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200507
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Creada en 1899, la compañía bananera United
Fruit se estableció en pocos años en alrededor de una decena de países
del continente. Los pioneros del imperio del plátano no fueron
economistas, ni contadores,
ni administradores de empresa, ni –mucho menos– filántropos. Eran
especuladores, aventureros y buscavidas dispuestos a enriquecerse por
cualquier medio.
En 1916, un
diplomático estadounidense acreditado en Honduras calificó a una
empresa, que luego se unió a la United Fruit, como “un estado dentro del
estado”. Y aunque cambió varias veces de nombre, siempre fue un poder
detrás del trono. Sobornó a políticos, financió invasiones, promovió
golpes de estado, quitó y colocó presidentes, acabó a balazos con
huelgas y respaldó a escuadrones de la muerte.
En 1970, la United Fruit se
fusionó con otra firma y pasó a llamarse United Brands. En 1990 volvió a
cambiar de nombre: ahora es Chiquita Brands. Con 15 mil hectáreas en
América Latina y cerca de 14 mil trabajadores, sigue siendo un
gigante del negocio.
Actualmente, la banana es el segundo cultivo del mundo
después de la naranja. En los países pobres es el cuarto alimento más
accesible detrás del arroz, el trigo y el maíz. En algunos países
africanos, como Ruanda y Uganda, el consumo de plátano por persona a
veces llega a los 250 kilos por año.
“El rey sin
corona de Centroamérica”
Antes
de 1870 los estadounidenses nunca habían visto un plátano. Pero ese año
el ingeniero ferroviario Minor Cooper Keith, nacido en Brooklyn y de
sólo 23 años, exporta desde Costa Rica las primeras bananas al puerto de
Nueva Orleáns. Tres décadas después, Estados Unidos consume
aproximadamente 16 millones de racimos al año.
Minor C. Keith, nacido en 1848, el año en que
Karl Marx publicó
Manifiesto Comunista, no se detiene ante las dificultades de la época. Para el
tendido de las vías que van de Puerto Limón a San José, ha reclutado un
primer cargamento de 700 ladrones y criminales de las cárceles de
Louisiana; sólo sobreviven 25 a las duras condiciones de junglas y
pantanos. El hombre de negocios no se amilana y lleva a dos mil
italianos. Al ver las condiciones de trabajo, casi todos prefieren
escapar a la selva. El empresario atrae entonces a chinos y negros, al
parecer más resistentes a las enfermedades tropicales. En la instalación
de los primeros 40 kilómetros de rieles mueren cinco mil trabajadores.
El emprendedor Keith se casa la hija del ex presidente José María Castro
Madriz, primer mandatario de la república. Hace relaciones entre la
provinciana alta sociedad costarricense, soborna políticos, compra
autoridades y obtiene la concesión del flamante ferrocarril por 99 años.
Ahora sí puede dedicarse de lleno al negocio del plátano.
En 1899, busca socios y funda en Boston la United Fruit Company,
la compañía bananera más grande del mundo, con
plantaciones en Colombia, Costa Rica, Cuba,
Honduras, Jamaica,
Nicaragua, Panamá y Santo Domingo. En poco tiempo
es dueño del diez por ciento del
territorio costarricense y conocido como “el rey sin corona de
Centroamérica”.
Además de los trenes de Costa Rica y la
producción bananera de América Central
y el Caribe, Keith y sus socios
controlan los mercados municipales, los tranvías, la electricidad y el
agua, poseen 180 kilómetros de ferrocarril que unen las plantaciones con
los puertos y en poco tiempo son dueños una línea marítima que lleva el
banano hacia los muelles de Estados Unidos y Europa. Ese imperio
naviero, creado en 1907 con cuatro barcos que aumentaron a cien en 1930,
existe hasta hoy y se llama Gran Flota Blanca.
Minor Keith
funda en 1911 la International Railroads of Central America, que une sus
líneas férreas con México y El Salvador. Muere a los 81 años, en 1929,
cuando se produce el famoso “martes negro” de Wall Street que da origen
a la llamada Gran Depresión. El hombre que había llegado a Costa Rica
con una mano atrás y otra adelante, tenía una fortuna de 30 millones de
dólares que nunca se supo a dónde fue a parar.
