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Un segundo 11-S en cámara lenta
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020409 - Bomba sucia económica estalla en Nueva York

A una cuadra de mi apartamento, en un trozo relativamente familiar, de relativo bajo nivel adquisitivo de Broadway, se elevaron dos flamantes torres de apartamentos precisamente cuando los buenos tiempos terminaban en Nueva York. Al pasar por la torre al lado oeste de Broadway cada mañana, veo en uno de los ponderosos escaparates en la masiva planta baja el mismo eterno mensaje en letras blancas sobre un fondo rojo vivo: “Instálate en el centro de la porción en más rápida expansión de la próspera Upper West Side."

Sucesivos escaparates aseguran a cualquier arrendatario potencial que este espacio para ventas al detalle (¡1.000 metros cuadrados disponibles! ¡34 metros de frente! ¡9 metros de cielo raso! ¡Múltiples configuraciones posibles!) está convenientemente ubicado a sólo “pasos de la estación de metro de la Calle 96, que atiende a 11 millones de usuarios por año.”

Pero el anzuelo oculto es: Ese edificio fue completado a fines del año 2007 y sin embargo, si uno mira a través de una ventana hacia su oscuro interior, no se ve otra cosa que un espacio lúgubre de hormigón, columnas, y tuberías. Al otro lado de Broadway, lo mismo vale para la torre gemela.

El otrora esperanzado panegírico para un vecindario “en expansión” y “próspero” vecindario parece ahora un anuncio de una era perdida. Esos letreros, que ya parecían extrañamente desesperados sólo meses antes de que nuestro mundo comenzara su catástrofe económica generalizada, parecen ahora mensajes en una botella que llega flotando de a. de C.: antes del Colapso.

Y los problemas tampoco se limitan a edificios nuevos, a juzgar por la creciente cantidad de rejas y persianas metálicas cerradas a mediodía frente a negocios, todo ese papel marrón que cubre los interiores de las ventanas, y los omnipresentes letreros “se arrienda” o “se alquila” que pregonan “espacio para venta al detalle” con los nombres, números de teléfono, y sitios en Internet de agentes inmobiliarios.

No había prestado mucha atención a nada de esto hasta que, mientras iba atrasado una húmeda tarde hace cerca de un mes, y necesitaba un trozo de carne para la cena, decidí detenerme en la carnicería Oppenheimer, a sólo tres cuadras de casa. Había comprado allí regularmente hasta que llegó un nuevo propietario, y el hábito desapareció poco a poco. El negocio todavía tenía su marquesina ("Oppenheimer, establecido en 1964, Carnes de primera y mariscos” y el mismo orgulloso alarde de “Bistés y chuletas cortados a pedido, asados listos para el horno, carnes recién molidas, productos de estación,” pero no se podía dejar de ver el letrero “espacio para venta al detalle disponible” en la vitrina, y cuando acerqué mi cara al cristal, el interior del negocio estaba vacío.

Sorprendido, volví a casa y dije a mi mujer: “¿Sabías que cerró Oppenheimer's?" Me respondió como lo más normal del mundo: “Eso fue hace meses.”

Bueno, así soy yo, con pocas probabilidades de ganar un premio por mi percepción de mi entorno. A pesar de todo, pronto me vi, cuaderno en mano, caminando por el vecindario y mirando. Mirando de verdad. Ahora bien, en Nueva York, no hay nada extraño en que los pequeños negocios cierren, o que se construyan edificios. Es una ciudad que, desde su nacimiento, se ha desguazado a sí misma regularmente.

Lo que es extraño en mi experiencia – neoyorquino de nacimiento y educación – es que fachadas de negocios, una vez vaciadas, no sean repobladas rápidamente.

