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Pulsión escópica
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Voyeurismo
240109 - Aporrea - Refiriéndose al
pene, es común decir que "el tamaño no importa, sino
lo que se hace con él". Con los pechos de las mujeres podría afirmarse
otro tanto. Pero sin embargo, los pechos enormes y erguidos han sido
transformados en íconos sexuales en estas últimas décadas por obra y
gracia de la publicidad; de todos modos, al igual que sucede con el
tamaño del órgano genital masculino, su capacidad de dar goce (a varones
y mujeres, activa o pasivamente) no está en dependencia de su dimensión.
Aunque en apariencia los senos voluptuosos pudieran hacer creer en una
mayor capacidad de goce que los más pequeños, de hecho no son más
sensibles al estímulo sexual. En todo caso, sí alimentan una
pulsión escópica. Ese es el goce específico con el que se ligan directamente,
pero ningún orgasmo "mejora" por el tamaño de los pechos, así como
tampoco "mejora" por el
tamaño del
pene.
"Redonda con perfil alto, redonda con perfil bajo y en gota… tenemos la
medida justa que necesitas", puede leerse hoy ya como algo común.
"Mejora tu imagen. Hazte ya tu implante. Facilidades de pago. Aceptamos
todas las tarjetas de crédito"… Anuncios de este tipo pueden encontrarse
en muchos países en cualquier revista, en afiches publicitarios, en
mensajes de correo electrónico, del mismo modo que se mercadea una
prenda de vestir, una licuadora o un rollo de papel higiénico. Pero que
la publicidad haya transformado los prominentes pechos (artificiales en
casi todos los casos) en un símbolo obligado de sensualidad femenina, no
hace que por fuerza todos los varones "compren" el producto mercadeado.
Una investigación reveló que un 25% de los varones entrevistados
prefiere los pechos grandes mientras que otro 25% opta por los pequeños,
en tanto que el restante 50% elige otros atributos físicos en la mujer,
no importándole especialmente el tamaño de los senos. Y tampoco en el
ámbito femenino las ventas de la nueva mercadería son totales: no todas
las mujeres corren desesperadas a hacerse su implante mamario. Pero sí
despierta, a veces, preguntas, cuestionamientos, incluso malestares.
"Hacia finales del siglo XIX y principios del XX –nos informa Mónica
López Ocón– los senos se transformarían en objeto de estudio de los
médicos y en objetos privilegiados de la industria que produjo para
ellos todo tipo de aditamentos, coberturas y productos embellecedores:
corsés, sostenes, cremas, lociones, máquinas para desarrollarlos. Si en
períodos históricos anteriores el pecho como instrumento de la lactancia
había sido considerado como un bien social, a mediados del siglo XX
llegó a constituirse como un bien económico. En cualquier caso, siempre
se ejercía sobre él una presión de propiedad colectiva. No es
casualidad, por lo tanto, que los movimientos de liberación de la mujer
de los años 60 hicieran de la quema pública de sostenes un símbolo de
sus reclamos de libertad que cuestionaban tanto la tiranía de la
medicina que las sometía a exámenes continuos, como la de la moda que
les imponía una imagen. Hoy la cirugía de mamas es un recurso de belleza
generalizado. A tal punto se ha extendido esta práctica que
hacerse las
lolas parece casi un paso ineludible para una mujer que quiera seguir la
moda. Esto ha hecho que los pechos naturales, esos que se achatan al
acostarse y están siempre sometidos al acecho de la fuerza de gravedad,
parezcan una anomalía o un signo de dejadez".
Independientemente de nuestros gustos personales (tanto
hombres como
mujeres) –siempre en dependencia de nuestros fantasmas inconscientes–,
lo cierto es que la "moda" de los grandes pechos se ha instalado, y como
sucede en estos fenómenos sociales, una vez instalada la tendencia, es
muy difícil –a veces imposible– dar marcha atrás. Llegaron los pechos
exuberantes… pero no todas las mujeres los tienen así (digamos que la
minoría). Entonces…. ¡hay que hacerlos crecer artificialmente! Y para
eso está la cirugía plástica y su aliado incondicional: la silicona.
Químicamente consideradas, las siliconas son polímeros del dióxido de
silicio. Desde 1947 se sugirió la posibilidad de aplicarlas en la
cirugía plástica, y una vez comprobada su utilidad como reemplazantes de
tejidos blandos, en el año 1963 los médicos Cronin y Gerow realizaron el
primer implante mamario con este gel, fabricado por la empresa Dow
Corning. Consistía en la instalación de unas bolsas de lámina de
silicona rellenas de aceite de silicona de grado médico. Hoy día el uso
de implantes mamarios que realiza la cirugía estética (aumento de pecho
o
mamoplastia de aumento) está indicado
1) para la reconstrucción
después del cáncer de seno,
2) en cirugías de reasignación de género
(comúnmente llamado cambio de sexo),
3) para la corrección de diversas
anormalidades que afectan la forma y el tamaño de los pechos y
4) por
razones cosméticas.