“El hombre banana”
Samuel Smuri, hijo de un campesino judío de
Besarabia (Rusia), llega a Estados Unidos en 1892, a los 15 años. A los
18, cambia su apellido por Zemurray y comienza a comprar a bajo precio
plátanos a punto de descomponerse en los muelles de Nueva Orleáns, que
luego vende rápidamente en pueblos cercanos. A los 21, posee cien mil
dólares en una cuenta de banco.
Sam Zemurray no tiene estudios y no logra hablar bien el inglés, pero ya
está listo para los grandes negocios. Se casa con la hija de
Jacob Weinberger, el
vendedor de bananas más importante de Nueva Orleáns, compra una empresa
naviera en bancarrota y en 1905 desembarca en Puerto Cortés (Honduras).
Allí adquiere otra compañía al borde de la quiebra, la Cuyamel Fruit
Company.
En 1910 es dueño de seis mil hectáreas, pero está endeudado con varios
bancos estadounidenses. Entonces decide apoderarse de todo el país a muy
poco costo. Lo logra al año siguiente.
Zemurray regresa a Nueva Orleáns y busca a
Manuel Bonilla, ex
presidente hondureño exiliado, a quien convence de dar un golpe de
estado para recuperar el gobierno. Bonilla es un ex carpintero y
clarinetista que al calor de las guerras civiles llegó de cabo a
general. Zemurray también entusiasma para participar en la aventura
centroamericana al “general” Lee Christmas, un soldado de fortuna, y a
su protegido Guy “Ametralladora” Molony, un pistolero profesional.
En
enero de 1911, los cuatro se embarcan junto con una gavilla de
corsarios rumbo a Honduras. Armados sólo con una ametralladora
pesada, una caja de rifles de repetición, 1.500 kilos de municiones
y varias botellas de bourbon, durante un año los mercenarios arrasan
todo a su paso, llegan a Tegucigalpa y el 1 de febrero de 1912
instalan a Bonilla en el poder.
En 1911, el agradecido presidente otorga a Zemurray una concesión
libre de impuestos de diez mil hectáreas para cultivar bananos
durante 25 años. “El territorio controlado por la Cuyamel es un
estado en sí mismo”, informa el cónsul estadounidense en Puerto
Cortés en 1916. “Alberga a sus empleados, cultiva plantaciones,
opera ferrocarriles y facilidades terminales, líneas de vapores,
sistemas de agua, plantas eléctricas, comisariatos, clubes”.
En 1929, en medio de una gran crisis mundial, el comerciante ruso
vende la Cuyamel a la United Fruit a cambio de 3oo mil acciones
valuadas en 31 millones de dólares, lo que le permite quedar como el
principal accionista individual. Para entonces al especulador ya se
le conoce como “el hombre banana”.
Sam Zemurray ocupa altos puestos en la United Fruit Company hasta
1957, incluyendo la presidencia. En 1961, a los 84 años, fallece
víctima del mal de Parkinson. Es autor de una frase que pasa a la
historia centroamericana: “En Honduras es más barato comprar un
diputado que una mula”.
La
masacre de Santa Marta
En 1928 la United Fruit Company
llevaba tres décadas en Colombia y se beneficiaba de la falta de
legislación laboral. El 6 de diciembre de ese año, luego de casi un
mes de huelga, tres mil trabajadores de la empresa se reúnen en los
alrededores de la estación de trenes de Ciénaga, en el departamento
de Magdalena, al norte del país. Ha corrido el rumor que el
gobernador llegará para escuchar sus reclamos. El funcionario nunca
llega y a ellos los acribillan a tiros.
A pedido de la compañía bananera, el ejército había rodeado el
lugar. El general al mando da cinco minutos para que la multitud de
disperse. Transcurrido ese plazo, ordena a la tropa que dispare.
