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Murió Fahd de Arabia Saudita, rey del terror y las injusticias que complacía a Bush

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0805 - El Mundo - Murió el rey Fahd. Tenía 84 años y estaba  enfermo. Lo sucederá su medio hermano Abdullah ben Abdel Aziz. El reino saudí es el mayor productor y exportador mundial de petróleo
 

El clan saudí: 8.000 príncipes y princesas y sus respectivos hijos / En total, 15.000 individuos con un sueldo de 100 millones de dólares / El 50% de los jóvenes saudíes está en paro / Unos tres millones de inmigrantes, tratados como esclavos, están siendo obligados a abandonar el país / El 53% de la población está sin alfabetizar

Derroche. En ocasión de un viaje a Marbella, en Agosto del 2002, desplegó un séquito de 3.000 personas, 200 Mercedes, helicópteros, aviones y un ejército de guardaespaldas. La troupe del rey Fahd se gastó al día seis millones de euros (1.000 millones de pesetas) en caprichos. Pero lo que deja en su país resulta estremecedor.

El rostro de Arabia no ha cambiado mucho desde que el profeta Mahoma, hace ya 15 siglos, creara el primer Estado en aquella tierra, hoy gobernada por Fahd, uno de los dictadores más temibles del mundo, quien rige el país con mano de hierro desde hace dos décadas. Este anciano de 81 años de edad es uno de los 145 hijos directos que tuvo el fundador de la dinastía saudí, Abdel Aziz al Saud (1880-1953) con sus 19 esposas oficiales. Su fortuna personal, 30.000 millones de euros.

En medio de este bochorno conviene saber, por ejemplo, que la mortalidad infantil en su país, situado sobre un mar de oro negro, es de 23 por mil habitantes, similar a Rumanía; el Índice de su Desarrollo Humano, cifra con la que la ONU expresa el estado de bienestar de un país, es similar al de El Salvador y la alfabetización sólo alcanza al 47% de la población, inferior al 61% de Tanzania y al 96% de Cuba.

Bajo el mandato de la familia saudí, este país desértico se ha convertido en un reino de terror. Es el único lugar del mundo donde la guillotina sigue vigente. Cortar la cabeza y el apedreamiento son los métodos utilizados para poner fin a la vida de los acusados de un amplio rosario de delitos como la homosexualidad, el asesinato, la apostasía, la conspiración contra el gobierno, el hurto, el tráfico de drogas...

Según Amnistía Internacional, después de China, Arabia Saudí es el país con más casos de asesinatos legales (166). La mayoría de los condenados suelen ser trabajadores inmigrantes pobres (una tercera parte de la población del país), que en ocasiones no conocen la lengua árabe, ni la sentencia, ni siquiera la fecha de su ejecución. La tortura y la violación son los métodos usuales para obtener pruebas de la acusación. Los detenidos permanecen incomunicados, sin abogados, sin visita alguna. A los sospechosos de delitos menores se les amputan los miembros o son flagelados en las plazas públicas.

En este país, apodado por buena parte de la prensa occidental como «moderado», el sistema político está basado en una alianza de corte medieval entre la monarquía hereditaria y absolutista, los ulemas (el clero musulmán), y los jefes tribales. No existe Constitución, ya que el Corán y la sharia son suficientes. No hay parlamento ni ninguna variante de sufragio. Tampoco se permiten los partidos políticos, los sindicatos y otras formas de asociacionismo civil.

Sus miles de príncipes lo controlan todo: el ejército, la guardia nacional, el poder político, el financiero Cualquier protesta o crítica se ahoga con mayor dureza y rapidez. Practicar abiertamente otras religiones, incluidas las permitidas por el Islam, se castiga duramente. La posesión de símbolos religiosos no islámicos (rosarios, crucifijos o biblias) conlleva la detención inmediata y un destino incierto.

No hay cines, ni teatros, ni música. Los mutawa'in (policía religiosa de las buenas costumbres) no dudan en repartir palizas y flagelaciones en plena calle a quienes infrinjan las normas islámicas de comportamiento. ¿Recuerda esto a los difuntos talibanes?

No es que los saudíes hayan copiado a sus correligionarios afganos. Al revés. Los talibanes, cuando estudiaban en las escuelas wahabíes de Pakistán, financiadas por los saudíes, aprendieron bien la lección y la aplicaron a rajatabla. (La pena de muerte por lapidación a la que se enfrenta la nigeriana Amina ha sido expedida por sacerdotes islámicos de los centros religiosos de Arabia Saudí en ese país).

Y como en otras teocracias, las mujeres son las que llevan la peor parte. Se les considera, en cuestiones legales, menores de edad y para realizar cualquier gestión o papeleo necesitan el permiso escrito de un varón de la familia. Su testimonio vale oficialmente la mitad que el de un hombre.

La mujer saudí tampoco puede conducir. Las pudientes contratan a un chofer. De hecho, para una población de unos 10 millones de habitantes hay medio millón de chóferes, privilegio al servicio de las clases medias cuyas mujeres pueden eliminar su celulitis en Al-Manasil, un centro del Barrio Diplomático, tener sus pasarelas de moda y sus fiestas.

Los jóvenes, las mujeres y las minorías religiosas se han unido para poner en jaque a la dinastía saudí, enfrentada en una guerra de sucesión, a raíz de la delicada salud del rey Fahd. Lucha no siempre resuelta de forma pacífica. En 1964, el rey Saud se vio obligado a abdicar a favor de su hermano Faisal Ben Abdul Aziz Al Saud, quien, 11 años más tarde, fue asesinado por uno de sus sobrinos.

El rey Fahd, de momento, ha conseguido mantener el silencio de cementerio en la Tierra Santa del islam y ha eliminado cualquier tipo de protesta, fuera y dentro del país. Mientras, el reino saudí sigue desprendiendo olor a lujo, petróleo, armas y terror.


 

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