—¿La Justicia debe ser
relativamente lenta para ser ponderada y permitir la doble
instancia?
—Esto tiene su razón histórica: en el
Medioevo se ejecutaba a la gente muy rápido, había grandes masas que
se manifestaban en la calle y esa justicia inmediata y espectacular
terminaba en la hoguera. Las injusticias que allí se cometieron
hicieron pensar en una justicia más lenta, desapasionada. Esto lo
cuenta bien (Johan) Huizinga en su libro El otoño de la Edad Media.
La Justicia hoy es mucho menos atractiva y mucho menos espectacular.
Paralelamente se habla de que hay un retorno a la Edad Media porque
se vuelve a la espectacularidad de la justicia inmediata, que es lo
que hacen los grandes medios de comunicación, en contraposición al
debido proceso lento.
—¿Los medios de comunicación
equivaldrían a la plaza?
—La plaza pública, la hoguera, la
solución inmediata, las pasiones. El apasionado se mueve por
instintos; el debido proceso es el modelo desapasionado.
—Usted practicó rugby: ya que hay
varios jueces deportivos que también pertenecen a la Justicia,
¿alguna vez reflexionó sobre la rapidez con que esos jueces deben
tomar decisiones?
—Sí, la rapidez es un tema central,
de hecho hay una percepción cotidiana de la gente sobre el ritmo de
los asuntos judiciales y por eso yo planteé antes de entrar a la
Corte que ése era un objetivo. De hecho, este año estamos dedicados
al ritmo y a la gestión.
—Usted dijo “la sociedad necesita
jueces activos”, ¿qué entiende por activos?
—El activismo judicial es el que
establece un diálogo de poderes, que toma decisiones y promueve
diálogos en la comunidad. El activismo del juez trasciende la esfera
de las partes y toma decisiones que tienen impacto en toda la
sociedad viendo la aldea global.
—En sus últimas declaraciones
repitió varias palabras de idéntica raíz: moderación, mesura, modo,
armonizar. ¿Cree, como Aristóteles, que la verdad está entre los
polos, en el medio?
—Son cuestiones diferentes. La de la
verdad es una cuestión filosófica compleja. Me refiero a la
moderación, que es el modo de resolver conflictos. No buscamos la
verdad, buscamos resolver conflictos. El juez, cuando investiga, no
busca la verdad: cuando hay dos personas que se pelean, las dos
dicen tener razón y el apasionado se inclina rápidamente por una. La
moderación es la manera de encontrar una solución transaccional y
esto tiene una gran importancia en la Argentina donde tenemos una
larga historia de crisis. En un conflicto la gente se polariza, se
aleja, porque se aferra a lo que siente como propio, y ve como una
traición a su bandera o a sus pasiones el llegar a un acuerdo. Al
contrario del cambio cultural que hay que producir.
—¿La verdad no es el fin sino el
fin es el acuerdo?
—El derecho no es una ciencia que
busque la verdad. La verdad hay que averiguarla en materia penal.
Pero (el derecho) no es un criterio filosófico de verdad. Un
filósofo lo miraría como una verdad parcial, relativa. La verdad
judicial es la verdad del expediente, que no es toda la verdad.
—Su predecesor como presidente de
la Corte dijo: “Todos los jueces son políticos, lo sepan o no. Son
como los cangrejos, que son crustáceos aunque no lo sepan”.
¿Comparte esa visión?
—Hay que precisar qué se entiende como político,
porque es un término muy amplio, lo que tiene que hacer el juez es
tomar en cuenta las consecuencias económicas y sociales de sus
decisiones. Eso es lo que denominamos consecuencialísimo: tomar en
cuenta los costos. Eso no significa que milite en un partido
político, que deje de lado su imparcialidad para inclinarse por una
posición, cualquiera sea que exista en la sociedad. Pero sí tiene
que tomar en cuenta las consecuencias, sean económicas, sociales o
valorativas, sobre todo los jueces constitucionales, a eso se lo
llama criterio político en sentido amplio, porque tiene en cuenta la
vida de la polis, de la comunidad.
—¿En un reportaje en la revista
“Noticias” dijo sobre la Corte: “Somos como los caballeros de la
mesa redonda”. ¿Quién sería el rey Arturo en ese caso?
—Al que le toca ser el presidente (N.
de R: él mismo), pero la mesa redonda es un modelo claro del modo de
resolución que tiene la Corte. Hay que buscar el acuerdo, no hay una
persona que diga: esto es de esta manera y así se define. Lo
importante en la tarea es construir consensos.
—También dijo allí, por la Argentina: “Somos un
país de opositores”.
—La frase viene de Sabato, la
dijo en el campo de la literatura, pero también en la historia
hay un libro muy interesante de Nicolás Shumway, que se llama La
invención de la Argentina, donde estudió los primeros años de su
vida en Argentina, y después fue profesor de Yale. Tuve bastante
relación con él porque me pareció muy interesante su proposición
sobre que en los primeros años de la Argentina los grupos
opositores –unitarios y federales– nunca lograron ponerse de
acuerdo y nunca lograron una idea común de Nación. Y de él viene
esta idea de que el lenguaje del acuerdo y de la transacción es
visto casi como algo negativo.
—En los primeros años de los
Estados Unidos, durante la Guerra de Secesión entre el Norte y
el Sur, el antagonismo llegó a ser aún más extremo.
—Así es, pero nosotros hemos
tenido profundas divisiones a lo largo de la historia, y algo
notable: nuestras oposiciones son sucesivas y el que piensa de
una manera está un tiempo en el poder y luego el que piensa de
otra manera está en el período siguiente. Esto genera grandes
crisis, cambios pendulares y ausencia de políticas de Estado. Si
tuviéramos oposiciones simultáneas, habría que acordar, y de ese
consenso surgiría una política de Estado.
—¿Está bien que el secretario
Legal y Técnico, Carlos Zannini, y no el ministro de Justicia
sea quien le haya propuesto ser miembro de la Corte?
—El que propone es el Presidente,
como dice la Constitución, nunca fue el ministro de Justicia. El
que me atendió fue el Presidente pero en mi caso surge más que
todo en el Congreso, porque en ese momento se propone el cargo
de representante del Congreso en el juri de enjuiciamiento y fui
votado por unanimidad, luego se generó la renuncia del ministro
Vázquez y en ese momento, como había sido votado por unanimidad,
me llama Cristina Kirchner. Conversamos y de ahí vino la
proposición, es el proceso normal.
—A su asunción como ministro
de la Corte fue Blumberg. ¿Es su amigo? ¿Tiene afinidad?
—Amistad no, pero siempre respeté
el dolor de este hombre. Me vino a ver y me ha visitado con
mucha frecuencia, ha venido dos o tres veces, pero en ese
momento él estaba mucho más vinculado a los problemas
judiciales.