Broadway a plena luz del día se ve cada vez más como una preparación para una excavación arqueológica. Esas fachadas de negocios con calcomanías desteñidas (“Clasificada en Zagat”) y sus viejos letreros parecen dientes faltantes en una boca. En una ciudad en la que una sección de Broadway fue otrora conocida como la Gran Vía Banca por su despilfarrador uso de electricidad, y donde todo normalmente fulgura a toda hora, esos espacios comerciales muertos parecen otros tantos pequeños agujeros negros. Si uno se pierde por las calles equivocadas – Broadway es difícilmente la peor – Nueva York puede parecer una visión de la que se ha apoderado el Infierno, no como fuego, sino como oscuridad que lentamente sofoca la vida.

Un paseo por el vecindario

Quisiera llevarlos, por lo tanto, a un pequeño tour de la nueva imagen de mi vecindario. A lo largo de las diez cuadras más cercanas a mi casa, los bancos (con una excepción), los restaurantes de comida rápida

(Subway, Dunkin' Donuts, Blimpie), y sobre todo los drugstores de cadena que se acumulan en las calles sucesivas (Rite Aid, Walgreens, Duane Reade) todavía existen. Son los sitios pequeños los que parecen caer como moscas.

Y ahora subimos esos peldaños del metro en 96 donde hay una filial vacía de WaMu (Washington Mutual Bank, colocada en administración judicial por la Corporación de Seguro Federal para Depósitos [FDIC, por sus siglas en inglés] en septiembre de 2008 y vendida rápidamente a JP Morgan). Ahora, vamos caminando por el lado este de Broadway, pasamos Citibank en la 96 y Bank of America en la esquina de 97, hasta que llegamos al pequeño Alpine Sound Electronics, o el cascarón de lo que fuera, donde solía comprar mis baratos relojes a prueba de agua para mi chapuzón diario en la YMCA. Ahora desapareció, aunque un enfático letrero “venta, venta, venta, venta, venta” en la puerta recuerda sus últimos momentos.

Utilicemos un segundo más y veamos al otro lado de la calle, donde a media cuadra sigue existiendo una marquesina que anuncia “Decoración para el hogar marroquí e india… Aromaterapia… Regalos exóticos”, pero con un letrero “Negocio se arrienda” en la vitrina y un interior desolado – un par de estanterías destartaladas, una sola silla, una bolsa de basura negra llena a medias, y una escoba. Al lado hay (o había) una pequeña tienda de ropa para niños. Su toldo a rayas tiene ahora un inmenso agujero al centro como si hubiera caído un misil, aunque su vitrina todavía dice: “Hecha en la ciudad de Nueva York… ¡disfrutada en todo el mundo!” Ya no tanto.

Pero no nos demoremos. Seguimos y pasamos la calle 98, pasando frente a esa carnicería sin carnes, pero noto, junto a ella, otro hueco, el cascarón que albergaba un pequeño bar y restaurante, Vinacciolo, que apareció y desapareció. Sólo quedan dos mesas largas, estrechas y vacías sobre un suelo cubierto de basura.

Ahora, estamos casi en la calle 100, pasando esas dos torres con sus fachadas no alquiladas y, al lado este de la calle, la fachada clásica del antiguo cine Metro, cerrado para construir una torre, y todavía vacío. Los cristales rotos de la boletería, protegidos con contrachapado, dan al vecindario ese particular sentimiento de “La última película.”

Un poco más allá de la calle 100, por el lado oeste de Broadway, está el negocio que era ocupado por Sterling Optical. Se mudaron hace más de dos años (los seguí fielmente) y la reja de seguridad de metal se ha mantenido desde entonces en su sitio. Lo mismo vale para la fachada de al lado, vacía con la excepción de un pequeño letrero manuscrito en la puerta: “Fedex, por favor golpee fuerte” - ¡más vale que sea fuerte de verdad!” – y, en la vitrina, una pequeña calcomanía “Calificado por Zagat en la Guía de Compras 2006”.

