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1005 - Cada vez que alguien intenta cruzar
una frontera de manera ilegal y muere en el intento, se reaviva el drama
de la inmigrantes. En todos los casos, el fenómeno de la migración tiene
un alto componente político. Algunos se escapan de las guerras, otros de
las persecuciones religiosas y de las penurias económicas o,
simplemente, porque no ven ningún futuro en sus países y tratan de
alcanzar uno donde se viva mejor, o por lo menos un poco mejor.
Paradójicamente, en un mundo cada vez más globalizado, interconectado al
instante y con facilidades de traslado que no existían cien años atrás,
se hace mucho más difícil cambiar de país. El mercado desregula las
mercancías pero regula a la gente, salvo cuando por razones políticas o
económicas se quiere incentivar un flujo migratorio. En los años 50 y
60, Europa necesitaba manos trabajadoras y baratas para ser reconstruida
y se convocó a los argelinos y a los turcos para que fueran en masa. En
los 90 ya no se los precisó más, y no se los quiere, ni a ellos, ni a
sus hijos nacidos en Alemania o Francia.
Antes de la caída del Muro de Berlín, los ciudadanos del bloque
soviético eran recibidos como héroes en Occidente y se festejaban los
ingeniosos métodos que utilizaban para saltar el muro. Ahora que ya no
sirven más como propaganda contra el comunismo, no se los quiere. Todo
lo contrario. Cuando en Francia hubo que votar por la adhesión a la
constitución europea, la derecha convirtió al inmigrante del Este en su
principal arma de propaganda para explicar por qué había que votar en
contra. La imagen del "plomero polaco" que viene a trabajar por un
salario más bajo pasó a ser el enemigo número uno de los franceses, como
si hubieran estado invadidos por plomeros.
Algo similar todavía sucede con los balseros que cruzan el Caribe para
llegar a Miami. Si son cubanos, son recibidos con los brazos abiertos,
pero a los haitianos, dominicanos o ecuatorianos se los deporta sin
miramientos. Ni que hablar de los mexicanos, que intentan cruzar la
frontera y son cazados como ratas; como los africanos que se abalanzan
sobre las vallas erigidas en los enclaves españoles de Ceuta y Melilla
en el norte de Africa. Claro, ningún gobierno español, sea socialista o
conservador, quiere más africanos, negros, musulmanes o árabes en su
territorio.
Si todos los gobiernos reivindican los derechos humanos, ¿por qué la
libre inmigración no es uno de ellos? |
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