—Usted dijo que no hay cortes
de tránsito en los países en que existe plena normalidad
institucional. ¿Cuál es la anormalidad institucional de nuestro
país que justifica los cortes?
—Este fenómeno nace a partir de
la crisis del año 2001/2002, a modo de protesta social, y no
eran frecuentes con anterioridad, principalmente con los
denominados cacerolazos, y luego los cortes de rutas y
piqueteros. Son modos de protesta de gente que veía que sus
reclamos no eran atendidos en medio de una crisis institucional.
A medida que las instituciones se fortalecen, estos organismos
tienden a desaparecer.
—O sea, ¿la normalidad
institucional que no estaba plena, a la que usted se refería,
era la de 2001 / 2002, no la actual?
—Claro, no la actual.
—¿Hoy usted ve a la Argentina
con normalidad institucional?
—Sí, pero tenemos que trabajar
fuerte porque la normalidad institucional es un proceso
constante. Las instituciones son organismos vivos, no hay un
punto donde se dice: “Llegué a la normalidad institucional”. Hoy
tenemos que lograr que la gente que tiene muchísimos problemas
pequeños tenga un lugar donde plantearlos y se resuelvan.
—Usted dijo también: “El
Estado debe dar respuestas rápidas a los reclamos para que los
ciudadanos no tengan necesidad de cortar un puente”. ¿No es
utópica una sociedad donde todos los reclamos son solucionados?
—Es natural que existan los
problemas y los conflictos, son propios de la vida social y
existieron siempre. Lo que tiene que existir son mecanismos de
canalización y solución.
—En Estados Unidos la pobreza
alcanza al 10% de la población; si en Estados Unidos dejaran
cortar los puentes, ¿no habría decenas de reclamos sectoriales
cortando puentes?
—Creo que no hay que cortar pero,
¿por qué la gente no corta puentes en otros lugares de países
más desarrollados? No sé, tienen otros problemas, yo creo que no
hay que idealizar demasiado a ningún país. ¿Cuál es el tema
aquí? Que existan lugares donde uno hace un reclamo y se lo
resuelvan, si alguien tiene un problema como consumidor porque
lo atendieron mal en la telefonía o el transporte no funciona, o
tomó el tren y lo maltrataron, tiene que ir a un lugar, hacer
una queja y esa oficina sancionar y controlar. Así funciona en
una sociedad organizada donde los problemas que todos tenemos se
diversifican. Pero cuando no funcionan esos organismos los
problemas se unifican, la gente se une y se mezcla todo, y por
eso surge la noción de pueblo y de populismo. Esta es la tesis
de Ernesto Laclau en su libro La razón populista. Justamente lo
que hay que hacer es que existan organismos de control,
organismos de atención de la gente, donde vaya y solucione sus
problemas de modo rápido.
—Lo que sucedió en 2001/ 2002.
—Acá fue una situación muy grave.
Estados Unidos tuvo una situación similar en 1930, cuando
ocurrieron reclamos de protesta mucho más graves que los que
hemos tenido nosotros. Nuestra crisis del 2001/2002 fue una
explosión sistémica donde todo el sistema explotó y eso hizo que
las instituciones también quebraran y la gente empezara a decir:
“cómo me hago notar”. Lo que pasó ahora en Barcelona, España:
cortan la luz y la gente no encontró otra manera y empezó con
los cacerolazos. En todo el mundo se pueden vivir estas
situaciones, ningún país esta exento, pero ocurren cuando los
márgenes normales de litigiosidad, de conflictividad social,
explotan.
—Desde hace décadas en la
Argentina se justifica la anormalidad institucional por la
situación de emergencia permanente. ¿Convertimos los argentinos
la excepción en norma?
—Yo eso lo he escrito muchas
veces, incluso ahora en la Corte. Nosotros, al haber
transformado la excepción en una regla, generalizamos las
excepciones y la anormalidad de los remedios es lo que
predomina. Hay que volver a la normalidad de la norma. El orden
no es ni de derecha ni de izquierda, es el orden que permite que
los derechos circulen con normalidad como los autos.
—¿Haber convertido lo anormal
en normal está relacionado con el antagonismo permanente?
—Sí, esa es una razón cultural
que está en la idea que explicó Nicolás Shumway, Sabato y muchos
otros que han estudiado la realidad Argentina: hay un
antagonismo permanente, y ante oposiciones sucesivas cada uno
que llega dice: “Este es un período fundacional y empezamos de
nuevo”. Si nosotros estudiamos los últimos cincuenta o cien años
siempre estamos refundando.
—¿Cuál es la causa de ese
antagonismo?
—Antagonismos hay en todo el
mundo. Nosotros podemos ser de River o de Boca y pelearnos todo
el tiempo, pero cuando se juega el partido de fútbol de River y
Boca sabemos que hay unas reglas que rigen cómo juegan los
jugadores. Y la hinchada lo respeta.
—¿Qué piensa de la pena de
muerte?
—No la adoptamos porque está
prohibida por la Convención Americana de Derechos Humanos. Estoy
de acuerdo con eso.
—¿Siendo tan joven para
integrar la Corte (tiene 51 años), se imagina jubilándose en
ella dentro de 30 o ésta no será la última etapa profesional de
su vida?
—No lo sé. Yo veo que nuestra
generación tiene un deber histórico o una responsabilidad, si
fuera solamente por mi interés particular hay tantas cosas que
podría hacer más tranquilo y estar bien, pero creo que hay que
dedicarse unos años a hacer todo lo que uno pueda lograr, lo que
siempre deseamos no estando en el Estado.
—Como un servicio público.
—Sí, y después ...
—Lo ideal para usted sería
hacer su aporte y luego volver a dedicarse a otras actividades.
—Sí. Hay que hacer un aporte
porque si nadie se involucra...
—Entonces no se ve dentro de
30 años jubilándose en la Corte.
—Es imposible predecir pero creo
que sí hay que hacer un aporte, ese aporte es prologando, ningún
cambio institucional es rápido.
—¿Se terminó el tiempo en que
los jueces hablaban sólo a través de sus sentencias y en esta
era mediática los jueces deben tomar contacto directo con la
opinión pública? ¿Debe un juez explicar sus sentencias?
—Creo que una cosa no excluye la
otra, la tradición argentina es que el juez es un profesional
del derecho, elabora una sentencia con un lenguaje profesional
porque está dirigida a otro profesional. Esa es nuestra
tradición que es vano tratar de modificar. Lo que hay que hacer
cuando en muchos casos hay otra audiencia, la del gran público,
es una explicación clara porque la gente tiene derecho a conocer
las razones por las cuales se resuelven los casos. Siempre
sostengo, cuando he ido a hablar con los jueces, una proposición
de Hume que dice: “¿Por qué tanta gente obedece a tan pocos?
