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¿Por qué coinciden los Kirchner con la CIA y el mercado?

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Sugestivas coincidencias entre Kirchner, la CIA y el mercado - Sergio Berensztein - La Nación - Parece haberse superado el breve embrollo diplomático generado por los comentarios del nuevo titular de la CIA, Leon Panetta, acerca de eventuales episodios de inestabilidad que pudiera experimentar el país como consecuencia de la crisis internacional. Por suerte la cosa no llegó a mayores: la asunción de la administración de Barack Obama ha generado una nueva oportunidad para recomponer las relaciones entre ambos países y una dramatización más exagerada por parte del gobierno argentino podría haber abortado esa posibilidad. El llamado de la Casa Blanca sigue sin llegar, pero la próxima reunión del G20 en Londres a comienzos de abril puede servir para fortalecer el alicaído vínculo bilateral.

De todas maneras, vale la pena reflexionar respecto de la cuestión de fondo: Leon Panetta era una persona muy influyente e informada aún antes de desempeñar su actual posición. Si se hizo eco del comentario que le habían hecho sobre la Argentina, Ecuador y Venezuela y especuló con la posibilidad de que estos países sufrieran más que el promedio de la región como resultado de la crisis internacional, ¿se trata acaso un diagnóstico inusual, inesperado o azaroso? ¿Cuál es la imagen que predomina respecto del país entre los principales protagonistas de la escena internacional? ¿Hasta qué punto ese juicio difiere del que impera dentro del país, incluso del que se desprende de las declaraciones y de las acciones de importantes miembros del oficialismo?

Conviene comenzar analizando la imagen que el país tiene de sí mismo. El ex presidente Néstor Kirchner manifestó en julio pasado, en un acto público frente al Congreso de la Nación, que el sistema democrático estaba en peligro pues imperaba un clima destituyente impulsado por una pluralidad de actores que aprovechaban el conflicto con el campo para defender sus privilegios y, entre otras cosas, oponerse al compromiso de su gobierno y el de su esposa con la investigación de los delitos de lesa humanidad cometidos durante el último régimen militar. Involucró en esa campaña a algunos de los principales medios de comunicación. Nunca hubo una denuncia concreta ni evidencia alguna que pudieran contribuir a esclarecer esa cuestión, pero nadie del gobierno se animó jamás a desmentirla, ni siquiera a relativizarla.

Es cierto que nuestra cultura política se ha caracterizado históricamente por un uso bastante radicalizado y poco reflexivo de las palabras, sobre todo de los adjetivos calificativos. Por ejemplo, etiquetamos con bastante poca prudencia a los años ´30 como la "década infame" sin advertir lo que podría suceder en las siguientes. En cualquier caso, si la persona más poderosa y mejor informada de la
Argentina realiza una afirmación de semejante calibre y nunca la rectifica o relativiza, es muy probable que otros actores o instituciones, dentro y fuera del país, pudieran meditar de forma semejante.

Por aquellos días, hasta mediados del año pasado, el crecimiento económico y la recuperación del empleo eran los dos pilares centrales de la popularidad del matrimonio presidencial. Ese impuso económico ahora se ha agotado, por razones internas y externas. Combinado con el extraordinario desgaste que produjo el conflicto con el campo, la erosión en materia de imagen no tiene precedente en estos seis años que llevan los Kirchner en el poder. Por ejemplo, de acuerdo al Índice de Confianza en el Gobierno que elabora la UTDT, sólo el 4% de los argentinos considera que la actual administración está resolviendo los problemas de la gente; un 35% cree que sabe cómo hacerlo, pero necesita más tiempo; y algo más del 60% restante opina que el gobierno no sabe cómo responder a los principales problemas de la agenda pública: seguridad, desempleo, problemas económicos e inflación. Curiosamente, Cristina (de Kirchner) no hizo mención alguna a estas cuestiones en su último discurso de ayer (010309) en el Congreso.

Si en verdad este estado de la opinión pública es el que impera antes de que los efectos más duros del descalabro internacional se sientan de manera más plena en el país, ¿que ocurrirá en los meses por venir? Las crisis siempre desgastan más a los oficialismos: es la naturaleza del ejercicio del poder. Islandia y Galicia son pruebas de ello. Las elecciones legislativas que habrán de desarrollarse en México a mitad de año pueden implicar el retorno del viejo PRI a los primeros planos. ¿Resulta acaso ilógico suponer que el gobierno enfrenta un desafío particularmente complejo en este año electoral, caracterizado por un escenario económico que el propio oficialismo sostiene que será el peor en un siglo? ¿Acaso semejantes circunstancias no pueden derivar en un problema de gobernabilidad?

Si la Argentina fuera un país caracterizado por la estabilidad política, la fortaleza de sus instituciones, la seguridad jurídica, las previsibilidad en las reglas del juego, el respeto de los contratos, la transparencia en los actos de sus gobiernos, la capacidad para lograr consensos básicos respecto de las cuestiones estratégicas para el desarrollo humano, etc., seguramente el mundo y sus propios habitantes tendrían confianza en su capacidad para enfrentar situaciones tan complejas como las actuales. Pero si el año pasado la fuga de capitales fue comparable a la del 2001; si la inversión ya era anémica antes de esta crisis y si la dependencia financiera respecto de Venezuela era un síntoma de debilidad a pesar del extraordinario incremento en la recaudación tributaria, ¿cuál puede ser el escenario en un contexto como el que se avecina?

