271006 - Guatemala -
Suele decirse que la nota definitoria del periodismo es la búsqueda de
la “objetividad”, de la “verdad” por sobre todas las cosas. ¡Tamaña
empresa! Tan difícil como lo es en las ciencias, o en la filosofía. ¡La
búsqueda de la verdad! Pero… ¿será posible?
El oficio del periodismo es algo moderno, muy reciente en nuestra
historia como especie. Tiene que ver con las sociedades masificadas,
cuando los medios de comunicación hacen su entrada triunfal (imprenta
ante todo; luego, mucho más tarde, la radio, después la televisión).
La figura del periodista moderno, si desechamos todas las tradiciones
orales de las distintas civilizaciones ―que no podríamos equiparar al
periodismo moderno en sentido estricto―, es algo intrínseco al
capitalismo naciente, cuando las novedosas tecnologías permiten la
difusión masiva de noticias e información y cuando una persona comienza
a ocuparse regularmente de ese oficio.
En ese sentido, el periodista y toda la parafernalia con que se guía en
su práctica cotidiana (preparación académica, códigos técnicos de
trabajo, axiología específica) pasan a tener un estatuto propio. Surge
ahí, entonces, la ética periodística.
Hoy, ya con dos o tres siglos de ejercicio profesional de esta
profesión, esa ética es parte cotidiana de la formación periodística, de
su lenguaje habitual, de su ámbito propio, y también de la cultura
general. Todos sabemos, en mayor o menor medida, que cuando hablamos de
las características de un buen periodismo, hablamos de la objetividad.
Pero ¿qué significa realmente eso?
Se juega ahí uno de los tantos mitos modernos. La ideología que nos
trajo el mundo de la revolución científico-técnica occidental, el mundo
de la industria avasallante es, entre otras cosas, la búsqueda de la
verdad por la verdad misma.
Desde el Renacimiento en adelante la garantía de la verdad ya no está en
dios sino en la razón humana. La verdad deja de ser la “adecuación de la
realidad y el intelecto” para pasar a ser verdad humana, relativa,
histórica. En el mundo material, y más aún con la ola positivista del
siglo XIX, esa verdad estuvo puesta en la potencia incuestionable de las
ciencias naturales (las ciencias “duras”); ahí, la objetividad parece
intocable. En el mundo social, humano, histórico, esas verdades se
muestran mucho más relativas, coyunturales. Ahí, pareciera, todo es más
“opinable”.
Siguiendo ese modelo, el periodismo ―o, si queremos decirlo con la
terminología que fue imponiéndose más recientemente: la comunicación
social―, si bien busca la objetividad, la verdad ante todo, abre
interrogantes. Sabiendo que la comunicación humana es una eterna puerta
abierta al equívoco, al malentendido, sabiendo que el periodismo es un
ejercicio más de orden cultural que manipulación de “cosas” al modo de
las ciencias duras, las pretensiones de objetividad y neutralidad que
nos legara el positivismo científico caen.
Si bien no podemos invitar a un subjetivismo insostenible en la práctica
profesional de la comunicación social, con un mínimo de honestidad
debemos entender que la búsqueda de “neutralidad” en los asuntos
sociales, de la objetividad como un valor último en sí mismo, es una
aspiración, un ideal. Pero no puede pasar de eso. Sucede como con las
estrellas: son inalcanzables, pero nos marcan el camino.
En el ámbito periodístico, como bien dijo el comunicador colombiano
Javier Restrepo:
“Esa ilusión de objetividad desaparece cuando intervienen las
inevitables tomas de posición, implicadas en la decisión entre varios
hechos que pueden ser convertidos en noticia: ¿cuáles se cubren y cuáles
se silencian? Al optar por un determinado hecho, viene un segundo paso:
las fuentes que se consultaron: ¿por qué esas y no otras? Se repite el
fenómeno cuando el periodista utiliza el material proporcionado por las
fuentes, porque debe seleccionar unas partes y descartar otras: ¿con qué
criterio se hace la selección? Y las decisiones continúan al preferir un
enfoque a otros, al titular, al subtitular, al diagramar, al ilustrar.
En todas estas etapas se mantiene vivo el riesgo de que las posiciones
subjetivas impidan la objetividad”.
Al tener que contarle a otro lo que pasó, al informarle a un tercero
sobre un hecho, la objetividad y la neutralidad no pueden mantenerse.
