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Leandro Alem |
Parte 1 -
Parte 2 -
Parte 3
270110 -
“Hace rato la UCR definió ser vocera de
las corporaciones y eso lo reflejaron en cada una de las
votaciones en el Parlamento. Entonces es coherente que Cobos sea
su candidato".
“Hay sectores progresistas en la UCR que por una cuestión de no
irse del partido se quedan a pelear desde adentro. Siempre
fuimos dos sectores. Pero esos sectores no son los que conducen
hoy la UCR. No hay un proyecto propio” -
Diputada
Silvia Vázquez. Hablaba de la U.C.R.
de hoy. Parece referirse a la de siempre.
Introducción
Tal vez desde los orígenes de la organización nacional date esa
atávica costumbre de los partidos políticos argentinos,
consistente en negar- desde su propia práctica- lo que indica el
nombre de la fuerza de marras. Por ejemplo es sabido que en la
década de los ‘90 ni el Frente Grande era grande así como
tampoco articulaba espacios realmente frentistas, ni la Unión
Cívica Radical era radical (nunca lo fue); ni el Partido
Justicialista (peronismo) alentaba la justicia y muchos menos la
Unión de Centro Democrático hacia algo para desmentir que de
democrática tenía sólo el nombre. En rigor era muy de derecha y
ni siquiera jamás estuvieron al menos unidos. La historia
argentina es muy explícita en semejantes desvaríos, por caso un
partido muy conservador se denominaba Demócrata Progresista y
recibieron el nombre de Socialista y Comunista destacamentos
que, en los años 45 y 46, hicieron el triste rol de apoyatura
plebeya e izquierdista de la más rancia oligarquía antipopular.
Como se ve, la grotesca enfermera troskosaúrica Vilma Ripoll o
el estulto piquetero maoista Juan Carlos Alderete (quienes
delirantemente creían hacer una revolución agraria, al tiempo
que servían como toscos preservativos de la oligarquía) no
inventaron nada en ese deleznable juego de embellecer desde la
izquierda a la peor reacción.
En las siguientes notas- cuyo título equivale al primer verso de
la marcha radical- iremos por un análisis que pudiere trascender
algo más que las coloridas pero superficiales palabras con las
que hemos iniciado el presente trabajo. Buscaremos a lo largo de
la historia, más que centenaria, con que el radicalismo fatiga
el sistema político nacional la respuesta acerca de si la U.C.R.
guarda coherencia con los enunciados de su discurso o este es
nada más que un taparrabos justificatorio de una práctica
sedicéntemente antipopular. Recordemos que, desde el punto de
vista etimológico, la voz radical implica una actitud de
infatigable consecuencia (es decir, sin dobleces) en la búsqueda
de objetivos programáticos o valores sustantivos y
trascendentes. Algo que la U.C.R. se guardó casi siempre de
hacer, como veremos. Desde lo puramente discursivo, inscripto se
halla en su matriz constitutiva el apego a la constitución, a
las formas jurídicas y a la defensa irrestricta de la democracia
entendida ciertamente en su sentido más puramente procedimental;
por lo tanto, vacía de contenido. No obstante durante el primer
mandato de
Hipólito Yrigoyen, diversas provincias fueron intervenidas
por el ejecutivo mediante el poco constitucional recurso del
decreto; cuando la carta magna ordena taxativamente que el
llamado remedio federal debe ser votado por el parlamento. El
doble discurso es, sin dudas, una constante partidaria. Cierto
es que por aquellos tiempos el Senado era dominado por la
oligarquía conservadora, clase con la cual la U.C.R. mantuvo más
acuerdos que diferencias a lo largo de su existencia. En
consecuencia nuestro análisis verificará- de modo sintético, por
cierto- si la condición de radical constituye una práctica
consecuente en el derrotero del partido o en su defecto no pasa
de ser un discurso formal que encubre realidades muy diferentes.