¿Cuál es el fundamento? La razonabilidad.” Entonces el juez no
tiene que ser popular en el sentido de buscar la aprobación de
la mayoría, tiene que tener prestigio porque tiene que tener
razones fundadas.
—¿El político sí la busca?
—Sí. El juez sí tiene que lograr
que las mayorías entiendan lo que está haciendo y lo respeten
por eso aunque no esté de acuerdo.
—Sebastián Soler hablaba del
imperio del derecho. ¿La Argentina de hoy vive bajo el imperio
del derecho?
—Soler sostuvo y desarrolló ese
concepto en su libro “Las palabras de la ley”. El imperio del
derecho es algo muy complejo que se discute en todo el mundo y
los países podríamos decir que tienen grados de aproximación.
—¿Qué países tienen mayor
grado de aproximación a él?
—Las sociedades de mayor índice
de calidad de vida y de estado del derecho son las nórdicas y
las de Europa de Norte.
—¿El mayor ingreso per cápita
de esos países es causa o consecuencia del imperio del derecho?
—Las dos cosas, creo que el
concepto causa y consecuencia hay que verlo como un sistema.
—¿Usted es cibernético?
—Porque la idea de causa/efecto
es propia de la física newtoniana. Que es una idea bastante
sencilla de explicar; hoy hay nociones mucho más complejas, como
los sistemas. La economía está inescindiblemente vinculada a las
instituciones, esto está muy explicado sobre todo a partir de
Douglas North, el Premio Nobel (N. d.l. R: de economía en 1993
por su teoría sobre la causas de los cambios económicos) que
explicó muy claramente: “El desarrollo económico está muy
vinculado a los incentivos institucionales”. Si tenemos buenas
instituciones habrá buena economía, es notable cómo en países
que no tienen riquezas pero buenas instituciones, la gente vive
bien, mientras que en países ricos y muy malas instituciones, la
gente vive mal.
—¿Satisfará esta Corte las
expectativas de independencia que hay sobre ella?
—Creo que sí, pero será un
trabajo continuo, sobre todo la percepción de la sociedad.
Históricamente se acusó a la Justicia de enjuiciar a los
funcionarios públicos después que se iban; bueno, uno ve que hay
mucha más presencia judicial.
—¿Es difícil lograr la mayoría
en una Corte "multicolor" como la actual?
—Depende de los temas pero en
general sí. Me parece bueno que la diversidad de la Corte
refleje la diversidad de la sociedad.
—¿Con 5 jueces en lugar de 7
la Corte tendría mayor celeridad?
—Nosotros lo hemos defendido,
pero hoy estamos trabajando bien con una mayoría de cuatro.
—¿Por qué desde hace dos
décadas hay una tendencia insinuada a que la Corte se constituya
en una verdadera tercera instancia en juicios ordinarios?
—Nosotros estamos cambiando
radicalmente, la Corte no es una tercera instancia ni está
previsto así en la Constitución. Son las deformaciones que se
van produciendo por las prácticas sociales; es como en la
educación: cuando falla la educación primaria uno dice vamos a
mejorar la secundaria, después la universidad, después el
posgrado y ahora el post-posgrado. Es decir, el problema no se
soluciona sino que se traslada y lo que ocurre en la Justicia es
similar. Si el juez de primera instancia no lo arregla
razonablemente bien, se traslada a la segunda y así
sucesivamente y termina yendo a la Corte Interamericana y si
hubiera otra de otro planeta seguiría. A nosotros no nos gusta
que alguien diga “Esto es así y se terminó”. ¿Qué ocurre en un
país como Inglaterra? Lo agarra un juez de primera instancia y
le dice: “Esto es así y se terminó”, y la gente lo acepta aunque
sea contrario a sus intereses. Hay que volver a fortalecer la
noción de autoridad, autoridad no es autoritarismo, por eso
hablamos de razonabilidad de las decisiones.
—La Corte de Estados Unidos
trata 80 sentencias por año contra 12 mil de la Argentina. Usted
dijo que la Corte debía concentrarse en “unos pocos y grandes
temas que son fortalecer las instituciones y defender los
derechos individuales”. Concretamente, ¿cuáles serían esos casos
y cuáles otros deberían dejar de recibir?
—Es un problema primero de
cultura, segundo de logística y tercero de diseño. ¿Por qué de
cultura? Porque en Estados Unidos la gente se sorprende cuando
acepta un caso y acá se sorprende cuando la Corte no lo acepta.
La gente está acostumbrada a que la Corte intervenga siempre y
eso hay que ir modificándolo. Los abogados piden y no se puede
ir de 12 mil causas a 80 porque afectaría esa práctica y eso
sería negativo. ¿Cómo se reduce? Ahí hay un problema de
logística, de las 12 mil o 15 mil sentencias importantes habrá
mil, porque una gran cantidad son repetitivas o se rechazan,
pero circulan. Hay que ordenar la circulación de los
expedientes, para ello hemos hecho una serie de cambios que nos
van a permitir que todo lo repetitivo y que no requiere un
estudio profundo, pase y salga rápido. Así quedarán dos mil, que
son las que normalmente la Corte puede estudiar, de esas dos mil
puede haber 50, 100 o 200 causas que son de trascendencia y 200
causas de no gran trascendencia, ésas en las que la sociedad
tiene un gran debate. En ellas tiene que haber audiencias
públicas en las que participen los abogados de prestigio, que
vengan a hacer alegatos orales porque la gente tiene que ver el
conflicto en escena y si ve el conflicto en escena entiende que
acá no es River-Boca sino que siempre hay matices, que los
problemas son complejos.
—¿Cuáles serían esas 400 causas?
—Las que la gente registra o el
periodismo registró. Son causas de jubilados, ambientales,
conflictos entre provincias, temas impositivos y penales.
—Tradicionalmente, el Poder
Ejecutivo desea tener injerencia sobre el Judicial. ¿Cree que
puede profundizarse esa tendencia en el segundo mandato del
Frente para la Victoria?
—Más que preguntarme lo que va
hacer el Poder Ejecutivo, tenemos que preguntarnos qué tenemos
que hacer nosotros para fortalecer el Judicial, porque si no
hace nada, siempre va a ser débil, cualquiera sea el Poder
Ejecutivo y no sólo ese poder, porque acá los que influyen y
presionan son muchos: los grupos económicos, los medios de
comunicación, los sectores sociales. Es lógico que quieran
presionar y obtener una decisión favorable. Tenemos que hacer
una política de fortalecimiento institucional y eso es lo que
estamos haciendo, por eso nos reunimos los jueces para que se
unan, para que se sientan dentro del Estado, y además reunirnos
mucho con la sociedad porque la sociedad es la que le da la
fuerza al Poder Judicial.
