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del autor Cuando alguien se ha pasado la vida metido entre expedientes y sobre pasillos de repetidos tribunales de justicia, no hay derecho a que la Corte Suprema de Justicia de la Nación le propine un fallo como el que anuló los indultos presidenciales dados por Carlos Menem cuando estaba facultado para hacerlo.
Si bien ese es el criterio de un excelente ex juez de la Corte bonaerense,
pues el cronista o analista de fallos sólo tiene que ponerlos en castellano
elemental y hacerlos potables para el hombre común. O
no tan común: un ingeniero o un médico -que también leen los diarios- nada
sabe de cosas como “repetir el pago”,”interponer un interdicto de recobrar”,
o “imponer las costas en el orden causado”.
Los cronistas judiciales no necesitan necesariamente título, porque no
abogan, porque no dictaminan y porque no dictan resoluciones de ningún
calibre.
Esto es para atajarse, lo mismo que los que comentan fútbol o polo sin haber
tocado jamás una pelota o una bocha.
Razón elemental
Pues para lo judicial, lo que sí es indispensable es un mínimo de lógica; de
saber por dónde comienza y por donde concluye un razonable juicio que invoca
algún punto de la panoplia axiológica de la Constitución Nacional y de las
leyes que le siguen en la pirámide.
Entonces es cuando salta el fallo de la Corte Nacional, que no tiene pies y
tampoco cabeza, a menos que se admita la funcionalidad del organismo a las
tendencias políticas de coyuntura que rigen el momento.
Cuando dijo ese cuerpo que una decisión tomada hace mucho con apoyo en un
resorte de exclusiva acción ejecutiva por manda directa de la Carta Magna
fue ilegítima, dijo en realidad, “tiremos todo por la ventana”.
Apoyo logístico
El esperpento con forma de fallo hace agua por todos lados. Por eso, han
salido a abonarlo en los medios de prensa los mismos que lo firmaron. Uno
sabe que las sentencias se sustentan a sí mismas. Cuando el juez que las
dictó tiene que salir a darles apoyo extrajudicial, andamos del todo mal.
La Corte, vale recordarlo, tiene por misión fundamental decir qué dicen la
Constitución y las leyes dictadas en su consecuencia. Y tiene que decirlo al
influjo del tiempo.
Veamos: no es lo mismo la expresión de una norma constitucional analizada en
1949, que si se la mira en 2007. Para que no ande la gente cambiando de
norma fundamental a cada rato, pues para eso está la Corte: para darle
actualidad y dinámica.
Fue sin querer
Precisamente, ese es el argumento que le quedó en el monedero de la cartera
-si la usa- a la ministra Carmen Argibay cuando salió también por la puerta
falsa para justificarse con los que no entienden nada.
Esta magistrada dijo que le había costado lo que invocó Winston Churchill
con mejor fortuna ante el pueblo británico, no firmar la nulidad del indulto
dado al ex general Santiago Omar Riveros, causa que abre el caudal.
Dijo al doctora Argibay que había dado prioridad al “Estado de derecho” y
nunca tan válidas las comillas porque se puede decir que uno inventa.
No, así lo dijo, cuando el Estado de Derecho es el que permite que las
sucesivas camadas de la Corte Suprema de Justicia puedan rever sus antiguos
criterios.
Lo que pasa es que la doctora Argibay sabe con quién habla y sus cofrades
del abortismo y el progresismo nada digieren sobre la diferencia entre
política agonal y política estructural; que es ésta la que los tribunales de
justicia deben seguir en sus mudanzas interpretativas.
A medias
De todas maneras, las cortes interpretan hacia delante, cosa de acomodar la
estructura jurídica del Estado a las mutaciones raigales del tiempo social.
Pero ponerse a decidir, sólo para hacerle el gusto a alguien, sobre una
decisión (que seguía siendo legítima) adoptada hace muchos años, es contra
toda la estantería lógica. Y
si viéramos con ojos del valor Equidad todo este espanto jurisdiccional,
pues nos quedaríamos tuertos, porque no se abarcaron los casos de indultos
dados a personas sin uniforme; digamos, Mario Firmenich, que es el primero
de los nombres de asesinos civiles también indultados, que le viene a uno a
la memoria y a la bronca.
Con razón política o sin ella, en un tiempo irrepetible, Carlos Menem
amnistió a militares terroristas y a terroristas civiles. Tuvo, al menos,
vocación igualitaria. Si estuvo mal, estuvo mal para todos: “O el poncho nos tapa a todos, o no hay manta para nadie”, como dijo Arturo Jauretche.
Lo que queda está en la Corte de la Nación. |
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