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310509 - Tortura y amnesia histórica -
Traducción: Jorge
Anaya
Los memorandos sobre tortura revelados por la Casa Blanca suscitaron
asombro, indignación y sorpresa. El asombro y la indignación eran
entendibles; la sorpresa, no tanto. Por principio de cuentas, aun sin
investigación, era razonable suponer que Guantánamo era una cámara de
tortura. ¿Para qué, si no, enviar prisioneros a un lugar donde estarían
fuera del alcance de la ley; un lugar, por cierto, que Washington
utiliza en violación de un tratado impuesto a Cuba a punta de pistola?
Desde luego, se adujeron razones de seguridad, pero sigue siendo difícil
tomarlas en serio. Las mismas sombrías expectativas se tuvieron acerca
de los sitios negros, prisiones secretas del gobierno de Bush, y por la
rendición extraordinaria, o captura extrajudicial de sospechosos en
otros países, y se cumplieron.
Más importante es que la tortura ha sido práctica de rutina desde los
primeros días de la conquista del territorio nacional, y continuó
empleándose a medida que las aventuras imperiales del imperio infante
–como George Washington llamaba a la nueva república– se extendieron a
Filipinas, Haití y demás lugares. Tengamos en mente también que la
tortura fue el menor de muchos crímenes de agresión, terror, subversión
y estrangulamiento económico que han oscurecido la historia
estadounidense, como ocurre también con otras grandes potencias.
En consecuencia, lo sorprendente es ver las reacciones a la revelación
de esos memorandos del Departamento de Justicia, incluso las de algunos
de los críticos más francos y elocuentes del mal gobierno de Bush: Paul
Krugman, por ejemplo, quien escribió que solíamos ser una nación de
ideales morales y que nunca antes de Bush habían nuestros líderes
traicionado en forma tan absoluta todo lo que esta nación ha postulado.
Por decir lo menos, esta visión común refleja una versión bastante
sesgada de la historia estadounidense.
De cuando en cuando se ha abordado en forma directa el conflicto entre
lo que postulamos y lo que hacemos. Un distinguido académico que
emprendió esa tarea fue Hans Morgenthau, fundador de la teoría de las
relaciones internacionales realistas. En un estudio clásico, publicado
en 1964 a la luz de Camelot, Morgenthau desarrollaba la visión
convencional de que Estados Unidos tiene un propósito trascendental:
instaurar la paz y la libertad en su territorio y de hecho en todas
partes, puesto que la arena dentro de la cual Estados Unidos debe
defender y promover su propósito ha alcanzado dimensiones mundiales.
Pero, como académico escrupuloso, también reconoció que el registro
histórico era radicalmente inconsistente con ese propósito
trascendental.
No debemos dejarnos confundir por esa discrepancia, aconsejaba
Morgenthau; no debemos confundir el abuso de la realidad con la realidad
misma. La realidad es el propósito nacional incumplido, como se revela
en la evidencia de la historia según la refleja nuestra mente. Lo que
ocurría en los hechos no era más que el abuso de la realidad.
La revelación de los memorandos sobre tortura condujo a otros a
reconocer el problema. En el New York Times, el columnista Roger Cohen
reseñó un nuevo libro, The Myth of American Exceptionalism, del
periodista británico Geoffrey Hodgson, quien concluye que Estados Unidos
no es más que una nación grande, pero imperfecta, entre otras. Cohen
concede que la evidencia apoya la opinión de Hodgson, pero de todos
modos le parece que yerra al no entender que Estados Unidos nació como
una idea, y por eso tiene que llevarla adelante. La idea de Estados
Unidos se revela en el nacimiento de la nación como ciudad en una
colina, noción inspiradora que reside muy en el fondo de la sique
estadounidense, así como en el distintivo espíritu individualista y
emprendedor de los estadounidenses, que se demuestra en la expansión
hacia el oeste. El error de Hodgson, según eso, es apegarse a las
distorsiones de la idea estadounidense, al abuso de la realidad.
>>Cómo
quiere Bilderberg que sea el mundo a partir de la crisis. Qué plan
tienen en mente los que controlan el planeta>>
Volvamos la atención hacia la realidad en sí: hacia la idea de
Estados Unidos desde sus primeros días.
