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Roberto Bardini
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CIA: Historia y rol - Irak Al día - Argentina Al día - Venezuela Al día

030606 - Bambú Press

Posiblemente habrá que esperar hasta después que el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), gane las elecciones del próximo 6 de julio para que México retorne al seno de la familia iberoamericana, de la cual se ha alejado notoriamente en los últimos seis años de administración del Partido Acción Nacional (PAN).

 

Por primera vez en décadas, México abandonó durante el último sexenio su tradicional y altiva política exterior para plegarse casi incondicionalmente a los lineamientos diplomáticos de Estados Unidos y ha defendido a rajatabla en los foros internacionales las directivas del presidente George W. Bush, que en general no coinciden con las aspiraciones de la mayoría de países del continente.

 

Como un moderno Caballo de Troya que embiste, la actual diplomacia mexicana cumple la función de ariete contra todos los esfuerzos de integración económica, comercial y energética al margen de Estados Unidos en la extensa región sur de América, compuesta por 18 millones de kilómetros cuadrados y más de 350 millones de habitantes.

 

El desgastado presidente Vicente Fox –un ex administrador de empresas, cuyo puesto más elevado antes de llegar a la primera magistratura fue el de presidente de la Coca Cola– oficia prácticamente como portavoz en el exterior de la Casa Blanca y se ha enfrentado a otros mandatarios hispanoamericanos, como ha sido el caso con el cubano Fidel Castro y el venezolano Hugo Chávez, a lo que hay que sumar algunas escaramuzas verbales con el argentino Néstor Kirchner y el boliviano Evo Morales.

 

Chávez, Kirchner y Morales –cada uno con sus particularidades y, en ocasiones, con el respaldo del brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva– le han apostado sus fichas a diversos modelos de integración regional, como el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA) y el Tratado Comercial de los Pueblos (TCP), en oposición a los Tratados de Libre Comercio bilaterales y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que Estados Unidos quiere imponer en el continente.

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Desde la Cuarta Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005, hasta la reciente Cumbre Unión Europea-América Latina, efectuada en Viena en mayo de este año, pasando por el controvertido Plan Puebla-Panamá (PPP), Fox ha intentado imponer, sin demasiado éxito, las posturas estadounidenses.

 

El mandatario, un firme defensor del neoliberalismo y las privatizaciones, también se ha manifestado en duros términos contra el “populismo”, una manera indirecta de descalificar a gobiernos surgidos del voto popular, como son los casos de Bolivia y Venezuela.

 

Un legado de improvisación y ocurrencias

 

Tanto la presidencia como la cancillería mexicanas han dejado de lado una de las particularidades geopolíticas que a lo largo de más de 70 años tuvieron presente los anteriores gobiernos: si bien es cierto que geográficamente México se ubica junto con Estados Unidos y Canadá en la región norte del hemisferio, geoestratégicamente –por su historia, raíces e intereses comunes– también es parte integrante del centro y el sur del continente.

 

El abandono de esta concepción a cambio del posicionamiento como “patio trasero”, resta fuerza a un potencial y poderoso bloque que prácticamente podría desenvolverse, para decirlo con un lugar común, como un solo interlocutor desde el Río Grande hasta la Patagonia.

 

En el breve ensayo “El legado diplomático del foxismo”, publicado en julio de 2005 por Nueva Mayoría, Bárbara González escribe:

 

“Durante décadas la política exterior mexicana fue respetada en otros países por su continuidad programática. Aunque debatibles, los principios enarbolados [...] otorgaban a la actividad internacional del país un carácter de seriedad y profesionalismo. Los principios perduraron como mapa de ruta de la política exterior porque emanaban de la experiencia histórica y porque demostraron su adaptabilidad a los cambios en el entorno internacional. Es cierto que durante décadas de régimen semi-autoritario la política exterior mexicana sirvió para apuntalar el proyecto del PRI-gobierno, pero no por esta razón es válido negar sus laureles.

 

“Vicente Fox advirtió en la victoria [electoral] del 2000 una oportunidad para construir de cero una política exterior novedosa que diferenciaría a su gobierno de los antecesores. Uno de sus más brillantes asesores de campaña y reconocido politólogo fue reclutado para ser el primer canciller del gobierno foxista. Jorge Castañeda concentró esfuerzos en el diseño de una estrategia internacional que sacaría provecho del "bono democrático" y posicionaría a México como un jugador de grandes ligas.

