Casi a las 22 horas
GMT del martes 11 de marzo de 2008, el comandante en jefe del
Central Command, almirante William Fallon, anunció desde Irak la
presentación de su dimisión. Inmediatamente, en Washington, el
secretario de Defensa, su amigo Robert Gates, indicaba en una
conferencia de prensa improvisada que aceptaba la decisión con
el mayor pesar. Durante los siguientes minutos, el rumor de un
posible ataque contra Irán se extendió por el mundo. En efecto,
al parecer la Casa Blanca había exigido la renuncia del
almirante luego de la publicación en la revista mensual
Esquire de un reportaje [1]
que recoge «francas» declaraciones de este alto oficial sobre el
presidente Bush. Ese mismo artículo afirma que el despido del
almirante sería el último indicio de la guerra.
Esta interpretación
resulta errónea. Y es que ignora la evolución de la correlación
de fuerzas en Washington. Para una mejor comprensión de lo que
está en juego, se hace necesario volver atrás. Nuestros
lectores, a quienes hemos informado periódicamente desde estas
columnas sobre los debates que se producen en Washington,
seguramente recordarán las amenazas de dimisión de Fallon [2],
el amotinamiento de la los oficiales superiores [3],
lo sucedido entre bastidores durante el encuentro de Annapolis [4]
y de la infiltración de la OTAN en el Líbano [5],
hechos todos que reportamos en estas columnas antes que nadie lo
hiciera, revelaciones que –aunque fueron puestas en duda en el
momento de su publicación– están hoy ampliamente demostradas. A
todo lo anterior agregamos ahora informaciones inéditas sobre
las negociaciones que dirigió el almirante Fallon.
El Plan Fallon
El establishment
estadounidense aprobó el desencadenamiento de la guerra contra
Irak con la esperanza de sacar de dicho conflicto sustanciales
ganancias económicas, pero poco a poco se fue desilusionando.
Esta operación genera costos directos e indirectos realmente
desmesurados pero solamente beneficia a unos cuantos. Desde el
año 2006 la clase dirigente se preocupa por poner fin a la
aventura. Sus reservas tienen que ver con el excesivo despliegue
de tropas, el creciente aislamiento diplomático y la hemorragia
financiera. Su expresión fue el informe Baker-Hamilton que
condenaba el proyecto de rediseño del Gran Medio Oriente y
aconsejaba una retirada militar de Irak coordinada con un
acercamiento diplomático a Teherán y Damasco.
Bajo esta amistosa
presión, el presidente Bush se vio obligado a despedir a Donald
Rumsfeld y a reemplazarlo por Robert Gates (proveniente de la
propia Comisión Baker-Hamilton). Se creo un grupo de trabajo
bipartidista –la Comisión Armitage-Nye– encargada de definir una
nueva política de forma consensuada. Pero resultó que el tándem
Bush-Cheney no había renunciado a sus proyectos y estaba
utilizando ese grupo de trabajo para apaciguar a sus rivales
mientras que continuaba preparando sus armas contra Irán. Para
contrarrestar esas maniobras, Gates dio carta blanca a un grupo
de oficiales superiores con los que se había vinculado durante
el reinado de Bush padre. El 3 de diciembre de 2007, estos
oficiales publicaron un informe de las agencias de inteligencia
que desacredita el discurso plagado de mentiras de la Casa
Blanca sobre la supuesta amenaza iraní. Además, trataron de
imponerle al presidente Bush un reequilibrio de su política para
el Medio Oriente a expensas de Israel.
El almirante William
Fallon ejerce una autoridad moral sobre ese grupo de oficiales
–que incluye al almirante Mike McConnell (director nacional de
inteligencia), al general Michael Hayden (director de la CIA),
al general George Casey (jefe del estado mayor de las fuerzas
terrestres), y que contó con la posterior incorporación del
almirante Mike Mullen (jefe del estado mayor conjunto). Hombre
de sangre fría y de una brillante inteligencia, Fallon es uno de
los últimos grandes jefes de las fuerzas armadas estadounidenses
que estuvo destacado en Vietnam. Preocupado ante la
multiplicación de teatros de operaciones, la dispersión de las
fuerzas y el agotamiento de las tropas, puso abiertamente en
tela de juicio un liderazgo civil cuya política sólo puede
conducir Estados Unidos a la derrota.
Al prologarse el
amotinamiento, este grupo de oficiales superiores fue autorizado
a negociar una salida honorable a la crisis con Irán y a
preparar una retirada de Irak. Según nuestras fuentes,
imaginaron entonces un acuerdo que comprende tres aspectos:
. 1. Estados Unidos impondría en el Consejo de Seguridad la
adopción de una última resolución contra Irán, para no quedar en
ridículo. Pero se trataría de una resolución vacía de contenido
real y Teherán se acomodaría a su adopción.
. 2. Mahmud Ahmadinejad viajaría a Irak, donde proclamaría los
intereses regionales de Irán. Pero se trataría de un viaje
puramente simbólico, al cual se acomodaría Washington.
. 3. Teherán ejercería toda su influencia para normalizar la
situación en Irak y lograr que los grupos que ha venido apoyando
pasaran de la resistencia armada a la integración política.
Dicha estabilización permitiría que el Pentágono retirase sus
tropas sin derrota. A cambio, Washington suspendería su propio
apoyo a los grupos armados de la oposición iraní,
específicamente a los Muyaidines del Pueblo.
