200907 - (Bambú Press) -
En una sorprendente actitud de autonomía, el gobierno de Irak anuló el
permiso de trabajo de la empresa estadounidense de seguridad privada
Blackwater Security Consulting, principal contratista del Departamento
de Estado. El motivo fue un sangriento ataque en el que guardias de la
firma mataron a nueve civiles desarmados y un policía e hirieron a 18
personas. El incidente ocurrió el domingo 16 de septiembre al mediodía
en la concurrida plaza Nisoor, en el sector suní de Bagdad.
Los
guardias, que custodiaban un convoy militar estadounidense de seis
camionetas, escucharon explosiones, abrieron fuego contra la gente
reunida en la plaza y se fugaron. Dos días después, la secretaria de
Estado, Condoleezza Rice, telefoneó al primer ministro iraquí Nuri al
Maliki para expresarle su “pesar” por las muertes y prometerle que
ayudará a que se efectúe una investigación “transparente” del incidente.
“Este
crimen ha generado odio y enojo en el gobierno y en el pueblo contra la
compañía estadounidense”, dijo Maliki en una conferencia de prensa. “No
vamos a permitir el asesinato de iraquíes a sangre fría”. Al menos por
una vez el módico primer ministro interpretó la indignación popular.
Blackwater Security Consulting fue contratada por Departamento de Estado
para proteger a todos sus empleados en Irak. Tras el anuncio del final
de sus actividades, Estados Unidos suspendió los desplazamientos por
tierra de sus funcionarios fuera de la Zona Verde, un sector de 10
kilómetros cuadrados en el centro de la capital, que alberga la mayoría
de las oficinas del gobierno iraquí y la embajada estadounidense. Con
muros de concreto para detener atentados suicidas y el Río Tigris como
una barrera defensiva natural, se le considera el lugar más seguro de
Irak aunque ha sido blanco frecuente de ataques rebeldes.
La empresa, un elocuente ejemplo de
como la iniciativa privada hace negocios con el gobierno de Estados
Unidos a través de contratos de “tercerización” en el área militar, fue
fundada a fines de 1996 por Erik Prince, un mega millonario ex comando
Seal (Sea+Air+Land= mar, aire y tierra), que pertenece a una acaudalada
familia calvinista de Holland (Michigan). Su padre, Edgar Prince, era
propietario de Prince Manufacturing Corp, una poderosa industria de
piezas para automóviles que se hizo famosa por crear los espejos con luz
en la visera para el sol que se utiliza en el interior de los vehículos.
Creada en 1965, la corporación tenía 5.000 empleados repartidos en casi
todos los estados de la Unión Americana y en varios países.
Considerado como quizás uno de los más
ricos soldados que pasaron por el cuerpo de élite de la marina
estadounidense, Erik Prince fue educado en un ambiente que combinaba la
doctrina del libre mercado con el evangelio cristiano. Nacido en 1969,
desde joven pertenece a la red evangélica más importante de Estados
Unidos, conocida como los “guerreros de la oración”.
Esta casi desconocida organización
religiosa, que tiene filiales (denominadas “campamentos”) en casi todo
el mundo y apoya la política de Israel en Oriente Medio, sostiene que
“el Espíritu Santo ha sembrado en el corazón de cada hijo la necesidad
de convertirse en un ferviente soldado intercesor” y que “orar infunde
fuerza y poder para dominar a Satanás”. Más o menos lo que Prince hace
en unos cuantos países.
El joven magnate terminó
la universidad en 1992, trabajó como pasante en la Casa Blanca
durante el gobierno de George Bush padre y al año siguiente, a pesar de
que su padre le había dejado una herencia millonaria, ingresó a los
Seals. Como integrante de una de las fuerzas más duras de la armada
norteamericana estuvo Haití, Medio Oriente y Bosnia.
A principios de 1996, luego de dos
años de servicio, Prince solicitó la baja, reclutó a
varios de sus ex compañeros y creó su propia compañía. Tenía 27
años y mil millones de dólares.
La firma posee un campo de
entrenamiento de casi 2.500 hectáreas en Moyock (Carolina del Norte),
160 instructores, 30 aviones y una flota de más de 300 vehículos
terrestres. Recientemente abrió una sucursal en
Mount Carrol (Illinois) llamada Blackwater North, con nueve campos de
tiro al blanco en una extensión de 200 hectáreas. El periodista
Jeremy Scahill, del diario The Nation, afirma en su libro
Blackwater. La aparición del más poderoso ejército de mercenarios del
mundo, que la nómina es de 20.000 empleados, aunque la cifra puede
ser algo exagerada.
La empresa se ocupó de la seguridad de
Paul Bremer, ex administrador civil de Irak desde el 11 mayo hasta el 28
de junio de 2004: en ese mes y medio aportó 36
hombres y tres helicópteros mediante un contrato de 21 millones
de dólares. Ese servicio VIP sacó del anonimato a Blackwater Security
Consulting, que hasta entonces era una organización de
mercenarios casi fuera de la ley y
guardaespaldas en situaciones de riesgo.
Con
10.00 integrantes en Irak, la milicia de Prince era la más numerosa
después de las tropas estadounidenses y se ubicaba encima de los
contingentes militares del Reino Unido y
España. Sus miembros son casi
todos ex soldados con experiencia en América Latina en los años 80 y 90
y algunos estuvieron destinados en Afganistán después del atentado aéreo
del
11 de Septiembre del 2001 en Nueva York.
Los
salarios de los agentes de seguridad oscilan entre seis mil y ocho mil
dólares mensuales, aunque los de nacionalidades latinoamericanas –sobre
todo chilenos, colombianos y salvadoreños– ganan menos.
Además de Afganistán, la empresa
tiene presencia militar-policial en Azerbaiyán,
Jordania, Filipinas, algunos países africanos y dentro mismo de Estados
Unidos. En Azerbaiyán, una “democracia autoritaria” que en 1991
se independizó de Rusia, instructores militares de
Blackwater entrenaron una unidad naval al
estilo Seal a un costo de 162 millones de
dólares. En Jordania, 40 especialistas adiestran fuerzas
antiterroristas. En Estados Unidos, tras el paso del huracán
Katrina en agosto de 2005, los guardias
privados vigilaron las calles de Nueva Orleáns por 243 dólares al día,
mientras la empresa le cobraba 950 dólares diarios al gobierno.
Desde
que ingresó a este mercado de trabajo no convencional, Blackwater
Security Consulting sostiene que adiestró a 50.000 hombres en casi todo
el mundo. Y para suerte de Erik Prince, en estos tiempos de “seguridad
global” su empresa está fuera de las Convenciones de Ginebra, una serie
de acuerdos firmados entre 1864 y 1949 que fijan reglas humanitarias de
guerra y posguerra.
Para el
joven millonario calvinista la felicidad es, como en la canción de
Lennon y McCartney, “un revólver ardiente”. El irónico subtítulo de
aquella composición del famoso Álbum Blanco de
Los Beatles
podría ser el lema corporativo de Blackwater: “Bang!
Bang! Shoot! Shoot!”.