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Haití: “Depongan las armas o mueran”
Roberto Bardini
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0103107 - Bambú Press - Inexplicablemente la radio, la televisión y la prensa escrita divulgan poca información sobre lo que sucede en Haití. En junio de 2004 los “cascos azules” de la ONU reemplazaron a 3.600 soldados de Estados Unidos, Francia y Canadá que habían invadido el país luego del derrocamiento del presidente Jean Bertrand Aristide, un sacerdote partidario de la Teología de la liberación, que fue el primero en la historia del país en ser elegido democráticamente (1995-1996 y 2001-2004) y que hoy vive exiliado en Sudáfrica.

El 23 de agosto de 2006, dos ciudadanos estadounidenses que se encontraban de visita en Haití observaron desde pocos metros de distancia cómo soldados brasileños de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), dependiente de la ONU, atacaban uno de los barrios más pobres de Puerto Príncipe, la capital.

El activista del Comité de Acción por Haití, Ben Terrell, de San Francisco, y el empleado de correos jubilado David Welsh, de Berkeley, viajaron al país caribeño para evaluar si las condiciones de vida de la población habían mejorado bajo la presidencia de René Préval, quien había asumido en febrero de ese año tras unas cuestionadas elecciones.

Welsh y Terrell llegaron con la intención de entrevistar a los pobladores de Cité Soleil, un barrio a orillas del mar al que describieron como “desesperadamente pobre” y en el que habitan 300 mil personas rodeados de zanjas con aguas negras, que unas semanas antes había sido atacado por fuerzas de la ONU. Vieron una iglesia, un centro médico y una escuela que habían sido totalmente destruidos por fuego de artillería.

Ninguno de los dos se imaginaba que ese día se efectuaría otra incursión armada y que ellos terminarían filmando y fotografiando a “cascos azules” brasileños que llegaron en cuatro vehículos blindados y comenzaron a disparar. Uno de los soldados les hizo señas para que se apartaran de la línea de tiro para poder seguir haciendo fuego.

“Había actividad en los puestos del mercado frente a las casas y mucha gente en la calle, incluidos niños”, relató Welsh de regreso a Estados Unidos. Y Terrell declaró: “La ONU no está diciendo la verdad. Cuenta que la población de los vecindarios dispara primero. Eso no es lo que vimos y no es lo que se nos había dicho. Las llamadas ‘fuerzas de paz’ están desempeñando un papel muy destructivo”.

La información fue divulgada en septiembre del año pasado por Judith Scherr, una periodista de San Francisco, colaboradora de Znet en Español, una revista electrónica “opuesta a todas opresiones”, que publica artículos de Noam Chomsky, Michael T. Klare, James Petras, Greg Palast, Robert Fisk y Michael Moore.


SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

Inexplicablemente la radio, la televisión y la prensa escrita divulgan poca información sobre lo que sucede en Haití. En junio de 2004 los “cascos azules” de la ONU reemplazaron a 3.600 soldados de Estados Unidos, Francia y Canadá que habían invadido el país luego del derrocamiento del presidente Jean Bertrand Aristide, un sacerdote partidario de la Teología de la liberación, que fue el primero en la historia del país en ser elegido democráticamente (1995-1996 y 2001-2004) y que hoy vive exiliado en Sudáfrica.

Actualmente la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití está integrada por 6.800 efectivos de 21 países, de los cuales nueve son latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Guatemala, Paraguay, Perú y Uruguay. En orden de importancia, la mayoría de operaciones las encabezan 1.200 soldados brasileños, 800 uruguayos, 600 argentinos y 570 chilenos.

El jefe de la Minustah es el general Carlos Alberto Dos Santos Cruz, el cuarto militar brasileño al mando de los “cascos azules”. El segundo jefe es el general chileno Eduardo Aldunate, ex oficial en las Fuerzas Especiales de la Central Nacional de Inteligencia (CNI), creada durante el régimen de Augusto Pinochet y disuelta en 1990.

El premio Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel, que en abril de 2005 encabezó una delegación internacional que viajó a Haití en representación de 15 organizaciones, ha denunciado que mil 200 personas fueron muertas en el primer año de operaciones de las fuerzas de paz. “La situación es muy crítica y hay todo tipo de dificultades, como bandas armadas de policías, narcotraficantes o delincuentes comunes que se enfrentan en intensos tiroteos en las calles”, declaró a la agencia IPS.

UNA “NUEVA EXPERIENCIA”

El 7 de febrero pasado alrededor de cien mil haitianos reclamaron en Puerto Príncipe el retiro de las fuerzas de paz y el regreso del ex presidente Aristide. También recordaron a las víctimas del 6 de julio de 2005 y el 22 de diciembre de 2006 en Cité Soleil –donde viven muchos partidarios del mandatario derrocado– cuando los “cascos azules” abrieron fuego sobre civiles desarmados. En la primera ocasión murieron 26 personas y en la segunda más de 30, incluyendo mujeres y niños.

Una semana después, general brasileño Carlos Alberto Dos Santos Cruz fue entrevistado por la red venezolana de televisión Telesur y advirtió: “No admitiremos que las tropas de la ONU sean atacadas”.

Lo que llama la atención en el caso haitiano es que, a diferencia de otras misiones militares de la ONU –que generalmente interviene para verificar el cese al fuego cuando los bandos enfrentados han depuesto las armas– la Minustah participa en combates casi diarios y parece haber tomado muy en serio la amenaza que el presidente Préval lanzó en febrero del año pasado a sus opositores: “Depongan las armas o mueran”.

“Es una nueva experiencia en las labores de paz de la ONU”, dijo David Wimhurst, vocero de la misión de la ONU, el 10 de febrero. “No ha sido fácil, pero estamos logrando progreso”.

Cinco días después, los 15 miembros del Consejo de Seguridad renovaron por unanimidad el mandato de los “cascos azules” por ocho meses más, es decir hasta octubre. La resolución ordena a la Minustah “continuar aumentando el ritmo de sus intervenciones en apoyo a la Policía haitiana contra las bandas armadas [...] para restaurar la seguridad”.

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