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13308 -
Red
Voltaire - Cómo se mantiene «El Estado profundo» a pesar
de la alternancia política partidista
Sesenta años de propaganda atlantista nos han convencido de
que Estados Unidos es una gran democracia. Sin embargo, ningún
observador cree que
Ronald Reagan o
George W. Bush ejercieron realmente el poder inherente al
cargo presidencial. Entonces ¿quién preside? Los observadores
también están de acuerdo en que, después del segundo recuento de
los votos, Al Gore había ganado la elección presidencial del
2000. Entonces, ¿por qué se encuentra George W. Bush en la Casa
Blanca? Preguntas a las que ningún periodista quiere responder.
Thierry Meyssan rompe con el tabú.
Durante los últimos 60 años, Estados Unidos se
dotó de lo que se ha dado en llamar «aparato securitario de
Estado». Este se conformó como un Estado detrás del Estado,
encargado de dirigir desde la sombra la guerra fría contra la
URSS y, más, tarde de ocupar el espacio que dejara vacante el
desmantelamiento de la Unión Soviética y de dirigir la guerra
contra el terrorismo. Dispone de un gobierno militar fantasma
designado para reemplazar el gobierno civil, en caso de que este
último quedase decapitado durante un ataque nuclear.
En su célebre discurso de adiós, el 17 de enero de 1961, el
presidente
Eisenhower declaró: «En los consejos de gobierno, tenemos
que tener cuidado con la adquisición de una influencia
ilegítima, deseada o no, por parte del complejo militaro-industrial.
Existe el riesgo de un desastroso desarrollo de un poder
usurpado y [ese riesgo] se mantendrá. No debemos permitir nunca
que el peso de esta conjunción ponga en peligro nuestras
libertades o los procesos democráticos».
Este aviso resultó sin embargo insuficiente. La lógica del
«aparato securitario de Estado» ahogó poco a poco la de las
instituciones que ese mismo aparato debía proteger. El complejo
militaro-industrial utilizó su poder para modificar las
instituciones civiles según su propia conveniencia, en vez de
ponerse al servicio de estas. En definitiva, el lobby de la
guerra falseó el proceso electoral y logró decidir, en cada
elección presidencial, quién sería el ocupante de la Casa
Blanca.
Desde hace 60 años, sin excepción alguna, el presidente es
siempre el candidato que se compromete a concretar las
exigencias del «aparato securitario de Estado» y que obtiene el
apoyo financiero masivo de las firmas que tienen contratos con
el Pentágono. Claro está, después tomar posesión de la Oficina
Oval, el elegido trata siempre de deshacerse de sus padrinos y
de acercarse a los verdaderos intereses de su pueblo. Tendrá
entonces que ser capaz de darse cuenta del margen de maniobra
del que dispone, con la posibilidad de que lo eliminen, política
o incluso físicamente. Finalmente, el riesgo de que un
presidente que se aparte del «Estado profundo» logre a pesar de
ello mantenerse en el poder estará siempre limitado por la
regla, impuesta durante la misma época, que limita el ejercicio
de la función presidencial a dos mandatos consecutivos.
En esas condiciones –como veremos más adelante– la alternancia
entre demócratas y republicanos no proporciona a los ciudadanos
estadounidenses un medio de cambiar la política, sino que
constituye para el «aparato securitario de Estado» la
posibilidad de mantener la misma política más allá de la
impopularidad del presidente ya “desgastado”. Se trata de la
aplicación del principio que Giuseppe Tomasi di Lampedusa
atribuye al Gatopardo: «Todo tiene que cambiar, para que nada
cambie y para que podamos seguir siendo los amos».
A veces el «Estado profundo» sale a la superficie y deja
entrever su poderío. Eso sucede ocasionalmente durante el
período de transición presidencial. Se produce entonces un
semivacío del poder, durante la fase en que el presidente
saliente sigue a cargo de los asuntos pendientes, mientras que
el presidente electo se prepara para asumir el mando.
