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Martín Heidegger

180110 - El filósofo Mario Bunge arremete contra los discípulos de Martin Heidegger, un “delincuente cultural”, en especial contra los existencialistas criollos, que se han caracterizado por la defensa de posturas autoritarias, contrarias a la libertad y a la razón. También critica a filósofos como Jacques Derrida y Hannah Arendt. “Muchas de las llamadas filósofas feministas son hostiles a la razón, a la que consideran herramienta ‘falocéntrica’, afirma.

En una nota anterior, describí brevemente el existencialismo de Heidegger, al que califiqué de pseudofilosofía. A su autor lo llamé Kulturverbrecher, delincuente cultural, porque acuñó moneda intelectual falsa. Hoy me referiré brevemente a algunos de sus secuaces, en particular los primeros existencialistas criollos.

El existencialismo de Heidegger fue importado en Argentina a fines de la década del 30, por Carlos Astrada, quien lo había aprendido del propio Martin Heidegger en Freiburg. Astrada y su amigo Jordán B. (nacido Giordano Bruno) Genta eran tan nazis como su maestro.

Anteriormente, ambos habían sido bien preparados por la filosofía anticientífica que imperaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En ella se había destacado Coriolano Alberini, discípulo de Giovanni Gentile, el neohegeliano que había escrito junto con Mussolini el artículo sobre el fascismo que apareció en la gran enciclopedia italiana, y se había desempeñado como ministro de Educación del gobierno fascista. La reacción filosófica contra el llamado positivismo (que en realidad era cientificismo) vino de la mano del fascismo. Curiosamente, hoy día muchos sedicentes izquierdistas son tan irracionalistas como los fascistas de mi juventud.

El sobrino de Astrada, criado por éste, me contó que la raíz de la germanofilia de su tío era su odio al Imperio Británico, que en aquella época era la potencia dominante y oprimente en el Río de La Plata. En este respecto, los “nacionalistas” criollos se parecían a los irlandeses: tanto unos como otros estaban más dispuestos a cambiar de collar que a descollarse. No fue coincidencia el que el jefe de la Alianza Nacionalista Libertadora, la milicia fascista argentina, se llamase Patricio Kelly.

Tanto Astrada como Genta hicieron carrera universitaria a la sombra de la dictadura fascista y ultracatólica que subió al poder con el golpe militar del 4 de junio de 1943. Genta fue nombrado rector-interventor de la Universidad Nacional del Litoral. Uno de sus primeros actos fue destituir al matemático José Babini y al historiador de la ciencia Aldo Mieli.

Yo recuerdo nítidamente ese día, el 1º de agosto, porque estaba visitando el Instituto de Historia de la Ciencia, dirigido por Mieli y Babini. El mismo día, mientras cenaba en lo de Babini, me llegó la noticia de la muerte del presidente de la Confederación Argentina de Ayuda a los Aliados, quien poco antes había sido encarcelado por su destacada actuación antinazi. Ese hombre, Augusto Bunge, era mi padre.

En la misma época, el mismo gobierno militar destituyó al profesor Bernardo A. Houssay, el primer argentino en hacer ciencia experimental en el país, así como el primero en organizar un laboratorio con más de cien investigadores que publicaban en revistas de circulación internacional. Houssay fue también el primer argentino en recibir, cuatro años después, un Premio Nobel en ciencias. ¿Puede ser mera coincidencia el que el existencialismo subiera al mismo tiempo que bajaba la ciencia?

Yo reaccioné fundando en 1944 la revista de filosofía Minerva, la que existió solamente seis números, pero circuló por todo el continente. El objetivo central de esta revista era combatir el irracionalismo que llegaba tanto de Alemania como de la Francia fascista, cuyo lema era “Dios, patria y familia”. De hecho, sólo uno de los artículos de la revista trató del irracionalismo: fue el escrito por Alfred Stern, axiólogo austríaco, entonces refugiado en México y que después enseñó en el Califonia Institute of Technology.

Los demás artículos, escritos por filósofos como Francisco Romero, Risieri Frondizi y Rodolfo Mondolfo, el matemático Julio Rey Pastor y el aprendiz de físico que esto escribe, versaban sobre asuntos más importantes. El existencialismo fue objeto de notas breves de mis amigos Isidoro Flaumbaum, Hernán Rodríguez Campoamor y Gregorio Weinberg.

De modo, pues, que Minerva no pudo cumplir su misión. Pero creo que tuvo el mérito de publicar algunos artículos de buen nivel y de difundirlos por todo el continente, en una época en que no había otras revistas latinomericanas de filosofía.

En 1955, al caer el gobierno de Perón, Astrada y Genta fueron cesados en sus cargos, no por imitar a un imitador de la filosofía, sino por haber servido a todos los gobiernos autoritarios que pudieron. Poco después, Genta fue asesinado por el grupo guerrillero trotskista, que lo acusó de haber sido la musa de la Fuerza Aérea, la más fascista de las tres Fuerzas Armadas. Astrada, que no había actuado en política, siguió escribiendo y terminó cerca del marxismo.

En 1957, cuando ingresé en la Universidad de Buenos Aires como profesor de Filosofía de la Ciencia, no tuve si no un colega existencialista, un oscuro profesor adjunto de Ética (disciplina imposible según Heidegger). Dado que algunos estudiantes querían saber qué era el existencialismo, dos años después ofrecí un seminario sobre el texto de Heidegger acerca de la verdad. Como corresponde, nos reuníamos en el subsuelo, lo más cerca posible del infierno.

