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Charlton Heston: Réquiem por el hombre del rifle
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110408 - Bambú Press - Una de sus últimas y más controvertidas apariciones públicas fue el 22 de mayo de 2000, en Charlotte (Carolina del Norte), cuando a los 76 años de edad fue reelegido presidente de la Asociación Nacional del Rifle (ANR) por tercera vez consecutiva. Con la voz aguardentosa y una ridícula peluca que más que postiza parecía la gorra de piel del cazador Davy Crockett, John Charles Carter sostuvo en alto con su tembloroso brazo un fusil de un solo tiro del siglo XVIII y bramó en el micrófono que ninguna ley iba a prohibirle tener sus armas: “¡Tendrán que arrebatarme el fusil de mis manos muertas y frías!”.

Charlton Heston

 

Probablemente ninguno de los 40 mil individuos que lo escuchaban conocía el verdadero nombre del viejo, nacido en 1924 en una pequeña ciudad de Illinois. Todos, sin embargo, sabían que fue un astro de Hollywood durante las décadas del ‘50 y ‘60 y que interpretó a personajes históricos como Moisés, San Juan Bautista, William F. Cody, el presidente Andrew Jackson, el Cid Campeador, el pintor renacentista Miguel Ángel y el cardenal Richelieu.

 

A lo largo de su carrera cinematográfica, el ex actor trabajó en 62 películas. Fue protagonista de El triunfo de Búfalo Bill (1953), Los diez mandamientos (1956), Horizontes de grandeza (1958), Ben-Hur (1959, por la que ganó el Oscar), El Cid (1961), 55 días en Pekín (1963), El tormento y el éxtasis (1965), Mayor Dundee (1965) y El señor de la guerra (1965), entre muchos otros filmes.

 

Su última película de éxito se filmó en 1968: El planeta de los simios. Fue la primera versión, la que finaliza con la Estatua de la Libertad semienterrada en la arena. En los años ‘70 la estrella comenzó a declinar y actuó en algunas súper producciones de desastres como Aeropuerto. Y en los ‘80 su propia vida se transformó en una catástrofe durante la cual se volvió alcohólico, quedó completamente calvo y comenzó a insinuarse el cáncer de próstata.

 

Una ovación festejó las palabras de John Charles Carter aquel 22 de mayo en Charlotte. Al asumir por primera vez, en junio de 1998, la Asociación Nacional del Rifle contaba con tres millones y medio de asociados. Bajo su mandato, un millón de nuevos adherentes llenó sus fichas de ingreso. Sus palabras fueron impactantes pero, al mismo tiempo, alejadas de la realidad como cualquier show del mundo del espectáculo. Y tan ficticias como sus propios roles de patriarca judío, centurión romano, señor feudal, vaquero del Viejo Oeste y soldado de todas las guerras.

 

Lo cierto es que ese día hasta un niño de diez años podría haberle quitado el fusil sin ningún esfuerzo a ese anciano conservador que detestaba por igual a los demócratas, los homosexuales, las feministas y los trabajadores migrantes hispanoamericanos. Hubiera sido tan fácil como sustraerle el biberón a un bebé o el bastón blanco a un ciego. La vejez fue implacable con el hombre que encarnó a Moisés en Los Diez mandamientos: en 1997 se cayó en las escaleras de su casa en las montañas de Santa Mónica (California) y se rompió la cadera y todos los dientes.

 

Nuevamente lo aclamaron en Charlotte cuando se dirigió al entonces presidente William Clinton y lo acusó de ser un “deshonesto” que convirtió a la Casa Blanca “en un burdel”: “América no se fía de usted con la permisividad de homosexuales en el Ejército. América no le fiaría a usted nuestras hijas de 21 años y, Dios lo sabe, tampoco confiamos en usted para entregarle nuestras armas”.

 

El ex corresponsal de guerra, ex director de la revista Life y escritor de novelas bélicas John Hersey, ganador del Premio Pulitzer de Literatura 1945, considera que la estadounidense es “una cultura hambrienta de héroes y no parece importarle si son reales o de ficción”. El antropólogo Leonel Tiger, de la Universidad de Rutger (Nueva Jersey), define en pocas palabras las características que provocan admiración entre los ciudadanos medios: “Bravuconada sin majestuosidad y heroísmo sin dirección”. Estas opiniones, le calzan como anillo a John Charles Carter y a sus seguidores en la Asociación Nacional del Rifle.

 

La organización, creada en 1871, posee 60 mil instructores de tiro, más de 15 mil clubes distribuidos en todo el país y una revista, The American Rifleman. Tiene casi 40 millones de aficionados al tiro al blanco, más que al béisbol o al fútbol americano. “Menos leyes y más pistolas” y “Los revólveres salvan vidas” son algunos de sus lemas más edificantes.

 

Durante la campaña presidencial de 2000, la ANR aportó cerca de 20 millones de dólares al Comité Nacional Republicano que impulsaba la candidatura de George W. Bush. Y John Charles Carter pidió a los electores que dieran su voto a W –como se conoce a Bush hijo– y llegó a decir: “Los patriotas de nuestro país ganaron la independencia gracias a las balas y ahora tenemos que defender esa libertad en las urnas. La nuestra es una guerra santa”.