La historia maestra de la vida: De los orígenes a los
primeros gobiernos
La frase del escritor romano Cicerón resulta sin dudas apta para
titular y analizar el sintético derrotero histórico de la fuerza
que- ya entrando en la segunda década del siglo XXI- se siente
en condiciones de volver a paladear las mieles del poder. No hay
que olvidar que las dos últimas ocasiones en que llegó al
ejecutivo nacional (Raúl
Alfonsín, 1983-1989 y Fernando De La Rua, 1999-2001) debió
abandonar el gobierno en condiciones ruinosas para el país y su
pueblo, lo cual debilitó ostensiblemente al radicalismo. Por tal
motivo es bueno instalar la polémica acerca de la trayectoria
del partido, debatir sus logros y sus virtudes; pero también
acerca de sus inocultables defectos. Sin dudas se trata de un
balance que todo elector conciente y crítico deberá realizar de
cara a los comicios del 2011, tenida cuya campaña electoral ya (pre)
calienta en las gateras.
La U.C.R nació a comienzos de la década de 1890- en 1891 para
ser exactos- impulsada por destacamentos desplazados de la elite
terrateniente argentina por lo más excluyente de la oligarquía
en alianza con sectores emergentes de clase media. La razón de
ser de la fuerza era resistir y transformar el modo de gobernar
de la oligarquía terrateniente centrada en el fraude. Y en tal
cometido fue relativamente radical. No obstante, cuando se funda
el partido, sus dos máximos dirigentes eran Leandro N. Alem e
Hipólito Yrigoyen; respectivamente tío y sobrino, que
sintetizaban en sus figuras dos orientaciones muy distintas. Se
cuenta que Alem se sentía orgánicamente ligado al mitrismo; lo
cual lo alejaba de toda perspectiva nacional, por un lado. Y por
el otro, de combatir el fraude de modo consecuente. Es decir que
la traición anidaba en el partido desde sus orígenes. Seamos
claros, el tránsito de la inconsecuencia hacia la vulgar
traición se halla- como el huevo de la serpiente- inscripto en
el código genético de todo “buen” radical o (dicho de otro modo)
que el bautismo existencial de los políticos boiniblancos es un
hecho de traición. Como se ve,
Julio Cesar Cleto “Isacariote” Cobos el 17 de julio de 2008
no hizo más que confirmar una vez más tradiciones ancestrales en
la U.C.R.
Por cierto que desde tales lejanos orígenes se destacó en su
composición original una desviación que persiste hasta nuestros
días. Se trata de creer que la solución a todos los problemas es
de índole moral o como mucho, política. Así, cuando Hipólito
Yrigoyen llegó al gobierno, careció de intensiones o visión para
transformar la condición pastoril y agroexportadora de la
estructura económico-social; ya que bastaba con que la “causa”
pudiera imponerse contra el “régimen falaz y descreído” para que
la Argentina recuperase su rumbo de “grandeza”. Otro ejemplo fue
cuando asumió Raúl Alfonsín, tiempo en que el remedio de todos
los males consistía en rezar el preámbulo de la constitución
nacional y declamar “con la democracia se come, se cura y se
educa”… para beneplácito del poder económico que resultaba
invisibilizado de semejante modo. En efecto, los entonces
denominados “capitanes de la industria”, elevaban sus preces con
el jurídico salmo, al tiempo que presionaban al poder político
en función de maximizar sus ganancias. Por otra parte, cuando lo
necesitaron se llevaron puesto al gobierno de Alfonsín. Por no
hablar de cuando Fernando De La Rua pretendía hacer creer a la
sociedad argentina que el problema era la corrupción y no el
modelo neoliberal. Una gestión honesta solucionaría las
carencias populares en tal visión. Por cierto que la probidad
moral es factor ciertamente necesario, pero no suficiente.
También es preciso impulsar cambios económicos sociales y
culturales, además de los ético-políticos. Por desgracia la
decepción provocada por la U.C.R. a comienzos del siglo XXI vino
acompañada- nadie debería olvidarlo- por rebajas salariales para
estatales, docentes y jubilados; para lo cual se desencadenó
finalmente un baño de sangre con más de treinta muertes aún
impunes; mientras que el discurso anti-corrupción funcionaba
como música de fondo para que los sectores dominantes realizaran
una fuga de capitales de escasa equivalencia en nuestra
historia. En este punto lo central reside en comprender que el
referido discurso es un recurso al cual echa mano el poder real
para invisibilizar a los verdaderos causantes de la miseria del
pueblo e ilegitimar todo proyecto alternativo al dominante.