A instancias de ese mercadeo del que hablábamos, de
esas pautas publicitarias y ese modelo de belleza femenina que ciertos
poderes establecieron, un 80% de los casos de implantes mamarios se
realizan por razones enteramente estéticas, sin ninguna otra necesidad
clínica. Según la Asociación Estadounidense de Cirujanos Plásticos, el
aumento de pecho es el tercer procedimiento de cirugía estética más
realizado en los Estados Unidos, con 291.000 intervenciones de este tipo
en el 2005 (797 por día). No es infrecuente que en algunos países
(aquellos con mayor poder adquisitivo) los varones –novios, esposos,
amantes– e incluso los progenitores, regalen una intervención de este
tipo a una mujer. Como dato interesante: para la llegada de las fiestas
navideñas se dispara el consumo de siliconas. ¿Santa Klaus será
voyeurista?
A través de la historia, no todas las civilizaciones han hecho esta
apología del seno femenino prominente casi a nivel de fetiche como ahora
ha ido construyendo la moderna cultura hollywoodense, en cierta forma
"obligando" a repetir universalmente los patrones que impone.
Actualmente, en estas últimas décadas donde la cultura dominante ha
impuesto mercaderías por todo el planeta mucho más allá de las
necesidades básicas, el culto a la belleza y el cuidado casi fetichista
del cuerpo es una "moda obligada" que no cesa de crecer. La cuestión que
no debe olvidarse es que hay quien impone esas tendencias, y ello
conlleva a un mercado donde las grandes mayorías no hacen sino engrosar
las fortunas de quienes fijan esas modas. No todas las mujeres se
sienten mal con sus pechos naturales ni todos los varones se mueren por
una mujer con dos globos aerostáticos en el pecho. Pero la imposición
pareciera llevarnos por esos derroteros: quien no entra en los cánones
de lo pautado por las modas… es un fracasado.
Estamos ante la moda del plástico, de lo superficial, la idolatría de lo
nuevo, la creencia acrítica en que todo lo novedoso es bueno y
superador, cultura de lo "light", culto a la cosmética…, en otros
términos: fetichismo extremo de nuestros tiempos en donde los nuevos
dioses son la adoración de las cosas materiales, la veneración
reverencial de la imagen, de lo externo. ¿Se es más feliz con todo esto?
¿Hay realmente mejores orgasmos con las prótesis de silicona? ¿Somos tan
fetichistas –voyeuristas los varones, exhibicionistas las mujeres– que
nos llama más la atención el ver o el dejar ver un pecho enorme que
ninguna otra cosa? ¿El culto a la imagen fascinante tiene tanta
preponderancia en la dinámica humana, o eso es producto de una gran
construcción mediática, una mercadería más que se instaló y se mantiene
con técnicas de mercadeo porque se vende bien? ¿Por qué ahora hay que
"consumir" pechos plásticos? ¿Qué pasa si no se los consume?
"Nuestra sociedad es la más fetichista que jamás ha existido porque
valora a los objetos como personas y a las personas como objetos.
Fetichismo extremo es ponerse pechos de silicona al pensar que el pecho
realza a la mujer, pero la que se opera lo hace para gustar a otra
persona. Fetichismo extremo es cuando el que mira sólo ve el pecho o la
persona, tan esclava de su cuerpo, que se dedica a reconstruirse
mediante la cirugía", nos dice Lucía Etxebarría. En definitiva, el
fetichismo como posibilidad humana es simplemente eso: una posibilidad.
Los erráticos comportamientos humanos no pueden ser valorados en
términos éticos como "buenos" y "malos". Son comportamientos,
combinaciones problemáticas de deseos que se nos escapan a nuestra
decisión voluntaria, búsquedas interminables de objetos inasibles. El
fetichismo no es sino eso. Y en el campo amplio de la sexualidad, ello
es casi interminable. ¿Alguien tiene derecho a juzgar a una mujer que se
implanta dos kilos de silicona en los senos? ¿Se puede ingenuamente
abrir juicio de valor respecto a si eso es "bueno" o "malo"? Obviamente
no. Cada quien, en definitiva, gozará como pueda. Pero al mismo tiempo,
de ese hecho del consumo de esta nueva moda de los pechos siliconados
–moderno, producto de una determinada formación económico-social y
cultural como es el capitalismo hiper consumista y el culto a la belleza
externa incentivado por las industrias audiovisuales– podemos abrir una
consideración crítica: ¿por qué ahora hay que hacer eso?, ¿quién decide
la belleza?, ¿quién estableció que gozamos más así?
