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050907 -
Bambú Press
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Una leyenda popular argentina de principios del siglo
pasado sostiene que el dos veces presidente
Hipólito Yrigoyen tuvo un
asistente privado que al final de su segundo mandato (1928-30) le
imprimía, sin que él lo supiera, un diario con buenas noticias.
Mucho
antes de ser derrocado el 30 de septiembre de 1930 por el golpe
militar del general José Félix Uriburu, su presidencia –a diferencia
de la primera– era un desastre: octogenario y enfermo, Yrigoyen se
transformó en un hombre introvertido y huraño; de ahí el apodo de
“Peludo”, en alusión al armadillo, que durante el
día permanece oculto en madrigueras. Frente a un gobierno
ineficaz crecía el malestar civil, aumentaba el descontento obrero,
se fortalecía la oposición política en todo el país y su propio
partido se partía en varias fracciones. Todo esto, además, en medio
de los espasmos de la
Gran Depresión mundial
provocada por el “martes negro” de Wall Street en 1929.
El
único confidente de Yrigoyen era su secretario particular, Vicente
Scarlato, un ex lustrador de zapatos, vendedor de lotería y amigo
íntimo de
Carlos Gardel, encargado
fundamentalmente de informarle acerca de “lo que se dice en la
calle”. La malicia popular de la época aseguraba que Scarlato
mandaba imprimir un ejemplar del diario La Prensa con
noticias favorables al anciano gobernante.
¿Será posible que actualmente suceda algo similar con
el presidente
George W Bush? Es claro que
en este caso los recursos informativos y tecnológicos de quienes le
comentan “qué dice la calle” y le dicen “qué comenta el mundo”
superarían ampliamente la edición de un periódico especial que,
además, es muy dudoso que él lea.
El
desempeño y las declaraciones del presidente Bush en los últimos
meses recuerdan, más bien, a El Show de Truman, la película
de Peter Weir que recibió tres nominaciones para el Oscar.
El
argumento describe la rutina de un feliz vendedor de seguros en
Seahaven, un pequeño pueblo de Estados Unidos, quien ignora que su
vida es el tema central de un exitoso
programa de televisión que se ve en todo el planeta. Cientos de
cámaras ocultas enfocan a Truman Burbank, ajeno a millones de
televidentes que lo observan desde que se despierta hasta que
se va a dormir.
También conocida como “Una vida en directo”, la trama inspiró a la
empresa holandesa Endemol, productora de “programas realistas” de TV
con filiales en 23 países, para crear el programa televisivo Gran
Hermano, en el que varias personas son encerradas en una casa
durante varios días y filmadas las 24 horas.
Pero a
diferencia de Truman Burbank, cuya artificial existencia en Seahaven
es masivamente seguida sin que él lo sepa, parece que George W. Bush
se desenvuelve en un mundo ficticio diseñado sólo para él por
cientos de secretarios de estado, consejeros, asesores y asistentes.
Ellos cuentan, para este reality show a la inversa, con muchas más
herramientas que aquel improbable ejemplar único del diario La
Prensa impreso por el ex vendedor de lotería que era confidente de
Hipólito Yrigoyen.
Desde
luego que más de cuatro analistas de prensa considerarían que el
presidente Bush, al revés que el vendedor seguros Burbank, es la
persona menos indicada de la tierra para ofrecer pólizas de vida a
países o gobiernos “lejanos y exóticos”. El lunes 3 de septiembre,
durante una sorpresiva visita a una base aérea de Estados Unidos en
el desierto de
Irak, el presidente dijo
que “Estados Unidos no abandona a sus amigos” y “no abandonará al
pueblo iraquí”. Sin embargo, esta reiterada, resplandeciente y
robusta promesa no es el equivalente a un seguro de vida para la
población civil iraquí.
El Departamento de Defensa de Estados Unidos
acaba de estimar, casi en voz baja, que el
número de muertos y heridos iraquíes desde la invasión en marzo de
2003 es de 25.900.
La página web Iraq Body Count, que
lleva un conteo diario de los muertos civiles, indicó que hasta el
domingo 2 de septiembre la cifra era de 30.098. Y la revista
británica The Lancet sostuvo en marzo de este año que habían
perdido la vida 98.000 civiles.
Esta superproducción creada por un
numeroso equipo de guionistas en Washington, con la actuación de
estrellas de primer nivel y filmada día a día en inquietantes
escenarios naturales, supera en miles de millones de dólares el
costo del show realista que se desenvuelve en la pequeña, pacífica y
aséptica Seahaven.
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