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Estados Unidos, Pakistán y Afganistán
Roberto Bardini
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0203107 - Bambú Press - El gran juego

Es probable que antes del 11 de diciembre de 2001 ni George W. Bush ni Dick Cheney pudieran ubicar a Pakistán en un mapa. Casi tan seguro como que el nuevo director nacional de inteligencia, vicealmirante Mike McConnell, siete días atrás pudiera pronunciar correctamente el nombre del actual presidente de ese país, general Pervez Musharraf.

Pero, bueno, ellos hacen su mejor esfuerzo. El 20 de febrero pasado, Bush tomó juramento a McConnell –quien reemplazó al “zar” John Dimitri Negroponte en la dirección de las 16 agencias de espionaje estadounidenses, un puesto creado hace tres años– y solicitó a los servicios secretos que reclutaran agentes que dominen idiomas y culturas foráneas, sobre todo de Medio Oriente. Entre las lenguas extranjeras mencionó el árabe, el farsi (persa) y el urdu, que se habla en Pakistán. El objetivo: recolectar “los mejores datos sobre los planes y las intenciones del enemigo”, fundamentalmente la fantasmal red terrorista Al Qaeda.

Y parece que Al Qaeda –ese ubicuo círculo sin centro ni bordes– está ubicado en la montañosa frontera Pakistán-Afganistán. Al menos eso creen Cheney y McConnell, dos repentinos especialistas en países y regiones que para poder observar cinco o seis años atrás en un mapamundi satelital tenían que recurrir a sus respectivos asistentes.

Hace pocos días el vicepresidente norteamericano estuvo dos horas en Islamabad, aún con el esfínter alterado a causa del atentado en la base militar de Bagram, reivindicado por un grupo Talibán. Allí le expresó al mandatario pakistaní la preocupación de Estados Unidos por “el reagrupamiento de Al Qaeda en zonas tribales” y le pidió “esfuerzos para enfrentar la amenaza”. De paso, deslizó que el Congreso, ahora bajo control demócrata, podría reducir la ayuda económica a Pakistán si no hace progresos en la lucha antiterrorista.

Poco antes, el vicealmirante McConnel había asegurado con absoluta certeza en Washington que Osama bin Laden y su número dos, Aynman al Zawahiri, los dos hombres más buscados del mundo, están intentando montar una base de operaciones en el noroeste de Pakistán, donde estarían ocultos.

El ministro del interior pakistaní, Aftab Jan Sherpao, lo negó categóricamente y pidió a Washington que proporcione “inteligencia sólida” para poder operar. El mensaje fue: “Si tienen información, compártanla y dejen de patearnos el trasero públicamente”. Y Musharraf se quejó de que intentan convertir a Pakistán en “chivo expiatorio” por los fracasos de la ocupación militar en Afganistán. Ambos –que no son un par de querubines, precisamente– reiteraron que su país es el principal aliado de Estados Unidos contra el terrorismo.

 

Es lo que el escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936), nacido en Bombay, llamó “el gran juego” en su novela de espionaje Kim de la India. Y en El Libro de las Tierras Vírgenes, publicado en 1893, el autor le hace decir a uno de sus personajes: “Nuevas tierras significan nuevas pendencias”. Pakistán, que en urdu quiere decir “tierra de los puros”, hoy sería para Kipling una fuente de inspiración por sus dobles juegos, triples lealtades, grupos fundamentalistas, servicios secretos entrecruzados y sinuosas alianzas internas y externas.

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