Convengamos también que ningún observador medianamente enterado del desarrollo político contemporáneo del país habría de sorprenderse demasiado por un episodio de crisis institucional: desde 1930 a esta parte, lo inusual es que se complete un mandato presidencial. Esta dinámica de inestabilidad política imperó incluso durante el período democrático iniciado en 1983. Dos presidentes radicales (Alfonsín y De la Rúa) y dos peronistas (Rodríguez Saá y Duhalde) finalizaron sus mandatos antes de los plazos previstos y en medio de crisis muy profundas, siempre regados de episodios de violencia nunca del todo esclarecidos.

Las versiones sobre una supuesta hipótesis de renuncia luego del voto no positivo de Julio Cobos siguen siendo fruto de incontables conversaciones dentro y fuera del mundillo de la política. La titular del Poder Ejecutivo desmintió varias veces que dicho relato tuviera asidero. Ojalá tenga razón, pero el hecho de que siga siendo parte del conjunto de cuestiones que circulan y se debaten en (y en relación a) la
Argentina pone de manifiesto que existe en torno a la ocurrencia de ese episodio una cuota no menor de verosimilitud. Muchos temen que un resultado muy negativo para el kirchnerismo en las elecciones de octubre pudiera generar especulaciones similares. ¿Cómo se adaptaría el oficialismo frente a un Congreso en el que se convertiría en la primera minoría y con el peronismo disidente ganando terreno? ¿Cuánto quedaría del liderazgo de Néstor Kirchner frente a una victoria pírrica, más aún una derrota, en la Provincia de Buenos Aires?

Que se trate públicamente de traidor al Vicepresidente de la Nación, y que importantes voceros del oficialismo reclamen reiteradamente su renuncia tampoco contribuye demasiado a despejar las dudas respecto de la estabilidad política del país. La dimisión de Carlos "Chacho" Alvarez vació de legitimidad al gobierno de Fernando de la Rúa y precipitó la caída de la Alianza. El experimento de la Concertación Plural ha sido un fracaso estrepitoso, como antes había ocurrido con la transversalidad. Pero el vicepresidente tiene la misma legitimidad que la presidenta, fue votado por la misma cantidad de gente y tiene un mandato que cumplir de acuerdo a la Constitución. Una buena forma de despejar dudas respecto de la estabilidad política del país sería terminar con el asedio y la humillación de la que es objeto
Julio Cobos.

Convengamos que resulta natural que se asocie al gobierno argentino con los el de los países de América Latina con los que tiene relaciones más estrechas. ¿Cuántas veces se han entrevistado Hugo Chávez y los
Kirchner? ¿Cuáles fueron y serán las consecuencias en términos reputacionales del grotesco episodio de la valija bolivariana? ¿Cuántas veces ha venido al país el mandatario ecuatoriano, Rafael Correa? ¿Cómo compara esos vínculos con los que el gobierno argentino ha mantenido desde el 2003 a la fecha con los países más importantes de la región (Brasil y México), o con otros vecinos con los que nos une el pasado y el destino (Chile y Uruguay)? Las decisiones de política exterior de los Kirchner estuvieron siempre determinadas por cuestiones de política doméstica y/o por intereses económicos. Pero no puede evitarse que las consecuencias de esta estrategia (deliberada o by default), trasciende nuestra fronteras y termina influenciando la concepciones que el mundo se hace del país.

Si el gobierno no tiene la fortaleza que ostentaba hasta hace no demasiado, la oposición tampoco parece lista para generar una alternativa de poder. Es importante que dentro y fuera del peronismo se estén preparando para reemplazar al actual elenco de gobierno. Pero todavía falta mucho para que las fuerzas emergentes le demuestren a la sociedad que cuentan con las ideas, los programas, el personal político-administrativo y sobre todo un liderazgo de calibre internacional no sólo para enfrentar la crisis sino para revertir décadas de estancamiento.

Tampoco ayuda demasiado que un ex presidente de gran presencia mediática recomiende alegremente devaluar e incumplir otras vez los compromisos de deuda, con la inusual excusa de que el mundo está en quiebra y que hay que aprovechar estas circunstancias para sacar provecho y defender las reservas. Vale la pena recordar que ningún país ha declarado recientemente la cesación de pagos (con la parcial excepción de, precisamente, Ecuador). ¿Cuántos dólares quedarían en el Banco Central si la
Argentina volviera a repetir la estrategia de las dos D (default y devaluación), como hizo a comienzos de siglo? Lo único bueno que nos diferencia del resto del mundo, la relativa solvencia del sistema financiero, desaparecería de forma automática, pues los bancos están repletos de títulos públicos. ¿Cree en serio Duhalde que esto fortalecería a la Argentina, o lo hace simplemente para meter una chicana? En cualquier caso, estamos frente a una nueva expresión de ignorancia y/o irresponsabilidad.

Tanto el pasado (nuestra historia y nuestra cultura política) como el presente (lo que hacen y dicen los principales actores de la política doméstica) no contribuyen en absoluto a que el país genere certidumbre y despeje dudas frente a este inédito contexto global. Lo que sugirió Leon Panetta puede interpretarse como cualquier cosa menos una novedad. Más que enojarse con esos conceptos o aprovechar las circunstancias para sacar a relucir credenciales de supuesta firmeza, parece más conveniente preguntarnos por qué nos ven así en el mundo y, acaso, si dentro de la
Argentina no pensamos y actuamos de manera convergente.

El autor es director de Poliarquía Consultores


 

 

 

 

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