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Londres-Moscú: de Kim Philby a Boris Berezovsky
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170707 - Bambú Press - Rusia y el Reino Unido tienen una añeja relación de espionaje recíproco que comenzó en los primeros años del siglo XX, continuó en los inquietantes tiempos la Guerra Fría (1948-1991) y se prolonga, después del derrumbe de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, con el asesinato del ex agente secreto ruso Alexander Litvinenko, envenenado en Londres en noviembre de 2006.

 

Las derivaciones de este caso integran una tradición de operaciones encubiertas, conspiraciones y escándalos políticos que ahora abrió un nuevo capítulo y colocó en el centro de la escena al magnate Boris Berezovsky, de 62 años, vinculado a la mafia ruso-israelí, dueño de una fortuna de 4.000 millones de euros y refugiado en Gran Bretaña desde 2000.

 

Desde la década del 30, el Kremlin y Whitehall repiten una historia salpicada de cortocircuitos diplomáticos que inspiraron a escritores británicos como John Le Carré y Len Deighton. Muchas novelas de estos autores fueron adaptadas al cine, como El espía que volvió del frío (1965) e Ipcress - Archivo confidencial (1965). Personajes de ficción como George Smiley y Harry Palmer protagonizan el sórdido enfrentamiento en las sombras de dos famosos servicios de inteligencia: el MI-6 británico y el ex KGB soviético.

 

Uno de los casos más explosivos, cuya onda expansiva se prolongó durante décadas e hizo rodar unas cuantas cabezas en el cuartel general del MI-6, ubicado en Vauxhall Cross a orillas del Támesis, fue el del agente británico Harold Adrian Russell Philby, nacido en la India en 1912 y conocido como Kim, en honor a Kimbal O’ Hara, personaje de la novela de Rudyard Kipling.

 

Hijo de Harry Saint John Philby –un funcionario colonial en Medio Oriente, explorador del desierto, asesor del rey Fuad de Arabia Saudita, conspirador y conocido de Lawrence de Arabia– el encantador, culto y levemente tartamudo Kim Philby, casado cuatro veces y amante de varias mujeres, falleció en la Unión Soviética en 1988. Pasó a la historia como “el espía del siglo” y aún hoy es un personaje legendario para los agentes de inteligencia de todo el mundo.

 

Desde antes de la Segunda Guerra Mundial y durante 30 años, Philby hizo contrainteligencia para el KGB, se infiltró en el MI-6 y llegó a ser condecorado con la Orden del Imperio Británico. Luego de su huida, fue ascendido a coronel del ejército soviético, recibió la Orden de Lenin, fue enterrado con honores en Moscú y homenajeado en 1990 con la creación de una estampilla con su rostro. El escurridizo agente doble era amigo del escritor Graham Green, quien lo visitó cuatro veces en Moscú.

 

En 1963 estalló otro escándalo de espionaje. El ministro de Defensa británico John Profumo, un aristócrata conservador educado en Oxford y casado con la actriz Valerie Hobson, tuvo que renunciar a su cargo al descubrirse su relación con la joven prostituta de lujo Christine Keeler, de 19 años e informante del servicio secreto soviético.

 

La Keeler, de quien también se sospechaba que vendía sus destrezas sexuales al príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel de Inglaterra, era amante del capitán Evgene Ivanov, agregado naval y espía del KGB. El caso desencadenó una grave crisis en el gobierno del primer ministro conservador Harold MacMillan (1957-1963).

 

John Profumo abandonó la política, ingresó a Toynbee Hall, una organización de caridad fundada en 1884, y se dedicó prácticamente el resto de su vida a conseguir ayuda para los pobres de la zona este de Londres. Había jurado no abrir la boca jamás acerca del affaire y cumplió su promesa durante tres décadas, hasta su muerte por un ataque cerebral en 2006, a los 91 años de edad.

 

Los escándalos Philby y Profumo son sólo dos referencias en la turbia historia de espionaje entre el Reino Unido y Rusia, que hoy nuevamente ocupa las primeras planas de las noticias a consecuencia de la muerte por envenenamiento del ex agente de inteligencia Alexander Litvinenko, asilado en Gran Bretaña desde 2000.

 

Ahora se supo que Scotland Yard detuvo en junio y luego dejó en libertad a un sicario ruso que supuestamente intentaba asesinar al millonario Boris Berezovsky, residente en Londres en medio de grandes medidas de seguridad, reclamado por la justicia de su país por intentos de golpe de estado contra el presidente Vladimir Putin y vinculado a Litvinenko.

 

Berezovsky, que en los años 70 se graduó como ingeniero especializado en electrónica y en 1983 obtuvo un doctorado en informática, trabajó 25 años en programas de computación aplicados a la industria. Cuando en 1991 cayó el sistema comunista, él –que era especialista en “sistemas”– sacó provecho de su amistad con el entonces presidente ruso Boris Yeltsin y entró rápidamente al nuevo mundo de los negocios de la mano del mundo nuevo de la mafia.  

 

En 1996,  Berezovsky ya era conocido como “El Padrino del Kremlin”. En pocos años y gracias a la súbita privatización de empresas, el ex ingeniero se había convertido en dueño de la fábrica de automóviles Lada Autovaz, la línea de aviación Aeroflot, los periódicos Nezavisimaya Gazeta, Novye Izvestiya y Kommersant, los canales de televisión ORT y TV-6,  y varias compañías petrolíferas manejadas por Sibneft, un banco propio para financiar sus propias operaciones.

 

Luego de fugarse de Rusia, Berezovsky dirigió fuertes inversiones a Ignite Learning, la empresa de programas de computación del ex gobernador de Florida, Jeb Bush, sospechado de fraude informático en las elecciones presidenciales que en noviembre de 2000 le dieron el triunfo en ese estado a su hermano George W. Bush.

 

La revelación del presunto intento de asesinato de Berezovsky la hizo el diario sensacionalista The Sun, propiedad del magnate Rupert Murdoch y el más leído en idioma inglés en todo el mundo, con un tiraje de más de tres millones de ejemplares.

 

En lo que posiblemente sea una filtración de los propios organismos de seguridad británicos, la información se publicó dos días después de que el gobierno expulsara a cuatro diplomáticos rusos por la negativa de la justicia rusa a extraditar Andrei Lugovoi, también ex agente de seguridad y principal sospechoso de la muerte de Litvinenko.

 

Los escritores de novelas de espionaje británicos, por lo visto, no tienen que hacer grandes esfuerzos imaginativos para sus relatos: desde hace décadas, cada cierto tiempo encuentran inspiración mientras se toman una taza de té, leen los diarios, escuchan la radio o miran televisión.

 


 

 

 

 

 

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