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150108 -
Bambú Press -
Es casi seguro que el presidente
George W. Bush ignora que el arqueólogo, militar y escritor Thomas
Edward Lawrence –conocido como “Lawrence de Arabia”, quien durante años
vivió, combatió y, sobre todo, aprendió en Oriente Medio– menciona en
Los siete pilares de la sabiduría, publicado en 1926, un curioso
proverbio: “Los árabes consideran que la mejor manera de escapar de un
cuadrado es hacerlo por tres de sus lados”.
Milenariamente nómadas, guerreros y comerciantes, los árabes han sido
sucesivamente conquistadores y conquistados. Herederos de una poderosa
cultura, los antiguos pueblos del desierto convertidos en potencias
petroleras tienen otra concepción del tiempo, las relaciones humanas, la
diplomacia, los negocios y las alianzas políticas.
Posiblemente sea necesario algo más que una gira relámpago de ocho días
por cinco países –Kuwait,
Bahrein, los Emiratos Árabes Unidos,
Arabia Saudí
y Egipto–
para convencerlos de que sus intereses son los mismos que los de Estados
Unidos en el Golfo Pérsico y que Irán es una “amenaza para la paz en la
región”. Sobre todo cuando entre los objetivos de esa gira fast food
figura un suculento contrato de 30 mil millones de dólares por la venta
de misiles estadounidenses durante la próxima década a
Israel, uno
de los diez países poseedores de armas nucleares en el mundo.
A pesar de que
la Organización Internacional de Energía Atómica comprobó que Teherán no
desarrolla desde 2003 programas nucleares bélicos sino con aplicaciones
civiles pacíficas y que 16 organismos de la comunidad de inteligencia
estadounidense confirmaron la información, Washington insiste en
crucificar a Irán
como un
“estado terrorista”.
Recientemente, la marina de guerra de Estados Unidos divulgó un video
con audio –probablemente manipulado– sobre cinco lanchas rápidas iraníes
que el 6 de enero, dos días antes de comenzar la gira de Bush,
realizaron una “provocación mortalmente grave” en el Estrecho de Ormuz a
tres buques de la poderosa Quinta Flota. En términos de confrontación y
poder de fuego, las embarcaciones iraníes representan lo mismo que
excremento de gaviota en el Golfo Pérsico.
Ni Bush ni sus asesores parecen haber considerado que las guerras que se
iniciaron en el área con el ataque de
Saddam Hussein a Irán en 1980 –con apoyo de Estados Unidos,
precisamente– seguido por la invasión iraquí a Kuwait en 1990, la
posterior “liberación” y, finalmente, la ocupación
estadounidense de Irak en 2003, afectaron a todos los países del
Golfo. Lo último que necesitan hoy las monarquías árabes es que alguien
ajeno a esa parte del mundo llegue y siembre más discordia.
La Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono tampoco toman
en cuenta que estos países, enfrentados durante años a Irán, han enviado
en los últimos tiempos varias señales de acercamiento a la república
islámica.
El rey Abdullah de
Arabia Saudí,
invitó en diciembre pasado al presidente
Mahmud Ahmanideyad para que
participe de la peregrinación anual a la Meca. Y el rey Hamad de Bahrein
–que en agosto de 2002 visitó Teherán en el primer viaje oficial de un
monarca bahreiní desde la revolución islámica del ayatola Khomeini en
1979– exhortó a los empresarios de los países del Golfo Pérsico a que
inviertan en Irán. “Esta zona sufre guerra desde hace casi 30 años y
ahora ha llegado el momento para disfrutar la paz”, dijo.
Y para esa
paz, nada mejor que la propuesta que también en diciembre envió
Ahmanideyad a los miembros del Consejo de
Cooperación del Golfo (CCG): fortalecer el
intercambio económico, incrementar las
inversiones recíprocas, crear un corredor de norte a sur del Golfo para
exportar energía, establecer una zona de libre comercio, promover la
educación y el turismo, anular los visados y permitir a ciudadanos
árabes e iraníes la libre adquisición de inmuebles. Luego de tres
décadas de inestabilidad, el paquete de medidas es mucho más atractivo
que el estridente mensaje de Bush.
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