Durante los comienzos partidarios, la fuerza liderada por
Hipólito Yrigoyen supo dar cauce a las ansias de democratización
de lo que se denominaba “pueblo”; es decir sectores básicamente
de las emergentes clases medias urbanas y clases sociales más
pobres ubicadas en regiones agrarias. Los miembros de la clase
incipiente de obreros industriales- sector formado centralmente
por inmigrantes- de las grandes ciudades (Buenos Aires y
Rosario) no adherían al radicalismo y; en general, canalizaban
hacia el anarquismo y el socialismo su voluntad de lucha y
participación en la nueva sociedad. La presión radical contra el
fraude sistemáticamente practicado por la elite dio por
resultado la sanción de la Ley Sáenz Peña, que permitió la
primera elección de un presidente sin recurrir a la grotesca
tergiversación en los resultados que era de rigor. Así, en 1916
fue electo Hipólito Yrigoyen, quién desde la primer magistratura
hizo honor al defecto que mencionáramos más arriba de la U.C.R.
Y a otro más que desarrollaremos a continuación. Se trata de
algo en lo que el radicalismo ha incurrido hasta el hartazgo,
cada vez que ha llegado al gobierno. Cuando el poder real de la
sociedad se pone en contradicción y tensión con el sistema
político, fatalmente la fuerza boiniblanca se muestra dócil y
sumisa frente a la reacción. E implacable con el pueblo. Durante
los primeros tiempos de la gestión yrigoyenista, el presidente
intentó mediar en los conflictos entre el movimiento obrero y
las patronales. Pero un conjunto interno y externo de causas
provocó el alerta de los verdaderos dueños del poder.
Mencionaremos en breve síntesis como los conflictos de
trabajadores navales y ferroviarios habían incidido en el
suministro de bienes argentinos hacia Gran Bretaña (alertando y
tensionando a las cámaras empresariales de rigor) y el efecto
(simbólico) de la revolución rusa en las clases dominantes de
todo el mundo. En nuestro país el temor de los poderosos al
“maximalismo” y al bolchevismo se volvió tan real como
desproporcionado en lo referente a sus alcances reales. En tal
contexto hacia enero del año 1919, al desencadenarse la semana
trágica el gobierno desató una represión ilegal contra la clase
obrera y los inmigrantes que sólo pudo ser igualada en términos
masivos por el propio Yrigoyen, cuando impulsó métodos de guerra
civil no menos ilícitos contra los trabajadores rurales en la
provincia patagónica de Santa Cruz. En la ciudad de Buenos Aires
la Policía fue desbordada por la lucha obrera y el orden social
fue confiado al ejército. La fuerza represiva- comandada por el
general yrigoyenista Luis J. Dellepiane.- fue implacable con los
trabajadores. Pero no atinó a detener a miembro alguno de las
fuerzas de choque civiles derechistas que realizaron salvajes
progroms (prohibidos por la ley), confundiendo deliberadamente a
judíos con rusos. De allí mediaba sólo un paso para empalar a
los descendientes de Moisés, convertidos en rápida metamorfosis
por la arbitraria brutalidad de las legiones derechistas en
bolcheviques. Ninguno de estos delitos fue si quiera
investigado. Como se ve se trata de prácticas escasamente
republicanas y nada democráticas, pese a que la U.C.R. recurre a
reivindicar ambas condiciones como constitutivas de su
identidad. En cuanto a alentar la impunidad de los crímenes de
la derecha no podía ser de otra manera; ya que Manuel Carlés,
organizador de una de las citadas organizaciones reaccionarias
(la Liga Patriótica Argentina) pertenecía, al propio partido del
presidente; bien que a otra fracción que el primer mandatario.
