|
160807 -
Bambú Press
-
La historia no se repite como calco o fotocopia, pero en
ciertos momentos hay hechos, personajes y frases del pasado que se
reiteran en el presente, en las mismas latitudes y parecidas
circunstancias.
Leamos a un político y
militar venezolano, admirado y odiado por partes iguales en Iberoamérica,
al presentar en el Congreso la nueva Carta Magna con estas palabras: “El
presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el
sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema autoridad
debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más
que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y
los ciudadanos: los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un
antiguo, y moveré el mundo”. (Texto
completo)
Es el 25 de mayo de
1826, cuando
Simón Bolívar lee su proyecto de Constitución para la recién creada
Bolivia. Con ese nombre ha
sido bautizada en honor al Libertador nueve meses antes –con inevitable
remembranza de parto– por el mariscal venezolano José Antonio de Sucre
(1795-1830), primer mandatario de la nueva república andina.
En ese momento, el
Libertador recomienda la figura de un “presidente vitalicio”. Y al
referirse a los controles legislativos al nuevo jefe de estado explica:
“Se le ha cortado la cabeza para que nadie tema sus intenciones, y se le
han ligado las manos para que a nadie dañe”.
Bolívar, republicano y
partidario de un presidencialismo fuerte, aspiraba a un ordenamiento
constitucional acorde al gran cambio que requería la América hispana
después de 15 años de guerras externas y desencuentros internos.
Ese mismo 25 de mayo de
1826, Bolívar recibe un obsequio llegado desde el otro extremo del
continente: la familia de
George Washington, fallecido 27 años antes, le envía un medallón con
el retrato del héroe de la independencia de Estados Unidos y primer
presidente de la nación, junto con un mechón de su cabello que
actualmente se exhibe en el Museo Bolivariano de Caracas. “Hoy he tocado
con mis manos este inestimable presente: la imagen del primer bienhechor
del continente de Colón, ofrecido por esa familia inmortal”, dice
Bolívar.
Aquel lejano
intercambio de elogios, visto con ojos actuales, es sorprendente. El
encargado de negocios estadounidense en Bogotá, Beaufort T. Watts,
escribe en marzo de 1827 al Departamento de Estado que Bolívar tiene
“una fuerza intrínseca moral” que inspira confianza a pesar de “todas
las calumnias” en su contra.
Los hombres y sus
circunstancias no son muy diferentes 181 años después. “Me
van a decir loco por todos lados”, declara el presidente
Hugo Chávez a
un canal de televisión el martes 14 de agosto,
24 horas antes de presentar al Parlamento su proyecto de reforma
de la Constitución de 1999, que incluye la reelección presidencial
continua. Con certeza, él no recibirá ninguna efigie de Washington por
su propuesta, aunque a varios en la capital de Estados Unidos les
gustaría tener en la mano unos cuantos mechones de sus cabellos.
Ellos quizá tienen más
en común con el cónsul norteamericano en Lima de 1824 a 1827, William
Tudor, un bostoniano que antes de ocupar puestos diplomáticos había sido
fundador en 1815 de la North American Review, la primera
revista literaria de Estados Unidos. Tudor calificó a Bolívar como “el
peligroso loco de Colombia”, culpable del “engrandecimiento excesivo de
la América liberada de España” y que sería recordado como “uno de los
más rastreros usurpadores militares”.
El cónsul, graduado en Derecho por la Universidad de
Harvard, remarcaba que “Inglaterra y Estados Unidos tienen razones de
Estado comunes y poderosas” para oponerse al surgimiento de una América
del Sur unida desde Caracas hasta Buenos Aires. Como ciertas partituras
clásicas, las recomendaciones de Tudor suenan a música que conserva
vigencia.
|