150907 - (Bambú Press) -
En 1967, en plena “Revolución Argentina” del general de ganadería
Juan Carlos Onganía (alias “el caño”, por lo recto, duro y hueco), todos
los jueves se publicaba la revista La Hipotenusa, cuyo lema era
“Humor para gente en serio”. El editor era Helvio Botana y el director
Luis Alberto Murray.
Escribían –entre muchos otros– Jaime Botana, Arturo Jauretche, Brascó,
Jordán de la Cazuela, Carlos Marcucci, José María Jaunarena, Jorge
Koremblit, Paco Urondo, Eduardo Gudiño Kieffer, Pedro Leopoldo Barraza,
José María Rosa... y, mezclado con todas esas firmas, bajo el seudónimo
“Rip Kirby”, también hacía sus primeras armas humorísticas el joven
Horacio Verbitsky, que por entonces imitaba al hoy legendario columnista
Art Buchwald, un corrosivo humorista que publicaba en Tribune y
Los Angeles Times.
Los dibujantes –también entre otros muchos– eran Caloi, Pérez D’Elías,
Bróccoli, Garaycochea, Koblo, Sanzol, Napoleón y Copi (nieto de Natalio
Botana, fundador del diario Crítica).
En la Carta del Editor, en la primera página del Nº 5 (8 de junio de
1967), Helvio Botana finaliza así: “Sintetizando nuestra política: somos
nacionales y opinamos por ser libres y no por ser jueces”.
Y en la Carta Abierta de la última página del Nº 6 (15 de junio de
1967), Luis Alberto Murray termina así: “Volvamos a la Argentina. Sin
aislarnos, sin perder de vista lo universal. Pero mirando al mundo desde
nuestra propia óptica. Mirando desde aquí hacia afuera, no al revés”.
En una de las páginas de ese mismo número se lee:
DEFINICIÓN - “Un optimista es aquella persona capaz de sonreír
pensando en los tontos que afirman que en este país todo se hace al
revés, mientras sube al sótano”.
Y ya que estamos al revés, más arriba se lee:
REFRÁN - “Le hizo caso al refrán que decía ‘No hace poco el que
quema su casa, espanta a los ratones y se calienta a la brasa’. Ahora
sonríe recordándolo enfundado en su hermoso chaleco de fuerza, mientras
trata de rascarse la cabeza en los barrotes de su jaula”.
La Hipotenusa terminó clausurada. Se perdió una tribuna
inteligente, aguda, valiente, combativa, irreverente y, sobre todo,
nacional y para nada “progresista”. Un ejemplo del estilo “hipotenuso”
es el siguiente artículo:
Escuela política para padres
El centrista
Pedro Leopoldo Barraza
15 de junio 1967
El centrista es un ambidextro por excelencia. El usar las dos manos
indistintamente, más que un privilegio como supone, le crea un complejo
de indefinición más turbador e incómodo que las presuntas ventajas. Esa
turbación e incomodidad se traduce en todas las actuaciones políticas y
sociales en que le toca actuar, puesto que en definitiva el centrista no
existe como tal, sino que juega el rol de izquierdista o derechista
según la realidad inmediata.
En una reunión de derechistas el centrista salta cualitativamente a la
situación de izquierdista y entre los izquierdistas se transforma, aún
contra su voluntad, en un sujeto más peligroso que el padre Meinvielle o
Marcelo Sánchez Sorondo.
La experiencia demuestra que no hay nadie más potencialmente extremista
que un centrista. Por horror a un extremo el centrista termina siempre
sirviendo al otro. Como todo tercero en discordia, el centrista sufre
horriblemente la lucha de los polos opuestos y recibe los golpes de
cualquier mediador, sólo que lo aguanta con el estoicismo de quien tiene
conciencia de su papel patriótico. Para terminar con el peligro que
encierran los extremismos el centrista piensa de buena fe que habría que
fusilar a los izquierdistas y derechistas por igual, con lo que su
conciencia profundamente democrática y su formación liberal lo
atormentan hasta el flagelo.
Todos los centristas militantes viven en el centro de Buenos Aires
(Leandro Alem-Pueyrredón-Córdoba-Avenida de Mayo) y hasta puede
afirmarse que todos los que habitan este radio son centristas, con las
excepciones del Barrio Once y la Federación de Partidos de Centro. El
primero es un Estado dentro de otro Estado; la segunda es la sede social
de los derechistas desplazados.
El centrista es un obsesivo por naturaleza, que lleva metido el
centímetro con el que mide constantemente el grado de desviacionismo de
los demás. Generalmente, fuera de los que viven en el radio céntrico
antes mencionado, los demás centristas diseminados por ahí se ubican en
el centro-izquierda o en el centro-derecha, según sea el barrio, la
zona, localidad o provincia a que pertenezcan.
Distintas encuestas de opinión pública han arriba a la increíble pero
nada verificable conclusión de que "centrista-centrista" hay uno solo en
la Argentina: Bernardo Neustadt, si es que fuera posible
etiquetar-etiquetar a Neustadt en algún casillero-casillero
ideológico-ideológico.
El centrista es oficialista siempre, ya que todos los gobiernos habidos
hasta el presente en la Argentina, democráticos o de facto, se han visto
en la obligación de expresarse contra todo extremismo, ya sea de
izquierda o de derecha. Curiosamente, nadie se manifestó contra el
extremismo de centro, lo que ha llevado a más de un centrista a pasarse
a algún extremo para no sentirse ignorado. Todo centrista que se precie
será centrado en todas sus manifestaciones cotidianas. No es centrista
quien quiere, sino quien puede; nada más difícil que la indefinición
como definición y lo finito hasta el infinito.
Un centrista es buena persona; cinco centristas son un acto radical, más
de diez centristas son un sábado por la noche.
Pocos años antes, en una investigación al estilo Rodolfo Walsh en
Operación Masacre, Pedro Leopoldo Barraza, había denunciado el
secuestro del obrero Felipe Vallese, de 22 años y militante de la
Juventud Peronista. Vallese fue el primer desaparecido del peronismo,
secuestrado el 23 de agosto de 1962 y visto por última vez brutalmente
torturado en una comisaría de Villa Lynch. El responsable de su muerte
fue el oficial de policía Juan Fiorillo.
Pedro Barraza publicó en su investigación en ocho partes, primero en el
periódico 18 de Marzo y después en su continuador, el semanario
Compañero, dirigido por el médico Mario Valotta, del Peronismo
Revolucionario que encabezaba Gustavo Rearte. El periodista, que
posteriormente trabajó en los diarios Clarín y La Opinión,
fue director-interventor de Radio del Pueblo, de Buenos Aires, en el
último gobierno de Juan Perón.
Barraza fue secuestrado y asesinado el 13 de octubre de 1974 por una
banda de la Triple A dirigida por el comisario Fiorillo, que doce años
después “le pasó la factura”. Tras el golpe cívico-militar de marzo de
1976, Fiorillo fue lugarteniente del general Ramón Camps, jefe de la
Policía de Buenos Aires, y se le vio en los campos de concentración de
El Vesubio, El Banco y Omega.
Pero lo destacable es que, mientras vivió, Barraza se hacía un tiempo
entre militancia y denuncia para incursionar en el humor con un estilo
muy diferente a los bodrios tipo Pergolini o Tinelli.