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Cuando los pistoleros gobiernan naciones
Roberto Bardini
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170607 - Bambú Press - Después de mucho pensarlo y de ahorrar durante varios meses, la semana pasada me compré una pistola Glock calibre 9 mm parabellum. Fabricada en los años 80 para el ejército de Austria, hoy es una de las armas más seguras, simples de manejar y fáciles de portar que existen.

 

En la tarde de ese mismo día, curiosamente, el editor senior del diario Provincia, el principal del estado mexicano de Michoacán, me solicitó telefónicamente que escribiera una columna semanal sobre temas vinculados a seguridad, policía, secuestros, tráfico de drogas y otras linduras de este tiempo en que nos ha tocado vivir.

 

Cuando el editor de Provincia me dijo que buscara un nombre para mi columna, no tuve necesidad de darle muchas vueltas al asunto. Pensé en Dashiell Hammett y en  Raymond Chandler, y lo primero que se me ocurrió fue “El simple arte de matar”.

 

Les cuento a los lectores más jóvenes: Dashiell Hammett (1894-1961), ex detective de la famosa Agencia Pinkerton convertido en escritor de éxito, es el precursor de la “novela negra” policíaca. Entre sus títulos más conocidos se encuentran Cosecha roja (1929) y El halcón maltés (1930), que una década después fue la primera película que dirigió John Huston, con Humphrey Bogart en el papel del investigador privado Sam Spade. Hammett describió una sociedad hipócrita y violenta, al mismo tiempo que denunció la corrupción política y económica de su época.

 

En diciembre de 1944 otro autor de novelas policiales, Raymond Chandler (1888-1959), publicó en la revista literaria Atlantic Monthly, de Boston, el ensayo “El simple arte de matar”. Chandler –que se dedicó a la escritura a partir de los 50 años, después de ser soldado en la Primera Guerra Mundial, empleado de banco, periodista y ejecutivo en una empresa petrolera que lo despidió por alcoholismo– se refiere a Hammett con las siguientes palabras:

 

“Escribe sobre un mundo en que los pistoleros pueden gobernar naciones, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá, en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas”.

 

Hammett describe “un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar”.

 

En palabras de Chandler es “un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder rápidamente a un segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo”.

 

A 63 años de publicado, “El simple arte de matar” parece haber sido escrito ayer. Lo que sigue faltando, lamentablemente, es un héroe como el que propuso Chandler:

 

“Por estas calles bajas tiene que caminar el hombre que no es bajo él mismo, que no está comprometido ni asustado. […] Debe ser un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Su vida privada no me importa mucho; creo que podría seducir a una duquesa, y estoy muy seguro de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor en una cosa, lo es en todas las cosas.

 

“Es un hombre relativamente pobre, pues de lo contrario no sería detective. Es un hombre común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo. No acepta con deshonestidad el dinero de nadie ni la insolencia de nadie sin la correspondiente y desapasionada venganza. Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno le trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad.

 

“[…] Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él”.

 

No creo que en la azarosa época que nos ha tocado vivir haya muchos diputados,  jueces, alcaldes, policías, periodistas o abogados con estas características. Pero no me digan que no les gustaría tener un vecino así dos puertas más allá, en el mismo piso, aunque nunca les diga “buenos días” o jamás haga algún comentario idiota acerca del clima. A mí sí me gustaría tenerlo cerca, aunque más no sea para invitarlo a un par de tragos de vez en cuando.

 

En ese caso, no me hubiera gastado unos cuantos pesos que podría haber destinado a libros, regalos para mis hijos, habanos y unas cuantas botellas de buen escocés en lugar de comprar una Glock que espero hereden mis nietos sin que nunca haya disparado un solo tiro.

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