Sandro Cruz:
Estados Unidos está en plena campaña presidencial.
Tres candidatos se mantienen en la pelea. ¿Cuál es su opinión sobre
ellos??
Thierry Meyssan:
En primer lugar, no se trata solamente de tres candidatos a la
nominación (McCain por la nominación de los republicanos, la señora
Clinton y Obama por la de los demócratas) ya que hay pequeños
partidos que también tienen sus propios candidatos [a la
presidencia] y algunos independientes pudieran presentarse en varios
Estados. En las elecciones de 2004 hubo 17 candidatos [a la
presidencia de Estados Unidos] pero los medios europeos sólo
hablaban de tres.
En 2008 habrá por lo menos un
candidato libertariano, uno verde y dos trotskistas («el de verdad»
Roger Calero y el «falso» Brian Moore, pagado por la CIA), un
prohibicionista (el pastor Gene Amondson), un representante del
partido de los contribuyentes (el ahora llamado Partido de la
Constitución) y un independiente (Ralph Nader).
Sin embargo, estos pequeños
candidatos no están autorizados a presentarse en la totalidad del
territorio [estadounidense] y no alcanzarán probablemente ni el 5%
de los votos. El republicano y el demócrata se embolsillarán los
votos. Por eso es que los medios no estadounidenses sólo se
interesan por McCain, Obama y la señora Clinton. Pero están
cometiendo un error porque, aún sin posibilidades de llegar a la
Casa Blanca, el activismo de los pequeños candidatos está calando en
la sociedad estadounidense y su influencia acaba haciéndose sentir
en el discurso político.
Usted me pregunta qué pienso de los
grandes candidatos, o sea qué cambio puede aportar a la política de
Estados Unidos la elección de cada uno de ellos en particular. Me
parece que la pregunta está al revés. Usted estará seguramente de
acuerdo en que el actual presidente, George W. Bush, no tiene la
capacidad necesaria para gobernar. Es una marioneta detrás de la
cual se esconde el verdadero poder. Si la política no se decide hoy
en día en la Oficina Oval, ¿por qué cambiaría eso el año que viene?
La oligarquía se encuentra ahora
ante un dilema:
. 1. Proseguir la actual política colonial
. 2. O volver a una forma de imperialismo más presentable.
Debido a la aceleración de la crisis financiera y los fracasos
militares, la continuación de la política aventurera puede conducir
a la caída, pero ¿cómo se vuelve alguien a atrás si no hay algo que
lo obligue directamente a hacerlo?
McCain
responde a la primera posibilidad de la alternativa y Obama a la
segunda. Pero Clinton se puede adaptar a cualquiera de las dos. Por
eso es que aún se le mantiene en la carrera cuando debía haberse
rendido desde hace rato. En realidad, luego de meses de luchas
intestinas, la oligarquía estadounidense acaba de tomar una
decisión. Como se ha visto con las actuales negociaciones y diversos
acuerdos de paz en Pakistán, Irak, Líbano, Siria y Palestina, EE.UU.
ha renunciado al «choque de civilizaciones» y al «rediseño del Gran
Medio Oriente».
(Obama, Clinton y McCain, a la derecha)
Obama tiene dos virtudes. Por un
lado, está haciendo su campaña sobre el tema del cambio y, por
consiguiente, puede encarnar fácilmente una renovación en política
exterior.
Por otro lado, la oligarquía mayoritariamente blanca prefiere dejar
en manos de un negro la responsabilidad de anunciar la bancarrota
del país y de tener que enfrentar las inevitables revueltas sociales
que vendrán después.
Sandro Cruz:
¿Puede explicarnos ahora cómo funciona esa elección,
ese sistema electoral?
Thierry Meyssan:
Es un rompecabezas que la mayoría de los ciudadanos no entiende.