En la provincia de Santa Cruz, la lucha de peones rurales contra
las condiciones de explotación- que no diferían mucho de la
esclavitud infame sobreviviente en los E.E.U.U. aproximadamente
media centuria antes- provocó una cacería humana desarrollada
por el ejército, en la cual muchos trabajadores fueron
asesinados a sangre fría, cuando ya se habían rendido. Como en
el caso de la semana trágica, el radicalismo operó de acuerdo
con la oligarquía para silenciar la masacre y propulsar la
impunidad. Cualquier lector interesado puede ampliar las
consideraciones que hemos hecho con los magníficos trabajos de
Julio Godio (La semana trágica) y Osvaldo Bayer (Los Vengadores
de la Patagonia Rebelde), textos que aportan documentación
irrefutable y no dejan lugar a dudas en lo que hace a la
interpretación que hemos seguido. Para ir cerrando el parágrafo
es preciso destacar tres cuestiones aquí.
1) La primera es que las matanzas radicales contra los
trabajadores fueron, desde el punto de vista de la masividad,
peores que las ensayadas por la dictadura genocida (1976-1983).
En efecto, los criminales procesistas reprimían de modo más
selectivo; lo cual no los hace menos imputables que los
represores de 1919 y 1921. De La Rua dejando el poder en un baño
de sangre no hizo más que continuar una tradición ancestralmente
radical.
2) La segunda es que prácticamente el conjunto del partido se
abroqueló para garantizar la impunidad de los crímenes,
bloqueando toda intentona judicial o parlamentaria de
investigación posterior. El respeto a la legalidad, las
instituciones y la propia Constitución Nacional (recordemos,
constitutivo de la identidad partidaria) se lo metieron donde
les cupiere en aras de la conveniencia política.
3) Tal vez el cerril gorilismo (antiperonismo) de la U.C.R. se
halla originado en que Yrigoyen no supo, no pudo o no quiso
darle a los obreros rurales más que las balas asesinas del
ejercito. Y apenas poco más que dos décadas después, el entonces
coronel Juan Domingo Perón estatuyó un ordenamiento legal (el
célebre estatuto del Peón) y además puso gran parte de los
recursos de su área para hacerlo cumplir, lo cual obligó a los
terratenientes a respetar condiciones de vida mínimamente dignas
para los trabajadores agrarios. En tal sentido, el mentado
gorilismo no sólo encuentra sus raíces en la historia. También
resulta claramente la opción discursiva de una fuerza que se
pone resueltamente del lado de los más poderosos de la sociedad
y en la vereda de enfrente del pueblo trabajador; al cual no
tiene otro deseo que defenestrar ya que para solucionar su
problemática debe enfrentar al poder real. Y tal orientación le
es vedada a todo buen radical.
La fuerza creada por Leandro N Alem atravesó los tres primeros
períodos en el gobierno con una escisión entre radicales
yrigoyenistas y antiyrigoyenistas (más derechistas). Pero se
hace muy difícil visualizar diferencias sustantivas entre ambas
fracciones: más allá del hecho que los segundos se hallaban
mucho más ligados a fracciones terratenientes y la perspectiva
del dos veces presidente se acercaba a las clases medias. El
“galerita” (oligarca) Marcelo T. de Alvear, presidente entre
1922 y 1928, fundó la petrolera nacional (Y.P.F) y durante su
mandato se dio un debate acerca del perfil económico del país.
Pero ambos dirigentes tuvieron igual transigencia con los
núcleos duros del poder real; lo cual le valió a Yrigoyen ser
desplazado por un golpe de estado el 6 de septiembre de 1930.
Digamos a modo de conclusiones del parágrafo que aparecieron
durante toda la etapa (1891-1930) desviaciones decisivas del
radicalismo que fueron una marca constante el la fuerza. A
saber.
a) La traición constituye una marca indeleble de la identidad
partidaria. Desde el pro-mitirsimo de Alem hasta la felonía de
Cobos, pasando por el golpismo de la U.C.R en el ’55 y las
largamente debatidas inconsecuencias de Frondizi o Alfonsín, la
figura de Judas Isariote debiera estar incorporada al panteón
radical.
