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El maestro nazi del Dalai Lama
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180308 - Jorge Luis Borges atribuye a Rudyard Kipling una frase: “Si has oído el llamado de Oriente, ya no oirás otra cosa”. El pensador francés René Guénon, masón convertido al islamismo, le adjudica otra: “Oriente es Oriente y Occidente es Occidente, y jamás se han de encontrar”.

Tibet, los sucesivos dalai lamas, el budismo y ciertas enseñanzas milenarias, independientemente de su real importancia filosófica y religiosa, siempre han sido territorio propicio para talentosos charlatanes, especialistas en embaucar a voluntades débiles obsesionadas con la meditación trascendental, la reencarnación y las “enseñanzas herméticas de los superiores desconocidos”.

Una de las más célebres impostoras fue la “vidente” Helena Blavatsky, nacida en Ucrania e hija de un coronel alemán. Luego de trabajar en un circo como ayudante de una médium, en 1875 creó en Estados Unidos la Sociedad Teosófica, inspirada en un supuesto viaje de aprendizaje por Tibet. En 1884 la expulsaron de la India al descubrirse que recurría a sus destrezas como ilusionista para producir “materializaciones” de la nada. Tras una averiguación que duró un año, la Sociedad para la Investigación Psíquica, de Londres, la definió como “una de las impostoras más grandes de la historia”. Madame Blavatsky, que consideraba a los aborígenes australianos como pertenecientes a “una raza inferior” y a los semitas como “espiritualmente degenerados”, tuvo posteriormente muchos adeptos entre el nazismo. Sus libros Isis sin velo (1875) y Doctrina secreta (1888) se continúan vendiendo hasta hoy.

Otro de los “grandes maestros” fue el hipnotizador, traficante de alfombras orientales y ex espía zarista George Ivanovitch Gurdjieff, un sexópata nacido en la Armenia rusa e impulsor del “cuarto camino”, quien aseguraba a sus discípulos que en el Tibet se había iniciado en “medicina, danzas rituales y técnicas psíquicas”. Según el escritor y profesor universitario británico Romuald Landau, especialista en religiones comparadas, este personaje era un agente secreto ruso al servicio del treceavo Dalai Lama, Thupten Gyatso, un gobernante despótico que en 1904 huyó a China y en 1910 se refugió en la India

En 1956 se publicó en Gran Bretaña un éxito editorial, El tercer ojo, de Lobsang Rampa, quien se presentaba como miembro de una añeja estirpe de monjes tibetanos y conocedor desde los siete años de secretos relacionados con la espiritualidad. En 1958, el Daily Mail, de Londres, reveló que el misterioso autor se llamaba en realidad Cyril Henry Hoskin. Era hijo de un plomero de Devonshire, al suroeste del Reino Unido, y nunca había salido del país. El farsante huyó a Canadá, donde obtuvo la nacionalidad y se presentó como “Doctor Rampa” hasta su muerte en 1981, luego de publicar otros 20 títulos. A la fecha, El tercer ojo lleva vendidos millones de ejemplares en casi todos los idiomas.

Quien pasó el dato al Daily Mail fue el geógrafo, esquiador, alpinista y explorador austriaco Heinrich Harrer, autor en 1953 del libro Siete años en el Tibet, traducido a 48 idiomas y llevado al cine en 1997, con la actuación de Brad Pitt. Harrer –que también escribió Mi vida en la corte del Dalai Lama, del que se vendieron 50 millones de ejemplares– fue maestro particular y amigo de Tendzin Gyatso, actual guía espiritual de los tibetanos, que entonces tenía 11 años. Lo que la película no muestra es que cuando tropas chinas invadieron Tibet en 1949, Harrer estuvo en la primera línea de la defensa hasta que tuvo que huir.

Poco después del estreno de Siete años en el Tibet, filmada en la Cordillera de los Andes en Argentina, el semanario alemán Stern reveló que Harrer pertenecía a las Schutzstaffel (SS), escuadras de protección nacionalsocialistas, desde 1933, cuando tenía 21 años. Con información de archivos secretos de la inteligencia militar de Estados Unidos, la revista informó que el alpinista fue bien acogido en la corte del catorceavo Dalai Lama gracias a las excelentes relaciones que existían desde la década del ‘30 entre los monjes tibetanos y unos cuantos jerarcas nazis seguidores de madame Blavatsky e interesados en el orientalismo.

Desde entonces y hasta su muerte en 2006, el explorador desapareció de la vida pública. Cuatro años antes, cuando cumplió 90 años, había recibido la visita del Dalai Lama. “Heinrich Harrer fue mi amigo personal”, escribió el monje. “Aprendí muchas cosas de él, particularmente acerca de Europa. Sentimos que hemos perdido un leal amigo de Occidente”.

 

 

 

 

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