Desde la fundación misma de Estados Unidos, se concibió
voluntariamente un sistema muy enredado y con el tiempo se fue
haciendo más complejo todavía. La Constitución de
los Estados Unidos se concibió en reacción a la
Declaración de independencia. El objetivo era detener un proceso
potencialmente revolucionario y crear una oligarquía nacional que
sustituyera a la aristocracia británica. Alexander Hamilton –el
principal padre de la Constitución– concibió un sistema para impedir
toda forma de soberanía popular: el federalismo.
Esa palabra es ambigua. En la vieja
Europa se utiliza para designar una forma de unión política
democrática que respeta las identidades de cada cual y mantiene
parcialmente varias formas de soberanía. Uno piensa, por ejemplo, en
la Confederación Helvética. Hamilton, por su parte, no concibió el
sistema de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo. No federó
comunidades locales para crear un Estado sino que dividió el Estado
utilizando comunidades locales. Esa ambigüedad fue lo que dio lugar
a la Guerra de Secesión (sobre la cual hay que recordar que no tuvo
nada que ver con la esclavitud, que fue abolida por el norte durante
la propia guerra para poder reclutar masivamente a los negros). (…)
Sandro Cruz:
Vamos a parar aquí… Se trata, en efecto, de un
sistema muy complejo y tenemos que ir despacio para explicarlo bien.
Me gustaría que esta entrevista quede como una especie de manual
para los profanos. Usted acaba de decir que: «No federó comunidades
locales para crear un Estado sino que dividió el Estado utilizando
comunidades locales.» Me cuesta trabajo entender la segunda parte de
esta frase. Como quiera que sea, alguien dirige esos Estados, y ese
alguien viene de una comunidad local. ¿Quién tiene entonces el poder
político en esos Estados? ¿Existe, a ese nivel, una verdadera
selección democrática?
Thierry Meyssan:
Para Alexander Hamilton, el miedo al «populacho» y el deseo de crear
una oligarquía estadounidense equivalente a la gentry británica eran
obsesiones. Con el tiempo su corriente política concibió todo tipo
de barreras para mantener al pueblo lejos de la política.
Como siempre, cada Estado dispone de
sus propias leyes. De forma general, el objetivo de esas leyes es
limitar la posibilidad de creación de un partido político y la
presentación de candidatos a las diferentes elecciones. En la
mayoría de las elecciones locales está prohibido presentarse [como
candidato] sin la investidura de un partido y en la práctica es
imposible crear un nuevo partido.
El sistema más caricatural es el de
Nueva Jersey donde hay que reunir al 10% de los electores para poder
crear un nuevo partido, condición que –como todo el mundo sabe– es
irrealizable y que impide definitivamente que los pequeños partidos
estadounidenses puedan abrir una sección en el Estado de Nueva
Jersey.
Se trata de un sistema totalmente
cerrado sobre sí mismo en el que, en definitiva, la vida política se
ve confiscada por los responsables de los dos grandes partidos
políticos al nivel de cada Estado. Es impensable poder desempeñar un
papel si no se logra antes ser cooptado por esa gente.
Volvamos a la elección presidencial.
Alexander Hamilton otorgó poderes a los Estados. Estos designan a
los llamados “grandes electores”, cuyo número se determina en
función de la población [de cada Estado]. Y son esos grandes
electores quienes eligen al presidente de Estados Unidos, no los
ciudadanos. En el siglo XVIII ningún Estado consultaba a la
población en ese sentido, hoy cada Estado realiza una consulta. En
2001, cuando Al Gore recurrió a la Corte Suprema ante el fraude
electoral de la Florida, la Corte recordó la
Constitución: quien designa a los grandes electores es el
gobernador de la Florida, no la población de la Florida, y
Washington no puede inmiscuirse en los problemas internos de la
Florida.
Hay que entender que Estados Unidos
no es, ni ha sido nunca, ni quiere ser un Estado democrático. Es un
sistema oligárquico que concede gran importancia a la opinión
pública como medio de prevenir una revolución. Con muy raras
excepciones, como Jessie Jackson, ningún político estadounidense
pide que se reforme la Constitución y que se
reconozca la soberanía popular. Por eso es particularmente cómico
oír al señor Bush anunciar que va a «democratizar» el mundo en
general y el Gran Medio Oriente en particular.
