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070511 - Asia Times Online - Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens - El presidente de Estados Unidos Barack Obama, montado en la ola de los sondeos, su reelección virtualmente asegurada, puede ahora deleitarse con el brillo de su victoria harto estadounidense en la “guerra global contra el terror”, que su gobierno ha rebautizado “operaciones de contingencia en ultramar” (OCO). El asesinato de Osama bin Laden del lunes fue ciertamente una OCO –una rápida “acción militar cinética” en ultramar que superó innumerables contingencias como la violación del espacio aéreo de una nación teóricamente soberana.

(Ver: Un Nobel sin escrúpulos)

 

Sin embargo, la primera reacción de la secretaria de Estado Hillary Clinton fue subrayar que en los hechos la “guerra contra el terror” continuará eternamente, fiel al espíritu de la propia consigna del Pentágono, “La Guerra Prolongada”. Eso se aplica especialmente al ultra estratégico teatro AfPak. Es como si el comandante en jefe Obama no pudiera ser otra cosa que un majestuoso prisionero en un laberinto que no es de su creación.

Paradójicamente, la acción de la Casa Blanca para salir del laberinto fue reaccionar violentamente y sellar la muerte del trauma del 11-S, capitalizado por el gobierno de George W. Bush como una licencia para matar al mal –sea en sí o en la forma de un eje– y así fortalecer la libertad "jeffersoniana". De 2001 a 2008, fueron los años en los cuales la hiperpotencia, en una misión divina y concentrada como un láser en el “fin de la historia” de Hegel/Fukuyama, simplemente pisoteó el derecho internacional.

Las guerras en Afganistán e Irak sólo iban a ser supuestamente las dos primeras etapas en el camino a la redención (y luego vendría el camino a Damasco, Teherán e incluso Trípoli…). Lo que fue bautizado como el proyecto del Gran Medio Oriente debía supuestamente aplastar el “terror” y a los regímenes que lo albergaban: el Afganistán de los talibanes y –en la visión neoconservadora– el Irak de Sadam Husseim. Otros caerían inevitablemente como piezas de dominó.

Casi una década después del 11-S -y con la promesa de capturarlo “muerto o vivo” de Bush finalmente cumplida al estilo de Terminator– ¿a dónde se dirigirá ahora la ex hiperpotencia?

El tablero de ajedrez estratégico ha cambiado completamente. Es difícil ejercer la hegemonía de hiperpotencia a sabiendas de que China ya te puede superar como economía número uno posiblemente en 2016 –y cuando te ahogas en deudas con, quién iba a ser, el competidor estratégico China. Y a pesar de ello sigues sobre-extendido en lo militar, y tu interminable “guerra contra el terror”, para no hablar de dos guerras y media, cuestan millones de millones de dólares, pagados por, quién iba a ser, tu máximo banquero China.

Tu poder suave no es tan seductor como solía ser, aunque tu creatividad de alta tecnología siga siendo inigualable; y sobre todo no hay nadie en el mundo en desarrollo, comenzando por el grupo BRICS, que siga otorgando alguna credibilidad a tu Consenso de Washington.

Y el vencedor es… China

Así que por el momento el vencedor en la “guerra contra el terror” es China, que por una serie de razones, sobre todo el dicho de Deng Xiaoping “enriquecerse es glorioso”, está ahora cerca del punto donde estuvo durante 18 de los últimos 20 siglos, es decir, en la cumbre.

A Obama se le podrá acusar de muchas cosas –incluso de ser un Premio Nobel de la Paz belicista. Pero también es un intelectual inteligente. El presidente ha estudiado el paisaje y ha visto cómo la sobre-extensión imperial de
Estados Unidos, diagnosticada por Paul Kennedy, ha acelerado su decadencia. También ha visto cómo al hacerlo Estados Unidos fue totalmente corroído por el espectro del “terror islámico”.

Y eso puede conducirnos a la respuesta de la pregunta de la bala mágica sobre la oportunidad del asesinato de Osama bin Laden.

Cuando ocurrió el 11-S, el genio musical Karlheinz Stockhausen dijo –provocando la indignación de millones de estadounidenses– que “fue la más grandiosa obra de arte que ha visto el mundo”. Tenía razón, ya que el 11-S –en términos de su impacto sobre el inconsciente colectivo de la humanidad, casi hasta llegar a la parálisis– redujo las obras de Albert Speer y de Leni Riefenstahl al tamaño de juegos infantiles.

Por lo tanto, para matar simbólicamente la “guerra contra el terror” –que fue inventada debido al 11-S–
Barack Obama tenía que (literalmente) matar al (presunto) perpetrador, fuera real o no, culpable o no, un clon o no. De ahí el asesinato, la eliminación rápida del cuerpo, ninguna foto, fin de la película, sin lista de créditos; una compacta narrativa cinemática. Los obvios vacíos en el guión, como en todo éxito de ventas hollywoodense, se consideran irrelevantes; lo que importa es el éxito en la boletería, y seguimos adelante.

Como un freudiano que juega al baloncesto,
Barack Obama buscó el golpe final, el motivo de todo el trauma. Lo identificó como la única manera de comenzar de nuevo –como intentar terminar las guerras en Afganistán e Irak y comenzar a concentrarse en lo que verdaderamente importa para Estados Unidos: inversiones en educación e infraestructura, la terrible condición de la economía.

No hay garantía de que la “cura” de
Barack Obama funcione. Millones de estadounidenses podrán sentir –y sienten– el impulso, como si todo el país hubiera ingerido un tsunami de Red Bull. La cuestión clave es si el yihadismo va a desaparecer definitivamente del actual paisaje geopolítico.

De hecho, incluso antes del asesinato de Osama bin Laden, éste ya había sido derrotado por la historia –como cuando la revuelta árabe de 2011 afirma, inequívocamente, que el mundo árabe quiere dar la bienvenida a la democracia, no a atacantes suicidas.

La “cura” de
Barack Obama enfrentará monstruosas contradicciones. Los drones matan civiles en las áreas tribales paquistaníes mientras la guerra “humanitaria” de la OTAN mata civiles en Libia. Belicistas humanitarios silenciosos ante la horrenda represión en Bahréin y la Casa de Saud se sale con la suya al realizar una contrarrevolución antidemocrática en todo el Golfo Pérsico.

Si Osama bin Laden –y
Muammar Gadafi– pueden ser elegidos por una diplomacia mediante asesinatos selectivos, ¿por qué no lo hacen con la espantosa dictadura de Myanmar, o con Islam Karimov en Uzbekistán? Además el Pentágono seguirá luchando con todo su poder para que su Guerra Prolongada continúe eternamente.

Barack Obama, el psicoanalista, acaba de bautizar un nuevo mundo post-Osama. Veamos cómo reacciona Estados Unidos, o si vuelve pronto al diván.

Pepe Escobar es autor de “Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War” (Nimble Books, 2007) y “Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge”. Su último libro es “Obama does Globalistan” (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: pepeasia@yahoo.com.

Copyright 2011 Pepe Escobar

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