En el siglo XVIII, se explicaba que ese período de transición de
11 semanas era el tiempo necesario para hacer un balance de los
resultados y conformar un equipo, debido al gran tamaño del país
y la lentitud de las comunicaciones. La primera transición se
desarrolló en 1797, cuando John Adams fue electo como sucesor de
George Washington. Durante siglo y medio, no existió ningún tipo
de procedimiento para regular ese período ya que los dos
presidentes (el presidente saliente y el que lo reemplaza) no
tenían ninguna razón que los obligara a colaborar entre sí. Hoy
en día la cosa es muy distinta ya que el «aparato securitario de
Estado» aprovecha ese período para poner al nuevo ocupante de la
Casa Blanca al corriente de lo que debe saber sobre «Estado
profundo». Para comprender el sistema, volvamos a la historia de
esas transiciones.
La guerra fría mantiene la democracia entre paréntesis
Harry Truman (presidente de Estados Unidos desde 1945 hasta
1953) modificó profundamente la naturaleza del Estado federal al
crear en su seno el «aparato securitario de Estado», un tríptico
conformado con el Consejo de Jefes de Estado Mayor (JCS), la
Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Consejo de Seguridad
Nacional (NSC). Estos organismos, que nada tienen de
transparentes, disponen de poderes exorbitantes, solamente
comparables a los establecidos para tiempos de guerra. Y es que
su misión consiste precisamente en mantener el estado de
movilización de la Segunda Guerra Mundial, sin mantener por ello
a la sociedad civil bajo presión, como medio de librar una nueva
forma de guerra contra la Unión Soviética: la guerra fría.
Para «contener» la influencia soviética, Truman organizó el
puente aéreo hacia Berlín, estableció la alianza atlántica
(OTAN) y declaró la guerra de Corea. Extendió además el «Estado
profundo» estadounidense al interior mismo de los Estados
aliados, mediante la creación de las redes stay-behind y la
integración de las mismas al seno de la CIA [1].
El «aparato securitario de Estado» consideraba que el mejor
sucesor de Truman sería el general Dwight Eisenhower, que había
sido comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante
la Segunda Guerra Mundial y había ocupado posteriormente ese
mismo cargo en el seno de la OTAN. Era el hombre idóneo para
continuar la guerra de Corea hasta la victoria. La opinión
pública lo adulaba y lo consideraba un héroe, aunque nunca había
combatido personalmente, ni siquiera había estado cerca de la
línea del frente.
Como Eisenhower no era un político, ni tenía vínculos con
ninguna organización política, los dos partidos trataron de
atraerlo. Truman le pedió, en vano, que se uniera a los
demócratas. Finalmente, Eisenhower se decidió por la candidatura
republicana. Con ese partido llegó a un acuerdo que estipulaba
que gozaría como presidente de libertad de acción para aplicar
una política exterior antisoviética y emplearse «a fondo» en
Corea, hasta la victoria. En pago, Eisenhower se comprometía a
aplicar una política interna y económica de corte conservador.
Escogió como compañero de candidatura al senador Richard Nixon
(cuya hija se casaría en poco tiempo con el nieto de Eisenhower),
que se había dado a conocer como uno de los promotores de las
«cacerías de brujas» contra los comunistas.
Al resultar electo Dwight Eisenhower, Truman se puso en contacto
con él para presentarle el dispositivo de seguridad nacional
dado que, aunque la existencia del mismo era pública, su
funcionamiento era secreto.
Eisenhower elaboró la doctrina de defensa que lleva su nombre,
en virtud de la cual Estados Unidos no vacilará en utilizar la
fuerza, en cualquier lugar del mundo, donde la influencia
comunista amenace los intereses occidentales. Agregó además, al
sistema de seguridad nacional, el principio de continuidad del
gobierno. Designó, mediante un decreto secreto, un gobierno
alternativo compuesto simultáneamente de militares y de
industriales escogidos entre sus propios amigos, que se
encargaría de tomar el mando en caso de que las instituciones
desapareciesen como consecuencia de un ataque nuclear soviético.