Según el gobierno, murieron “nueve revoltosos comunistas”.
Sin embargo, el 29 de diciembre de 1928 el cónsul estadounidense en
Santa Marta envía un telegrama a Washington en el que indica entre
500 y 600 víctimas. En enero del año siguiente, el diplomático
informa que los muertos son más de mil y menciona como fuente al
representante de la United Fruit en Bogotá.
Los cadáveres habían sido llevados en trenes a la costa y arrojados
al océano Atlántico. La empresa de ferrocarriles de la región es
propiedad de la firma británica Santa Marta Railway Company, pero la
mayoría de sus acciones pertenecen a la United Fruit.
“Mi banana republic”
El neoyorkino Minor Cooper Keith también
desembarca en Guatemala. En 1901, el dictador Manuel Estrada Cabrera
otorga a la United Fruit la exclusividad para transportar el correo
a Estados Unidos. Después, permite la creación de la compañía de
ferrocarril como una filial de la empresa bananera. Luego le concede
el control de todos los medios de transporte y comunicaciones. Y
como si esto fuera poco, la propia firma se exime de pagar cualquier
impuesto al gobierno durante 99 años.
Estrada Cabrera –personaje central de la novela El señor
presidente, de Miguel Ángel Asturias– se mantiene en el poder 22
años, hasta que en 1920 el Congreso lo declara “insano mentalmente”,
pero la United Fruit continúa manejando los hilos de la política. El
75 por ciento de la tierra cultivable es propiedad de dos por ciento
de la población y, dentro de ese escandaloso porcentaje, la United
Fruit es la mayor poseedora. Para entonces, hacía mucho tiempo que
Keith se refería a Guatemala como “mi banana republic”. A él
deben agradecerle los centroamericanos y caribeños la denominación.
En 1952, cuando el presidente Jacobo Arbenz intenta realizar una
cuidadosa reforma agraria en beneficio de cien mil familias
campesinas, la United Fruit sabe que se le acabarán todos sus
privilegios y se pone en marcha para evitarlo. La solución está en
Washington.
Uno de los accionistas de la firma es secretario de estado del
presidente Dwight Eisenhower: se trata de John Foster Dulles, que
también es abogado de Prescott Bush, abuelo del presidente George W.
Bush. Su hermano menor, Allen Dulles, es el primer director civil de
la CIA.
Con el pretexto del “peligro comunista” en Guatemala, los hermanos
Dulles le hacen el trabajo sucio a la United Fruit. El 27 de junio
de 1954, una fuerza militar encabezada por el general Carlos
Castillo Armas –que parte de los campos bananeros de la empresa en
Honduras– invade el país. Pilotos estadounidenses bombardean la
capital. Arbenz es derrocado y se exilia en México. Doce mil
personas son arrestadas, se disuelven más de 500 sindicatos y dos
mil dirigentes gremiales abandonan el país.
Castillo Armas, formado en Fort Leavenworth (Kansas), es “barato,
obediente y burro”, según el escritor Eduardo Galeano. Y asume la
presidencia. Es el hombre que la United Fruit necesita para seguir
siendo “dueña de campos baldíos, del ferrocarril, del teléfono, del
telégrafo, de los puertos, de los barcos y de muchos militares,
políticos y periodistas”.
La Chiquita Brands protagonizó su último escándalo en Colombia,
donde se comprobó que desde 1997 le pagaba a los paramilitares por
eliminar a dirigentes campesinos y sindicalistas “molestos”. Se
retiró del país en 2004 y a comienzos de abril de este año fue
multada con 25 millones de dólares por una corte estadounidense,
tras admitir que pagó 1.7 millones de dólares a las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC) a cambio de seguridad.
La historia de la United Fruit-United Brands-Chiquita Brands es casi
interminable. Pero se puede resumir en una frase de El Padrino,
de Mario Puzo: “Una docena de hombres con ametralladoras son nada
frente a un solo abogado con una billetera repleta”. A lo largo de
108 años, el imperio bananero ha recurrido a los servicios de unos y
otros. -
Bambú Press
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