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Míralo a los ojos, dispárale... y luego silba una antigua canción de Tennesee
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070907 - Bambú Press - Una explicación no académica, pero tan aceptable como cualquier otra, acerca del surgimiento, crecimiento y consolidación de Estados Unidos debería considerar un factor que muchos historiadores soslayan: la vocación para el tiro al blanco y la puntería de sus hombres más decididos, también esenciales para la expansión dentro y fuera de sus fronteras.

Esta característica poco analizada podría resumirse con una simple pero certera expresión de
Mao Tse Tung, formulada por primera vez en Problemas de la guerra y de la estrategia, obra publicada en 1938: “El poder nace del fusil”. La célebre frase también le cabe a Estados Unidos como un cartucho en la recámara.

No es por azar que el fortalecimiento del capitalismo y la extensión del imperialismo fueran acompañadas por legendarias marcas de fábrica, como Springfield, Remington y Winchester, junto con artefactos Colt, Browning y Smith & Wesson. Es casi imposible imaginar a célebres cazadores, tramperos y exploradores como Davy Crockett, Daniel Boone, Jim Bowie, Kit Carson y William F. Cody, más conocido como “Búfalo Bill”, sin una carabina como prolongación del brazo.

Con revólveres, rifles y escopetas desde Washington se conquistó el Lejano Oeste. Estados Unidos casi duplicó su territorio con la apropiación de la mitad de la superficie original de México, los marines desembarcaron en casi todos los puertos de América Latina y el Caribe, la bandera de barras y estrellas ondeó en los rincones más apartados del planeta. Los hombres que llegaban a esas comarcas lejanas, desconocidas y exóticas no llevaban flores en sus manos, ni golosinas, ni espejitos de colores. Llevaban pistolas, fusiles y cañones.

Lo mismo puede decirse de próceres menores, pero también partidarios de la iniciativa privada, la libre empresa y la “mano invisible del mercado”, como William Henry Booney, alias “Billy the Kid”, y los hermanos Dalton, John Dillinger, Bonnie & Clyde.

Ninguna de estas celebridades podía permitirse una equivocación, un mal cálculo o fallas en la puntería. En aquellas épocas los menesteres se hacían a mano, y se hacían bien. Eran artesanales, exactos y fríos como un rubí de la India.

En 1935, el general Smedley M. Butler, comandante de Infantería de Marina dos veces condecorado con la Medalla de Honor, pronunció un memorable discurso en el Congreso de Estados Unidos y relató cómo había participado en invasiones a México, Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Honduras y China: “Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone”, dijo Butler. “Él, como gangster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como marine, operé en tres continentes”.

Pero los tiempos cambian y aunque muchos hombres decididos aún viajan a los confines más distantes de la tierra para poner las cosas en orden, la tecnología se impone y las tradiciones se van perdiendo. Computadoras, radares, controles remotos y consolas han suplantado la corajuda eficacia del dedo en el gatillo a pocos metros de distancia de los malos, frente a frente con rebeldes, bandidos, nativos y otras alimañas bípedas.

La semana pasada un bombardero estadounidense B-52 transportó por error seis misiles de crucero provistos de cabezas nucleares desde Dakota del Norte, en la frontera de Canadá, hasta Luisiana, al sur de Estados Unidos, frente al Golfo de México. El avión transportaba los cohetes para su destrucción, pero las cabezas nucleares deberían haber sido retiradas de los proyectiles antes de ser subidos a la nave y, además, la tripulación ignoraba ese detalle.

Fabricado en 1954, en plena “guerra fría” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el B-52 mide 48 metros y medio de largo por 12 metros de alto y puede transportar 190 mil kilos.

Un misil de crucero, propulsado por un reactor, es prácticamente un avión no tripulado que mide más de cinco metros y pesa entre 1.300 y 1.500 kilos. Es un arma de destrucción masiva porque lleva cabezas nucleares, cuyo elemento explosivo es el uranio o el plutonio. Por seguridad, cuando se transporta de un lugar a otro, la cabeza deben ser desmontada.

En seis horas la mortífera carga atravesó cinco estados de un extremo a otro del país: Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Oklahoma y Arkansas. El error que puso en riesgo a miles de vidas se descubrió recién cuando el aparato llegó a destino. No hay que tener una excesiva imaginación para suponer qué hubiera ocurrido en caso de accidente del avión.

La revelación de la revista independiente Army Times, publicada desde 1940 por una compañía privada que también edita USA Today y USA Weekend, ya provocó que rodaran algunas cabezas, no atómicas sino humanas. Un alto oficial fue relevado de su cargo y a varios más se les retiró el permiso para manejar armas nucleares.

Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos no abusan en el uso de la palabra “error”, sino que prefieren el concepto “daño colateral”, eufemismo que comenzó a ser manejado internamente en la guerra de Vietnam (1958-1975) y se hizo público durante la guerra del Golfo Pérsico (1991). La expresión indica, bastante benévolamente, daños no intencionales o accidentales sobre personas, equipos y construcciones aliadas o neutrales, generalmente civiles.

Afganistán e Irak suministran unos cuantos ejemplos de “daños colaterales”. El 1 de julio de 2002, un error de puntería transformó una boda en un funeral: tres aviones abrieron fuego y lanzaron bombas en la aldea afgana de Kakarak, a unos 250 kilómetros al suroeste de Kabul, donde se celebraba un casamiento, y perpetraron una de las peores masacres desde el inicio de la ocupación: 40 personas murieron y más de 70 fueron heridas. Todos eran civiles.

El 9 de enero de 2005 un avión estadounidense arrojó una bomba en una casa de Mosul, al norte de Irak y mató a 14 personas inocentes. Un vocero militar admitió que fue un “objetivo equivocado”.

El
17 de agosto de 2006 murieron doce policías afganos cuando un avión lanzó una bomba “erróneamente” sobre dos vehículos policiales en el este de Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán. Los agentes buscaban a terroristas de Al Qaeda.

El 8 de mayo de 2007, siete niños, alumnos de una humilde escuela pública en la aldea iraquí de Mandali, en la frontera con Irán, murieron junto a tres maestros, ametrallados por un helicóptero estadounidense.

El 24 de agosto pasado un avión estadounidense bombardeó por error a soldados británicos en Afganistán después de que sus aliados les pidieron apoyo aéreo. Errores similares por parte de los militares estadounidenses en Irak causaron la muerte de 12 soldados ingleses.

Los buenos viejos tiempos han quedado atrás: fueron sepultados por monitores, sensores y chips. Ya nadie le dispara a un malo mirándolo a los ojos, lo despacha al otro mundo, sopla el cañón de la pistola, enfunda el arma, monta en el caballo y se aleja en el horizonte silbando una antigua canción sobre una muchacha que espera en Misouri, Mississipi o Tennesee.

 


 

 

 

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