Bueno, ya veis lo que quiero decir, si no habéis presenciado lo mismo dondequiera viváis. En la calle 101, A & S Art/Framing ("marcos y espejos a pedido"), un negocito, ya cerró. Entre 102 y 103, Planet Kids está desocupando el local. (“Después de 18 años cerramos el 31 de marzo…”) En 103, el restaurante Royal Kabab & Curry se ha mudado, como el óptico, a sitios de alquiler más bajo, sin ser reemplazado; y, en la calle 105, Tokyo Pop, restaurante japonés, todo cuyo personal, misteriosamente, hablaba inglés con acentos franceses, también ha desaparecido, aunque sus vitrinas cubiertas de papel, prometen singularmente un “Pizzabar” para la primavera. (No contengo el aliento.)

En realidad, no importa hacia dónde uno vaya, la cantidad de víctimas es obvia. Si uno va hacia el sur por Broadway desde la calle 96, por ejemplo, se pasa por la misma proliferación del vacío. En la 93, la pequeña fachada de la librería sólo de historias de misterio Murder Ink, que cerró el último día de 2006 (aproximadamente cuando la recesión comenzó oficialmente) sigue sin ser ocupada.

Más al sur, hay restaurantes de vecindario masacrados al por mayor. No sorprende que aun en Nueva York, loca por comilonas, la gente coma menos afuera y que nuestras calles, tal vez con la excepción del sábado por la noche, parezcan mucho menos pobladas. Cerca de la esquina de la calle 91, Mary Ann, un festivo Tex-Mex, mordió el polvo; justo antes de la 90, el restaurant de lujo de mariscos Docks Oyster Bar cerró sus puertas hace tan poco que su rojo letrero “restaurant” sigue alumbrado ( ("Docks agradece a todos por su leal patrocinio durante años, pero este restaurante ahora está cerrado…”) ; en la esquina de la 88, está el espacio de dos pisos que solía albergar el Boulevard (en cuyos manteles de papel mis niños y yo dibujábamos caras con lápices suministrados por el restaurante), y luego una desconcertante sucesión de restaurantes cuyos nombres se me escapan, sillas de bar cuidadosamente guardadas cabeza abajo sobre el bar y un letrero “Se arrienda” en la vitrina; y en la 77, Ruby Foo's, un gigantesco lugar panasiático, descrito por Zagat’s como “Disneyficado”, también ha cerrado.

Recién pasada la calle 72, donde el vecindario es mucho más a la moda, y los bancos (TD, HSBC, Capital One, Chase, Bank of America) comienzan a crecer y multiplicarse, y proliferan los centros comerciales urbanos (Pottery Barn, Barnes & Noble, The Gap, Bed Bath & Beyond), terminan las muertes (con la excepción de una filial de Circuit City en la esquina de la calle 67 que sucumbió con esa cadena en quiebra).

Aquí, los negocios todavía siguen siendo sitios limpios, bien alumbrados, aunque muchos de ellos exhiben letreros que dicen: “ahorre hasta un 50%,” “Rebajas de hasta un 70%...”

11-S: 2ª Parte

No exageremos. La ciudad de Nueva York no es el centro de Elkhart, Indiana – todavía no en todo caso – (aunque la otra noche en la Avenida Amsterdam, justo al este de Broadway, noté una cuadra de 12 pequeñas fachadas, nueve de las cuales habían sido desocupadas). Sí, los alquileres en avenidas como Broadway siguen siendo altísimos y, estos días, conseguir un préstamo bancario si eres un pequeña empresa emergente es un infierno, y los zoos de la ciudad pierden su financiamiento estatal, los hospitales reducen personal, el Metropolitan Museum of Art hace despidos, la tasa de desempleo aumenta rápidamente, los valores inmobiliarios bajan, los usuarios del transporte colectivo enfrentan aumentos de tarifas así como importante recortes en el servicio, y la Sociedad de Orquídeas de Gran Nueva York ha cancelado su show anual. Sin embargo, esta capital financiera global sigue deslizándose sobre las modestas olitas del tsunami del dinero que fluyó por sus venas en los tiempos buenos (parte del cual sigue dirigiéndose hacia “nosotros”, gracias a los planes de rescate del gobierno).