 

“La estrategia de Castañeda se resumía en dos ejes. Primero, la aceptación declarada de una alianza estratégica con Estados Unidos que ya veía construyéndose de facto desde los anteriores sexenios y que permitiría al gobierno mexicano una más eficaz promoción de los intereses nacionales y segundo, el fortalecimiento de un mayor activismo de México en los foros mundiales.

 

“[...] En la práctica, la gestión en materia internacional se ha caracterizado por la improvisación y la sucesión de ocurrencias, algunas francamente perniciosas para el adelanto de los intereses del país en el exterior.

 

“El equipo que relevó al de Jorge Castañeda, a cargo del economista Luis Derbez, hizo sentir de inmediato su desdén por la tradición diplomática del país al emprender una sistemática separación de los miembros de Servicio Exterior Mexicano (SEM) de puestos clave en la toma de decisiones. Como muestra, los novatos timoneles de la política exterior, desconocedores ellos mismos de la historia de las relaciones internacionales del país, decidieron reducir el período de formación académica de los nuevos miembros del SEM en el Instituto Matías Romero a un solo mes, tiempo que juzgaron suficiente para que un diplomático mexicano se empape de todo el conocimiento necesario para ejercer su oficio.

 

“Las declaraciones desinformadas y frívolas han sido nota recurrente y pronto dejaron de sorprender las anécdotas chuscas”.

 

Jorge Castañeda Gutman, arquitecto de la política exterior foxista, quien se inició políticamente en el Partido Comunista Mexicano y posteriormente realizó estudios en las universidades de Princeton y de París, tiene una zigzagueante trayectoria: según la enciclopedia virtual Wikipedia, “en el año 2000, el periodista Raymundo Riva Palacio documentó que durante su juventud Castañeda actuó como agente de la CIA, lo que no ha sido desmentido por el ex canciller ni por el gobierno estadounidense”.

 

Hasta el último momento

 

En las postrimerías de su mandato y como el capitán del Titanic, Fox no abandona su puesto mientras su administración se hunde en las frías aguas del descrédito: al amparo del petróleo mexicano ahora ha logrado encabezar un bloque compuesto por República Dominicana, Colombia y los países centroamericanos en oposición al programa PetroCaribe impulsado por Venezuela.

 

A sólo seis meses de concluir su mandato, en la reciente reunión del Sistema de Integración Centroamericana (SIECA), celebrada en el balneario dominicano de Casa del Campo, el presidente mexicano reunificó a los países aliados de Washington con la propuesta de construcción de una refinería en Puerto Quetzal (Guatemala) o en Puerto Armuelles (Panamá), para abastecer de crudo a los países signatarios.

 

Fuentes consultadas por la agencia de noticias española EFE declararon que “sin lugar a dudas, México es la punta de lanza en Latinoamérica de la política de Estados Unidos”, afectada severamente por las audaces iniciativas del presidente Hugo Chávez.

 

Sin embargo, representantes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), también consultados por EFE, se expresaron con cautela al evaluar la viabilidad y rentabilidad del proyecto propuesto por Fox, que supuestamente producirá 360 mil barriles diarios de petróleo, de los cuales 230 mil serán suministrados por México.

 

Se espera que Andrés Manuel López Obrador, quien seguramente será el vencedor en las elecciones de julio, coloque marcha atrás a partir de 2007 para poner distancia con muchas de las decisiones que a última hora y contra el reloj continúa tomando Fox desde el inclinado puente de mando del Titanic.

 

Pero lo que ha escapado de la atención de los analistas es lo que constituye una paradoja: México, Colombia, República Dominicana y los países centroamericanos son, precisamente, los principales afectados por la restrictiva política migratoria de Estados Unidos, cuyo Congreso apoyó a fines de mayo una iniciativa del presidente Bush de construir un muro triple en la frontera con México y desplegar seis mil efectivos de la Guardia Nacional.

 

Las vallas de tres metros de alto y los soldados, a fin de cuentas, estarán ahí para evitar el ingreso a territorio estadounidense de trabajadores indocumentados provenientes de sus principales respaldos en el continente.

 

Esta contradicción recuerda aquel proverbio acuñado 150 años antes de Cristo en Lusitania, luego de que el cónsul romano Escipio ordenara ejecutar a tres nativos a los que había solicitado –a cambio de una recompensa– asesinar al líder independentista Viriato: “Roma no paga traidores”.


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