Sandro Cruz:
Precisemos, por favor. ¿Los electores y los grandes
electores son la misma gente? ¿Son los mismos dirigentes del
partido?
Thierry Meyssan:
No, no. Aquí hay una confusión que tiene que ver con el idioma. En
un sistema electoral de dos niveles, la terminología de las ciencias
políticas establece una diferencia entre electores de base y grandes
electores. En Estados Unidos, sin embargo, la palabra «elector» se
aplica únicamente a los grandes electores ya que durante los
primeros decenios de Estados Unidos el pueblo no participaba en las
consultas electorales.
Así que quien elige al presidente de
Estados Unidos es un «Colegio de Electores» de 538 miembros. Cada
Estado dispone de una cantidad de grandes electores similar a la
cantidad de escaños que le tocan en el Congreso (entre diputados y
senadores). Las colonias, como Puerto Rico o la isla de Guam, están
excluidas de ese proceso.
Cada Estado establece sus propias
reglas para designar a los grandes electores. En la práctica se
trata de armonizar esas reglas entre sí. Hoy en día todos los
Estados –menos los de Maine y Nebraska que han inventado sistemas
complejos– consideran que los grandes electores representan a la
mayoría de la población.
En caso de que los [votos de los]
grandes electores no arrojen una mayoría y se produzca un empate
entre dos candidatos, es la Cámara de Representantes quien elige al
presidente y el Senado elige al vicepresidente.
Sandro Cruz:
¿Las primarias permiten o no a los electores escoger
los candidatos? ¿Cuál es el papel de los superdelegados?
Thierry Meyssan:
Las primarias y convenciones tienen dos objetivos. Desde el punto de
vista interno, permiten tomar el pulso de la opinión pública y
evaluar hasta dónde se le puede forzar la mano. En el plano externo,
ofrecen al resto del mundo la ilusión de que esta oligarquía es una
democracia.
A menudo se piensa que las primarias
permiten evitar los trucos de la alta dirigencia y que permiten que
los militantes de base de los grandes partidos escojan al candidato.
Nada de eso. ¡No son los partidos políticos los que organizan las
primarias sino el Estado local! Están concebidas, conforme a lo que
quería Hamilton, para garantizar el control oligárquico del sistema
y cerrarle el paso a las candidaturas disidentes.
Cada Estado tiene sus propias reglas
para la designación de sus delegados a las Convenciones federales de
los partidos. Hay seis métodos principales y, además, otros métodos
mixtos. A veces hay que tener un carnet de miembro del partido para
poder votar, a veces los simpatizantes pueden votar junto a los
militantes, a veces todos los ciudadanos pueden votar en las
primarias de los dos partidos, a veces todos los ciudadanos pueden
votar solamente en la primaria del partido que ellos mismos escojan,
a veces los dos partidos realizan una primaria común de una sola
vuelta, otras veces son a dos vueltas. Existen todas las
combinaciones posibles de todos esos métodos. Cada primaria, en cada
Estado, tiene por tanto un sentido diferente.
Y también hay Estados que no tienen
primarias sino caucus. Por ejemplo, en Iowa se organizan escrutinios
totalmente distintos en cada uno de sus 99 condados, donde se eligen
delegados locales, que a su vez realizan primarias de segundo grado
para elegir a los delegados que irán a las Convenciones nacionales.
Es exactamente lo mismo que el sistema del supuesto «centralismo
democrático» que tanto gusta a los estalinistas.
Tradicionalmente este circo comienza
en febrero y dura 6 meses. Pero este año el Partido Demócrata
modificó su calendario. Adelantó el comienzo del proceso y quiso
repartir las fechas para que la diversión durara durante todo el
año. Esa decisión unilateral no fue fácil de aplicar y provocó mucho
desorden ya que, repito, no son los partidos los que organizan las
primarias y los caucus, sino los Estados.