En ese seminario no aprendimos mucho, pero nos divertimos analizando algunas afirmaciones típicas del Oráculo de Freiburg. Dos de ellas eran “La esencia de la verdad es la libertad” y “La esencia de la libertad es la verdad”. De ellas se deduce que la verdad es idéntica a la esencia de su propia esencia. Estas afirmaciones no sólo carecen de sentido y por lo tanto no son siquiera falsas, sino que son extrañas por provenir de un conocido servil de un régimen liberticida.

En América latina, todos habían oído hablar del existencialismo y en mi círculo, sabíamos que Heidegger había militado en el Partido Nacionalsocialista y había sido designado rector de la Universidad de Freiburg por el propio Hitler. Incluso conocíamos, por un folleto del biólogo Julian Huxley, lo esencial del discurso inaugural de Heidegger, de un servilismo repugnante.

En cambio, en Norteamérica nadie había oído hablar de Heidegger hasta que Jacques Derrida fue a la Universidad Yale en la década del 80. Y en Gran Bretaña se habló sobre maestro y discípulo sólo cuando la Universidad de Cambridge rehusó conferirle un doctorado honorario a Derrida por haber denigrado el diálogo racional, núcleo de la vida académica. Es verdad que en 1927 Gilbert Ryle, influyente acólito de Wittgenstein, había reseñado favorablemente Sein und Zeit en Mind, pero se redimió durante la guerra, al trabajar en el servicio secreto británico. Además, supongo que Ryle aplicó el llamado principio de caridad, caro a quienes carecen de convicciones filosóficas.

Los discípulos de Heidegger que emigraron, en particular Hannah Arendt, Hans Jonas, Herbert Marcuse, y Karl Löwith, no abjuraron explícitamente de las doctrinas de su maestro, aunque se guardaron de mencionarlo en sus escritos. Herbert Marcuse fue el único de ellos que le pidió a su maestro que abjurase públicamente de su filonazismo, y el único que viró a la izquierda, lo que casi le costó su cátedra en la Universidad de California.

¿A qué se deberá la fascinación que inspiró ese siniestro charlatán de la hermosa Selva Negra? Supongo que, en el caso de los cortos de ingenio, se debió a que confundieron oscuridad con profundidad, y a que creían que todo lo que exportaba Alemania era de buena calidad.

Y en el caso de quienes no eran ingenuos ni malvados, su respeto por el gran charlatán se debió a que querían hacer carrera o estar a la moda. Creo que esto último vale para los discípulos alemanes de Heidegger, casi todos ellos judíos pese a que su maestro era antisemita.

Tal vez sea éste también el caso del último Husserl, ya que su escritura, nunca lúcida, se hizo más hermética que nunca después de que su discípulo dilecto lo reemplazara en la cátedra de Freiburg. En particular, su Crisis de las ciencias europeas, que redactó en 1936, tiene largos pasajes que parecen salidos de un manicomio. A Ortega y Gasset, lúcido y sobrio antes de asistir a un curso de Heidegger, le ocurrió algo parecido durante unos pocos años. En cambio, su discípulo, mi amigo José Ferrater Mora, evolucionó al revés: del existencialismo al racionalismo realista y materialista.

A propósito, antes de ser llamado a Freiburg, Heidegger se había presentado a concurso en Berlín, pero el jurado consideró que sus credenciales eran insuficientes. Este fue el motivo por el cual redactó Ser y tiempo, el libro que lo hizo famoso de la noche a la mañana. Esta tarea le insumió menos de un año, y el cumplirla le valió la cátedra. Si la universidad alemana hubiera sobresalido en las humanidades tanto como en las ciencias, Heidegger jamás hubiera pasado de ser “profesor extraordinario” (o sea, de segunda categoría) y, por lo tanto, su palabra jamás habría sido considerada sagrada. En este caso, el empeño por hacer cumplir la regla “Publica o perece” tuvo una consecuencia perversa.

En 1960, cuando mencioné a Heidegger en uno de mis cursos en la Universidad de Pennsylvania, los estudiantes me miraron asombrados: nunca habían oído su nombre. ¡Cómo cambiaron las cosas en los últimos años! Hoy día, los programas de filosofía de varias universidades norteamericanas y canadienses incluyen cursos obligatorios sobre existencialismo. También hay escuelas de aquitectura en las que es de rigor leer textos de discípulos de Heidegger, tales como Hannah Arendt. Esto se debe en parte a que esta escritora pasa por ser la fundadora del posmodernismo, y a que muchas de las llamadas filósofas feministas son hostiles a la razón, a la que consideran herramienta “falocéntrica”.

En resumen, los hijos de Heidegger no superaron a su maestro, ni siquiera en acrobacia verbal. Lo imitaron en abstenerse de tratar lúcidamente problemas filosóficos. Ignoraron el dicho de Henri Bergson, “La claridad es la cortesía del filósofo”. Pero supieron que, cuando se carece de buenas ideas, en las malas universidades se puede hace carrera escribiendo en difícil, porque siempre hay tontos que confunden oscuridad con profundidad. Hay incluso ingenuos que creen que eso es “pensamiento alternativo”, o sea, disidente, cuando de hecho no es sino una alternativa al pensamiento.

 


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