Vengan a ayudarnos
La frase inspiradora una ciudad en una colina fue acuñada en 1630 por
John Winthrop, quien la tomó de los evangelios para esbozar el futuro
glorioso de una nación ordenada por Dios. Un año antes la colonia de la
Bahía de Massachusetts creó su Gran Sello, el cual mostraba un indígena
de cuya boca salía un pergamino, en que se leían las palabras Vengan a
ayudarnos. Así, los colonialistas británicos se representaban como
humanistas benévolos que respondían a las súplicas de los miserables
nativos para rescatarlos de su amargo destino pagano.
De hecho, el Gran Sello es la representación gráfica de la idea de
Estados Unidos desde su nacimiento. Debe ser exhumada desde las
profundidades de la sique y desplegada en los muros de todos los salones
de clase. Debió aparecer sin duda en el fondo de toda la pleitesía
estilo Kim Il-Sung que se le rendía a ese salvaje asesino y torturador
llamado Ronald Reagan, quien alegremente se describía como el líder de
una reluciente ciudad en la colina mientras orquestaba algunos de los
crímenes más espantosos de sus años en el cargo, notoriamente en
Centroamérica, pero también en otros lugares.
El Gran Sello fue una proclamación temprana de la intervención
humanitaria, para usar una frase en boga. Como ha ocurrido comúnmente
desde entonces, la intervención humanitaria condujo a una catástrofe
para los supuestos beneficiarios. El primer secretario de Guerra, el
general Henry Knox, describió la absoluta extirpación de todos los
indios en las partes más populosas de la unión por medios más
destructivos para los nativos indígenas que la conducta de los
conquistadores de México y Perú.
Mucho después de que sus propias significativas aportaciones al proceso
quedaran en el pasado, John Quincy Adams deploró el destino de “esa
infortunada raza de americanos nativos, a quienes exterminamos con tanta
crueldad pérfida y despiadada… entre los atroces pecados de esta nación,
por los cuales creo que Dios algún día la llevará a juicio”. Esa
crueldad pérfida y despiadada continuó hasta que se conquistó el oeste.
En vez del juicio de Dios, los atroces pecados sólo han traído hoy
elogios por la culminación de la idea estadounidense.
La conquista y colonización del oeste mostraron sin duda ese espíritu
individualista y emprendedor tan elogiado por Roger Cohen. Así ocurre
por lo regular con las empresas de colonización, la forma más cruel del
imperialismo. Los resultados fueron ensalzados por el respetado e
influyente senador Henry Cabot Lodge en 1898. Al convocar a la
intervención en Cuba, Lodge elogió nuestro historial de conquista,
colonización y expansión territorial, inigualado por ningún pueblo en el
siglo XIX, y llamó a no detenerlo ahora, cuando los cubanos también
suplicaban, según las palabras del Gran Sello, vengan a ayudarnos.
Su ruego fue atendido. Estados Unidos envió tropas, con lo cual impidió
que Cuba se liberara de España y la convirtió en una colonia virtual,
como continuó siéndolo hasta 1959.
La idea estadounidense fue ilustrada tiempo después por la notable
campaña emprendida por el gobierno de Dwight D. Einsenhower para
devolver a Cuba al lugar apropiado, luego que Fidel Castro entró en La
Habana en enero de 1959 y liberó por fin a la isla del dominio
extranjero, con enorme apoyo popular, como Washington reconoció a
regañadientes. Lo que siguió fue: una guerra económica, con la mira
claramente delineada de castigar al pueblo cubano para que derrocara al
desobediente gobierno de Castro; una invasión; la dedicación de los
hermanos Kennedy a llevar a Cuba los terrores de la Tierra (frase del
historiador Arthur Schlesinger en su biografía de Robert Kennedy, quien
tenía esa tarea entre sus máximas prioridades), y otros crímenes que
continúan hasta el presente, en desafío a una opinión mundial
prácticamente unánime.
Por lo regular los orígenes del imperialismo estadounidense se hacen
remontar a la invasión de Cuba, Puerto Rico y Hawai en 1898. Pero eso es
sucumbir a lo que el historiador del imperialismo Bernard Porter llama
la falacia del agua salada, la idea de que la conquista sólo se vuelve
imperialista cuando cruza agua de mar. Es decir, si el Misisipi hubiera
semejado al mar de Irlanda, la expansión hacia el oeste habría sido
imperialismo. De George Washington a Henry Cabot Lodge, los que
participaron en la empresa tuvieron una visión más clara de lo que
hacían.
