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Love Story: Gordon Brown y

“la princesa que quería vivir”
Roberto Bardini
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290607 - Bambú Press - Si la ignota princesa Margarita de Rumania, hija del destituido rey Miguel I, hubiera tenido más paciencia en su juventud, hoy sería la primera dama británica. No la tuvo, y actualmente es la presidenta de una modesta fundación que se ocupa de los huérfanos y ancianos en Bucarest.

 

La heredera sin corona –ahijada del príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II del Reino Unido– estudió en la Universidad de Edimburgo y durante cinco años fue novia del ahora primer ministro Gordon Brown. Pero lo dejó porque ya en aquella época para el joven escocés estudiante de historia “todo era política, política, política”, según declaró al Daily Telegraph.

 

A la princesa le faltó visión aunque los indicios estaban a la vista: a los 12 años de edad, Brown ya hacía campaña electoral para el Partido Laborista local, a los 16 inició sus estudios universitarios, a los 18 se afilió al partido, a los 21 se convirtió en rector de la Universidad y en 1983, cuando tenía 27, ganó una banca en la Cámara de los Comunes. Ese año compartió con el también debutante Anthony Blair una pequeña oficina sin ventanas en el Parlamento e inició una relación que un periodista inglés sin excesiva imaginación comparó con la de John Lennon y Paul McCartney.

 

Blair fue el premier más joven de Gran Bretaña y el primero en obtener tres victorias laboristas consecutivas en el Parlamento, pero luego de una década en el poder su nivel de popularidad descendió al 40 por ciento. Y muchos de los que se consideran sus triunfos fueron obra de Brown, que marcó el récord de ser ministro de Hacienda tres veces seguidas. En ese sentido, el nuevo primer ministro hereda su propia obra, que es la envidia de la Unión Europea: el crecimiento económico más sostenido en dos siglos, escasa inflación, baja tasa de desempleo y alta inversión en servicios públicos como salud y educación.

 

Entre los desafíos internos que deberá enfrentar el primer ministro número 11 del Reino Unido se encuentran consolidar este éxito macroeconómico, recuperar la popularidad del Partido Laborista y mantener la paz en Irlanda del Norte. En cuanto a la política exterior es muy posible, por lo que se deduce de sus propias declaraciones, que siga en la línea de su antecesor: alineamiento con Estados Unidos, combate al terrorismo –aunque ha dejado claro que la estrategia adecuada va más allá de una respuesta estrictamente militar– y la salida paulatina de las tropas británicas en Irak.

 

Por aquella falta de paciencia juvenil, Margarita de Rumania, “la princesa que quería vivir”, quedó fuera de estas preocupaciones futuras. En el lugar que ella pudo haber ocupado en Downing Street Nº 10 se instaló una plebeya escocesa de clase media que en 2000 se casó con Brown. Se trata de la ex relacionista pública Sarah Macaulay, una pelirroja diez años menor que el primer ministro, calvinista y austera, hija de un editor y una maestra, que estuvo asociada en una empresa con la hija del historiador marxista Eric Hobsbawm.

 

La mudanza no le ocupó mucho tiempo a la actual primera dama. Durante el gobierno de Blair, Sarah vivía con Brown en el 11 de Downing Street. Lo primero que hizo entonces, para escándalo de cierta prensa británica, fue descolgar los valiosos cuadros del retratista y paisajista Thomas Gainsborough (1717-1788), el pintor favorito de la aristocracia británica, y cambiarlos por retratos de líderes sindicales.

 

De todos modos, no hay que prestar demasiada atención a estos gestos. En su juventud, Blair fue líder de la banda de rock Ugly Rumours y Brown fue el precoz editor de la revista Red paper of Scotland, que en 1975 predecía “la inevitabilidad del socialismo”. Pero ya se sabe que cuando en Gran Bretaña se llega a la madurez hasta los comunistas son conservadores.

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