muerte en términos
globales, y de mantenerse la tendencia actual, para el año 2020 con un
número cada vez mayor de unidades circulando por la faz del globo, será
la tercera. Técnicamente estamos ante una “epidemia” en términos de
epidemiología; es, como dice la ciencia de la salud pública, una
“catástrofe oculta”. Siguiendo ese ritmo entonces, la prospectiva indica
que en un par de décadas el 25% de los gastos mundiales en salud se
dedicarán a la atención de víctimas de accidentes viales, lo cual
incidiría muy negativamente en la viabilidad financiera de las políticas
sanitarias en términos planetarios. Pero, curiosamente, las reacciones
de los gobiernos no parecen ser las que una circunstancia así
requeriría. Muy por el contrario, en vez de alarmarse por el desastre en
ciernes, en el mundo sigue muy tranquila –y viento en popa– la
comercialización de automóviles, cada vez más y más.
Por otro lado, y si de catástrofes se trata –sin dudas con un grado de
impacto alarmante mayor que la anterior–, tenemos la continua y
acelerada degradación del medio ambiente que el modelo de consumo
irresponsable generado por la industria capitalista ha generado. Es
imprescindible no olvidar que entre uno de los principales agentes
contaminantes están las emisiones de gases tóxicos producidas por los
automóviles. Digámoslo con un ejemplo: la “Flor de las Indias”, como las
llamara Marco Polo cuando las vio por vez primera, es decir: las mil
doscientas pequeñas islas e islotes de coral desperdigadas por el Océano
Indico más conocidas como Islas Maldivas, con sus 225.000 habitantes
(hoy día paraíso turístico … para quienes pueden pagar el viaje, claro),
está condenada a desaparecer bajo las aguas oceánicas en un lapso no
mayor de 50 años si continúa el calentamiento global de nuestro planeta
–fundamentalmente debido a la sobre-emisión de gases de efecto
invernadero, en especial de dióxido de carbono (CO2)– y el consecuente
derretimiento de casquetes polares y glaciares con el subsiguiente
aumento de la masa líquida de la superficie terrestre. Lo curioso
–¿tragicómico?, ¿incomprensible?– es que los habitantes de esta región
geográfica no han vertido prácticamente ni un gramo de este agente
contaminante. Un poblador de las Maldivas, consumiendo 100 veces menos
que un estadounidense o un europeo, y seguramente sin haberse subido
nunca a un automóvil, está tanto o más afectado que ellos por un modelo
de desarrollo injusto y depredador que envuelve a toda la humanidad.
La catástrofe medioambiental en curso debería hacernos reaccionar con
fuerza (el cáncer de piel producido por el adelgazamiento de la capa de
ozono debido al efecto invernadero creció 13 veces en los últimos 20
años); pero la fantasía de tener el automóvil propio se sigue imponiendo
–o nos la siguen imponiendo–. Visto en esa perspectiva, entonces, el
desarrollo al infinito de más y más automóviles, si bien abrió
fantásticas posibilidades en el campo de los desplazamientos –repetimos:
¡a todos nos gusta viajar!, nadie habla de coartar ese derecho–, trajo
aparejados problemas profundos que, hoy por hoy, no reciben el
tratamiento adecuado.
La industria automovilística va de la mano de la industria petrolera.
Tenemos ahí dos de los más grandes factores de poder en el mundo.
Levantar voces críticas contra las “catástrofes” que esa maquinaria
industrial produce es enfrentarse contra poderosos gigantes dispuestos a
todo para continuar sus negocios. Sabemos que buena parte de las guerras
del siglo pasado y del presente se debieron al aseguramiento del
petróleo por parte de unas pocas potencias capitalistas. Seguir
consumiendo automóviles es alimentar la industria petrolera y todo lo
que ella conlleva.
¿Qué hacer entonces?
La República Bolivariana de Venezuela está construyendo un nuevo modelo
social: el socialismo del siglo XXI. De lo que se trata es de no repetir
y superar errores del pasado. Sin dudas entre muchas de las cosas que
habrá que revisar están los patrones del consumo que nos legara el
modelo capitalista: consumismo irresponsable, banal, consumo no en
función de llenar necesidades sino sólo por inducción publicitaria. El
automóvil, sin lugar a dudas, cae bajo estos parámetros.
En un país petrolero como Venezuela parece chiste de mal gusto
preocuparse por el valor del combustible, o por su posible escasez. Pero
el problema del petróleo es algo que toca a todos en todo el planeta,
sin excepción, aunque a lo interno del país no se registre como tal. Por
otro lado, los problemas generados por el desarrollo capitalista del
automóvil como bien de consumo individual también aquí están presentes.
