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070408 -
Bambú
Press - El cementerio nacional de Arlington ocupa
250 hectáreas con más de 300 mil lápidas de mármol blanco sobre
césped bien cortado cerca del Río Potomac y del edificio del
Pentágono. Ahí están enterrados soldados que murieron en todas
las guerras en la que participó Estados Unidos, desde la
independencia de la Corona Británica y la Guerra de Secesión
hasta las ocupaciones de Afganistán e Irak, pasando por Corea y
Vietnam.
También yacen en Arlington los restos algunos presidentes
norteamericanos y de ciertos personajes que prestaron servicios
distinguidos al país, como el coronel de inteligencia militar Jules
Dubois, fallecido el 16 de agosto de 1966, a la edad de 56 años, en un
hotel de Bogotá.
Casi desconocido por las nuevas generaciones de
periodistas, Dubois fue retratado por el pintor mexicano Diego Rivera en
el mural Gloriosa Victoria. La obra, que se conoció en México recién en
2007, fue donada por el artista a los trabajadores rusos y permaneció
durante 50 años en una bodega del Museo Pushkin, de Moscú.
En la pieza –que representa una condena al golpe militar
promovido en Guatemala por la CIA y la empresa bananera
United Fruit en junio de 1954–
aparecen dibujados junto a Dubois el presidente Dwight Eisenhower (como
si fuera una bomba), el dictador guatemalteco Carlos Castillo Armas, el
embajador norteamericano John Emil Peurifoy y el secretario de Estado
John Foster Dulles, hermano mayor de Allen Welsh Dulles, ex presidente
de la United Fruit y primer director civil de la CIA en 1953.
Fue precisamente John Foster Dulles, ex asesor legal de
la compañía bananera y abogado de Prescott Bush –abuelo del presidente
George W. Bush– quien calificó al derrocamiento del presidente
guatemalteco
Jacobo Arbenz y la imposición de Castillo Armas como “una gloriosa
victoria”. De ahí el título elegido por Diego Rivera para su mural. Tras
el golpe, 12 mil personas fueron arrestadas, se disolvieron más de 500
sindicatos y dos mil dirigentes gremiales abandonaron el país.
En Miami también hay un edificio que lleva el nombre de
Jules Dubois. Está ubicado en el número 1801 South West de la Tercera
Avenida y alberga las instalaciones de la Sociedad Interamericana de
Prensa (SIP), fundada en La Habana en 1943, durante la dictadura del ex
sargento convertido en general Fulgencio Batista.
¿A qué se debe el honor? Luego de ser instructor militar
en Fort Leavenworth (Kansas), el coronel se
metamorfoseó como reportero del Chicago Tribune y “refundó” a la
organización en 1950 en Nueva York. Desde entonces la SIP dejó de ser un
ámbito más o menos plural y se transformó en lo que es hasta hoy: un
cartel de empresarios, dueños de periódicos, revistas, canales de
televisión y emisoras de radio, muchos de los cuales dejaron de ser
periodistas hace muchos años para convertirse en hombres de negocios.
El periodista e historiador
argentino
Gregorio Selser
se ocupó durante años de este organismo empresarial. El 1 de diciembre
de 1974 publicó en la revista Dinamis, de Buenos Aires, algo que
parece redactado ayer: “La SIP tendió a inmiscuirse cada vez más
prepotente y altaneramente en los asuntos internos de los países del
continente, como si la OEA o algún otro organismo supranacional hubiera
delegado en ella la misión de velar los
postulados de la libertad de prensa. [...] Obtenía de ese modo plusvalía
al equivoco generalizado de que obraba en nombre de los periodistas del
continente, cuando sólo era la expresión de los dueños de la prensa que
en no pocos casos apenas si saben leer y escribir”.
El tres veces presidente argentino
Juan Perón también se refirió, 51 años atrás, a las “grandes cadenas
de diarios, revistas y órganos publicitarios diversos, que responden a
la tendencia occidental, dirigidos, manejados y financiados desde la
Sociedad Interamericana de Prensa”:
“Los órganos independientes, que en
pequeño número funcionan en algunos países, deben vivir muy
aleatoriamente, desde que las grandes cadenas les hacen una guerra
ruinosa de avisadores, hasta conseguir su ruina económica. El sistema es
fácil, mediante los grandes órganos que realizan el boicot a las
empresas comerciales y particulares, que avisan en los diarios de la
«lista negra».
Así se va consiguiendo una unanimidad para que todos los «órganos
de opinión» respondan a la «voz
del amo». A esto se le llama ahora «libertad
de prensa».
“Si algún mandatario, en uso de su
derecho que no se le niega a estos empresarios de la falsedad, se decide
a tener sus propios órganos de opinión o tomar medidas en defensa de los
intereses nacionales limitando la licencia y la procacidad de los
«órganos encadenados»,
mediante una censura apropiada, entonces todas las agencias de noticias
también encadenadas, comienzan a cursar despachos con «noticias»
en los que se tendrá buen cuidado de decir que se trata de un «dictador»
y que el régimen es «totalitario»
o «antidemocrático» y a renglón seguido
se comienza a hablar de una revolución, mientras viaja el inefable Jules
Dubois para anunciarla”.
Esto fue escrito por Perón en Los
vendepatria, publicado en el exilio en 1957, y también parece
redactado ayer.
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