Luego del éxito de la intervención humanitaria en Cuba, en 1898, el
siguiente paso en la misión asignada por la Providencia fue conferir las
bendiciones de la libertad y la civilización a todos los pueblos
rescatados de Filipinas (en palabras de la plataforma del Partido
Republicano de Lodge)… por lo menos a los que sobrevivieron a las
matanzas y al uso extendido de la tortura y demás atrocidades que las
acompañaron. Esas almas afortunadas fueron dejadas a la merced del
gobierno filipino de paz instaurado por Estados Unidos dentro de un
modelo recién ideado de dominio colonial, que se apoyaba en fuerzas de
seguridad adiestradas y equipadas para aplicar avanzados métodos de
vigilancia, intimidación y violencia. Modelos similares se adoptarían en
muchas otras zonas donde Estados Unidos impuso brutales guardias
nacionales y otras fuerzas a su servicio.
Paradigma de apremios
En los 60 años pasados, las víctimas en todo el mundo han soportado el
paradigma de tortura de la CIA, desarrollado a un costo que llegó a mil
millones de dólares anuales, según documenta el historiador Alfred McCoy
en su libro A Question of Torture. Allí muestra cómo los métodos de
tortura desarrollados por la CIA a partir de la década de 1950 aparecen,
con pocas variantes, en las fotografías infames de la prisión de Abu
Ghraib, en Irak. No hay hipérbole en el título del penetrante estudio de
Jennifer Harbury sobre el historial de tortura estadounidense: Truth,
Torture, and the American Way. Así pues, es sumamente engañoso, por
decir lo menos, que los investigadores del descenso de la banda de Bush
a las cloacas del mundo lamenten que al emprender la guerra contra el
terrorismo, Estados Unidos haya extraviado el rumbo.
No se quiere decir con esto que Bush-Cheney-Rumsfeld et al no hayan
incorporado innovaciones importantes. En la práctica normal
estadounidense, la tortura se encomendaba a subsidiarios, no la
ejecutaban estadounidenses directamente en cámaras de tortura propias,
instaladas por su gobierno. En palabras de Allan Nairn, quien ha llevado
a cabo algunas de las investigaciones más reveladoras y valerosas sobre
el tema: Lo que la [prohibición de la tortura] de Obama cancela es ese
pequeño porcentaje de tortura que hoy realizan estadounidenses, pero
conserva el conjunto abrumador de la tortura del sistema, que es llevado
a cabo por extranjeros bajo patrocinio estadounidense. Obama podría
dejar de apoyar a fuerzas extranjeras que torturan, pero ha elegido no
hacerlo.
Obama no acabó con la práctica de la tortura, observa Nairn, sino sólo
la cambió de lugar, restaurando la norma estadounidense de indiferencia
hacia las víctimas. “Es un retorno al status quo anterior –escribe
Nairn–, al régimen de tortura que va de Ford a Clinton, y que año con
año produjo más agonía con respaldo estadounidense de la que se produjo
durante los años de Bush/Cheney.”
En ocasiones el involucramiento estadounidense en la tortura ha sido aún
más indirecto. En un estudio realizado en 1980, el latinoamericanista
Lars Schoultz descubrió que la ayuda exterior estadounidense “ha tendido
a fluir en forma desproporcionada hacia gobiernos latinoamericanos que
torturan a sus ciudadanos… a los mayores violadores de los derechos
humanos fundamentales en el hemisferio”. Estudios más amplios de Edward
Herman encontraron la misma correlación, y también sugirieron una
explicación. No es sorprendente que la ayuda estadounidense tienda a
correlacionarse con un clima favorable a los negocios, que por lo común
mejora con el asesinato de organizadores de obreros y campesinos y
activistas pro derechos humanos y otras acciones semejantes, lo cual
produce una segunda correlación entre la ayuda y las monumentales
violaciones a los derechos humanos.
Estos estudios se llevaron a cabo antes de los años de Reagan, cuando no
valía la pena estudiar el tema porque esas correlaciones eran patentes.
No es extraño, pues, que el presidente Obama nos aconseje mirar hacia
delante y no hacia atrás, doctrina conveniente para los que blanden los
garrotes. Los que son golpeados por ellos tienden a ver el mundo en
forma diferente, con gran molestia de nuestra parte.
Noam Chomsky es autor de numerosas obras
políticas de gran venta. Sus libros más recientes son Failed States, The
Abuse of Power and the Assault on Democracy y What We Say Goes, libro de
conversaciones con David Barsamian. La editorial New Press acaba de
publicar The Essential Chomsky (editado por Anthony Arnove), colección
de sus escritos sobre política y lingüística de 1950 a la época actual.
- La Jornada