O sea, paralelamente al procedimiento constitucional en lo
tocante al vacío del poder, existe desde hace 50 años un segundo
procedimiento –de carácter militaro-industrial– que puede
ponerse en marcha en caso de hecatombe nuclear. En el primer
caso, el vicepresidente reemplaza al presidente, de ser
necesario lo reemplaza el presidente pro tempore del Senado, o
el presidente de la Cámara de Representantes. En el segundo
caso, los políticos electos por el pueblo se ven excluidos por
un gobierno fantasmo –cuya composición es, además, secreta– que
sale bruscamente de las penumbras, aunque no dispone de
legitimidad electoral alguna.
Sin embargo, el «aparato securitario de Estado» le reprochó a
Eisenhower no haber hecho lo suficiente, sobre todo en materia
de misiles, y se negó a apoyar al vicepresidente Nixon como su
sucesor. Inquieto por las consecuencias que el creciente poder
del complejo militaro-industrial podía tener para la democracia,
Eisenhower lanzó un aviso a sus conciudadanos en su discurso de
adiós, que ya citamos anteriormente. El lobby de la guerra
volvió entonces su mirada hacia el partido demócrata.
Fue de esa manera cómo
John F. Kennedy obtuvo el apoyo de los industriales del
armamento. Para congraciarse con ellos centró su campaña
electoral en la denuncia de una supuesta ventaja de los
soviéticos en materia de misiles y en la necesidad de eliminar
ese abismo («missile gap»). Además, designó como su compañero de
fórmula al belicoso líder del grupo parlamentario demócrata,
Lyndon Johnson. Directamente vinculado al complejo militaro-industrial,
durante su campaña electoral tomó la iniciativa de crear grupos
de trabajo para hacer un balance de la situación y preparar sus
primeras decisiones en caso de resultar electo.
Kennedy puso a la cabeza de los dos grupos de trabajo más
importantes a quienes habían sido sus dos principales rivales
por la investidura demócrata, neutralizando así el rencor de
ambos al tiempo que explotaba sus habilidades. Creó hasta 29
grupos temáticos, cuyos miembros eran todos voluntarios no
remunerados. Después de su elección, Kennedy designó al abogado
Clark Clifford para coordinar el traspaso de poderes con
Eisenhower, y luego nombró por lo menos a un miembro de cada
grupo de trabajo para formar parte de su gabinete. No fue por
sus cualidades como abogado y negociador que la elección recayó
sobre Clifford sino por tratarse de un halcón, que además era un
representante del «Estado profundo». Clifford había participado
junto a
Harry Truman en la creación del «aparato securitario de
Estado» y Eisenhower lo había nombrado ministro fantasma en el
seno del gobierno militar de repuesto.
Más tarde, Kennedy impuso la Presidential Transition Act para
que los siguientes presidentes pudieran seguir sus pasos
teniendo a su disposición un financiamiento federal con el que
pagar a los miembros de sus grupos de trabajo.
Kennedy desafió a la URSS ante el muro de Berlín, desplegó
misiles en Turquía y logró disuadir a los soviéticos de instalar
los suyos en Cuba como respuesta. También emprendió los grandes
programas espaciales. Pero no tardó en revisar sus compromisos
con intenciones de reducirlos. Es verdad que autorizó la
invasión contra Cuba, pero rectificó después del fiasco de Bahía
de Cochinos. También es cierto que metió las manos en Vietnam,
pero rápidamente empezó a tratar de buscar cómo preparar la
retirada.