La catástrofe medioambiental que ocasionan las emisiones de dióxido de
carbono de los motores de todos los automóviles así como los accidentes
que no dejan de aumentar, también son cosas que tocan a Venezuela. Por
supuesto que a ello se agrega el caos vehicular de la ciudad de Caracas,
verdadero infierno sin posibilidad alguna de solución engrosando cada
vez más el parque vehicular y donde las perspectivas del asunto son de
empeoramiento, nunca de mejora.
En una hábil perspectiva política, y para quitarse la pesada carga de la
Guerra Fría donde cualquiera era estigmatizado con el mote de
“comunista” como sinónimo de lo peor, la Revolución Bolivariana trata de
tomar distancia de los fantasmas con que los sectores de derecha han
atacado siempre cualquier proyecto de transformación social. Hoy día,
como parte de la política comunicacional del Estado revolucionario, hay
una tendencia a des-satanizar el socialismo haciendo ver que el actual
modelo que se construye en Venezuela, lejos de ser un gulag de trabajo
forzado, permite hablar de justicia social y al mismo tiempo seguir
comprando automóviles. Continuamente escuchamos, sin dudas con sorna,
que “este comunismo que nos está matando… ya lleva vendidos en lo que va
del año 400.000 carros nuevos”.
¿Pero eso es para festejar o debería movernos a una profunda reflexión?
Como dijimos anteriormente: colocarse contra el desarrollo técnico puede
ser retrógrado, conservador, absolutamente cuestionable. Sin embargo,
con relación al curso que tomó la industria automovilística hay que
abrir urgentes consideraciones: no se trata de “estar en contra” sino de
ser coherentes.
Nadie en su sano juicio podría estar contra el mejoramiento de los
transportes terrestres, pero sí hay que criticar severamente el modelo
de automóvil individual en detrimento de los transportes colectivos que
la corporación automotriz mundial ha impuesto. La historia del siglo XX
nos muestra con palmaria evidencia que el fabricado anhelo de automóvil
propio para todos, es una locura. Si en la ciudad de Los Ángeles,
Estados Unidos, meca del consumismo capitalista (ahí está precisamente
Hollywood, la principal fábrica de sueños del mundo) hay nueve millones
de automóviles, es decir: uno por habitante, eso no sirve como paradigma
del transporte terrestre para toda la humanidad. No sirve, por la
sencilla razón que para mover esa enorme maquinaria es necesario una
depredación de nuestra casa común, el planeta Tierra, de consecuencias
catastróficas. El mundo en modo alguno podría resistir 6.500 millones de
automóviles circulando al unísono. Colapsaría en unos tres días, así de
simple.
¿No es infinitamente más racional desarrollar eficientes medios de
transporte público? ¿No logra muchos mejores resultados en términos de
política sanitaria, urbanística y de desarrollo sustentable en el tiempo
una buena red de medios colectivos (autobuses, trenes, trenes
subterráneos, trenes de alta velocidad) que un solo motor contaminante
por cada persona que se debe desplazar?
Sin dudas la tendencia más sensata, más racional, armónica y equilibrada
en el campo de las comunicaciones terrestres no puede tener su aliado en
el automóvil individual. Por el contrario –y si de construcción
socialista se trata, de nuevos paradigmas, de una nueva cultura de la
solidaridad y de lo comunitario– la energía debe ir destinada a
priorizar lo público colectivo sobre lo individual en temas de interés
general como son los transportes.
Producto de ya largos años de cultura “automovilística”, el modelo
capitalista en juego asocia “progreso” con tenencia de automóvil
personal. Y cuanto más caro, más lujoso y prestigioso, mejor. ¿Podemos
seguir levantando esos valores desde una ética socialista?
Producto también de largos años de cultura consumista (y por tanto
locamente depredadora), en Venezuela seguimos con los viejos esquemas de
“carro = éxito”, “transporte público = pobretón”. El furioso mercadeo de
los fabricantes de automóviles de ya varias décadas nos traza el camino;
el transporte público, más aún luego de los terribles años de
neoliberalismo que barrieron el planeta, pasó a ser mala palabra. La
constante prédica mediática se encarga de hacer el resto.
Pero acaso, ¿no puede –o no debe– el socialismo aspirar a otra cosa?
¿Estamos realmente condenados a seguir los dictados de la gran empresa
capitalista o tenemos que inventar algo nuevo? ¿Vamos a seguir
repitiendo eternamente que “los servicios públicos son ineficientes”?
Pero acaso… ¿podemos llamar “eficiencia” el desarrollo exponencial del
automóvil privado como única respuesta a la necesidad de movilidad
cuando ello presenta todos los problemas mencionados? ¿Quién dijo que lo
público no puede ser excelente, eficiente, hermoso, y además de todo
eso: solidario? ¿Nos vamos a creer realmente que “tener carro marca
nuestro nivel”, o podemos dar un paso revolucionario de verdad en este
sentido?