—Según su posición personal,
¿puede la Corte revisar conductas del Ejecutivo en materias en
las que tradicionalmente ha expuesto que son privativas de este
Poder del Estado?
—Este es un tema debatido en el
derecho, en las cuestiones justiciables o no justiciables,
nosotros hemos avanzado mucho sobre la justiciabilidad en las
decisiones del Poder Ejecutivo. Si nosotros decimos que un
aumento de la jubilación no satisface la Constitución, estamos
avanzando sobre un ámbito que normalmente no era justiciable,
también si decimos que debe hacer un plan para sanear el
Riachuelo o que el Congreso no tiene facultades para excluir (a
legisladores). Esta Corte tiene mayorías variables porque no
todos pensamos igual pero en general hay una idea, en
consonancia con los grandes tribunales del mundo, de mayor
justicialibilidad de las decisiones de otros poderes, pero esto
ha sido ejercido con mucha prudencia porque lo peor que pueden
hacer los jueces es creer que pueden gobernar, los jueces no
tienen la información para gobernar ni tampoco para hacer
política. Lo que tenemos que hacer es poner límites y ésos son
lo que a veces se corren.
—El juez Bermejo, el más
famoso integrante de la Corte, a principios del siglo pasado,
tenía una expresión clásica: "De aquí no se pasa", para
limitarle al Ejecutivo su injerencia. Usted también le traza al
Ejecutivo una frontera de la cual “no se pasa”.
—Es que ha cambiado mucho, en la
época de Bermejo había un amplio grado de discrecionalidad
estatal y un estrecho grado de intervención judicial. Era una
época en la cual los únicos derechos fundamentales que existían
eran de contenido negativo, proteger que el Estado no avance
sobre el individuo, es decir, negativo. Proteger la privacidad,
la libertad, pero después comenzaron los de contenido positivo,
el derecho a la alimentación, a la vivienda, al trabajo y otros
bienes colectivos. Hoy hay muchas más cuestiones que están en la
Constitución sobre las cuales tenemos que intervenir porque nos
pide la gente, no porque queramos. Si está escrito en la
Constitución que hay que proteger al ambiente, tenemos que
aplicar la Constitución, eso no existía en la época Bermejo. La
otra razón es que el siglo XIX fue un siglo parlamentario porque
los parlamentos tenían mayorías claras y definían los problemas,
hoy las sociedades son mucho más complejas, multiculturales, y
la misma gente que se pone de acuerdo en un tema está en
desacuerdo en otro tema. Como los conflictos son mucho más
segmentados y es difícil lograr grandes mayorías, los
parlamentos en general delegan y eso termina en la Justicia.
—Oliver Holmes, chief Justice
de Estados Unidos, dijo: "Vivimos bajo el imperio de una
constitución, pero ¿la Constitución es lo que los jueces dicen
que es?
—La Constitución es amplia porque
está hecha para sobrevivir a varias generaciones, por lo tanto
tienen que ser adaptables a las costumbres, a los cambios
culturales, económicos, eso es admitido y nadie puede decir lo
contrario, son conceptos jurídicos indeterminados, o cláusulas
generales. No es la misma la buena fe del siglo XVII que la de
ahora, todo cambia pero eso no significa irse al otro extremo y
que los jueces digan lo que se le ocurra.
—En el comienzo del siglo XIX,
la Corte de Estados Unidos dictó su fallo más famoso “Marbury
versus Madison”, donde estableció la facultad de la Corte para
interpretar la Constitución. ¿Cómo evolucionó en la Argentina
esa misma facultad?
—El sistema es igual. Lo que hizo
ese fallo fue decir que una ley puede ser declarada
inconstitucional por la Corte, esa decisión fue muy importante y
fundó en Estados Unidos esta potestad de los jueces de declarar
la inconstitucionalidad, y cualquier juez puede declararla. En
Argentina se siguió el mismo modelo y más clara porque nosotros
hemos dictado una ley que dice eso.
—Si se hubiera usado bien en
1930, la Corte podría haber dicho que el primer golpe de Estado
era inconstitucional y la Argentina podría haber sido otra.
—No es un problema de diferencias
normativas sino de costumbres y aplicaciones y de los grandes
hombres que tiene que tener cada país, porque la Corte de
Estados Unidos tuvo grandes jueces que notablemente fueron
grandes políticos, gente con visión como (Melville) Fuller y (Earl)
Warren, incluso que venían de afuera del poder judicial. (John)
Marshall, por ejemplo, era un caso que acá nos hubiera parecido
una anormalidad, porque él pertenecía al gobierno, lo pusieron
en la Corte y tuvo que resolver sobre un nombramiento hecho por
él mismo contra un presidente que le había ganado las
elecciones: estaba todo mezclado pero tuvo gran sabiduría para
no irse ni a un extremo ni al otro y por eso es recordado como
es más grande jurista de Estados Unidos, un hombre que no sabía
de derecho porque era un militar que provenía de la política
pero tenía una sabiduría para compaginar y armonizar intereses.
—Usted dijo: “Si no hubiera
sido por la Justicia, habríamos tenido golpe de Estado en 2002”.
Concretamente: ¿qué fue lo que hizo la Justicia para evitarlo?
—Cuando ocurre el “corrallito” la
gente iba a golpear a los bancos, al mismo tiempo interponía
recursos de amparos. Hubo más de 250 mil recursos de amparos que
fueron a la Justicia. Fue una demanda social tremenda. Esa misma
situación, 30 años atrás, hubiera sido un golpe de Estado.
—¿En el 2002 la Justicia cumplió un rol de amortiguador?
—Sí. Y no sólo la actitud de los
jueces, sino la de la gente, que en lugar de ir a los cuarteles
fue a la Justicia. Hubo golpes en Argentina por mucho menos que
eso.
—¿Si la Justicia hubiera
resuelto rápido en un sentido o en otro, no hubiese logrado
cumplir ese rol de amortiguador?
—Sí, yo creo que la Justicia fue
digiriendo el problema.
—Usa la palabra “digerir”, y
casualmente digesto lleva tiempo. ¿La Justicia hizo de cámara de
compresión de todos los sectores interesados para que también el
paso del tiempo fuera resolviendo los problemas?
—¡Sí!, eso.