 

El mismo día en que John Charles Carter era reelegido por tercera vez como presidente de la ANR, el corresponsal en Nueva York del diario español El Mundo escribió acerca de los miembros de la organización: “En un anuncio que durante esta semana han emitido varias televisiones americanas, los pistoleros se escudan tras la Estatua de la Libertad y se autoproclaman portadores del espíritu de la revolución norteamericana. Lo llevan haciendo desde hace 129 años, y ni el paso del tiempo ni las masacres escolares han surtido efecto en esa mentalidad del Viejo Oeste tan arraigada en la sociedad más violenta de Occidente”.

 

El “idiota internacional del año”

 

El 20 de abril de 1999, un día de primavera, dos estudiantes entraron a la cafetería del centro de enseñanza secundaria Columbine, de Littleton (Colorado), y asesinaron a 15 alumnos. Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18 años, irrumpieron en el lugar con un armamento muy superior al que utilizan los miembros de los grupos SWAT, los marines o las fuerzas de despliegue rápido: un rifle de asalto de nueve milímetros, una pistola automática con un cargador de 36 balas, dos escopetas con los cañones recortados y alrededor de tres docenas de granadas caseras, algunas de las cuales llegaron a lanzar en el ataque. Después, ambos se suicidaron.

 

Klebold y Harris, hijos de familias pudientes de Colorado, planificaron la matanza con un año de anticipación. Eligieron el 20 de abril porque se cumplía el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler.

 

Quizá fue una casualidad que en Colorado se hubiera convocado ese año la convención anual de la Asociación Nacional del Rifle. Pero lo cierto es que en las pulcras calles de Littleton también se exhibían los carteles en los que aparecía John Charles Carter –con un fusil en las manos, desde luego– invitando a afiliarse.

 

En junio del 2000, el escritor Russell Banks, un crítico de los grandes mitos norteamericanos, opinó que John Charles Carter “en un tono que recordaba el que empleó Moisés cuando bajó del monte Sinaí, declaró solemnemente: «Si hubieran estado presentes guardias de seguridad bien armados, muchas vidas se habrían salvado.» Al parecer, el undécimo mandamiento es: «No irás por esos mundos de Dios desarmado»”.

 

Banks es autor de varias obras, entre las que destacan The book of Jamaica (1980), Aflicción (1992), Como en otro mundo (1994), La ley del hueso (1996) y Searching for Survivers (1999). Con motivo de la masacre de Littleton, el novelista publicó un artículo titulado “Nuestros hijos se matan los unos a los otros y se suicidan”, con una triste conclusión: “Durante el último medio siglo, sin saberlo, los estadounidenses hemos estado inmersos en un proceso de auto colonización. Faltos de indígenas en tierras lejanas a los que colonizar, hemos tenido que conformarnos con lo que había en nuestra propia tierra, y hemos colonizado a nuestros hijos con ayuda del cine, la televisión, los parques temáticos, Internet y los videojuegos. Es decir, con ayuda de esos imperios del ocio a los que íntimamente despreciamos, pero cuyas acciones compramos con avidez, nos hemos convertido en la cerda que se come a sus cerditos”.

 

El escritor iraní Salman Rushdie también opinó sobre la masacre de Littleton y consideró que el presidente de la Asociación Nacional del Rifle luchaba “por obtener el disputado titulo de Idiota Internacional del Año”. En una columna de opinión distribuida por New York Times Special Features en 1999, Rushdie expresó: “Piensa que en Estados Unidos los maestros deberían andar armados. Él cree que los institutos educacionales serán más seguros si su personal tiene la facultad de matar a balazos a los niños que se hallan a su cuidado. [...] El más famoso promotor de las armas de fuego en Estados Unidos, está haciendo todo lo posible para lograr que esas armas sigan formando parte integral del mobiliario de todo hogar norteamericano”.

 

Mientras tanto, John Charles Carter concluyó el primero de agosto de 2000 un tratamiento de tres semanas en una clínica de Utah. Según su vocera, Lisa De Matteo, no fue nada grave: apenas una “terapia de rehabilitación preventiva” contra el abuso en el consumo de bebidas alcohólicas.

 

Concluido el tratamiento “preventivo”, el ex actor se retiró a su casa en Santa Mónica. Allí, en el estudio, exhibía un ejemplar de la Constitución de Estados Unidos, biografías de los “Padres Fundadores”, libros sobre la Guerra Civil norteamericana y la Segunda Guerra Mundial, junto con miniaturas de aviones de combate. En una de las paredes cuelga la espada medieval fabricada en España cuando filmó El Cid, quien ganó su última batalla contra los árabes cabalgando aún después de muerto.

 

Pero a diferencia del legendario señor feudal español, este anciano retrógrado con el cuerpo y la mente en bancarrota, terminó sus días en posición horizontal, con sus “manos frías” cruzadas sobre el pecho y sin su fusil. En agosto de 2002, los médicos le diagnosticaron mal de Alzheimer. Falleció el 5 de abril, seis meses antes de cumplir 84 años, de un cáncer de próstata. La prensa lo recordó en todo el mundo con el nombre artístico que lo hizo famoso: Charlton Heston.

 

 

 

 

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