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260907 - (Bambú Press) -
Hace 40 años, ante la inminencia de un enfrentamiento militar entre
Israel y una mal compactada
coalición integrada por Egipto,
Jordania, Irak y
Siria, muchos nacidos en
Argentina –pero de escasa raigambre nacional– optaron a favor o en
contra de los bandos en pugna y quisieron embarcar al país en ese lejano
conflicto.
La llamada Guerra de los Seis Días finalmente estalló del 5 al 10 de
junio de 1967 e Israel amplió su territorio con la ocupación de la
Península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este
(donde se encuentra la Ciudad Vieja) y los Altos del Golán.
En medio de las hostilidades en Medio Oriente, un porteño de origen
irlandés les dio una sencilla lección de argentinidad a pro árabes y pro
israelíes.
Se llamaba Luis Alberto Murray y había nacido en 1923. Era descendiente
de John Murray, un nativo de Newtowncashel (Irlanda) que se embarcó en
Liverpool en abril de 1844, llegó a Buenos Aires dos meses después
–durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas– y 20 años más tarde era
estanciero en Capilla del Señor.
Luis A. Murray fue periodista, poeta, historiador y novelista.
Profundamente vinculado a la Argentina, tradujo al slang estadounidense
el tango Yira, yira, de Enrique Santos Discépolo, y fue amigo de Fermín
Chávez, José María Castiñeira de Dios, Jorge Abelardo Ramos, José María
Rosa y Osvaldo Guglielmino.
Mientras las armas disparaban en los peñascos del Sinaí, los diarios de
Buenos Aires publicaban fotos del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser
y del primer ministro israelí –nacido en Ucrania– Levi Eshkol y los
porteños discutían en los cafés. Murray era director del semanario La
Hipotenusa y en el Nº 4, del 8 de junio de 1967, escribió:
“No hay tales «razas» que dividan a la humanidad en compartimentos
estancos o núcleos inconciliables entre sí: ante el microscopio, ni un
glóbulo de sangre se comporta como negro, blanco o amarillo, ni un
espermatozoide asume premisas cristianas, gentiles, judías, musulmanas
ni ateas”.
“Lo grave del asunto [...] es que una vez más se intente dividir a los
«hijos del país» propiamente dichos, a los hijos de sirios o libaneses,
y a los hijos de inmigrantes polacos, rusos o alemanes de confesión
mosaica, en nombre de estrellas y lunas que nos son ajenas. Nuevamente
habría que empapelar Buenos Aires –haya o no guerra entre israelíes y
árabes– con afiches semejantes a los de FORJA en 1939: Los argentinos
queremos morir aquí”.
Cuarenta años atrás los problemas de Argentina no eran muy diferentes a
los de hoy y las palabras de Murray parecen haber sido escritas ayer:
“Aquí queremos hacer nuestra propia guerra. Pacífica, si se puede.
Nuestra propia guerra contra el atraso, la frustración, los infinitos
fraudes de la vieja política, la contumacia de los cipayos de izquierda
y de derecha. No queremos agarrarnos a patadas en Corrientes y Florida
por Nasser o Levi Eshkol. Como somos el pueblo mejor informado sobre lo
que ocurre en cualquier parte del mundo, conocemos el problema y su
gravedad. Pero no aceptaremos dividirnos por el Medio Oriente, con
tantos otros motivos como tenemos, harto más inmediatos, para pelearnos
entre nosotros”.
Y luego agregaba: “No he viajado a Israel –lo cual no tiene nada de
malo, lo cual no desespero de hacer algún día– y no dependo de intereses
sionistas. No soy antijudío ni projudío, como no soy antibúlgaro ni
probúlgaro. Entre los países que no son el mío, confieso padecer
especial debilidad por España,
por el Paraguay e
Italia, en todo caso más
íntimamente vinculados con la Argentina que muchos otros”.
El periodista finalizaba con una recomendación a sus compatriotas:
“Volvamos a la Argentina. Sin aislarnos, sin perder de vista lo
universal. Pero mirando al mundo con nuestra propia óptica. Mirando
desde aquí hacia afuera, no al revés”.
Elegante y caballero, ingenioso y cultor de un humor sutil, Murray
falleció en 2002, a los 79 años. Hombre de oficio y gran cultura, había
pasado por las redacciones de los diarios Crítica y Democracia, las
revistas Vea y Lea y Confirmado, el periódico Mayoría, la agencia Télam
y, finalmente Clarín, donde permaneció 20 años.
Cuatro décadas después de aquella Guerra de los Seis Días, parece que
otros nacidos en suelo argentino insisten en comprometer al país en un
conflicto lejano. Representantes de la Asociación Mutual Israelita
Argentina (AMIA) y de la Delegación de Asociaciones Israelitas
Argentinas (DAIA) asistieron a la Asamblea General de la ONU, como
testigos de un párrafo del presidente Néstor Kirchner acerca de la nunca
probada participación de Irán en el atentado terrorista contra la mutual
judía en julio de 1994. Esa actitud se podría definir con palabras del
filósofo francés
Michel Foucault:
estaban ahí para “vigilar y castigar”.
La presencia en la ONU del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, colocado
sistemáticamente bajo los reflectores de la prensa internacional como
representante del “eje del mal”, restó importancia a un tema mucho más
sensible para los argentinos. Dos días antes del inicio de la Asamblea
General, trascendió que Gran Bretaña estudiaba la posibilidad de
extender la zona de exclusión de las Islas Malvinas –que actualmente es
de 200 millas– a 350 millas (unos 563 kilómetros) y que la cuestión
podría ser planteada en la ONU.
Es cuestión de vincular la información fragmentada y observar un mapa.
La distancia de Buenos Aires a Tel Aviv es de 16.100 kilómetros y a
Teherán es aún mayor: 17.500 kilómetros.
En cambio, de Buenos Aires a Puerto Argentino (que el Reino Unido
denomina Port Stanley), en las
Islas Malvinas,
hay 1.800 kilómetros.
Y desde Puerto Argentino hasta Río Grande, la ciudad más cercana a las
islas en territorio continental argentino, el trayecto es mucho menor:
800 kilómetros.
Faltó ver que la presencia de miembros de la AMIA y la DAIA en Nueva
York fuera una ocasión propicia para que, como representantes de un
importante sector ciudadano de la Argentina, también expresaran su
patriotismo y manifestaran públicamente su oposición al proyecto
británico de expansión. Es decir, que ya que estaban ahí –y como
recomendaba Luis Alberto Murray– vieran al mundo con ojos argentinos,
“con nuestra propia óptica, desde aquí hacia afuera, y no al revés”.
No fue así. Entonces muchos seguirán pensando que esta clase de
argentinos mal asimilados a la tierra en la que viven y con sus
ansiedades depositadas en Medio Oriente, debería enterarse que desde
1833 –y quizá desde mucho antes– quienes perjudican al país están en
Londres, no en Teherán. Y que Argentina no necesita de nuevos enemigos.
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