Al final [del proceso] los delegados
se reúnen en la Convención de su partido. En ese momento se unen a
ellos los superdelegados, que –contrariamente a lo que esa
denominación parece indicar– no son delegados de nadie. Son miembros
por derecho propio, o sea notables y cuadros dirigentes partidistas.
Los superdelegados representan a la oligarquía y son lo
suficientemente numerosos como para inclinar la balanza en un
sentido o en otro, pasando por alto el resultado de las primarias y
los caucus. Serán el 20% de los participantes en la convención
demócrata y casi el 25% en la convención republicana (aunque esta
última no será más que una formalidad ya que McCain es el único que
queda).
Sandro Cruz:
¿Para qué sirven las primarias y los caucus por
Estados? ¿Cómo interpretarlos?
Thierry Meyssan:
Acabo de demostrarle que no sirven para nada. Por lo menos en lo
tocante a la designación de los candidatos. Pero ese gran show
permite reducir casi a cero la conciencia política de los
estadounidenses. Los grandes medios de prensa nos mantienen en vilo
con el conteo de delegados y de donaciones. Ahora se habla de la
«carrera» por la Casa Blanca y de records, como si fuera un maratón
televisivo o la Star Academy.
Se mantiene artificialmente un
«suspenso» para poder captar la atención de la multitud y remachar
un mensaje la mayor cantidad posible de veces. ¿Ha observado la
cantidad de veces que los grandes medios de prensa nos han anunciado
que este martes era decisivo? Pero cada vez se produce un resultado
inexplicable que permite que el candidato en apuros se mantenga en
la competencia para poder continuar con el show. En realidad el
espectáculo está arreglado. En 17 Estados se instalaron máquinas de
votar que no ofrecen ninguna posibilidad de verificar los resultados
del voto electrónico. Sería preferible no votar y dejar que los
candidatos se las arreglen ellos solos para inventar los resultados.
Todo eso viene acompañado de
mensajes subliminales bastante dudosos. Por ejemplo, McCain escogió
como slogan la «defensa de la libertad y de la dignidad», que él
expresa como la libertad religiosa y la abolición de la esclavitud.
Cuesta trabajo creer que sean esas las preocupaciones fundamentales
del ciudadano de a pie. ¿A quién se dirige entonces ese slogan?
La señora Clinton proclama «Cada cual en su lugar». Ella quiere
decir que, si ella estuviera en el poder nadie quedaría abandonado.
Pero también significa que la gente tiene que mantenerse en su lugar
y que no debe tratar de cambiar [ese lugar] o meterse en los asuntos
de la oligarquía.
Obama, por su lado, aparece con el slogan «Change» escrito en su
tribuna. Eso quiere decir que Estados Unidos necesita un cambio,
pero también recuerda un buró de cambio. En inglés la palabra «change»
designa la moneda que le devuelven a uno. En plena crisis financiera
eso distrae bastante.
Sandro Cruz:
En un reciente artículo usted escribió que el
presidente de Estados Unidos siempre es un hombre del complejo
militaro-industrial. Desde ese punto de vista, ¿cree usted que John
McCain resultará electo?
Thierry Meyssan:
De nuevo está planteando la interrogante al revés. Los tres
principales candidatos en disputa están dando cada vez más señales
de lealtad al complejo militaro-industrial. Es una subasta en la
que, efectivamente, McCain no necesita probar nada, pero sus
competidotes no se quedan detrás. Así pudimos oír a Obama ofrecerse
para bombardear Pakistán y, hace unos días, Clinton amenazó a Irán
con «borrarlo» del mapa mediante el fuego nuclear. ¿Quién da más?
Al cabo de meses de campaña, estos
tres candidatos han llegado a un consenso absoluto sobre las
principales cuestiones de política exterior y de defensa:
. Ellos consideran que la defensa de Israel constituye un objetivo
estratégico de Estados Unidos;
. no tienen ningún plan de salida de
Irak;
. presentan a Irán y al Hezbollah libanés como amenazas importantes
para la estabilidad internacional.
