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071208 - La clase política argentina no cesa en su producción
de políticos impresentables. En este caso se trata de
Miguel Pichetto
El
obsecuente senador
-menemistaduhaldistakirchnerista- sólo se limita a levantar
la mano en el senado según la orden que le de el matrimonio
presidencial Kirchner, como antes lo hizo con los presidentes
Menem y Duhalde
//Cristina
de Kirchner y Miguel Pichetto//
En el caso que analiza muy bien, a continuación, el periodista
Borón, el impresentable Pichetto, con el desconocimiento que lo
caracteriza, utilizó la palabra "bananero" sin saber lo que
significa, exactamente, para la la dura historia de
Latinoamérica. Además de haber insultado a Ecuador.
Pero, lo más importante es la referencia del senador a la deuda
externa Argentina. Sus declaraciones, en el sentido del "deber"
de pagarla, esconden con demagogia y malicia, y una vez más, la
urgente necesidad de auditarla minuciosamente.
No sólo el pueblo argentino sospecha que es ilegítima, sino que
el rechazo deliberado de no investigarla antes que nada, indica
cómo Miguel Pichetto y muchos otros impresentables, intentan
esconder la responsabilidad que le cabe a él y a la mayoría de
la clase política argentina, en el origen y en el destino de esa
descomunal deuda que hoy está cerca de los 190 mil millones de
dólares.
071208 - Web Atilio
Boron - Atilio Boron -
No estuvo muy feliz en sus declaraciones Miguel Pichetto, el
jefe de la bancada oficialista en el Senado de la
Argentina. En el debate en
torno a la prórroga de la Emergencia Económica –un engendro que
le otorga al Poder Ejecutivo poderes prácticamente omnímodos
para centralizar los recursos tributarios en el Poder Ejecutivo
y ejecutar el presupuesto nacional de manera discrecional-
declaró que los argentinos “tenemos que pagar la deuda externa,
no podemos caer en el default como
Correa
en Ecuador. No somos un país
bananero, tenemos que pagar."
Con
su exabrupto, Pichetto
(En la foto)
pasó a engrosar la larga fila de simpatizantes y partidarios del
kirchnerismo que con sus dichos y sus acciones parecen diabólicamente
empeñados en entorpecer la gestión de la Presidenta Cristina Fernández
en vez de facilitarla. Su torpe declaración demuestra también que la
sabiduría y el tacto político no son precisamente las virtudes que
caracterizan a la primera espada del oficialismo en el Senado. En primer
lugar, el sólo hecho de hablar de “país bananero” es de por sí
repudiable y merece una enérgica condena: su uso significa no otra cosa
que la asimilación del lenguaje racista y colonialista que inventó la
derecha norteamericana desde finales del siglo diecinueve para
justificar sus tropelías en el Caribe y Centroamérica. Lo que subyace a
esa caracterización es la idea de que hay pueblos inferiores y pueblos
de señores, y que las repúblicas que pretenden instaurar los primeros
están fatalmente condenadas a degenerar en “bananeras” debido a la
irremediable inferioridad racial de sus poblaciones. Se trata, por lo
tanto, de un error mayúsculo en labios de un representante de un
gobierno que se esmera por aparecer como “progresista” y, peor aún,
cuando además lo refiere a un país cuyo gobernante,
Rafael Correa,
mantiene excelentes relaciones con la Casa Rosada que es de
desear no se resientan por este lamentable comentario.
Pero hay otra consideración, tal vez más grave
que la precedente: ¿cómo es posible que se descalifique tan groseramente
a un gobierno como el ecuatoriano, que ha tenido la sensatez y la
valentía de ordenar la realización de una rigurosa auditoría
internacional de su deuda externa?
Si Ecuador es una “república bananera”, ¿cómo calificar a la Argentina,
que la ha venido pagando a lo largo de veinticinco años sin que sus
sucesivos gobernantes prestaran la menor atención a las numerosas voces
que plantearon la insanable ilegitimidad de una deuda contraída en su
gran mayoría por la más atroz dictadura de nuestra historia, y en la
cual se conculcaron todas las libertades y garantías constitucionales?
