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230711 - La
Coalición de Voluntarios intervino en
Libia para salvar a la población civil de la represión del
tirano
Gaddafi. Cuatro meses más tarde, las muchedumbres libias han
abandonado el territorio liberado de Bengasi y se agolpan en
gigantescas manifestaciones contra la intervención de la
OTAN. Esa inesperada realidad ha dejado sin estrategia a las
fuerzas de la alianza atlántica. Los italianos empiezan a
retirarse y los franceses buscan una salida.
111 días después del inicio de la intervención de
la Coalición de Voluntarios en Libia no se vislumbra aún ninguna
solución militar y los expertos señalan unánimemente que de no
producirse un golpe de suerte inesperado a favor de la
OTAN o el asesinato de
Muammar el Gaddafi, el tiempo corre a favor del gobierno
libio.
(Ver:
Dividir Libia y robar su petróleo)
El 7 de julio, el consejo de ministros de
Italia redujo a la
mitad la participación de su país en el esfuerzo de guerra y
retiró su portahelicópteros. El jefe del gobierno italiano,
Silvio Berlusconi, declaró incluso que siempre estuvo en contra
de ese conflicto pero que el parlamento lo había obligado a
participar.
El 10 de julio, el ministro de Defensa de
Francia, Gerard
Longuet, mencionó una solución política con una salida de
Gaddafi «hacia otra ala de su palacio y con otro
título». Como ya no hay palacio, es evidente que la primera
condición es puramente formal. En cuanto a la segunda, nadie
entiende su sentido, lo cual indica que se trata simplemente de
una salida puramente semántica.
Las estructuras sociales y políticas existentes en Libia son
fruto de la cultura local y resultan de difícil comprensión para
muchos occidentales. Libia dispone de un sistema unicameral de
democracia participativa que funciona de forma notablemente
eficaz a nivel local y se complementa con la existencia de un
foro tribal, que no constituye una segunda cámara o una especie
de senado ya que no dispone de poder legislativo, sino que
integra la solidaridad entre los diferentes clanes dentro de la
vida política. Ese dispositivo se completa con la figura del
«Guía», que no dispone de ningún poder legal sino de una
autoridad moral. Nadie está obligado a prestarle obediencia,
pero la mayoría lo hace, como lo haría con el cabeza de familia,
aunque nada los obliga a ello.
Se trata, en conjunto, de un sistema político apacible en el que
la gente no expresa temor hacia la policía, fuera de los
momentos caracterizados por intentonas golpistas o durante el
motín de la cárcel de Abou Salim (1996), hechos que fueron
reprimidos de manera particularmente sangrienta. Esos elementos
de juicio permiten percibir lo absurdo de los objetivos de
guerra de la Coalición de Voluntarios.
(Ver:
Gaddafi: entre León del
desierto y perro rabioso)
Oficialmente, [la Coalición de Voluntarios] interviene en
respuesta al llamado del
Consejo de
Seguridad de la ONU y para proteger a las víctimas civiles
de una represión masiva. Hoy en día, sin embargo, los libios
tienen la certeza de que nunca existió la represión y de que la
fuerza aérea libia nunca bombardeó ningún barrio de Bengasi ni
de Trípoli. El sector de la población libia que en algún momento
creyó esas noticias, divulgadas por los canales internacionales
de televisión, ha cambiado de parecer. La población, que
generalmente tiene parientes y amigos dispersos a todo lo largo
y ancho del país, ya ha tenido tiempo de informarse sobre la
situación de estos y ha llegado a la conclusión de que todo no
fue más que un engaño.
Sobre ese tema, como sucede con muchos otros, el mundo se divide
actualmente entre los que creen la versión estadounidense y los
que no creen en ella. En lo que me concierne, yo estoy
residiendo en este momento en Trípoli, específicamente en el
barrio considerado hostil a
Muammar el Gaddafi y que supuestamente fue bombardeado por
la aviación libia por haberse sublevado en el primer momento. Y
soy testigo de que, con excepción de un automóvil quemado, no
existe aquí ningún indicio de tales incidentes. Los únicos
inmuebles bombardeados aquí son edificios oficiales destruidos
posteriormente por los misiles de la
OTAN.