—Usted es un especialista en
contratos y ha escritos varios libros sobre el tema aún después
del default: “La emergencia económica y los contratos”, y
“Obligaciones en pesos y en dólares”. ¿Por qué originalmente
usted no estaba muy a favor de la pesificación y qué lo hizo
cambiar después de opinión? (Ver Nota
La Corte Suprema de Justicia protege al Poder Financiero y calla
sobre el saqueo a la República -
Salvador María Lozada)
—No, no, no cambié, dije lo
mismo. Escribí en medio de la crisis ese libro y yo sostuve que
la pesificación tiene dos sentidos: una, es cambiar el valor del
peso y del dólar, eso es una norma general. Yo dije que en eso
era inconveniente pero que no es inconstitucional, es
constitucional. Y ahí cité los fallos de la Corte de Estados
Unidos de 1935. Es una facultad (del Ejecutivo), uno puede estar
de acuerdo o no, pero es una facultad. Yo no estaba de acuerdo e
incluso, dije ahí, que creía que no terminaría siendo
inconstitucional. Ahora, cuando eso afecta la propiedad y le
disminuye la propiedad, eso si es inconstitucional. Ese fue el
criterio con el que resolvimos en el caso Massa, darle el ciento
por ciento en pesos. ¿Qué significa darle el ciento por ciento?
Que el Estado tiene la facultad de cambiar, yo no le doy en
dólares, le doy en pesos. Pero no le doy el 80%, le doy el 100%.
O sea, que el criterio de Massa es el que yo sostuve en el
libro.
—¿Observa una nueva tendencia
para resucitar la industria del juicio, especialmente en los
tribunales laborales?
—Yo no sé si es una industria.
“Industria del juicio” es un término muy poco preciso, lo que sí
creo es que se crea más litigiosidad o menos litigiosidad. ¿Por
qué hay más litigiosidad? Porque no hay ley, o porque la ley es
poco clara o porque se la cambia a cada rato. Entonces, en
accidentes de trabajos hay más litigiosidad, ¿por qué? Porque la
ley fue declarada inconstitucional en tres artículos, por esta
Corte, antes que yo entrara, o sea, hace más de dos años y
medio, y todavía no hay ley. Hay litigiosidad porque hay
oscuridad.
—¿Esa mayor litigiosidad
laboral no desalienta la inversión?
—No es tan relevante.
—¿No?
—Por supuesto que es un problema.
Lo que hay que hacer es legislar, tiene que haber reglas claras
y mantenerlas.
—López Murphy lo vinculó a
usted con la industria del juicio laboral porque usted fue
abogado de la UOM y del sindicato de la carne en Rafaela, ¿es
correcto?
—Sí.
—¿Podría explicar desde su
experiencia personal en el tema por qué las empresas pierden
siempre la enorme mayoría de los juicios laborales?
—Yo fui abogado de los sindicatos
porque trabajaba en Tribunales, era empleado de Mesa de Entrada,
se jubiló un abogado, nos habíamos hecho amigos y me dejó su
estudio con todos los sindicatos. Fue mi primer trabajo, hice
una gran experiencia. Después, fui abogado de empresas, y
siempre pensé que Rafaela fue un modelo de desarrollo productivo
porque no se piensa en términos de lucha de clases: yo era
abogado de los gremios, pero hablaba con los empresarios, y en
algunos casos, los abogados de los empresarios hablaban con los
gremios. Y siempre nos poníamos de acuerdo. Es decir, nunca hubo
ni grandes masas de litigios, a pesar de que venían a ofrecerlo,
ni tampoco grandes desequilibrios.
—¿El principio de “cosa
juzgada” dejó de ser una verdad jurídica?
—No.
—¿Y los fallos de la propia
Corte sobre la represión ilegal no estaría marcando que la “cosa
juzgada” tiene límites?
—Son dos cosas muy diferentes. La
“cosa juzgada” es donde se dicta una sentencia, y esa sentencia
es definitiva. Eso sigue vigente. Eso es distinto del cambio del
precedentes que es normal en todo el mundo, pero no debe ser
excesivo. Nosotros hemos cambiado mucho de precedentes porque la
conciencia social ha cambiado mucho en Argentina, pero hay que
tratar de ir manteniendo los precedentes, porque los precedentes
son reglas. Ahora, el único caso en el cual hubo una afectación
de la “cosa juzgada” fue en el delito de lesa humanidad, que se
ha hecho de modo excpecionalísimo, y eso es porque la
jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos,
que para nosotros es obligatoria, dice en esos méritos
especiales dónde no hay amnistía, por eso se declararon las
leyes de obediencia debida y punto final inconstitucionales
cuando antes la Corte le había dicho que era constitucional.
¿Pero qué ocurre? Después de ese fallo hubo el fallo de la Corte
Interamericana, que obliga a la Corte a cambiar de criterio.
—¿El principio de prescripción
también se fue relativizando con los años a nivel mundial?
—(Piensa) No.
—¿Y en la Argentina en
particular?
—Tampoco. El único caso es éste,
el de los delitos de lesa humanidad, que es una categoría que se
usa para el terrorismo de Estado. Es la única excepción que se
reconoce a nivel mundial, y en muy pocos casos. Por eso es una
excepción excepsionalísima.
—En la historia argentina hubo
seis leyes de amnistía incluida la dictada por el Congreso de
1973 en la época de Cámpora, que siempre fueron respetadas por
las cortes posteriores
—Porque la amnistía se puede
dictar, el indulto se puede dictar, las prescripciones existen.
El sistema sigue siendo el mismo. Lo único que hay es un caso,
cuando hay un delito de lesa humanidad donde eso no se aplica,
que es lo que dijo la Corte Interamericana, cuando hay un delito
de lesa humanidad no hay prescripción
—¿Ni de “cosa juzgada”?
—Ese es un tema discutido. Cuando
nosotros fallamos, la doctora Argibay opinó en disidencia pero
dijo, “la prescripción y la amnistía, en los demás casos, sí son
amnistía”. El tema pasa por qué es un delito de lesa humanidad.
Lo que nosotros dijimos es la opinión admitida en el caso del
terrorismo de Estado. Lo que hay que poner en claro acá es que
nosotros no juzgamos la ideología, juzgamos un delito.
—¿Qué se justifica en el fallo
de la Corte Interamericana?
—Sí, pero en el único caso donde
se aplica esto es en el terrorismo de Estado, que es delito de
lesa humanidad. Ahora, si usted me dice que todos lo demás son
delitos de lesa humanidad también lo va a aplicar, pero lo que
ocurre es que a nivel internacional nadie ha dicho que el resto
lo sean, por ejemplo, que la amnistía de Cámpora sea de lesa
humanidad. Se discute ahora, el tema de algunos supuestos de
daños masivos, pero todavía no hay un precedente claro, salvo en
Argentina, que está siendo líder en esto.
—¿El “per saltum” debe ser
usado sólo en cuestiones de gravedad institucional?
—El per saltum se usó mal, en ese
momento cayó en desprestigio y no se usa más, no existe. En
algunos países existe el per saltum. Técnicamente, no es una
mala decisión, pero acá no existe, hoy no se aplica.
