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Obamabush |
151209 -
El capital político de un individuo o grupo es el
conjunto de sus conciudadanos que están dispuestos a ayudarlo
con su voz, voto, tiempo o dinero. Quien posea algún capital
político querrá acrecentarlo o al menos conservarlo. Pero es
claro que el destino de semejante caudal depende tanto de la
conducta de su propietario como de las circunstancias. El Sr.
Barack Obama podría escribir el manual definitivo sobre cómo
ganar y cómo despilfarrar el mayor capital político acumulado en
su país en el curso de un mero par de años. Le regalo un título
vendedor: From political riches to rags, o Del manto purpúreo al
andrajo.
¿Cómo ganó Obama el capital político fabuloso de que
disponía hace un año? Lo ganó prometiendo efectuar los grandes
cambios que deseaban decenas de millones de gringos de todos los
colores y muchas creencias, y encendiendo el entusiasmo de
centenares de miles de voluntarios. Contrariamente al entusiasmo
que despertaron en su tiempo
Franklin Roosevelt,
Jack Kennedy, Lyndon Johnson y Jimmy Carter, el que provocó
Obama fue organizado por esos voluntarios, casi todos sin
filiación partidaria, cuyo trabajo fue costeado por millones de
donaciones de unos pocos dólares cada una. El intendente de New
York acaba de ser reelecto al costo de 100 millones de dólares,
o sea, a razón de 180 dólares por voto. Los obamistas gastaron
diez veces más, pero para una población 30 veces mayor y usando
más la Internet que las cadenas de TV.
El señor Obama creyó ser electo presidente de una gran
democracia, pero de hecho fue coronado emperador, aunque
cubierto con un manto que inmoviliza nada menos que al apóstol
del cambio. Y creyó poder hacer cuenta nueva después del gran
borrón que había perpetrado su antecesor. Pero heredó un partido
y un aparato estatal hostiles a todo cambio radical, ya que
habían sido deformados por las dos presidencias de
Reagan, y otras tantas de Clinton, las cuatro “liberales”, o
sea, conservadoras.
El Presidente Carter había sido demasiado moderado, blando y
derecho para hacer frente a tanta corrupción. Su mayor reforma
en la Casa Blanca fue hacer instalar paneles solares en la
azotea. Reagan mandó desmantelarlos en cuanto ocupó la mansión,
ya que constituían un mudo pero elocuente desafío al monopolio
energético que detentan las grandes empresas petroleras.
El Presidente Obama empezó muy bien. Hizo gestos de buena
voluntad a la comunidad internacional, la que había sido
manoseada e intimidada por el Presidente
Bush. En particular, declaró terminada la “guerra del
terror” y dijo palabras conciliatorias al mundo islámico. El
nuevo gobierno también inyectó una enorme suma de dinero en la
comunidad científica, la que había sido hambreada por el
“gobierno basado en la fe” de su predecesor.
Pero Obama fracasó en todo lo demás. En particular, usó plata
del contribuyente para salvar a los grandes banqueros en lugar
de invertirla en obras públicas, salud y educación, como lo
había prometido. Y declaró que la guerra de
Afganistán
es una guerra buena, aunque después de ocho años sólo ha
afectado a la población civil y la ha exportado a
Pakistán.
(Además, las agresiones militares son inmorales y son buenas
solamente para los mercaderes de guerra.)
No culpemos exclusivamente a la persona, porque su alto cargo
viene junto con el Estado que encabeza. El Estado que heredó
Obama incluye no sólo una burocracia enorme, sino también tres
aparatos inamovibles: la
CIA, la red de unas 1.000 bases militares
ubicadas en el exterior, y unas fuerzas armadas íntimamente
entrelazadas con ejércitos privados cuyos mercenarios no están
sujetos a tribunal militar alguno. ¿Qué ha hecho el Comandante
en Jefe de los EE.UU.
para controlar tanta fuerza? Nada, sino reforzarla aun más. En
efecto, ha declarado que la guerra en
Afganistán es
“una guerra buena”, y el nuevo jefe de la
CIA ha prohibido que sean enjuiciados los
torturadores. Y, debido a la oposición del Congreso, el
Presidente no ha logrado desmantelar ni siquiera la más
siniestra de las bases militares en el exterior, la de
Guantánamo. Se lo han impedido los legisladores de su propio
partido, aliados con sus adversarios.
El Presidente Obama también heredó un sistema financiero
desquiciado por banqueros codiciosos y deshonestos, amparados
por el Fed, o Banco Central. Este fue presidido durante
demasiados años por
Alan Greenspan, el discípulo dilecto de Ayn Rand. Esta
lumpenfilósofa se había constituido en la profetisa del “egoísmo
racional”. Esta es una generalización de la llamada racionalidad
económica, la que manda maximizar las utilidades esperadas, sin
escrúpulos por lo que pueda pasarles al prójimo o al
descendiente.
La crisis desatada en octubre del 2008, y de la que aun no hemos
salido, tomó a Geenspan de sorpresa, como lo confesó en su
momento. También dijo que, confiado en la doctrina del egoísmo
racional, había esperado que los banqueros no fueran tan
estúpidos como probaron serlo. El zar de las finanzas había
ignorado el apotegma de David Hume: “la razón es esclava de las
pasiones.” Este principio no vale en las ciencias ni en las
técnicas, pero vale en el mundo de las finanzas, a juzgar por
las “burbujas” especulativas que se vienen formando desde la
Burbuja de los Tulipanes, ocurrida en Ámsterdam en el siglo XVII.
Además de heredar un Estado enormemente inflado y endeudado por
su predecesor, el Presidente Obama heredó un
Partido Demócrata desvirtuado desde los tiempos de Reagan:
un partido tan conservador, y tan comprometido con las grandes
corporaciones, que no sería reconocido por ninguno de los dos
presidentes Roosevelt. ¿Cómo podría semejante dinosaurio hacer
suya la consigna “¡Cambiemos!” que le ganó a Obama el
extraordinario capital político que ganó durante su campaña
electoral?
A juzgar por la magnitud de sus promesas pre-electorales, el Sr.
Obama pensó que presidir su enorme país consistiría en compartir
sus lindos planes con su partido y con la burocracia estatal.
Supongo que nunca imaginó que sería como sacar a pasear a la vez
a un dinosaurio y un paquidermo.
En resumen, el manual sobre capital político que podrá escribir
el Presidente Obama cuando se jubile necesitará tener solamente
dos capítulos:
1.- Cómo ganar capital político, o lo que hay que aprender y
prometer para triunfar.
2.- Cómo derrochar capital político, o lo que hay que olvidar y
traicionar para fracasar -
SinPermiso