En todo caso, los principales líderes de la
OTAN también han mencionado públicamente otro objetivo de
esta guerra, con el que algunos miembros de la coalición no
parecen estar de acuerdo. Ese objetivo es obtener la renuncia de
Muammar el Gaddafi, el «cambio de régimen». Aparece así una
confusión imposible de desentrañar. Por un lado, esa exigencia
no tiene absolutamente ninguna base jurídica a la luz de las
resoluciones adoptadas en la
ONU y no tiene tampoco nada que ver con el objetivo
oficialmente anunciado de garantizar la protección de la
población reprimida. Por otro lado, exigir la renuncia de
Muammar el Gaddafi carece además de todo sentido porque
Muammar el Gaddafi no ejerce ninguna función institucional
sino que goza únicamente de una autoridad moral implícita en
estructuras de carácter social, no de carácter político.
En definitiva, ¿con qué derecho se oponen los miembros de la
OTAN al proceso democrático y deciden en lugar del pueblo
libio la exclusión de uno de sus líderes?
Tal confusión confirma, por demás, que esta guerra responde a
móviles no confesados, móviles que no comparten todos los
miembros de la Coalición de Voluntarios.
El principio mismo de un ataque simultáneo contra Libia y Siria
fue adoptado por el poder estadounidense durante la semana que
siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Fue
expuesto públicamente por primera vez por el entonces secretario
de Estado adjunto, John Bolton, en su discurso del 6 de mayo de
2002, titulado «Más allá del Eje del Mal». Fue confirmado por el
general Wesley Clark, el 2 de marzo de 2007, en una célebre
entrevista concedida a la televisión. El ex comandante de la
OTAN presentó en aquella entrevista la lista de Estados que
en los próximos años serían blancos de los ataques de Estados
Unidos.
Los discípulos de Leo Strauss [1] tenían previsto atacar
inicialmente Afganistán, Irak e Irán en el marco del «rediseño
del Medio Oriente ampliado». Después, en una segunda fase,
tenían previsto atacar Libia, Siria y el Líbano para extender el
proceso y rediseñar también el Levante y el norte de África.
Posteriormente, en una tercera fase, se producirían ataques
contra Somalia y Sudán para remodelar el este de África.
Razones de evidente índole militar motivaron la posposición del
ataque contra Irán y se decidió entonces pasar directamente a la
Fase II, sin vínculo con los acontecimientos reales o
imaginarios de Bengasi. La Coalición de Voluntarios se ve así
arrastrada a un proceso que no deseaba y que, por demás, le
queda grande.
La estrategia trazada por Estados Unidos y puesta en práctica
por Francia y el Reino Unido –inmersos en una alianza que
recuerda los tiempos de la expedición de Suez– se basaba en un
análisis particularmente detallado del sistema tribal libio.
Sabiendo que los miembros de algunas tribus –principalmente los
Warfallah– han sido apartados de los cargos de responsabilidad,
como resultado del fallido golpe de Estado de 1993, la
OTAN explotaría las frustraciones de esas figuras, las
armaría y las utilizaría para derrocar el régimen e instalar un
gobierno prooccidental.
Berlusconi afirma que
Sarkozy y Cameron indicaron en una reunión de los aliados,
el 19 de marzo, que «la guerra se terminaría cuando se
produjera, como se espera, una revuelta de la población de
Trípoli contra el régimen actual».
(Ver:
Operación Sarkozy: Cómo la
CIA puso uno de sus agentes en la presidencia de la República
Francesa)
Esa estrategia alcanzó su apogeo, el 27 de abril, con el llamado
de 61 jefes tribales a favor del Consejo Nacional de Transición.
Hay que señalar que en ese documento ya no se habla de masacres
atribuidas al «régimen» en Bengasi y Trípoli sino de la supuesta
intención de cometerlas. Los firmantes no agradecen a Francia y
a la Unión Europea haber detenido una masacre ya desatada sino
haber impedido una carnicería anunciada.