—¿Puede, o es adecuado que un
miembro renunciante de la Corte vuelva al ejercicio profesional?
¿Lo haría?
—(Piensa) Hay muchos casos, todos
los que se fueron de la Corte volvieron al ejercicio
profesional. Pero acá, en la Corte, no litiga ninguno. Yo creo
que lo mejor, si uno tiene necesidad de volver al ejercicio
profesional, es que no lo haga con sus pares.
—¿Qué piensa del sistema de
elegir los jueces por elección popular, como ocurre en algunos
estados de Norteamérica?
—Eso se puede aplicar a unos
supuestos muy especiales, que son generalmente, jueces locales.
—La Constitución establece el
juicio por jurados, y hay proyectos para implantarla. ¿Cree que
jueces que no estudiaron derecho logren resultados justos?
—Mire, lo que hay que tener en
claro es que una institución lleva años, años y años para que
funcione bien. No se puede decir “instalo un juicio por jurado”,
no, va a llevar muchísimos años porque se requiere que la gente
se acostumbre, y hay que hacer una infraestructura económica
fuerte, invertir mucho dinero, definir claramente qué tipos de
delitos.
—¿Cuál es su opinión sobre el
juicio oral en materia criminal? ¿Se han acelerado las causas, o
se logró una mejor administración de justicia?
—Sin dudas que la oralidad en
todo el mundo es reconocida como el medio más eficaz. Lo que hay
que hacer es aplicarla más integralmente. Primero, hay que
aplicarla en instrucción; si usted tiene una instrucción escrita
y el juicio es oral, lo que la demora es la instrucción.
Entonces, hay que ir a un sistema acusatorio, que sea ágil,
donde el fiscal investigue pero que tenga recursos y que todo
sea mucho más ágil.
—¿Más oralidad?
—Sí, más oralidad. Y además debe
haber más jueces. En un procedimiento oral, es el juez quien
escucha a las partes, en un procedimiento escrito hay 20
empleados llevando expedientes.
—¿El funcionamiento del
Consejo de la Magistratura les otorgó más independencia a los
jueces?
—Bueno, ahí tiene un buen
ejemplo. Lleva muchos años que una institución funcione.
—¿Fue un avance sobre el
sistema anterior?
—Creo que no. Creo que el sistema
argentino es un sistema muy diferente del europeo, sigue al de
Estados Unidos. En Estados Unidos como en Argentina la Corte
Suprema es la cabeza del Poder Judicial, y es un poder del
Estado en el cual cada juez dicta sentencia que puede invalidar
una ley; es decir, puede declarar la inconstitucionalidad de la
ley, por eso se dice que es un poder del Estado independiente.
En Europa es diferente: las grandes decisiones políticas de
declaración de inconstitucionalidad las toma un tribunal
constitucional que es de naturaleza política.
—Es híbrido
—Acá es un híbrido como tantos
híbridos que hemos hecho. Entonces, ¡claro!, es complejo, no es
porque la gente sea buena o mala, son instituciones que lleva
años armonizar, años.
—¿La última reforma no
fortaleció la injerencia del Ejecutivo en el nombramiento de
jueces en desmedro del Senado?
—Hay que verlo andar.
—¿Existe una adecuada división
de poderes en el país?
—(Piensa) Bueno, hay que ver en
qué nivel se habla. Hoy, en la Corte tratamos de hacer todo lo
posible para ser independientes y que se note. La percepción de
la comunidad que es muy importante. Ahora, nuestro país es
federal, y en las provincias es muy variado. Por eso hay que
trabajar intensamente y durante varios años para que todo el
país tenga poderes judiciales unidos, que estén relacionados
entre sí. Hasta hace dos o tres años atrás no había esa alianza.
—¿Modificaría alguna ley de
fondo? De ser así, ¿cuáles le parecen inadecuadas u obsoletas?
—Sí, claro, siempre la
legislación hay que adaptarla. Creo que hay que legislar en
materia de trabajo, en defensa del consumidor, mejorar la
legislación ambiental, en materia de regulación de los
transportes, y mejorar los organismo de control.
—¿Puede el derecho ser
injusto, aunque sea "legal"?
—Voy a dar dos ejemplos
contrarios para que se vea la relatividad de las cosas: cuando
estaba el Muro de Berlín se dicta una ley que autorizaba a los
guardianes del Muro a matar a la gente que cruzaba. Cae el Muro
de Berlín, la Corte Constitucional Alemana tiene que juzgar a
los guardianes del Muro, y los guardianes del Muro dicen,
“cumplimos con la ley”, la Corte Constitucional Alemana dice,
“una ley gravemente injusta, no es una ley” Y dice: “ustedes no
pueden evadir su responsabilidad penal invocando una ley
gravemente injusta”. Ese mismo concepto es el que hemos aplicado
para el terrorismo de Estado. Pero: ¿cuáles son las leyes
injustas? Lo injusto para mí es diferente de lo injusto para
otro, por eso la ley normalmente debe respetarse aún cuando no
nos guste. Los argentinos tenemos que construir ciudadanía, y la
ciudadanía es respetar la ley, aunque no nos guste
—¿Aunque sea injusta?
—Aunque no nos guste.
“Tengo ciudadanía italiana”
—¿Cómo fue su infancia?
—Muy buena. La pasé muy bien, fue
la infancia de cualquier chico de ciudad chica, con muchos
amigos, jugar en el barrio...
—¿Su padre era viajante de
comercio y su madre, maestra primaria?
—Sí.
—¿Su madre hizo de maestra
suya también?
—Sí, me daba Matemática.
—¿Ella fomentó su vocación por
el conocimiento?
—Sí, y también por lo docente. Yo
me dediqué mucho a la docencia universitaria. Sin duda, la idea
de leer y de estudiar se la debo a ella.
—¿Usted tiene algún familiar
que le haya generado inspiración por el derecho?
—No, ninguno es abogado.
—¿A qué se dedica su hermana?
—Es bioquímica, tiene cuatro
hijos y vive en Rosario. Es menor que yo, un año.
—¿Cuáles fueron sus lecturas
juveniles?
—Tantas. Por empezar, creo que la
formación es continua y en distintas épocas en la vida tuve
distintas orientaciones. En la escuela primaria tuve buenos
maestros, siempre en la escuela pública, era muy buena, en sexto
y séptimo grado mi maestro me decía que iba a ser abogado y
entonces me inclinaron dándome lecturas.
—¿Por qué le decían eso?
