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Gracias al hambre

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210508 - Crítica Digital - Martín Caparrós - El hambre tiene causas, efectos, víctimas, beneficiarios. Nosotros, argentinos, ahora vivimos del hambre. En África, las grandes ciudades como Addis se explican por el hambre. Por hambre migran millones desde los campos hacia esas ciudades: está, antes que nada, la esperanza de que allí la vida va a ser otra. La mayoría se desengaña pero igual se queda: el hambre en la ciudad es espantoso y sucio pero siempre puede aparecer algún recurso, la limosna, la changa, la basura de los ricos o de los no tan pobres. En el campo, en cambio, el hambre es sólido, macizo: si no hay grano no hay grano, y no se come. Hambre es una palabra deplorable. Poetas de cuarta, políticos de octava y todo tipo de plumíferos fáciles la han usado tanto y tan barato que debería estar prohibida.

El problema con esos conceptos viejos y gastados, neutralizados por el uso berreta, es que de pronto un día algo te hace volver a verlos como si fueran nuevos, y ahí explotan. Aquí, en Addis, el hambre es algo que salta todo el tiempo, en cualquier calle. Es intolerable que haya personas –hay, en la Argentina, demasiadas– que no comen todo lo que debieran; aquí el hambre es morirse de hambre, pueblos enteros que no comen.

El primer ministro inglés, Gordon Brown, dijo la semana pasada que cada día se mueren 25.000 personas por causa del hambre. Es mucho 25.000 personas: son más de mil por hora, son 17 por minuto.

Va de nuevo: son, en los diez segundos que usted tarda en leer esta frase, mi estimado, tres hambrientos menos. En un país como Etiopía, con 75 millones de habitantes, hay 15 millones que están todo el tiempo al borde de la hambruna. A veces caen: entonces vemos 42 segundos terribles en la tele, chicos raquíticos con panzas como globos, madres ramitas secas estirando la mano como quien ya no espera, y lo olvidamos: está lejos, qué relación con nuestras vidas.

Pero el mundo es una máquina hipercompleja e integrada, por más que los argentinos actuales hayan decidido hacerse tanto más provincianos ciegos que sus padres y olvidarlo: hacer como si no existiera. O, por lo menos, como si no importara.

En los últimos meses hubo revueltas de hambre en más de veinte países –y en casi todos viven negros– porque en los últimos años el precio global de los alimentos ha subido al doble. Hay varias causas: malas cosechas, desajustes climáticos, el uso del maíz para hacer biocombustible y, sobre todo, el aumento de la demanda china e india. Para mí, ese aumento implica una molestia; para un africano que vivía con dos dólares por día, que no vive. Ya había 850 millones de malnutridos: en lo que va de esta crisis se calcula que hay 100 millones más.

Y nosotros ganamos con esos aumentos. Nos hacemos los boludos, no queremos verlo: nuestra prosperidad le está costando carísima a millones y millones de personas. La Argentina salió de la crisis gracias al aumento del precio de los granos: por estos precios, millones se mueren de hambre. O sea: las ganancias tan legítimas por las que discuten encarnizados los presidentes K y el campo producen sufrimientos espantosos. No digo que sea a propósito. No, por favor. Nosotros pasábamos por ahí cuando los chinos decidieron empezar a comer y las leyes del mercado hicieron que los precios subieran y las leyes del mercado hicieron que millones no pudieran comprar más comida y se murieran pero a mí por qué me miran, yo hago mi trabajo, yo defiendo lo mío y trato de venderlo lo más caro posible porque así son las leyes del mercado y yo justo estaba ahí, qué culpa tengo.

Es cierto, supongamos que sea cierto. Pero es bueno tenerlo presente: cada centavo gastado en punteros y gobernadores y trembalas y prebendas varias, cada Hilux nueva reluciente, cada día de joda en Maldonado, cada departamento a estrenar en Rosario sólo son posibles porque aumenta la demanda de granos, los precios suben, los más pobres ya no llegan a pagarlos, no comen y se mueren o matan o solamente agonizan lo más largo que pueden.

La plata de nuestra prosperidad es plata muy sangrienta. Y es probable que siga llegando: sería bueno, entonces, por lo menos, recordar lo que cuesta y no gastarla al pedo. Usarla, al menos, para pensar y hacer un país en serio.
Y hacerse cargo de ese costo y buscar el modo de compensarlo un poco. Una posibilidad: que, en la larga discusión por las retenciones, las partes acepten que la solución salomónica no consiste en cortar el niño en dos sino en dárselo entero a quien le corresponde. O sea: que ese seis, ocho, diez por ciento tan peleado se use íntegro para formar un fondo contra el hambre –en la Argentina, para empezar y, si queda, en el resto del mundo– que sería administrado por un organismo autonómo, absolutamente no gubernamental, con participación de los sectores afectados y un sistema de control extremo. Es una idea, sólo una idea, y quizá valga la pena discutirla. Pero es, sobre todo, una forma de hacerse cargo de que si estamos prósperos es a costa del hambre de millones. Y que no debería resultarnos tan cómodo, tan fácil, tan barato.

 

 

 

 

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