Quien relata está siempre posicionado; es decir: ve “un” mundo, “una”
realidad. ¿Acaso no tienen ideologías los periodistas?
Pero ahí viene lo fundamental: el ejercicio del periodismo no es una
práctica autónoma. Salvo contadísimas excepciones (la excepción confirma
la regla), los periodistas son trabajadores en relación de dependencia
con las grandes empresas de comunicación; por tanto deben amoldarse a
las exigencias patronales, y la línea conceptual del medio para el que
trabajan no la fijan ellos. Se abre ahí, entonces, un dilema: el
periodista profesional no informa lo que ve sino lo que el medio para el
que trabaja le exige que informe. Disyuntiva muy difícil de superar, por
cierto.
En todo caso, como atinadamente dijo Victoria Camps, “lo que el buen
informador debe proponerse no es tanto ser objetivo cuanto creíble”.
Distintos códigos de conducta profesional recalcan el deber de la
absoluta objetividad en el ejercicio de la práctica periodística, así
como el derecho del público a esa clase de información, o la necesidad
de despojar el ánimo de prejuicios, o el rechazo de presiones de los
empleadores para que se acomode la versión de los hechos a sus
intereses, o el repudio de la mentira como práctica profesional, o la
técnica de consultar documentos probatorios y de buscar los hechos
mismos; o, incluso, la apelación a la conciencia y a la responsabilidad
ante la opinión para informar verazmente.
Pero ninguna de estas tablas de valores garantiza la neutralidad. Los
seres humanos no somos neutros, ni podremos serlo nunca. Tomamos
partido. Pero ello no quiere decir que el entramado mediático que se fue
forjando en este desarrollo del gran capital con modernas tecnologías de
punta -una enorme empresa que mueve cifras astronómicas y que dispone de
un poder de penetración cultural casi infinito- tenga el derecho de
“vendernos la realidad que el poder desee”.
Hoy por hoy ―lo vemos a diario con crueldad desoladora― los medios
masivos de comunicación sólo en contadas ocasiones informan con altura;
en general son, por el contrario, grandes empresas lucrativas dedicadas
a la manipulación emotiva, a la venta de espacios publicitarios y a la
transmisión de cualquier cosa menos objetividad.
No puede equipararse a todos los periodistas y decir que todos por igual
son parte de esa gran maquinaria mediática engañosa que se ha ido
creado. La disyuntiva para todos ellos es o buscar esa pureza objetiva,
o sobrevivir. Así de simple, así de crudo. Y la sobrevivencia se impone,
por cierto.
Pero por la sobrevivencia ―huelga decirlo― se pueden cometer las peores
barbaridades; veamos, por caso, las brutalidades a que ya nos tienen
acostumbrados los medios masivos de comunicación: mentiras, engaños,
manipulaciones, informaciones parciales, programaciones tontas,
superficiales, sensacionalismo sentimentaloide, bajo nivel ético y
estético, tontera barata sobre reflexión seria, chisme sobre
conocimiento profundo. Todo eso es lo que hacen los periodistas
empleados por las grandes empresas de la industria mediática.
¿Podrá en algún momento el periodismo profesional ser verdaderamente
objetivo? Claro que sí. Dadas las circunstancias, hoy no es la regla por
cierto; pero sin dudas que también es posible. Muchas veces a costa de
la propia vida. Prueba de ello es la cantidad de comunicadores muertos
toda vez que informan “demasiado”, que informan con objetividad.
Seguramente no hay profesión más peligrosa que la de periodista cuando
se toma en serio su implicancia social, cuando se pretende ser
verdaderamente creíble.
Los llamados medios alternativos ―amplio espectro que da para todo, por
supuesto― son la prueba palpable que cuando no está en juego el lucro
empresarial se puede ser, si bien no absolutamente objetivo, al menos
veraz. Es decir: se puede informar con honestidad sin ocultar los
principios y valores desde donde se informa.
Y no puede ser de otra forma. Porque, ¿se podría acaso no tener
principios y valores? ¿Se podría prescindir de una posición ideológica?
Es más honesto partir de la base que nadie es neutral y no seguir
alimentando el mito que un periodista, o el periodismo en general, los
medios de comunicación en general, son neutros. Pero sí podemos aspirar
a la calidad. Y de eso se trata en definitiva.
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