También según
nuestras fuentes, Robert Gates y este grupo de oficiales, bajo
la dirección del general Brent Scowcroft (ex consejero de
seguridad nacional), pidieron ayuda a Rusia y China para que
apoyaran dicho proceso. Después del primer momento de
perplejidad, Moscú y Pekín se aseguraron de obtener la forzada
confirmación de la Casa Blanca antes de responder de forma
positiva, sintiendo el alivio de haber evitado así un conflicto
incontrolable.
Vladimir Putin se
comprometió a no tratar de aprovecharse en el plano militar de
la retirada estadounidense, pero exigió consecuencias políticas.
Se acordó así que la conferencia de Annapolis sólo tendría
resultados mínimos y que se organizaría en Moscú una conferencia
global sobre el Medio Oriente para destrabar los problemas que
la administración Bush ha estado agravando constantemente.
Al mismo tiempo, Putin aceptó facilitar el compromiso entre Irán
y Estados Unidos pero expresó inquietud por la presencia de un
Irán demasiado fuerte en la frontera sur de Rusia. A modo de
garantía, se decidió que Irán aceptara lo que siempre había
rechazado: no fabricar él solo su propio combustible nuclear.
Las negociaciones
con Hu Jintao resultaron más complejas ya que los dirigentes
chinos estaban desagradablemente sorprendidos luego de descubrir
hasta qué punto la administración Bush les había mentido sobre
la supuesta amenaza iraní. Había que restablecer, primeramente,
la confianza bilateral. Por suerte, el almirante Fallon, que
había sido hasta hace poco el comandante del PacCom (la zona del
Pacífico), mantenía relaciones corteses con los chinos.
Se decidió que Pekín permitiría la adopción de una resolución
antiiraní puramente formal en el Consejo de Seguridad, pero que
la formulación de dicho texto no obstaculizaría en lo más mínimo
el comercio entre China y Irán.
El sabotaje
A primera vista,
parecía que todo estaba funcionando. Moscú y Pekín aceptaron el
papel de figurantes en Annapolis y votaron la resolución 1803
contra Irán. Mientras tanto, el presidente Ahmadinejad saboreó
su visita oficial a Bagdad, donde se reunió en secreto con el
jefe del estado mayor conjunto estadounidense, Mike Mullen, para
planificar la reducción de la tensión en Irak. Pero el tándem
Bush-Cheney, que no se daba por vencido, saboteó el bien
engrasado mecanismo en cuanto se le presentó la ocasión de
hacerlo.
Primeramente, la
conferencia de Moscú desapareció en las arenas movedizas de los
espejismos orientales incluso antes de lograr concretarse. En
segundo lugar, Israel se lanzó al asalto de Gaza y la OTAN
desplegó su flota frente a las costas del Líbano reactivando así
el incendio generalizado del Gran Medio Oriente, mientras que
Fallon se esforzaba por apagar los focos de incendio uno a uno.
En tercer lugar, la Casa Blanca, de costumbre tan dispuesta a
sacrificar a sus peones, se negó a abandonar a los Muyaidines
del Pueblo.
Exasperados, los rusos concentraron su propia flota al sur de
Chipre para vigilar los navíos de la OTAN y enviaron a Serguei
Lavrov de gira por el Medio Oriente, dándole la misión de armar
a Siria, al Hamas y al Hezbollah para reequilibrar el Levante.
Mientras tanto, los iraníes, furiosos ante el engaño,
estimulaban a la resistencia iraquí a retomar los ataques contra
los soldados estadounidenses.
Viendo sus esfuerzos
reducidos a cero, el almirante Fallon dimitió, lo cual era la
única vía que le quedaba de conservar su propio honor y su
credibilidad ante sus interlocutores. La entrevista de
Esquire, que se publicó dos semanas antes
[de su renuncia], no es otra cosa que un pretexto.
El momento de la
verdad
Durante las tres
próximas semanas, el tándem Bush-Cheney se jugará el todo por el
todo en Irak recurriendo al lenguaje de las armas. El general
David Petraeus intensificará a fondo su programa de
contrainsurgencia para presentarse victorioso ante el Congreso,
a principios de abril. Simultáneamente, la resistencia iraquí,
ahora con el apoyo simultáneo de Teherán, Moscú y Pekín,
multiplicará las emboscadas y tratará de matar la mayor cantidad
posible de soldados ocupantes.
Será entonces el
establishment estadounidense quien tendrá que sacar las
conclusiones de lo que suceda en el campo de batalla. O estima
que los resultados de Petraeus sobre el terreno son aceptables,
y el tándem Bush-Cheney termina entonces su mandato sin
problemas, o tendrá que castigar a la Casa Blanca para evitar el
espectro de la derrota y se verá obligado a retomar entonces, de
una u otra manera, las negociaciones que Fallon estuvo llevando
a cabo.
Simultáneamente,
Ehud Olmert interrumpirá las negociaciones iniciadas con el
Hamas a través de Egipto y calentará la región hasta la visita
de Bush, prevista para mayo.
Esta fiebre regional
debería redinamizar el dispositivo de Bush, tanto en lo tocante
a las inversiones en el sector militaro-industrial del fondo
Carlyle, al borde de la quiebra, como en lo que se refiere a la
campaña electoral de John McCain.
Visto desde
Washington ¿resulta realmente necesario seguir sacrificando las
vidas de los soldados estadounidenses en una guerra que ya ha
costado 3 billones de dólares y provocar el odio hacia Estados
Unidos, incluso entre sus más fieles partidarios, cuando este
conflicto sólo ha beneficiado a unas pocas sociedades
pertenecientes al clan Bush y a sus amigos?