A partir de ese llamado, de manera constantemente y sin
interrupción, las tribus de la oposición volvieron a unirse al
gobierno de Trípoli y sus jefes incluso viajaron a la capital
libia para expresar públicamente su apoyo a Gaddafi. Ese proceso
ya había comenzado en realidad mucho antes y se manifestó
públicamente el 8 de marzo, cuando el «Guía» recibió el homenaje
de los jefes de tribus en el hotel Rixos, rodeado de los
periodistas occidentales, que incluso sirvieron entonces de
escudos humanos, absortos ante aquella nueva provocación.
La explicación es muy sencilla. La oposición interna a
Muammar el Gaddafi no tenía motivo alguno para derrocar el
régimen antes de los acontecimientos de Benghazi. El llamado del
27 de abril se basó en noticias que los firmantes consideran hoy
simples mentiras. Partiendo de ese hecho, estos fueron
expresando uno a uno su apoyo al gobierno nacional en la lucha
contra la agresión extranjera.
Conforme a la cultura musulmana, los rebeldes que han probado su
buena fe fueron automáticamente perdonados e incorporados a las
fuerzas nacionales.
No es relevante para nuestro análisis el determinar si la
represión del régimen de
Muammar el Gaddafi es una realidad histórica o un mito de la
propaganda occidental. Lo importante es saber lo que piensan en
este momento los libios en su condición de pueblo soberano.
Es importante observar aquí la correlación de fuerzas en el
plano político. El Consejo Nacional de Transición (CNT) no ha
sabido dotarse de una base social. Bengasi, su capital
provisional, era una ciudad de 800 000 habitantes.
En febrero, cientos de miles de esos habitantes celebraron su
creación. En este momento, la «ciudad liberada por los rebeldes»
y «protegida por la
OTAN» es en realidad un pueblo fantasma que sólo cuenta
algunas decenas de miles de habitantes, a menudo personas que
carecen de medios para abandonar la ciudad. Los habitantes de
Bengasi que no han huido de los combates han huido del nuevo
régimen.
En Trípoli, mientras tanto, el «régimen de
Muammar el Gaddafi» logró movilizar 1,7 millones de personas
durante la manifestación del 1º de julio y ha emprendido la
organización de manifestaciones regionales todos los viernes. La
semana pasada más de 400 000 personas participaron en la
manifestación de Sabha, en el sur de Libia, y se espera una
manifestación similar el viernes próximo en Az Zawiyah, en el
oeste. Hay que precisar que se trata de manifestaciones de
condena contra la
OTAN, que ha matado más de un millar de libios, que está
destruyendo la infraestructura no petrolera del país y que ha
cortado las vías de suministro imponiendo al país un bloqueo
naval.
(Ver:
AFRICOM: La nueva versión neocolonial)
Las manifestaciones se articulan alrededor del respaldo al
«Guía» como líder anticolonialista, aunque no implican
necesariamente una aprobación a posteriori de todos los aspectos
de su política.
En definitiva, el pueblo libio ha hablado. Los libios no creen
que la
OTAN quiera protegerlos sino que está tratando de conquistar
el país. Y estiman que es
Muammar el Gaddafi quien los está protegiendo ante la
agresión de Occidente. En esas condiciones, la
OTAN se ha quedado sin estrategia. Y no tiene «Plan B», nada
de nada.
Las deserciones en el bando del Consejo Nacional de Transición
son tan numerosas que, según la mayoría de los expertos, las
«fuerzas rebeldes» no pasan de 800 o 1 000 combatientes,
ciertamente armados hasta los dientes por la alianza atlántica,
pero incapaces de desempeñar un papel importante sin apoyo
popular. Es probable que los comandos de las fuerzas especiales
desplegados por la
OTAN en suelo libio sean más numerosos que los combatientes
libios que dirigen.
La retirada italiana y las declaraciones del ministro de Defensa
de Francia no
tienen nada de sorprendentes. A pesar de su poder de fuego, sin
equivalente en la historia, las fuerzas de la
OTAN han perdido esta guerra. No en el plano militar, claro
está, sino porque olvidaron que «la guerra es la continuación de
la política con otros medios» y porque se equivocaron en el
plano político.
Los alaridos de Washington, que regañó inmediatamente al
ministro francés y se niega a reconocer los hechos, no cambiarán
la realidad.
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