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No hubo
sorpresas: el general de cuatro estrellas David Petraeus, comandante de
las tropas norteamericanas en Irak desde febrero de este año, advirtió
en el Congreso de Estados Unidos sobre la inconveniencia de alterar el
plan bélico del presidente
George Walker Bush.
Lo hizo un día antes del sexto aniversario de los atentados aéreos a las
Torres Gemelas de Nueva York y sólo recomendó retirar una brigada
–alrededor de 4.000 soldados– en diciembre, medida a la que seguiría una
reducción gradual de los refuerzos hasta mediados de julio de 2008.
The New York Times
había adelantado que a Petraeus “le gustaría quedarse
en
Irak
el mayor tiempo
posible”. Pocas horas antes de la presentación del general, el
lamentable primer ministro de Irak, Nuri al Maliki, habló ante el
Parlamento local y dijo que el ejército nacional no está todavía
preparado para asumir la seguridad en 15 de las 18 provincias del país.
Pese a ello, aseguró que la violencia ha bajado un 75 por ciento en los
ocho últimos meses.
Entre las patéticas cifras
que mencionó Maliki para ilustrar este logro, figura que 6.200 familias
desplazadas regresaron a sus hogares, 652 insurgentes resultaron fueron
muertos y 5.942 sospechosos fueron arrestados, de los cuales se
liberaron más de 2.500 luego de ser interrogados. Como casi jefe de
Estado o estadista en ciernes, es evidente que a “nuestro hombre en
Bagdad” le falta recorrer un largo trecho para acercarse a líderes
árabes como el egipcio Gamal Abdel Nasser, el libio Moammar Gadafi o
Hussein de Jordania.
Las fuerzas de Estados
Unidos se encuentran en Irak desde hace cuatro años y medio, y han
combatido allí más tiempo que durante la Segunda Guerra Mundial. En esos
más de 1.600 días en los que no tuvieron que enfrentar una alianza
equivalente a los ejércitos de Alemania y Japón, perdieron la vida más
de 3.750 soldados y casi 28 mil fueron heridos. El costo de la
permanencia militar desde la ocupación en marzo de 2003 es de 12 mil
millones de dólares mensuales.
El general David Petraeus, a
quien Newsweek calificó como “el
reconstructor de Irak”, nació en noviembre de 1952 y es hijo de un
capitán de la marina mercante holandesa que emigró a Estados Unidos
después de la Segunda Guerra Mundial. En Washington se le
considera un “intelectual-soldado”, aunque algunos prefieren decirle “general
de libros”. Pero militares, políticos y
analistas de prensa coinciden en definirlo como “inteligente,
ambicioso y con aptitudes de liderazgo”.
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General David Petraeus |
Egresado en West Point en
1974, Petraeus fue “cadete distinguido”: ocupó el décimo lugar de su
promoción y formó parte del cinco por
ciento de los mejores estudiantes de esa generación.
Dos meses después de graduarse, se casó con la hija del entonces
superintendente de la academia militar.
Una de las recomendaciones
no escritas para hacer carrera en tiempos de paz dentro de las Fuerzas
Armadas sugiere “ser hijo de perra con los subordinados, indiferente con
los iguales y obsecuente con los superiores”. Y a partir del grado de
mayor, los que aspiran a trepar hasta la cima del escalafón saben que
“los mejores amigos pueden ser los peores enemigos”. Petraeus se conoce
todas esas recetas pero, además, se aplicó.
En 1985 hizo una
maestría
en Administración Pública y en 1987 se doctoró en Relaciones
Internacionales por la Universidad de Princeton. Su tesis de doctorado
fue sobre las “lecciones de la
Guerra de Vietnam”,
conflicto en el que no alcanzó a participar.
Aunque cumplió misiones de paz en Haití, Kuwait y
Bosnia-Herzegovina, Petraeus recién
entró en contacto con fuego real en marzo de 2003, precisamente en Irak,
29 años después de egresar como subteniente. Pero ya había logrado una
posición y sabía como mantenerla e, incluso, extenderla. En diciembre
del año pasado publicó el FM 3-24, nuevo Manual de Lucha de
Contrainsurgencia de Estados Unidos, un libro de 300 páginas al que
dedicó 14 meses de trabajo, catalogado como “la
Biblia” de guerra de Irak y
que lo convirtió en el nuevo “gurú”
de la guerra antiguerrillas.
El general retirado Barry
McCaffrey, participante de la guerra del Golfo Pérsico en 1991 –acusado,
por cierto, de “excesos” contra soldados iraquíes desarmados dos días
después del anuncio del cese al fuego–
y ex jefe del Comando Sur de Estados Unidos en 1994, posteriormente
designado “zar “ antidrogas en el gobierno de William Clinton, definió a
Petraeus como “brillante”.
“Si hay alguien que puede poner las cosas en orden en
Irak es Dave Petraeus”, afirmó otro general retirado, John Batiste,
también veterano de la Guerra del Golfo Pérsico en 1991 y comandante en
2005 de una división del ejército en Irak. Batiste demandó en abril de
2006 la renuncia del entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld,
por “incapaz y manipulador”. Rumsfeld dimitió en noviembre de ese año.
Pero no todas las voces que
se escuchan son favorables, y algunas provienen de “pesos pesados”
civiles. En septiembre de 2004, el general publicó un artículo en The
Washington Post sobre los progresos de las fuerzas de seguridad
iraquíes. El trabajo fue duramente criticado por el economista, escritor
y periodista Paul Krugman en su columna del 19 de julio de 2007 en
The New York Times.
“Petraeus no dijo nada
confiable y dio la engañosa impresión, altamente conveniente para sus
amos políticos, de que la victoria estaba a la vuelta de la esquina”,
escribió Krugman, un respetado neokeynesiano que es profesor de Economía
y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, autor de 21
libros y crítico del gobierno de
George Walker Bush.
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