A pesar de ello, al caminar a lo largo de esos parches de oscuridad, apenas se puede evitar un pensamiento. Durante los últimos siete años, hemos estado esperando que “11-S: 2ª Parte” llegue de Afganistán o algún sitio parecido. Los medios han publicado regularmente guiones de fantasía en los cuales terroristas islámicos contrabandean bombas atómicas o “bombas sucias” a ciudades como Nueva York y las hacen estallar. Charles Gibson de ABC incluso destacó una posibilidad semejante en un debate presidencial demócrata. (“Quiero pasar a otra pregunta… El próximo presidente de EE.UU. podrá verse ante un ataque nuclear contra una ciudad estadounidense. He leído mucho al respecto en los últimos días. Los mejores expertos nucleares del mundo dicen que existe una probabilidad de un 30% en los próximos 10 años…”) Y el gobierno de Bush reivindicó como uno de sus grandes logros la prevención de una repetición del 11-S.

Y sin embargo, en cierto sentido, como en el 11 de septiembre de 2001, puede que estemos mirando en la dirección equivocada. Después de todo, se podría decir que una bomba sucia económica estalló en el centro de Nueva York y que esta ciudad (por no decir, la nación y el mundo) ha estado viviendo un segundo 11-S desde entonces, aunque en cámara lenta.

En mi vecindario, en esos aciagos días de septiembre en 2001, se podían oír las sirenas, ver los jets pasando por encima, oler el olor acre de las torres y todo lo químico que se quemaba en ellas, y como el resto de EE.UU., mirar una y otra vez esas escenas de apariencia apocalíptica de las torres derrumbándose entre nubes de ceniza y humo. Pero si la escena era apocalíptica entonces el daño, por horripilante que haya sido, fue limitado.

Esta vez no hay polvo, ni cenizas, ni olor acre, ni sirenas, ni jets, y tampoco heroicos socorristas. Y sin embargo el efecto podría, tarde o temprano, ser más apocalíptico y muchas más las vidas consumidas. Esta vez, claro está, los extremistas fanáticos fueron hechos en casa. Sus “cuevas” estaban en Wall Street. Secuestraron nuestra economía e hicieron lo posible por colapsar nuestro mundo.

Y podrían haber llegado más cerca de lograr de lo que imagina la mayoría. Alpine Sound y Oppenheimer, Tokyo Pop y Planet Kids, Docks y Ruby Foo's se han derrumbado todos (y es seguro que más seguirán por el mismo camino). Para la gente que poseía, o dirigía, o trabaja en ellos, a diferencia de los supervivientes del 11-S original, no habrá emocionantes biografías en los periódicos locales, ni se hablará de compensación, ni de majestuosos monumentos para generar discusiones.

Para los perpetradores que, en el peor de los casos, se han ido a casa llevándose sus millones, no habrá una pena merecida. No se lanzarán invasiones, ni se dispararán misiles a casas o escondites. Ninguno de ellos será perseguido hasta sus guaridas, o secuestrado en las calles de Nueva York, o desde sus suntuosas mansiones, apartamentos, o fincas. Ninguno será hecho desaparecer a tierras extranjeras para ser encarcelado y torturado. Ninguno será etiquetado como “combatiente enemigo.”

Todo lo contrario, en “11-S: 2ª Parte,” el gobierno de EE.UU. está dispuesto a pagar incontables miles de millones de dólares a muchos de ellos y a sus instituciones por su tiempo y sus esfuerzos ulteriores.

En el segundo 11-S, todo el dolor y la tortura se quedan en los vecindarios. - Tomdispatch - Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Tom Engelhardt dirige Tomdispatch del Nation Institute. Es cofundador del American Empire Project (http://www.americanempireproject.com/). Es autor de “The End of Victory Culture (University of Massachussetts Press). Editó el primer libro de lo mejor de “The World According to Tomdispatch: America in the New Age of Empire,” (Verso, 2008) una colección de algunos de los mejores artículos de su sitio y una historia alternativa de los demenciales años de Bush.


 

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