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Aguas revueltas en los mares de China
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180810 - El ejercicio naval conjunto planeado por Estados Unidos y Corea del Sur en aguas del Mar Amarillo (posteriormente trasladado al Mar de Japón debido a las críticas de China) y las declaraciones efectuadas por Hillary Clinton en el Foro Regional de ANSEA celebrado a finales de julio, han abierto destacados frentes de tensión en la zona. En efecto, cuando aun no se han disipado del todo las consecuencias del hundimiento del buque surcoreano Cheonan, las declaraciones de la secretaria de Estado aludiendo a a la necesidad de mantener la libertad de navegación de sus portaviones y oponiéndose a que cualquier país intente solucionar por la fuerza o con amenazas las disputas territoriales en torno al mar de China meridional, han elevado la preocupación en Pekín. Dichas declaraciones dejan a las claras las intenciones estratégicas de Estados Unidos, abriendo un nuevo frente de conflicto con China al involucrarse directamente en disputas territoriales que hasta ahora se han desarrollado en el marco estrictamente bilateral y regional.

Por otra parte, Estados Unidos negocia con Vietnam (con quien China mantiene contenciosos seculares) compartir combustible y tecnología nuclear. Hanoi podría enriquecer uranio, con apoyo de Washington, en su propio territorio. El acuerdo es continuación del establecido en 2008 con India, país que no se ha adherido al TNPN. El acuerdo, señaló Clinton, se enmarca en una estrategia dirigida a afianzar la participación de Estados Unidos en Asia-Pacífico. La cooperación con Vietnam es, pues, otra pieza del escenario para contener a China que irrita doblemente a ésta por el reiterado uso de diferentes varas de medir por parte de Estados Unidos.

Conviene recordar que China mantiene en suspenso buena parte de los intercambios militares con Estados Unidos desde que Washington decidió vender un paquete de armas a Taiwán valorado en 6.400 millones de dólares. A comienzos de junio, Robert Gates se quejó en Singapur de la negativa de China a aceptar su solicitud de visitar Pekín durante su gira asiática.
 


Mar Amarillo (World Atlas)

Al norte y al sur, Estados Unidos se muestra decidido a sacar provecho de las tensiones para afirmar su presencia en la zona y aumentar la influencia en los países de la región. La intervención política y militar le sirve así para compensar su creciente impotencia frente al gigante oriental en el orden económico. Dicha actitud es coherente con lo anunciado por Barack Obama al inicio de su mandato, exhibiendo el compromiso de retorno a Asia, imponiéndose como “mediador” en todo tipo de conflictos con la firme voluntad de desafiar el poder chino en la región. Fiel exponente de ello ha sido esa visita de Clinton a Vietnam, reforzando así dicha toma de posición. Washington intenta establecer lazos firmes con India y Vietnam con el claro propósito de contener a China, una estrategia que refleja el dualismo de la política estadounidense, alternando contención y cooperación.
 

El mar de China meridional abarca 3,5 millones de km2, desde Singapur al Estrecho de Taiwán. Las diferencias territoriales podrían complicarse más que nunca tanto por la proyección de China como potencia regional como por la actitud de algunos estados ribereños que ponen en cuestión el statu quo con el apoyo de Estados Unidos. A China le urge clarificar posturas, estrategias y disipar temores. Muchos piensan que Pekín sólo trata de ganar tiempo y denuncian hipotéticas maniobras dilatorias. Son evidencias de las dudas que suscitan sus intenciones. Cuando sea más poderosa pisoteará los derechos e intereses de los países vecinos, se piensa, abocándolos a aliarse con quien pueda defenderles. En dicho contexto, Washington lo tiene bien fácil para alimentar las disensiones. Por ello, si China quiere evitar la internacionalización del litigio, debe no solo esforzarse por mantener a raya a Estados Unidos sino construir consensos que permitan el entendimiento recíproco con sus vecinos.

Pekín ha hecho saber que dichas aguas forman parte de sus intereses estratégicos, como el Tíbet o Taiwán. Precisamente, la proximidad de China a Corea del Norte, el avance de su relación con Taipei, la mejora de su armada y la repercusión de su creciente poder en los litigios que mantiene con sus vecinos, junto a la sucesión de conflictos comerciales, el tira y afloja del yuan o las tensiones por algunas inversiones en territorio estadounidense complican el entendimiento con Washington, una relación que va sumando diferencias políticas y de calado estratégico.

En respuesta al intervencionismo estadounidense en la zona, China ha organizado ejercicios militares en Zhejiang y en el mar meridional, exhibiendo los más modernos equipamientos de su marina. Y cabe esperar que todo ello refuerce la apuesta estratégica por la modernización de su armada, pasando a contemplar las aguas próximas e incluso los océanos con otra mirada, más global y adaptada a su condición de gran potencia en ciernes, toda una revolución para un país que en 1717 prohibía por ley adentrarse en un mar que consideraba “extranjero”. Hoy China necesita no sólo proteger su larga costa, sino asegurar un tráfico marítimo que resulta esencial para su desarrollo, abordando capacidades para actuar en las zonas más alejadas.

Pero a medio y largo plazo, si quiere reducir la influencia de Washington en la región, la única forma efectiva consiste en reforzar las relaciones con sus vecinos. La tradicional apuesta por aparcar las diferencias y desarrollar la zona de forma conjunta parece abocada al fracaso, de no implementarse de modo efectivo. China debe poner sobre la mesa iniciativas concretas que disipen las reservas evitando entrar en una carrera de armamentos y proponiendo dinámicas alternativas a las estrictamente militares basadas en una gestión compartida del binomio paz y desarrollo.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China

 


 

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