—Porque me gustaba argumentar y
discutir, lo que identifica al abogado o juez. El que estudia
Derecho tiene la vocación de indignarse frente a una injusticia,
de argumentar a favor de una razón, cuando yo veo que alguien
tiene eso, digo: “Este tiene fibra para ser abogado”. Yo leí
muchísimo, estudié en un colegio humanista, estudiaba mucha
literatura vinculada con la doctrina social de la Iglesia en
tercer y cuatro años. Estudié también muchas cosas que no tienen
que ver con el derecho. Nosotros teníamos grupos de estudio con
amigos, nos reuníamos con amigos, tenía un amigo que después se
doctoró en Psicología y entonces, por ejemplo, estudiábamos
Lingüística, estudiábamos (Ferdinad de) Saussure, (Tzvetan)
Todorov, (Noam) Chomsky. Después estudiábamos Psicología, Freud,
Jung, y después finalmente de tanto leer, enseñábamos en un
centro cultural la historia cultural del siglo XX. Esto era a
fines de la secundaria y principios de la universidad, tomábamos
por ejemplo el irracionalismo y lo veíamos en la música, en la
literatura, en la filosofía, usaba el surrealismo, el cubismo.
Fue una época muy linda y muy formativa. Me dediqué al derecho
mucho después de recibirme de abogado. Lo que más me atraía eran
las otras ciencias. El derecho forma parte de la cultura.
—¿Se recibió de abogado en
1978 y recién hizo la tesis doctoral en 1983? ¿Por qué pasó
tanto tiempo?
—Después de recibirme me dediqué
a hacer el doctorado, pero la tesis doctoral es un trabajo de
años.
—Usted era estudiante
universitario durante los primeros años de la dictadura. ¿Cuál
fue su experiencia con compañeros desaparecidos durante esa
época?
—Fue muy traumático. Yo ingresé
en 1974, era una situación muy extrema de todos lados, hay que
aprender y no dejarles a nuestros hijos los mismos problemas que
hemos vivido. Si hay algo que uno aprendió es buscar un poco más
de mesura, por eso insisto tanto con eso, yo creo que lo peor
que podríamos volver a hacer son esas situaciones tan extremas
que nos condujeron a desastres.
—La primera vez que votó, ¿lo
hizo por Perón en 1973?
—Creo que sí. No me acuerdo. Debo
haber votado a Perón.
—Sus abuelos paternos eran
italianos, ¿nunca se interesó por tomar también la nacionalidad
italiana?
—De origen italiano son todos los
bisabuelos.
—¿Y nunca le interesó tomar la
nacionalidad italiana?
—Sí, la tomé.
—¿Cree en Dios? ¿Es
practicante?
—Sí, pero no soy practicante.
—¿Conoce al cardenal Bergoglio?
¿Qué opinión tiene de él?
—Lo conozco porque vino acá a la
Corte a saludarnos. Me parece que es una persona muy respetable
pero no tengo nada que opinar de él.
“Me gustaría escribir en un diario pero no
dirigirlo”
—¿Cómo conoció a su esposa y
qué hace ella?
—Es profesora de Literatura y la
conocí en Rafaela, en reuniones de adolescentes, en quinto año.
Participábamos del centro cultural y del cine club donde yo daba
clases. Y el cine era extraordinario, se veía cine italiano,
también Bergman, era fantástico. Lo que hacíamos era comentar
las películas. Me acuerdo que yo comenté El discreto encanto de
la burguesía, de Buñuel, y fue la primera vez que hablé frente a
un grupo grande de gente. Eran épocas lindas… y ahí la conocí.
Insistíamos mucho en los temas del cine vinculados con el
lenguaje, de provocación, el cine como herramienta de
conocimiento. Lo que yo presenté fue eso, cómo se iban
descubriendo las costumbres de la vida burguesa, que son las
nuestras. Recuerdo que terminé diciendo: “Hablamos de nosotros”
y que lo interesante era mirarnos a nosotros en el cine.
—Su esposa vive en Rafaela,
¿cómo es su rutina familiar pasando 5 días por semana lejos?
—Nadie quiere venir, en Rafaela
no sólo tengo a mi esposa e hijos, tengo a mis padres, mis
hermanos.
—¿La calidad de vida es
superior en el interior que en Capital?
—No tengo una opinión, todo es
relativo, depende de cómo uno está. Creo que en el interior se
vive muy bien pero acá también hay gente que vive muy bien y no
iría jamás al interior. Estoy convencido de que cuando se está
acostumbrado a la vida muy porteña, si le dicen de ir a Rafaela,
no va. Además, acá hay una oferta cultural importante que en el
interior no existe, y hay gente que la aprovecha y otros no. Hay
gente que jamás va al cine y al teatro.
—¿Cómo es su rutina?
—Yo vivo en un country, vengo el
lunes a la mañana y me vuelvo el viernes a la noche, sábado y
domingo allá en mi casa.
—¿Qué le cambió este estilo de
vida?
—Es un sacrificio fuerte. Es que
estoy muy a fondo, se me pasa rápido porque estoy todo el día
ocupado.
—¿Tiene menos tiempo para
leer?
—Leer, leo. Es algo que siempre
hago. La lectura es mi mayor placer, viajando, en el aeropuerto.
—¿Qué estudian sus hijos (dos
varones de 22 y 19 y una mujer de 18)?
—El más grande se acaba de
recibir de abogado en la Universidad del Litoral. Mi segundo
hijo está en la misma universidad pero estudia Economía y mi
hija estudia Psicología en Rafaela.
—¿Qué hubiese sido si no fuera
abogado?
—Me gustaba mucho la economía,
por eso mis dos hijos estudian mis dos pasiones. El análisis
económico es muy atractivo, siempre me gustó también la
filosofía. Siempre leí más de otras cosas que de derecho pero
cuando me tuve que dedicar a la profesión tuve que leer la
dogmática, leer las leyes, y eso se notó en mi producción
jurídica. Mi tesis doctoral fue sobre la responsabilidad del
médico pero fue una tesis muy vinculada a la sociología. Después
empecé a escribir más de la dogmática, los contratos, las
obligaciones, pero los últimos años volví a escribir sobre el
derecho constitucional, la filosofía del derecho, el tema
ambiental...
—¿Cuántos libros lee por año?
—Muchos, ni idea.
—¿Guarda en bibliotecas los
libros que lee?
—Sí. Tengo muchos pero no llevo
la cuenta, y leo varios al mismo tiempo.
—¿Qué porcentaje son de
economía, derecho, filosofía y ficción?
—Cambia con las épocas, a veces
acá uno se tiene que poner a leer rápidamente un tema, ahí dejo
todo y me pongo a ver ese tema, pero lo natural es para mí, a la
noche, filosofía, los fines de semana leo más literatura. Aunque
leo cada vez menos ficción porque me gustan los clásicos,
algunos se van a enojar, pero después de Borges, yo de ficción a
lo único que vuelvo es a Borges.
