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031209 -
Txente Rekondo - El presidente
de EEUU,
Barack Obama, ha centrado su política exterior en
Afganistán y por extensión
en Pakistán. Al envío de
30.000 soldados se le une el anuncio de la retirada de las
tropas, fijada para 2011. Para muchos, su estrategia se asemeja
a la que podían haber diseñado John McCain y Sarah Palin de
haber ganado.
El reciente anuncio, televisado en hora de máxima audiencia para
todo el país, de ampliar el número de tropas estadounidenses y
aliadas en suelo afgano, al tiempo que señalaba tres años más de
ocupación, podría situarse en la línea argumental de sus
predecesores. Incluso, como ha señalado algún analista, podría
ser «el mismo guión que se podía esperar de John McCain y Sarah
Palin si éstos hubieran ganado las elecciones de 2008».
Ya en marzo pasado, el presidente Obama presentó los pilares de
lo que iba a ser su estrategia hacia Afganistán. Entonces, «lo
que en realidad era una estrategia contrainsurgente, se vendió
al público norteamericano como una táctica antiterrorista». El
discurso oficial, tanto antes como ahora, ha estado adornado de
supuestos objetivos centrales: «La instauración de la
democracia, combatir a Al Qaeda y construir un Estado afgano
estable y duradero».
Sin embargo la realidad se muestra de una manera totalmente
opuesta. Lo que realmente prima en la estrategia de la Casa
Blanca es una evidente militarización de la ocupación. Esta
política va a suponer un alto coste político y humano, y sus
consecuencias se han venido mostrando desde hace meses. Cada día
que pasa es más que evidente la supremacía del poder militar,
que, como en la era de
George W Bush, sigue siendo clave y decisivo para marcar las
líneas centrales de la política exterior. Parece que el discurso
neocon se ha vuelto a imponer, ya que en su día tan sólo
éstos y los militares seguían defendiendo la posibilidad de «una
victoria militar» en Afganistán.
Seguir afirmando que la defensa de la democracia en Afganistán
es uno de los pilares estratégicos suena a burla, sobre todo si
hacemos un breve repaso a las recientes elecciones
presidenciales en aquel país. La cita electoral estuvo marcada
por la inseguridad, el auge de la resistencia y un fraude
sistemático. La retirada de Abdullah Abdullah permitió la
reelección automática de
Hamid Karzai, que
a lo largo de todo el proceso supo manejar a su favor el aparato
institucional y las fuerzas de seguridad a su favor en todo el
proceso. También recibió un trato privilegiado de los medios de
comunicación locales y fue capaz de colocar «hábilmente» a sus
seguidores en la llamada Comisión Electoral Independiente.
Mientras que EEUU y sus aliados desencadenaban una campaña
contra Karzai, en busca de un cambio en la presidencia, Karzai
se fue rodeando de importantes aliados regionales, muchos de
ellos antiguos señores de la guerra, lo que unido a los abusos
electorales le ha permitido repetir en el cargo.
Todos esos acontecimientos no han pasado desapercibidos para la
población local. La participación real podría situarse en torno
al 20 ó 25%, con un apoyo para Karzai en torno al 10 ó 15%. Por
todo ello, buena parte de la población piensa que ese sistema
«democrático» es una verdadera tomadura de pelo.
La excusa de Al Qaeda tampoco parece que funcione. Cada vez son
más las voces que señalan que la interrelación entre esa
organización yihadista y la resistencia afgana es muy pequeña.
También son muchos los que apuntan a que la militancia de ese
grupo no se nutre de afganos, sino de ciudadanos egipcios o
saudís, poniendo sobre la mesa una evidente contradicción entre
lo que se dice o justifica en Washington y la realidad. Cayendo
además en el error de ocultar las evidentes diferencias
ideológicas y estratégicas entre el movimiento yihadista
transnacional y la resistencia afgana, que busca la instauración
de un emirato islámico en Afganistán.
Tampoco se puede defender la idea de construir un Estado estable
y duradero, sobre todo si observamos que buena parte del país
está en manos de la resistencia y que la labor del Gobierno y de
las instituciones impulsadas por la ocupación apenas tiene
incidencia en algunas partes de la capital. Un próximo revés
para los defensores de esas teorías lo podremos encontrar cuando
Karzai deba «pagar los favores y apoyos recibidos en la campaña
electoral, algunos de los cuales ya se han visualizado de una u
otra manera.
Algunos analistas señalan que, tras la ofensiva militar, la Casa
Blanca estaría buscando un nuevo escenario, donde una parte de
la resistencia debilitada por las acciones de los ocupantes
estaría dispuesta a buscar un acuerdo, poniendo en marcha una
división entre sus filas. Algunos esperan que personajes como
Hekmatyar apuesten por esa vía, y acaben enfrentándose a los
elementos «más intransigentes», que serían los que se sitúan en
torno al consejo de Quetta y a los militantes de Haqqani.
La militarización se ha convertido en el eje central de la
estrategia de EEUU. Esa apuesta de Obama está generando un
importante coste económico y político. La sociedad
norteamericana, castigada por la crisis, deberá hacer frente a
importantes gastos para mantener la apuesta ocupante, con el
añadido de un aumento del número de muertos en sus propias
filas. Todo ello puede acabar pasando factura a la
Administración. Dentro de las filas demócratas se han comenzado
a escuchar voces contra esa medida.
Tampoco van a salir muy bien paradas las relaciones con sus
aliados. Muchos analistas coinciden en que la supuesta
cooperación es mínima y si en el pasado el papel de la ONU quedó
muy dañado, en estos meses puede acabar ocurriendo algo similar
con la propia OTAN.
El escenario afgano se presenta lleno de dificultades. La
corrupción del Gobierno de Karzai seguirá campando a sus anchas,
la ineficacia de las fuerzas policiales y militares también
aumentará, con divisiones étnicas y deserciones masivas.
No se puede olvidar el papel de Pakistán. Los elementos del ISI
y del complejo militar siguen maniobrando en torno al país
vecino, deseosos de recuperar su influencia y preocupados por la
nueva estrategia norteamericana, que podría dejarles en un lugar
delicado.
El control de las principales ciudades, los bombardeos
indiscriminados en las zonas rurales y la intensificación de la
contra-insurgencia se presentan como la opción elegida por Obama.
Afganistán se está convirtiendo en la guerra de Obama. No son
pocos los que buscan paralelismos con Vietnam. Los estrategas
norteamericanos pueden estar recogiendo los frutos de sus
maniobras y conspiraciones en Afganistán, cuando, en plena
guerra fría, impulsaron la desestabilización del país y el auge
de los movimientos islamistas y yihadistas contra el régimen del
PDPA y de sus aliados soviéticos. Los asesores de la Casa Blanca
no deben olvidar que el pueblo afgano es «muy paciente». Supo
esperar «90 años para convencer a los británicos que cualquier
intento de ocupación estaba condenado al fracaso, y lo mismo
hicieron durante una década con los soviéticos».
Tras ocho años de ocupación, y con el anuncio de un mínimo de
otros dieciocho meses más, EEUU y sus aliados deberían aprender
un poco más de la historia de Afganistán - GAIN/Rebelión
Txente Rekondo. Gabinete Vasco de
Análisis Internacional (GAIN)
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