Tal como lo comenta un estudioso del tema, el ex diputado justicialista
Mario Cafiero, ningún gobierno se atrevió a investigar la génesis de la
deuda externa. El de Néstor Kirchner no fue excepción a esta regla
porque la renegoció -es cierto que obteniendo una importante quita- pero
aceptando tácitamente la legitimidad de la deuda generada por la última
dictadura militar mediante toda clase de negociados y fraudulentas
operaciones financieras.
Siendo riguroso con los términos podría
redefinirse el concepto diciendo que una “república bananera” es la que
obedece sin chistar al amo imperial y a sus acreedores, por más que
éstos sean simples delincuentes de cuello blanco como los que controlan
el sistema financiero internacional. Sin caracterizarse por un clima
precisamente tropical gobiernos como los de la República Checa o Polonia
son exponentes insuperables de esa forma de régimen político. En otras
palabras, no es necesario producir bananas para ser una “república
bananera”. Lo esencial es la obsecuencia ante el emperador y la voluntad
de ser su sirviente y su lamebotas. Otro ejemplo notable: la Argentina
en los años de Menem, cuando se proclamó la insólita doctrina de que ese
país debería tener no sólo buenas relaciones con la Casa Blanca. Tal
cosa era insuficiente: para insertarse seriamente en la globalización
neoliberal ¡debía tener “relaciones carnales” con
Estados Unidos! Resumiendo: una “república
bananera” es la que actúa solícitamente ante los reclamos del imperio
para aprobar en menos de lo que canta un gallo el emplazamiento de
cohetes con ojivas nucleares apuntando a Rusia; o una legislación
antiterrorista que en los hechos criminaliza toda forma de protesta
social; o la que canceló de un plumazo la deuda con el FMI cuando este
requería urgentemente de fondos frescos, operación ésta realizada al
unísono por los gobiernos de Brasil y Argentina y presentada ante la
opinión pública como un audaz “desendeudamiento” que, supuestamente,
colocaría a estos países más allá del alcance del FMI y del dogma
neoliberal.
Una república digna de ese nombre, en cambio,
actúa como lo ha hecho el Ecuador, que sin aspavientos ni estridencias
exige y convoca a una auditoría internacional de su deuda externa y
declara que sólo pagará lo que legítimamente se adeuda y ni un centavo
de más; o que expulsa del país a una firma transnacional brasileña,
Oderbrecht, porque construyó una planta hidroeléctrica con daños
estructurales. Habría que recordarle al desatinado senador que una
verdadera república no reforma la Constitución Nacional como lo hizo la
Argentina en 1994: producto de un pacto sellado a puertas cerradas entre
los dos principales líderes políticos del país y aprobando como ley
suprema de la Nación lo que decidieron los convencionales sin someter el
nuevo texto al veredicto final del pueblo, como sí lo hizo Correa con la
nueva constitución ecuatoriana, abrumadoramente ratificada por la
voluntad popular. Por eso la de Ecuador no sólo es una de las más
avanzadas del mundo sino también una de las más legítimas. Avanzada, no
sólo porque entraña un largamente postergado reconocimiento de los
derechos de los pueblos originarios y sus instituciones, lenguas y
culturas sino también porque establece, entre muchas otras notables
innovaciones, que la naturaleza es sujeto de derecho y no una mercancía
que se puede utilizar y abusar sin ninguna clase de restricciones como
se hace en la Argentina, que permite que los grandes oligopolios
transnacionales devasten el bosque nativo, las cuencas acuíferas, los
valles y los glaciares cordilleranos. Si como dice Pichetto Ecuador es
una república bananera, ¿nosotros qué diablos somos?
Dr. Atilio A. Boron,
director del Programa Latinoamericano de
Educación
a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina
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