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210208 -
Bambú Press
- En 1918, las potencias vencedoras en la
Primera Guerra
Mundial decidieron borrar del mapa al Imperio Austrohúngaro y
aplicar un castigo ejemplar a Alemania. Un año después, Estados
Unidos, Gran Bretaña y Francia rediseñaron las fronteras de
Europa mediante el
Tratado de Versalles, resucitaron a Polonia
–que había dejado de existir en 1795– y crearon dos países
artificiales: Yugoslavia y Checoslovaquia.
En 1991, con el respaldo de esas mismas
potencias, se inició la mutilación de Yugoslavia: tras un
sangriento conflicto de tres años, que incluyó “limpiezas
étnicas” y demoledores bombardeos de la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN), surgieron seis micro estados. Se
estima que el enfrentamiento dejó 300,000 muertos, dos millones
y medio de refugiados y 80,000 mujeres violadas.
“Occidente simplemente se cruzó de brazos”, opinó el semanario
Newsweek a mediados de abril de 1993. Por esas fechas, el
novelista británico John Le Carré dio una conferencia en Nueva
York y dijo: “Hace algunos años, cuando un país lejano era
amenazado por el comunismo, corríamos en su ayuda. Hicimos
héroes a títeres dictadores que no nos hubiéramos atrevido a
convidar a entrar a nuestro jardín. Ahora, cuando un país no tan
lejano se debate en una guerra civil y una de sus minorías
étnicas es torturada, violada y asesinada ante nuestros ojos,
nuestros políticos nos dicen que no nos volvamos emocionales.
¿Qué es un poco de limpieza étnica entre viejos enemigos?”.
El último acto de esta tragedia se representó 17 de febrero de
este año, con la independencia adulterada de Kosovo, una ex
provincia serbia autónoma con dos millones de habitantes, la
mayoría de origen albanés, que será tutelada por la Unión
Europea (UE). El primer reconocimiento del micro estado fue de
Estados Unidos, al que le siguieron el Reino Unido, Francia,
Alemania, Italia y Turquía, esa prima poco agraciada que oscila
entre la barbarie asiática, el islamismo retrógrado y el
modernismo occidental.
Mariscal Tito, “el dandy rojo”
Muy atrás quedó aquella época –que fue desde el término de la
Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta inicios de la década del
‘90– cuando se decía que Yugoslavia tenía siete fronteras, seis
repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro lenguas (serbia,
croata, eslovena y macedonia), tres religiones (ortodoxa,
católica e islámica), dos alfabetos (cirílico y latino) y un
solo partido: el comunista.
Las repúblicas unidas eran Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina,
Montenegro, Eslovenia y Macedonia. En este rompecabezas aún
existen doce minorías nacionales –entre las que se encuentran
turcos, italianos, eslovacos, dálmatas, rumanos, albaneses,
húngaros, checos y búlgaros– que, sumadas, hoy representan el
diez por ciento de la población de la ex Yugoslavia.
El estratega político que desde 1945 hasta su muerte en 1980
mantuvo esta unidad sin fisuras se llamaba Josip Broz y pasó a
la historia como Mariscal Tito. Nacido en 1892, era hijo de un
campesino croata y una eslovena, y sólo asistió a la escuela
primaria. Fue monaguillo, aprendiz de herrero y cerrajero,
obrero en la fábrica de automóviles Benz en Alemania, conductor
de pruebas de los coches Daimler en Austria y suboficial del
ejército imperial austro-húngaro en la Primera Gran Guerra
(1914-18).
Prisionero de los rusos, Josip Broz logró fugarse, se unió a los
bolcheviques en 1917 y se incorporó al Ejército Rojo. De regreso
a su país, organizó el sindicato metalúrgico, fue encarcelado
por “agitador” durante cinco años y adoptó en la prisión el
nombre de Tito. Aunque siempre lo negó, hay quienes aseguran que
entre 1936 y 1938 fue voluntario en el bando republicano durante
la Guerra Civil de España. Y en la Segunda Guerra Mundial,
cuando los nazis invadieron Yugoslavia, organizó la resistencia
y fue designado comandante supremo del Ejército Popular de
Liberación.
A pesar de estos recios antecedentes, hablaba siete idiomas casi
sin saber leer ni escribir, tocaba piezas clásicas en el piano
(de oído, porque no podía leer partituras), cocinaba con el
refinamiento de un chef francés, practicaba esgrima y
equitación. Conocido como “el dandy rojo”, recibía –y encantaba–
a la reina Isabel del Reino Unido, Josephine Baker, Sofía Loren,
Gina Lollobrigida,
Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor y Jacqueline
Onassis. “Tenía el porte de un noble de Europa Central, más que
el de un comunista balcánico”, escribió el periodista dálmata
Enzo Bettiza.
Pero eso es lo de menos. También creó una diplomacia que
admiraban casi todos los estadistas de la época, impulsó un
socialismo autogestionario y “de mercado” alejado del comunismo
soviético y en 1955 fue uno de los fundadores –junto con el
egipcio Gamal Abdel Nasser y el indio Jawaharlal Nehru–¬ del
Movimiento de Países No Alineados.
Un drama shakespereano
Kosovo es la última perla que se desprende del collar. Las
nuevas autoridades del flamante micro estado son el presidente
Ibrahim Rugova y el primer ministro Hashim Thaci. Los dos son ex
miembros de la organización terrorista Ejército de Liberación de
Kosovo (ELK) vinculados a la red terrorista Al Qaeda y al Grupo
Drenica, una mafia dedicada al tráfico de armas, drogas,
prostitutas y automóviles robados.
Este detalle parece no tener importancia para la Unión Europea
que, en el esquema de “independencia tutelada”, enviará 2.000
policías, administradores civiles, juristas, guardias
fronterizos y agentes de aduana, a un costo de 205 millones de
euros para los próximos 18 meses.
El holandés Pieter Feith será el asesor político de las
autoridades kosovares. La nueva Constitución le permitirá al
representante de la UE tener más poderes que el primer ministro
y el Parlamento. La OTAN se encargará de mantener la paz con
17.000 soldados desplegados en la ex provincia.
“El micro estado de Kosovo respira imperceptiblemente en la
incubadora”, escribe Valentín Puig, columnista del diario
español ABC. “La ingeniería ginecológica ha dado a luz a una
criatura que nace de la secesión y para el disenso
internacional, una criatura cuya gestación ha salido carísima,
un futuro Estado fallido que va a seguir costando un pico y
carecerá de economía propia –con un 50 por ciento de paro– salvo
que no sea el narcotráfico y el ajetreo gangsteril que
protagonizan los antiguos criminales de guerra expertos en
limpieza étnica”.
En 1977, tres años antes de la muerte del Mariscal Tito, el
viceministro de Información yugoslavo le dijo a un enviado de la
revista española Cambio 16: “Aquí no va a suceder ese drama
shakespereano que ha ocurrido en China a la muerte de Mao”.
Ocurrió exactamente lo contrario: cuando los yugoslavos
despertaron del sueño socialista, Estados Unidos, el Reino Unido
y Francia seguían ahí.
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