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060711 -
RedVoltaire
- Thierry Meyssan nos envía un texto muy diferente a los que
acostumbra a entregarnos. No se trata esta vez del frío análisis
de una situación geopolítica sino que nos relata hechos de los
que ha sido testigo. Nos narra la historia de su amigo Khaled K.
Al-Hamedi, una historia de sangre y de horror con la
OTAN como protagonista del regreso a la barbarie.
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La International
Organization for Peace, Care and Relief (IOPCR) es una
institución muy activa en países como Argelia,
Irán,
Sudán y
Palestina. Su trabajo consiste en
auxiliar a las víctimas de catástrofes y conflictos armados.
Muchos reconocimientos le ha valido su ejemplar acción en
Gaza y Cisjordania. En esta imagen,
Khaled el-Hamedi recibe la medalla al valor de manos del primer
ministro Ismail Haniyeh. También fue condecorado por
Mahmud Abbas. |
Era una fiesta familiar como tantas otras que se
celebran en Libia. Toda la familia se había reunido para
celebrar el tercer cumpleaños del pequeño Al-Khweldy. Sus
abuelos, sus hermanos y hermanas, sus primos y primas se
agolpaban en la propiedad familiar situada en Sorman, 70
kilómetros al oeste de la capital libia, un amplio terreno donde
los miembros de la familia habían ido construyendo sus casas,
pequeñas, sobrias, de un solo piso.
(Ver:
El festín
sangriento de la OTAN)
Sin lujos superfluos, en un entorno caracterizado por la
sencillez de la gente del desierto, rodeado de un ambiente de
calma y unión, el abuelo, el mariscal Al-Khweldy Al-Hamedi,
criaba sus pájaros. Es un héroe de la Revolución. Participó en
el derrocamiento de la monarquía y la liberación del país de la
explotación colonial. Todos están orgullosos de él. Su hijo,
Khaled Al-Hamedi, presidente de la IOPCR, una de las
organizaciones humanitarias más importantes del mundo árabe,
criaba ciervas en aquel mismo lugar. Unos 30 niños correteaban y
jugaban en medio de los animales.
Los presentes estaban inmersos también en los preparativos de la
boda de Mohamed, hermano de Khaled, que se encontraba en el
frente luchando contra los mercenarios extranjeros dirigidos por
la
OTAN. La ceremonia iba a celebrarse en aquel mismo lugar,
unos días más tarde. La novia se veía radiante.
Nadie se percató de que, entre los invitados, se había
infiltrado un espía. Parecía estar enviando mensajes a sus
amigos a través de Twitter. En realidad, había situado varios
dispositivos de referencia dentro de la propiedad y estaba
utilizando la red social para vincularlos al cuartel general de
la
OTAN.
Al día siguiente, en la noche del 19 al 20 de junio de 2011,
hacia las 2:30 de la mañana, Khaled está regresando a su casa
después de haber visitado y prestado auxilio a grupos de
compatriotas que huían de los bombardeos de la
OTAN. Se halla lo suficientemente cerca de su casa como para
oír el silbido de los misiles y las explosiones.
La OTAN utilizó en total 8 misiles, de 900 kilogramos cada uno.
El espía había situado en cada una de las casas dispositivos que
debían servir de guía a los misiles, precisamente en las
habitaciones de los niños. Los misiles cayeron en intervalos de
unos pocos segundos. Los abuelos tuvieron tiempo de salir de su
casa, pero ya era tarde para salvar a los hijos y los nietos.
Cuando el último misil alcanzó su propia casa, el mariscal tuvo
el reflejo de proteger a su esposa con su cuerpo. Acababan de
pasar la puerta hacia el exterior y la onda expansiva los lanzó
a los dos a unos 15 metros del lugar de la explosión. Los dos
sobrevivieron.
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La casa de la familia Al-Hamedi,
bombardeada por la
OTAN.
© Franklin Lamb / Red Voltaire |
A su llegada, Khaled no encuentra más que desolación. La mujer a
la que tanto amó y que portaba un nuevo hijo en su vientre había
desaparecido. Sus hijos, por los que hubiese estado dispuesto a
hacer cualquier sacrificio, murieron despedazados por las
explosiones o aplastados por el derrumbe de los techos.
(Ver:
La OTAN y el modelo de
guerra global)
Cada una de las casas es ahora un montón
de ruinas. Doce cuerpos destrozados yacen bajo los escombros.
Varias ciervas alcanzadas por la metralla agonizan en su corral.
Los vecinos que corrieron al lugar buscan en silencio algún
signo de vida entre los escombros. Pero no hay esperanza. Los
niños no tenían la más mínima posibilidad de escapar al impacto
de los misiles. Logran recuperar el cadáver decapitado de un
bebé. El abuelo recita el Corán. Su voz es firme. No llora. El
dolor es demasiado profundo.
En Bruselas, los voceros de la
OTAN dicen haber bombardeado la sede de una milicia
favorable a
Gadafi para proteger a la población civil de la represión
del tirano.
Nadie sabe cómo se planificó aquello en el seno del Comité de
Objetivos. Tampoco se sabe cómo siguió el Estado Mayor el
desarrollo de la operación. La
OTAN, sus pulcros generales y sus diplomáticos adeptos del
pensamiento correcto decidieron asesinar a los niños de las
familias de los líderes libios como recurso psicológico para
quebrantar su resistencia.
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Khaled Al-Hamedi ante las tumbas
de sus hijos y de su esposa.
© Franklin Lamb / Red Voltaire |
Desde el siglo XIII, los teólogos y juristas europeos prohíben
el asesinato de familias. Es este un principio de base de la
civilización cristiana. Sólo la mafia ha sido capaz de ignorar
ese tabú… la mafia y, ahora, la
OTAN.
El 1º de julio, en momentos en que 1,7 millones de personas
participaban en Trípoli en una manifestación a favor de la
defensa de su país contra la agresión extranjera, Khaled se fue
al frente para socorrer a los heridos y refugiados. Varios
francotiradores lo estaban esperando y trataron de matarlo. Fue
gravemente herido pero, según los médicos, ya está fuera de
peligro.
La
OTAN no ha terminado su trabajo sucio.
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