Sin embargo, existe una diferencia
entre estos candidatos y reside en el debate que acaba de cerrarse
en el seno del complejo militaro-industrial. McCain y su consejero
Kissinger sostienen el principio de enfrentamiento directo
mientras que Obama y su consejero
Brzezinski proponen un dominio [estadounidense] a través
de representantes. Clinton y su consejera Albright encarnan un
imperialismo normativo que ya resulta obsoleto. En Voltairenet.org
yo escribo a menudo sobre ese debate estratégico (sobre todo cuando
el informe de las agencias de inteligencia sobre Irán y la renuncia
del almirante Fallon) y es precisamente de ese debate que depende la
designación del próximo presidente.
En el artículo que usted cita yo
señalé que el complejo militaro-industrial no tenía confianza en
Clinton. Sigo teniendo la misma opinión. Su temática o posición ya
no le interesa a la industria del armamento. Y por más esfuerzos que
haga la Sra. Clinton, ya sea su participación secreta en la
Fellowship Foundation o sus declaraciones maximalistas o amenazantes
sobre Irán, no van a modificar eso. En el momento en que usted me
hace estas preguntas decir que «Clinton está frita» no es nada
nuevo. Ese era el titular de un diario de Nueva York la semana
pasada. Pero yo lo escribí cuando la prensa europea todavía la tenía
en un pedestal.
No debemos dejarnos llevar por las
problemáticas que nos imponen los grandes medios de prensa. No
cambia gran cosa saber si Estados Unidos mantendrá, con McCain como
presidente, 100 000 soldados y 200 000 mercenarios en Irak o si, con
Obama, disminuiría la cantidad de soldados y aumentaría la de
mercenarios. Lo importante es saber si Estados Unidos cuenta todavía
con los medios que exigen sus ambiciones y si puede gobernar el
mundo –como aún pretenden los neoconservadores– o si están minados
desde adentro y tienen que renunciar a su sueño imperial para evitar
el derrumbe –como ya explicó la Comisión Baker-Hamilton. Lo cierto
es que la vertiginosa caída del dólar marcó el fin del imperio. Hace
10 años, con 8 dólares se compraba un barril de petróleo. Ahora se
necesitan 135 dólares y dentro de dos meses probablemente se
necesitarán 200. Además, la desbandada de las milicias del clan
Hariri, que huyeron dejándole el campo de batalla al Hezbollah –en
pocas horas y tirando sus armas a la basura–, demuestra que ya no es
posible recurrir a los subcontratistas para garantizar los servicios
de policía del imperio.
En esas condiciones, McCain no
ofrece ya ningún interés para la oligarquía. Obama y Brzezinski son
los únicos portadores de un proyecto alternativo: salvar el imperio
privilegiando la acción secreta (poco costosa) por encima de la
guerra (demasiado onerosa).
Sandro Cruz:
Efectivamente, es muy sorprendente ver que Barak
Obama, quien afirma querer un cambio en la sociedad estadounidense,
ha escogido como consejero a Brzezinski, cuando se sabe que este
último es un ideólogo que está implicado en sórdidas operaciones
secretas: golpes de Estado, sabotajes y otras acciones criminales.
Thierry Meyssan:
Yo me encontré con
Zbignew Brzezinski, hace très semanas [1], lo
oí desarrollar un discurso ya perfectamente probado sobre la
renovación estadounidense. Él condenó todos los excesos visibles de
la política bushiana, desde Guantánamo hasta Irak, y hábilmente
recordó sus propios éxitos contra la Unión Soviética.
No creo, sin embargo, que el próximo
presidente de Estados Unidos tenga la oportunidad de aplicar una
nueva «gran estrategia». Ya es demasiado tarde. Barak Obama tendrá
que enfrentar la cesación de pagos de varios Estados, que no podrán
seguir pagando los salarios de sus propios funcionarios ni
garantizar los servicios públicos. Estará demasiado ocupado con el
caos interno como para poder realizar los planes de
Brzezinski.