Apoyándose en la legitimidad que le otorgaba un amplio apoyo
popular, entró en conflicto con su estado mayor y ordenó
investigaciones sobre las actividades políticas de varios
generales. En definitiva, acabó siendo asesinado para favorecer
a su vicepresidente, Lyndon B. Johnson –cuya ceremonia de toma
de juramento había sido preparada justo antes de que Kennedy
fuese abatido–, quien aprobó sin demora la escalada de Vietnam y
nombró además a Clifford Clark como ministro de Defensa para
realizar esa sucia tarea.
La impopularidad de Johnson hacía imposible su reelección, así
que este renunció a tratar de obtener la candidatura. Como el
partido demócrata estaba en manos de pacifistas que se oponían a
los horrores de la guerra de Vietnam, los halcones necesitaban
un cambio de partido para mantenerse en el poder y continuar su
propia política. Eligieron, con toda lógica, al ex
vicepresidente Richard Nixon, un oportunista que ya conocía
todos sus secretos.
Cuando los dos candidatos más importantes ya habían recibido la
investidura de sus respectivos partidos, Johnson se reunió con
ellos para ponerse de acuerdo sobre los detalles de la
transición. Se trata solamente de un espectáculo puramente
formal, pero que permitió que el demócrata Johnson se pusiera en
contacto con el candidato republicano antes de que este fuera
electo.
Aprovechando la existencia de la Presidential Transition Act, el
republicano Nixon siguió los pasos del demócrata Kennedy creando
así 30 grupos de trabajo para definir su futura política en
estrecho contacto con el «Estado profundo».
Nixon aplicó una política de distensión hacia la URSS y negoció
los acuerdos de limitación de la carrera armamentista respetando
los intereses del complejo militaro-industrial, o sea
suprimiendo ciertas armas para favorecer las más sofisticadas.
Por iniciativa de su consejero
Henry Kissinger, estableció una sorprendente alianza con la
China comunista para aislar a Moscú. Sin embargo, renunció a
tratar de vencer en Vietnam, cosa que el «aparato securitario de
Estado» le hizo pagar muy caro al organizar contra él un proceso
de destitución como consecuencia del escándalo del Watergate.
Durante meses, el número 2 del FBI, Mark Felt (alias «Deep
Throat»), destiló personalmente informaciones devastadoras al
Washington Post.
Acorralado, Nixon preparó en secreto su renuncia y sólo le avisó
a Gerald Ford con un día de antelación. Ambos hicieron un trato:
Ford ocuparía la Oficina Oval a cambio del perdón para Nixon y
de la suspensión de toda acción judicial contra este último.
Ford aceptó. Previendo aquella posibilidad, Ford ya había
conformado un pequeño equipo de trabajo, pero este fue disuelto
inmediatamente. Un miembro importante del «aparato securitario
de Estado», el embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Donald
Rumsfeld (adversario de Kissinger), fue llamado urgentemente a
Washington para que se encargara de la transición.
Rumsfeld ayudó a conformar el nuevo equipo –una combinación de
ex colaboradores de Nixon y de caras nuevas. El asunto era más
complicado de lo que parecía ya que se trataba de penalizar la
política que había llevado a la pérdida de Vietnam, representada
por Kissinger, salvaguardando a la vez la influencia de la
industria armamentista, también representada por el propio
Kissinger (que había sido secretario general del American
Security Council, la principal organización del complejo
militaro-industrial en aquella época). Ford designó a Nelson
Rockefeller como nuevo vicepresidente. Este último no sólo era
el heredero de la más importante dinastía industrial del país.
También había sido el jefe de operaciones secretas del «aparato
securitario de Estado» durante la presidencia de Eisenhower.
Rápidamente, Ford se dio cuenta de que los ex colaboradores de
Nixon arrastraban el peso de la imagen del Watergate y le pidió
a Rumsfeld que terminara el trabajo. Rumsfeld se convirtió así
en secretario general de la Casa Blanca. Echó a los últimos
colaboradores de Nixon, con excepción del propio Kissinger, y
puso a George H. Bush a la cabeza de la CIA. Con la ayuda de
este último, Rumsfeld creó una comisión de evaluación de la
amenaza soviética («el equipo B») que inmediatamente gritó que
venía “el lobo” y reactivó la carrera armamentista.