—¿Usted escribió 14 libros?
—Tengo más libros publicados.
—¿Cuántos?
—Veintipico.
—¿Le gusta más escribir que
ser juez?
—Está muy relacionado. Yo me
siento a escribir y para no enfermarme porque es muy
estresante...
—¿Escribir?
—Sí.
—¿No es feliz cuando escribe?
—Sí, pero yo no paro. Me
acostumbré a ponerme límites, por ejemplo, ponerme un CD de
música. Cuando termina paro, si no, no me doy cuenta del tiempo.
—¿Pensó alguna vez en ser
periodista?
—Sí, es una linda actividad, pero
sobre todo el periodismo de opinión y de investigación. A mí me
parecen apasionantes, no tanto el periodismo que está en la
noticia diaria.
—¿Dirigir un diario le
produciría tanto placer como presidir la Corte?
—Escribir sí, pero dirigirlo no.
El periodismo
—Usted ejerció el periodismo
técnico, fundó, dirigió e integró el consejo directivo de varias
publicaciones. ¿Qué representa el periodismo en su vida?
—En ese campo, mucho, he hecho
muchas revistas, porque yo creo que es un modo muy importante de
discusión. He hecho la revista de Derecho Privado, la de Daños,
la de Derecho Ambiental, convoqué a muchos autores y colaboré en
muchísimas revistas de toda clase acá y en el extranjero y lo
sigo haciendo. Yo creo que el periodismo es muy amplio. El
periodista es algo muy diferente de los medios, hoy los grandes
medios son grandes empresas cuya problemática es muy compleja y
se analiza bajo otros parámetros que no son específicamente los
del periodismo. También hay que diferenciar el periodismo
clásico que todavía se ve en los diarios, del que uno ve en la
televisión. Por ejemplo, quien está en programas masivos, ¿es
periodista o animador? Es muy diferente la televisión del
diario. En el periodismo tradicional hay que trabajar mucho
sobre la independencia del periodista; estuve en la última
reunión de la SIP en Santo Domingo donde se habló de ese
periodista muy importante y muy valioso para la sociedad que es
el que investiga, el que opina, y el que está formado. Ese gran
periodista es al que hay que valorizar.
—En los países más
desarrollados se habla de Iglesia: la redacción, y Estado: la
empresa; y sólo del equilibrio entre ambas surge una gran
publicación.
—Es un tema muy complejo. Es
lógico que una empresa tiene intereses diferentes que sus
empleados y sobre todo cuando son profesionales.
—No en las publicaciones que
hacen periodismo de calidad donde los intereses de la empresa y
de la redacción están alineados.
—Por eso la independencia del
periodista es tema tan importante pero no siempre se logra, no
es fácil, en ningún país del mundo, y hay muchos conflictos.
—La tarea que cumplieron como
auxiliar de justicia los diarios “The Washington Post” y “The
New York Times” en el caso Watergate demuestra que no siempre es
así. Esas empresas supieron soportar todas las cargas económicas
y discriminaciones que padecieron del gobierno.
—Son muy buenos ejemplos.
—¿El periodismo libre e
independiente y el poder judicial independiente son
descendientes de la misma estirpe y comparten una raíz común?
—Sí. El tema de la reunión de la
SIP fue “periodismo y justicia” y fue muy interesante comprender
que en los casos graves donde asesinan a un periodista también
asesinan a un juez. En casos de narcotráfico, de guerra u otras
presiones fuertes que hay en algunos países siempre es contra
los periodistas y los jueces, ahí se observa bastante, con
bastante nitidez que ambos están mancomunados.
—¿Entiende que la teoría de la
“real malicia” debe aplicarse en todos los juicios que
involucren a la prensa?
—(Piensa) En los juicios que es
aplicable, la Corte lo ha aplicado.
—¿Existe en los tribunales
inferiores una tendencia de hacer prevalecer los derechos
personalísimos sobre la libertad de prensa?
—La real malicia es una doctrina
muy específica. Cuando hay involucrado derechos personalísimos y
esto es, alguien que no se sometió nunca a la vida pública, que
no le interesa la vida pública, y la prensa se mete en su vida
privada, ése está protegido. Pero si uno se expone a la vida
pública o expuso su vida privada de forma pública, o hay temas
públicos, ahí es diferente.
—¿Ud. exculparía siempre a un
periodista que se equivoca en una información cuando lo hace de
buena fe?
—Bueno, nosotros ahora tenemos
casos por resolver sobre esos temas así que ahí no responderé.
Los abogados
—Para actuar ante la Corte,
¿debería existir una inscripción especial limitando a los
abogados?
—En la gran mayoría de los países
eso se trata de imponer. En Argentina, no es la costumbre y hubo
mucha resistencia. Hay que ir tratando de que haya porque cuando
uno habla de la Justicia y del Poder Judicial, hay que hablar
también de los abogados. Y ahí hay un problema muy serio hoy.
Porque existe una enorme producción de abogados.
—En Brasil, el título de
abogado no habilita a actuar en los tribunales sin primero
aprobar un examen del Colegio de Abogados que sólo la mínima
parte supera. ¿Imagina que algo similar podría ocurrir en
Argentina?
—Brasil sigue el modelo alemán
que es muy riguroso. Y nosotros estuvimos a punto de adoptarlo,
justamente por asimetrías en el Mercosur. Hoy producimos muchos
abogados en muchísimas facultades de Derecho en todo el país,
naturalmente, el título se va a ir desvinculando de la
habilitación. Los colegios de abogados tienen que asumir ese
rol. Si hay un problema judicial grave, al juez lo echan
rápidamente, pero para el abogado nunca hay una sanción. Yo les
he dicho a los colegios de abogados, “ustedes tiene que aplicar
sanciones a los abogados, tienen que ejercer rígidamente un
control ético”.
—¿La mala praxis de los
abogados no ha llegado de la misma manera que ha llegado a los
médicos?
—Sí, pero va a llegar
rápidamente. Ya hay muchos juicios de responsabilidad civil
contra abogados. La habilitación profesional es un tema pero si
uno se recibe a los 20 años, a los 40 sigue con el mismo título
y le han modificado todo el sistema legal, eso no es razonable,
tiene que actualizarse y rendir exámenes periódicos como hacen
los médicos.
—¿A largo plazo, imagina que
tener el título de abogado no habilitará a ejercer ante el Poder
Judicial?
—En muchísimos países, en Estados Unidos también,
se rinde un examen para ejercer y luego hay controles. Una de
las cosas que nosotros estamos sosteniendo, no sólo con los
abogados sino en general, es que tiene que haber organismos de
control que funcionen, preventivos, porque no todos pueden ir a
la Justicia. Si hay controles previos, hay menos litigiosidad.