Toda la parafernalia de la cirugía estética de los senos, además de
tener pasivas consumidoras y consumidores, también tiene sus
detractoras/es. Desde su aparición, los implantes mamarios rellenos de
gel de silicona han sido señalados como los responsables de un sinfín de
calamidades: desde asma, artritis y cáncer, hasta causa de suicidios en
no pocas mujeres, insatisfechas con el resultado final del implante. En
verdad no existe ningún estudio científico válido que diga que el cáncer
de seno o las enfermedades del colágeno son producidas por estos
implantes. Pero sí, como toda cirugía, la
mamoplastia
de aumento que
realiza la cirugía estética tiene riesgos. Entre ellos se encuentran: el
riesgo general de la anestesia, pérdida de las sensaciones, dolor,
posible ruptura del implante, irregularidades en la piel, cicatrices,
posible asimetría en el tamaño del busto o localización de los pezones,
infecciones, sangrado, dislocaciones o caída del implante lo cual puede
causar flacidez o abultamientos en lugares no deseados, formación de
tejidos alrededor del implante, interferencia con las mamografías para
determinar cáncer o tumores, formación de hematomas, tejido muerto
alrededor del implante, rechazo al implante con los consecuentes
síntomas (fiebre, infección y otros). Y el mayor riesgo de todos: la
cicatrización de la intervención quirúrgica.
Pero fuera de estas posibles complicaciones prácticas, y considerando
que no parece haber una relación causal con procesos cancerígenos por lo
que fueron demonizados en alguna medida, la pregunta que se abre ante
esto es: ¿qué significa todo esto? ¿Por qué se impuso de tal manera esta
"necesidad" de ser bella a través de unos pechos artificiales? ¿Por qué
los implantes en un 80% de casos se hacen sólo para seguir una moda? ¿No
nos habla todo esto de una tendencia que impone el sistema capitalista
en donde el culto a la superficialidad y al consumismo banal pareciera
entronizarse cada vez más? Una consumidora, o un admirador, de estas
prácticas cosméticas podrá decir que es retrógrado y no pertinente abrir
una crítica ante un producto "embellecedor", que si quien lo usa se
siente bien, no hay nada más que agregar al asunto. Insistimos: no se
trata de abrir un juicio de valor en relación a la mujer que se llena de
silicona, o al varón que admira esos senos inflados –y eventualmente los
paga–; lo que se cuestiona es el meollo del asunto. ¿Por qué el modelo
actual de sociedad no puede alimentar a toda la población mundial –el
hambre sigue siendo la principal causa de muerte de los seres humanos–
mientras se gastan cantidades monumentales (más de 10.000 millones de
dólares anuales) en productos cosméticos, en cuenta los implantes de
siliconas? Independientemente que nos guste o no tener o ver un seno
exuberante, ¿por qué se nos obliga a salir corriendo a consumir este
nuevo producto que, a quienes lo obtienen, los coloca en el lugar de
"ubicados y exitosos" sociales y los diferencia de los "excluidos y
marginales"? ¿Por qué la sociedad consumista moderna pone un énfasis tan
grande en la belleza corporal artificial, y en general en todo lo
artificial? ¿Por qué se valora tanto una teta de plástico? ¿Qué indica
eso? ¿La cultura que genera el modelo capitalista y el consumismo
hedonista nos condena finalmente a terminar optando por el sexo
artificial, con muñecas de silicona o vibromasajeadores electrónicos?
Fecha de publicación:
04/07/08
Nota de Atajo
Construcción sustantiva. En psicoanálisis, deseo
de mirar y de ser mirado. El adjetivo escópico es un cultismo
formado sobre la raíz griega skóp-, que indica 'mirar'.
"No, indudablemente no se puede reducir la moda al problema de
la mirada. Pero la perspectiva psicoanalítica va muy lejos en
este terreno y tiene algo que decir acerca del asunto. La
«pulsión escópica», el deseo de mirar, se dirige primero al
cuerpo propio. Es la historia de Narciso, de la que Freud hizo
una metáfora de esta fascinación. Luego, se dirige al cuerpo
propio, para retornar bajo el deseo de ser mirado. Es decir, que
mirar y ser mirado son dos movimientos del mismo deseo. La
posición del sujeto cambia, pero el deseo sigue siendo el mismo.
Comerse con los ojos el cuerpo del otro, ser comido por la
mirada de otro."
Germán L. García. "Cuerpo, mirada y muerte". En: P. Croci - A.
Vitale (compiladoras). Los cuerpos dóciles. Hacia un tratado
sobre la moda. Buenos Aires: ABRN Producciones Gráficas, 2000,
160-1.
Voyeurismo
Se trata de una conducta sexual en la que
alñguien se excita con la contemplación furtiva de otras
personas.
Para que se produzca la excitación sexual del voyeur (mirón),
se deben dar dos condiciones, que las personas observadas estén
en situaciones que él considere eróticas y que desconozcan estar
siendo espiadas.
Estas situaciones pueden ser variadas, como estar en ropa
interior, desvistiéndose, sin ropa o una pareja manteniendo
relaciones sexuales.
La característica principal del voyeurismo es
el espiar sin ser visto, a diferencia de como lo muestran las
películas, el voyeur no
es un violador ni un abusador, no agrede, no amenaza ni pone en
alerta a sus víctimas.
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