La imagen de Ford era desastrosa. La opinión pública lo veía
como un pícaro que había exonerado a Nixon para tomar su lugar
en la presidencia, mientras que el «aparato securitario de
Estado» quería borrar la humillante imagen de la caída de Saigón
a la que se le asociaba (aunque aquello no era otra cosa que una
consecuencia de la paz que quería Nixon). Ford no tenía la
legitimidad necesaria para emprender iniciativas importantes. El
«Estado profundo» necesitaba, por consiguiente, un nuevo
presidente demócrata. Este sería Jimmy Carter, protegido de
David Rockefeller (el hermano del vicepresidente Nelson
Rockefeller), capaz de pasar la página de los crímenes
anteriores y de mantener a la vez el rumbo ante la URSS.
Carter escogió como consejero de Seguridad Nacional a
Zbignew Brzezinski [2], secretario general de la Comisión
Trilateral, el think tank de los Rockefeller. Brzezinski había
teorizado sobre una versión moderna del «containment» que se
practicaba hacia la Unión Soviética, fortaleciendo así la
doctrina del «aparato securitario de Estado».
Sobre esa base, disminuyó la presión militar en América del Sur
(renegociación del control del Canal de Panamá y fin de las
dictaduras militares) y la desplazó hacia el Asia Central
(guerra de Afganistán contra los soviéticos). Fue en ese
contexto que contrató a Osama Ben Laden y desarrolló el apoyo
estadounidense a las organizaciones extremistas sunnitas
anticomunistas.
Desgraciadamente, la credibilidad de Estados Unidos se
resquebrajó con el asunto de los rehenes de la embajada de
Teherán. Lo más importante fue que, luego de las revelaciones de
las comisiones investigadoras parlamentarias, al bautista Carter
se le ocurrió moralizar la CIA aprovechando la limpieza post-Watergate.
Al verse así amenazado, el «aparato securitario de Estado»
organizó una campaña mediática contra Carter, acusándolo de ser
portador del «síndrome de Vietnam». Y luego, empezó a buscarle
un sustituto republicano.
En definitiva, el «Estado profundo» organizó la fórmula Reagan-Bush
(este último había sido director de la CIA). Por primera vez en
la historia de Estados Unidos, el vicepresidente era el hombre
fuerte, mientras que el presidente no era más que un actor de
Hollywood en un papel de relleno [3].
Reagan y Bush nombraron un triunvirato para que organizara la
transición: Ed Meese como encargado de preparar las nominaciones
y el programa, el abogado William Casey se ocupaba de de las
relaciones con el «aparato securitario de Estado», mientras que
el brillante James Baker correteaba por todas partes. En
realidad, Casey había sido el oficial que se ocupaba de Reagan
cuando, en años anteriores, este último había sido en Hollywood
[como Vito Corleone en el famoso film de Coppola. Nota del
Traductor.] el Padrino –destacado en el seno de la farándula–
del Comité Internacional de Refugiados (International Refugee
Committee), una pantalla anticomunista de la CIA. Y, enseguida
que se le presentó la oportunidad, Reagan nombró a Casey
director de la agencia de espionaje.
Sobrevino inmediatamente el doloroso episodio del intento de
asesinato contra Ronald Reagan, por parte de un amigo de los
Bush. El atentado fracasó, pero Reagan entendió el mensaje y
dejó todo lo que tenía que ver con la defensa totalmente en
manos de su vicepresidente.
Fue durante ese período que se desarrolló el procedimiento de
continuidad del gobierno. El gobierno militar de repuesto creado
por Eisenhower no había sido, hasta entonces, otra cosa que una
directiva. En aquel momento, se decide materializarlo. Se creó
entonces un equipo permanente y se construyeron gigantescos
búnkeres especialmente equipados para proteger a dicho equipo
junto con los dirigentes sobrevivientes: Cheyenne Mountain,
Raven Rock (llamado "site R") y Mount Weather.