b) Uno de los aspectos que los actuales radicales dejan en las
cenagosas aguas del olvido es el uso y abuso por parte del
presidente Yrigoyen del clientelismo político como modo de
construcción. En efecto, se denomina de este modo al intercambio
de favores hacia los ciudadanos (votantes) a cambio de apoyo
político. El historiador británico David Rock origina en dicha
característica el raquitismo de nuestras clases burguesas; ya
que estimula una mentalidad no competitiva. El radicalismo
utilizó el clientelismo a lo largo de diversas épocas de su
historia; pero resulta demonizado si el que lo gestiona es un
gobierno peronista. Puede verse como el doble discurso es
irrescindible de la condición radical. Las dos restantes
conclusiones ya las hemos mencionado, pero las reiteramos.
c) En el primer radicalismo prevaleció- y se mantuvo constante
en toda si historia- una mirada puramente política y ética
acerca de los problemas nacionales y populares. Por el
contrario, es preciso aportar una visión más abarcadora en lo
económico, social y cultural para aportar soluciones en favor de
la nación y de su pueblo.
d) La U.C.R. jugo relativamente autónoma del poder real de la
sociedad- en aquellos tiempos la elite terrateniente y el
capital británico- mientras dichos núcleos dominantes no se
hubieren encrespado. Pero cuando la derecha dijo basta, el
radicalismo disciplinadamente se alineó con la reacción. Las
cuatro son características consustanciales e inescindibles del
partido.
Entregolpes: de la década infame a la caída del primer
peronismo
El golpe del 6 de septiembre de 1930 significó el cierre de la
“primavera” yrigoyenista y el inicio de una etapa de
autogobierno oligárquico por medio de la imposición autoritaria
(Uriburu) y poco después por fraude (gobiernos posteriores
presididos por Justo, Ortiz y Castillo). Entre 1930 y 1945 se
verificó de modo coagulado y sintético tanto lo mejor como lo
peor de la U.C.R. Nadie puede negar lo abnegado de la
resistencia radical hacia los atropellos de la elite. Los
levantamientos militares en procura de la refundación
democrática, las denuncias del fraude, la prédica de los núcleos
yrigoyenistas agrupados a posteriori en F.O.R.J.A. (Fuerza de
orientación radical de la Joven Argentina nacida en 1935) fueron
sin dudas lo mejor del partido. Pero no puede dejar de
consignarse que agruparon a franjas minoritarias del mundo
radical, universo que en sus sectores mayoritarios fue en todo
funcional a la oligarquía. La llamada “Alvearización” del
radicalismo fue el nombre que la historiografía nacional le dio
al proceso por el cual el radicalismo fue (casi definitivamente)
conducido por su ala derechosa. No sólo levantaron la abstención
contra el fraude; también participaron alegremente de muchos
negociados de los que contribuyeron a que toda la etapa se
denominase “década infame”. Por el contrario y muy
particularmente en F.O.R.J.A. debe destacarse la voluntad y la
vocación por mantener vigente el pensamiento nacional, Dicha
prédica- sintetizada en la defensa del patrimonio y la identidad
nacional en un marco de estricta defensa de la democracia-
engarza luego con el mejor peronismo. Pero agrupó, como ya se
dijo, a un número muy pequeño de radicales.
Cuando emergió el movimiento peronista se verificó
inmediatamente otra desviación insuperable para la U.C.R.. Se
trata del hecho que si la fuerza nacida el 17 de octubre de 1945
se colocaba por izquierda; el radicalismo históricamente se
desmarca por el célebre andarivel de Garrincha y el “loco”
Corbata. En efecto desde el gobierno militar nacido en 1943 y
mucho más durante su primer gobierno, Perón impulsó un
reformateo de la economía y la sociedad argentina; que sin
dudas, favoreció de manera indudable a la mayor parte del
pueblo. Una economía industrial centrada en el mercado interno y
un estado con gran capacidad de intervención en cuestiones
productivas y financieras fueron las notas distintivas del
peronismo primigenio, modelo al que la U.C.R. se opuso de manera
tozuda y contra los deseos e intereses de las franjas
mayoritarias del pueblo.