Este equipo instaló un sistema de vigilancia sobre el gobierno
civil para poder seguir en tiempo real todos los asuntos que
tratara este último y estar así preparado para proseguir la
acción gubernamental sin que se produjese ni un minuto de
interrupción en caso de apocalipsis nuclear. Se organizaron
ejercicios de simulación de continuidad gubernamental dos veces
al año.
Con toda confianza, el «aparato securitario de Estado» apoyó al
vicepresidente Bush como sucesor de Reagan. El encargado de
servir de enlace entre el «Estado profundo» y el equipo de
campaña fue un miembro del Consejo de Seguridad Nacional, el
general Colin Powell.
En 1989-91, los «combatientes de la guerra fría» vieron como se
derrumbaba la Unión Soviética, hecho que siempre habían deseado,
pero que los dejaba desconcertados. El «aparato securitario de
Estado» había cumplido su misión. Durante 45 años, hombres
sinceros habían creído que estaban defendiendo a su país cuando
manipulaban las instituciones a costa de la democracia. Como
Dwight Eisenhower lo había previsto, algunos de ellos se habían
acostumbrado tanto a aquel poder que ya no podían resignarse a
perderlo. Aunque había perdido su razón de ser, el «Estado
profundo» iba a mantenerse. Pero, ¿a qué precio?
A falta de enemigo, el «aparato securitario de Estado» entre
en guerra consigo mismo
Le tocó a George H. Bush (Bush padre) la pesada tarea de definir
los objetivos de Estados Unidos en el mundo postsoviético. No
sin vacilaciones, Bush padre imaginó la construcción de un
«nuevo orden mundial» favorable a una dominación económica
global que ejercería Estados Unidos. Ordenó reducir el formato
de las fuerzas armadas y estudió las posibilidades de
reconversión del «aparato securitario de Estado» para luchar
contra el surgimiento de nuevos competidores. Ante la duda
existencial, el «Estado profundo» favoreció la alternancia
partidista.
Los periodistas trotkistas que la CIA había reclutado en el
pasado para luchar contra la influencia soviética en el seno de
la izquierda se habían pasado al partido republicano, bajo la
apelación de «neoconservadores». Se habían convertido en los
propagandistas del lobby de la guerra. Como veletas que giran en
el sentido del viento, se pusieron entre contra de Bush padre
criticándolo por no haber aprovechado el fin de la URSS para
derrocar a Sadam Husein al final de la operación Tormenta del
Desierto, y llamando a votar por el único candidato capaz de
desencadenar la próxima guerra en Yugoslavia: Bill Clinton.
Perfectamente conciente de la ocasión que se le presentaba, el
gobernador Clinto hizo campaña basándose en el surgimiento de
nuevas amenazas y en la necesidad de desempeñar el papel de
gendarme en Yugoslavia. También propuso modernizar las fuerzas
armadas adaptando la administración de estas a las evoluciones
sociales, lo cual significaba entre otras cosas más apertura al
reclutamiento de mujeres y gays. Bush padre, que era el
presidente más popular de Estados Unidos en el siglo XX (¡90% de
opiniones favorables!) subestimó la capacidad de los
«combatientes de la guerra fría» para sacarlo de la Casa Blanca.
Para privarlo del apoyo de una parte de sus electores, estos
financiaron la candidatura independiente de Ross Perot, un
millonario que había servido de cobertura para una operación de
salvamento de las Fuerzas Especiales en Irán. Bush padre perdió
las elecciones.
A pesar de que Sadam Husein ya se había sometido a las
resoluciones de la ONU, Bill Clinton se opuso al levantamiento
del embargo que la ONU había decretado contra Irak, hambreando
así a los iraquíes y provocando 500 000 muertes. Sin embargo, lo
que sí hizo Clinton fue frenar el rearme (principalmente al
bloquear el proyecto de armamento espacial) y negarse a
emprender la operación de Yugoslavia, que le había valido el
apoyo del «aparato securitario de Estado». Peor aún, durante un
ejercicio de simulacro, Bill Clinton descubrió la composición
del gobierno secreto que el «aparato securitario de Estado»
había conformado para sustituirlo a él.
A la cabeza de aquel gobierno secreto se encontraba el ex
secretario de Defensa Donald Rumsfeld y se componía además de
algunos de sus propios colaboradores, como el jefe de la CIA,
James Woolsey. Para poder estar listos para garantizar el
relevo, aquella gente espiaba permanentemente al gobierno civil,
interceptando todas sus comunicaciones y todos sus documentos.
Considerando que aquel dispositivo de la guerra fría era ya
obsoleto, Clinton –que se negaba a ser un presidente desechable
más– ordenó la disolución de dicha estructura. Y le costó caro.
El conflicto que comenzó entonces empezó a corroer a Estados
Unidos desde adentro ya que algunos dirigentes del «Estado
profundo» se dejaron llevar por la embriaguez del poder,
mientras que otros trataban de parar aquella tendencia infernal.
La desgarradura inevitablemente empuja Estados Unidos hacia la
desintegración o la dictadura.
Luego de pasar a la clandestinidad total, parcialmente exilado
en Israel, el «Estado profundo» estadounidense urde un complot
contra Bill Clinton. Atrapado en 1995 en un asunto de faldas con
una becaria israelí de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, Clinton
se vio sometido a un procedimiento de impeachment de 1998 a
1999. Pero, contrariamente a Nixon –que no tenía margen de
maniobra–, Clinton dio marcha atrás. En momentos en que la
Cámara de Representantes acababa de votar su destitución,
Clinton restableció el gobierno secreto y el Senado lo salvó.
Después, le ordenó a la OTAN que bombardeara Serbia.
De todas maneras, después de toda aquella lucha por el poder, el
«aparato securitario de Estado» no tenía intención alguna de
aceptar al vicepresidente Albert Gore como sucesor de Clinton.
El candidato del «aparato securitario de Estado», el republicano
John McCain, perdió una primaria decisiva, pasándole así el
testigo a una personalidad poco creíble, George W. Bush (Bush Jr.).
No quedó más remedio que preparar al nuevo candidato, con la
mayor precipitación. Se conformó un nuevo equipo con Dick Cheney,
el gran jefe del Partido Republicano, y varios de los hombres
claves del «Estado profundo».
Se le dio a Bush una formación acelerada mediante un grupo de
especialistas, los Vulcanos (nombre del dios encargado de forjar
las armas en el Olimpo), bajo la dirección del inoxidable Henry
Kissinger y de la sovietóloga Condoleezza Rice. Se recolectó un
océano de dólares para su campaña electoral. A pesar de todo, Al
Gore derrotó a Bush Jr. El «Estado profundo» se vio entonces
obligado a hacer trampa para cambiar el resultado del
escrutinio, de forma visible y nada gloriosa, y para lograr que
la Corte Suprema nombrara presidente a Bush Jr., a falta de
haber podido lograr que saliera electo.
La transición Clinton-Bush Jr. se convirtió en una larga crisis.
Durante el litigio por los resultados de la elección, los fondos
que la Presidential Transition Act destinaba a los grupos de
trabajo estuvieron congelados y los inmensos locales que estos
grupos debían usar se mantuvieron cerrados. La administración
Clinton tuvo que tomar medidas extraordinarias de seguridad para
proteger al vicepresidente Gore. En definitiva, este último
acabó abandonando el litigio como consecuencia de serias
amenazas contra su familia. El dúo Bush Jr.-Cheney finalmente
entró a la Casa Blanca. Al igual que en la época de la llegada
del dúo Reagan-Bush padre, el verdadero poder recayó en el
vicepresidente.