La fuerza nacida en 1891 presto su aparato partidario, los
candidatos y la mayor parte de su militancia a la Unión
Democrática, el conglomerado reaccionario que se oponía a las
medidas impulsadas por Perón desde el gobierno militar nacido
del golpe (anti-fraudulento) de 1943. Llegado el peronismo al
poder político, la U.C.R. se opuso sistemáticamente con todas
las fuerzas de las que fue capaz a las transformaciones que le
brindaron al pueblo argentino un nivel de vida superior- por
aquellos años- al que recibían los trabajadores en las potencias
económicas del mundo capitalista. A modo ilustrativo invitamos
al lector a recorrer el debate parlamentario acerca de la
creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (I.A.P.I.).
La similitud con las posiciones (pro-oligárquicas) típicas de
los radicales durante el debate de la resolución 125 en el año
2008 es algo más que casualidad permanente. Muestra el modo de
actuar de una fuerza que prácticamente siempre- en los momentos
y en los debates decisivos- se alineó indubitablemente con el
poder real. En los ’40 y los ’50, el peronismo confrontó contra
la oligarquía. Gano (cuando impuso las transformaciones ya
citadas) y perdió (golpe de 1955). Pero sistemáticamente la
U.C.R. estuvo alineada con la reacción oligárquica y fue su
operador político hacia los sectores no oligárquicos Es que una
de las características más marcadas por su funcionalidad con la
reacción es el sedicente gorilismo que la U.C.R. contribuye a
difundir y perpetuar. Es sabido que el esqueleto social de un
frente de liberación nacional en nuestra Argentina es la alianza
plebeya entre los trabajadores (centralmente contenidos en el
peronismo) y las clases medias (durante mucho tiempo
representadas por la U.C.R). La constante defenestración que
hacía el partido radical no fue sólo una cuestión de tratar de
lograr la preponderancia en el “mercado” electoral. También
obedeció (y continua haciendo caso) al mandato de la reacción
que domina cuando las franjas de la pequeña burguesía ven en los
sectores populares al enemigo. Así se invisibiliza y silencia al
verdadero poder: el económico llamado por la diputada Vazquez
las corporaciones, en las declaraciones utilizadas como epígrafe
de este trabajo. Fue necesario que el peronismo se parase por
derecha- en la aciaga década del ’90- para que los radicales
pudiesen disimular (por poco tiempo) su profunda alienación con
el poder real.
No se trata de negar que en los primeros gobiernos peronistas
hubo posiciones y gestos autoritarios hacia la oposición
política. Pero ello de ningún modo puede justificar la
militancia activa a favor del golpe de estado, finalmente
consumado en 1955. La U.C.R colaboró activamente con la sedición
gorila; cuyos resultados veremos con cierto detalle en el
parágrafo siguiente. De modo que aquí queda plenamente expuesto
el contenido real de la autoalabanza radical acerca de su
carácter democrático y republicano. Nadie es verdadero merecedor
de las condiciones mencionadas si avala golpes de estado
represivos contra los trabajadores y proscriptivos para las
representaciones políticas y sindicales de nuestro pueblo. A
modo de cierre del parágrafo y de esta primera parte de nuestro
trabajo, extraeremos algunas conclusiones sin reiterar las
correspondientes al primer segmento.
1) La U.C.R. pudo presentarse como fuerza popular y alternativa
contra el poder económico mientras no hubiera otra con
realizaciones tangibles que pudiere desmentirla. Una vez que
apareció el peronismo quedó confinada al carácter de fuerza
funcional a la peor reacción.
2) La condición de fuerza democrática y republicana debe ser
conferida a una que lo demuestre de modo práctico. Por cierto
que es impropio llamar así a un partido que impulsó y apoyó-
como lo hizo en otras circunstancias de nuestra historia- un
golpe de estado que ni siquiera intentaba disimular sus
principios, inclinaciones, objetivos y orientaciones
antipopulares. Así como la mal llamada Revolución Libertadora
debiera pasar a la historia con el mote, más ajustado a la
realidad, de Fusiladora, la condición de democrática de una
organización política puede postularse si resulta coherente con
la historia de la agrupación de marras. Por cierto que el
radicalismo no resiste un archivo ni el cotejo crítico con su
historia.
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