Saliendo nuevamente de las sombras, Donald Rumsfeld fue nombrado
secretario de Defensa, mientras que Colin Powell se convertía en
secretario de Estado y Condoleezza Rice era nombrada a la cabeza
del Consejo de Seguridad Nacional. Meses más tarde, el «aparato
securitario de Estado» organizaba los espectaculares atentados
de Nueva York y Washington, reactivando así el militarismo
estadounidense, ahora contra un adversario imaginario: el
terrorismo islamista.
Lejos de consolidar el sistema, las demostraciones de fuerza que
tuvieron lugar con el complot Lewinsky de 1995 a 1999, con las
elecciones fraudulentas de 2000 y los atentados de 2001
aceleraron su desintegración interna postguerra fría. La
inadecuación de las fuerzas armadas estadounidenses a la
colonización de Afganistán e Irak condujo a una catástrofe
similar a la Vietnam. El proyecto del vicepresidente Cheney, en
el que Irán sería la siguiente presa, provocó el amotinamiento
de una parte del Estado Mayor, inquieto ante la posibilidad de
verse obligado a desplegar aún más tropas [4]. Por primera vez,
el «aparato securitario de Estado» se encuentra dividido, en
guerra consigo mismo.
En lo tocante a la sucesión de George W. Bush, las dos facciones
tienen cada una su propio candidato. Y no resulta fácil
comprender de qué manera pueden esperar los Clinton sacar
provecho de dicha división para tomar su revancha y lograr meter
a Hillary en la Oficina Oval. Los amotinados apoyan a Barack
Obama, con el proyecto de una retirada parcial de Irak, quedando
en buenos términos con Irán, y del ataque contra Pakistán.
Mientras tanto, el clan Cheney apoya a McCain, con la esperanza
de mantenerse en Irak y de acrecentar la presión sobre el Medio
Oriente.
Ninguno de estos dos candidatos dispone de un plan tendiente a
reconciliar las facciones opuestas en el seno del «aparato
securitario de Estado». Lo cual indica que el próximo ocupante
de la Casa Blanca, sea a quien sea, no podrá evitar la implosión
del sistema.
No queda más remedio que reconocer que, aún tratándose de un
hecho deplorable, el desarrollo del «aparato securitario de
Estado» respondía a una lógica. Es posible comprender por qué se
aplicó una democracia “entre paréntesis” durante la Segunda
Guerra Mundial, e incluso durante la guerra fría. Pero nada en
la situación actual justifica que eso se repita. En definitiva,
las contradicciones internas de ese sistema han llegado al
paroxismo en momentos en que el «aparato securitario de Estado»
afirma querer democratizar el mundo por la fuerza.
Thierry Meyssan esPeriodista y
escritor, presidente de la Red Voltaire con sede en París,
Francia. Es el autor de La gran impostura y del Pentagate
[1] «Stay-behind: les réseaux d’ingérence américains», por
Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 20 de agosto de 2001. Ver
sobre todo el libro de referencia: NATO’s Secret Army: Operation
Gladio and Terrorism in Western Europe, por el professeur
Daniele Ganser. Versión francesa Les Armées Secrètes de l’OTAN,
éditions Demi-Lune, 2007. Disponible por correspondencia
mediante la Librairie du Réseau Voltaire. Entrevista de Silvia
Cattori con el autor: «Le terrorisme non revendiqué de l’OTAN»,
Réseau Voltaire, 29 de septiembre de 2006.
[2] «La stratégie anti-russe de Zbigniew Brzezinski», por Arthur
Lepic, Réseau Voltaire, 22 de octubre de 2004.
[3] «Ronald Reagan contre l’Empire du Mal», Réseau Voltaire, 7
de junio de 2004.
[4] «Washington décrète un an de trêve globale», por Thierry
Meyssan, 3 de diciembre de 2007.
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